La entrevista                                                     El Confesionario, octubre de 2002

¿Cuáles son tus temas favoritos?
No tengo temas favoritos, pero sí elementos que aparecen recurrentemente en mis relatos: perros, mar, libros, mujeres, son algunos de ellos. Y una obsesión, que es como un hilo conductor: el tiempo. Creo que es el gran misterio, la última frontera, la clave de todo. Trato de jugar con el tiempo, y a veces pienso que el esquema verbal del idioma no es lo suficientemente rico para expresar sus pliegues, para hacerle cosquillas en la panza.

¿Para quién escribes?
Básicamente para mí, que soy mi crítico menos indulgente. Escribir no es la tarea del pescador, que pone en el anzuelo lo que le agrada al pez. Si pensara en un público específico en el momento de escribir, sería un pescador. El riesgo es que lo que haga sólo me agrade a mí (eso a medias y en el mejor de los casos). Pero es más auténtico.

¿Por qué escribes?
Por el placer de hacerlo, como escuchar música o ver una película. No soy un ente teleológico, sólo sigo mi sentido del hedonismo espiritual, mental, y físico también.

¿Te importa lo que piensen los demás sobre lo que escribes?
Sí, claro. No incorporo todas las opiniones porque eso es imposible, pero siempre valoro que alguien se haya tomado la molestia de leer algo que escribí.

¿Escribiendo qué cosas te sientes más cómodo?
Ficciones, sin duda. Textos breves (“camafeos”, como me gusta llamarlos), releídos y pulidos hasta el hartazgo; y cuentos, relatos donde puedo mezclar cosas que me pasaron con otras que imagino, hechos posibles con situaciones altamente improbables, lugares y tiempos inconciliables (aunque Borges emitía sus diatribas contra eso de poner a Jesús en la quinta avenida).

¿Hay horas, lugares y situaciones en las que escribas con más fluidez?
Eso ha cambiado a lo largo de los años. Antes buscaba las playas, el sol, los parques, y llevaba a cuestas mi libreta de apuntes. Desde la aparición de las computadoras, escribo exclusivamente conectado al procesador de textos, los diccionarios, la gramática en línea, y básicamente al auricular proveedor de música adecuada.

¿Piensas antes de ponerte a escribir o dejas que fluya?
Eso también ha ido cambiando. Ya no creo que sentarse frente a una pantalla en blanco ayude a generar ideas; al menos ya no funciona para mí. Cuando abro el procesador de texto es porque siento la urgencia de una idea, vaga, imprecisa, pero con suficiente entidad.

¿Sueñas con publicar y que te lea mucha gente?
Seguramente esa es la ambición de cualquiera que dedica un tiempo considerable a escribir. Sin embargo, entiendo que esta es una época de cambios, que el mercado editorial está en crisis. Enfoco mis esfuerzos hacia Internet, a las ediciones electrónicas. En poco tiempo la lectura cortará el cordón umbilical con la PC de escritorio, y eso marcará el final de la era Gutenberg. Más que en un libro, aspiro a que la gente se interese en mis downloads.

Si tuvieras que definir, ¿con qué cosas disfruta más en la vida? Podríamos intentar una lista de cinco…
Disfruto de casi todo lo que hago; las actividades que realizo por pura obligación tienen una mera finalidad de sustento, e intento minimizar su impacto en mi vida. Desarrollo dos trabajos, uno que me cautiva y otro que no, y ese balance es balsámico. Mis otras actividades obedecen al placer de hacer: leer, escribir, caminar en las playas de Necochea, estar con los míos. Soy melómano y cinéfilo, aficionado a la bicicleta (no a la financiera, ojo), empedernido de la tecnología y de la historia...

Escribir, ¿qué es en tu vida? ¿Qué parte ocupa?
No te mentiré, es una pequeña parte. Mi vida está balcanizada en una multiplicidad de porciones, todas disímiles, cada una con intereses peculiares. Nunca realicé una actividad que se priorizara sobre las otras, salvo, quizá, en los años de la facultad. Y es que me parece que la vida es rica en alternativas, y por desgracia una sola no es suficiente para maravillarse con todo lo que existe, lo que se puede hacer y aprender.

Bueno, hasta pronto.
Gracias.

El Confesionario, octubre de 2002