Novem.

 

Prólogo.

Miriam Chepsy descubrió su arteria literaria después de haber encumbrado una carrera destacada y creativa en la arquitectura. En ese ámbito demostró un interés profundo y auténtico por la condición humana, al servicio de la cual dedicó su profesión. Su búsqueda de diseños orientados a mejorar la calidad de vida la convirtió en pionera  de una clase de arquitectura under, apartada de la tendencia general, a contramano de un mundo donde la construcción de edificios y casas se ha mercantilizado al punto de perder de vista a quienes dentro vivirán. En tal sentido, su obra es recomendable para enriquecer la percepción de tan vital aspecto de la vida moderna. Temas como “El espacio urbano y la infancia”, “La vivienda ecológica”, “Arquitectura bioclimática”, “Ciudad y medioambiente”, entre otros, evidencian el hilo conductor de su pensamiento y de su manera de concebir a las ciudades de cemento en las que habitamos. La docencia universitaria ha sido la fuente donde varias generaciones de arquitectos abrevaron su cosmovisión y la impulsaron. Quienes quieran profundizar en el conocimiento de sus ideas podrán hacerlo en Internet, donde ella las ha volcado para sus estudiantes y para el público en general… Aunque en estas líneas quien nos ocupa es la escritora fecunda e inspirada, esta breve introducción oficia de punto de acceso a la magia de sus textos.

A la hora de lanzarse a la aventura literaria ya era una escritora, entendido el término en su sentido más vasto. Ya sabemos que las universidades forman profesores de literatura, críticos literarios, correctores de pruebas, pero no escritores. Éstas son personas que han desarrollado su imaginación y su observación a niveles que se imbrican con la sensibilidad, y Miriam ya había alcanzado ese estadio en el instante de escribir su primera página artística. Cuando relata los espacios, ya sean interiores o paisajísticos, lo hace con una pincelada intimista que nos transporta al sitio donde transcurren sus historias, nos mete dentro de la acción. La narración no ofrece una fotografía mental sino un cuadro impresionista que ha brotado de la visión de la autora, ya se trate de la plaza de una ciudad española, de un aeropuerto, de un café veneciano o de un centro de reclusión argentino. Esto es lo primero que uno observa leyendo sus relatos, y enseguida salta a la vista que lo que nos describe no son lugares vacíos y deshumanizados, sino que en ellos palpita y respira la presencia de los personajes, como un continuo de materia orgánica y argamasa. Cito un ejemplo:

“Las farolas crean sombras que acentúan la volumetría de los edificios y sobre el pavimento resuenan las pisadas. Los ruidos de la gente, sus conversaciones, reverberan contra los muros y se amplifican escuchándose como dentro de un espacio cerrado.”

Es inevitable que leer a nuestra autora nos invite a la reflexión. Cuando la experiencia de la lectura se prolonga más allá del espacio de tiempo en que nuestros ojos estuvieron en contacto con las líneas escritas, como en este caso, y cuando deseamos abordar el siguiente relato con una expectativa que no proviene de la continuidad argumental, asumimos que estamos en presencia de un producto de buena factura, algo cada vez más infrecuente en una época donde circulan ríos de tinta indeleble, a juzgar por su impacto nulo en nosotros, accidentales lectores.

El dolor es una contingencia que adquiere en Miriam Chepsy una condición superadora. Nunca es un dolor ciego, terminal, carente de un después. Incluso en situaciones límites como la de la protagonista de “Creando tapices”, un hilo de esperanza se colaba

“…a través de las hojas del árbol que tendía sus ramas tras los cristales.”

La dimensión humana es una constante en sus relatos, y los sentimientos nunca están aislados, sino que se complementan y se redefinen como en el ejemplo que acabamos de ver. Así, los binomios dolor-esperanza, muerte-vida, desdicha-felicidad, nos sumergen en un mundo literario donde no todo es blanco y no todo es negro, tal como en la vida cotidiana, pero reflejado a través del cristal del arte.

Un análisis de estilo excede los alcances del presente prólogo, que no pretende ser una guía de lectura sino una simple advertencia acerca de la riqueza atesorada en este libro. El resto lo irá descubriendo el lector página tras página, en un proceso que lo llevará al meta sentido a donde las palabras encauzan su torrente.

Permítasenos resaltar que la relación de Miriam Chepsy con la literatura data de su más temprana edad, en una forma que ella redescubriría hace algo más de una década, para deleite de quienes la venimos leyendo con asiduidad y para quienes comenzarán a conocerla a partir de ahora. Esta simbiosis se patentiza en algunos recuerdos infantiles a los que nos permite asomar en “La literatura y yo”, donde la vemos acompañando a sus mayores, en el salón de reuniones de un sindicato, para presenciar lecturas que autores como Rafael Alberti, María Rosa Oliver, León Felipe, Pablo Neruda y Nicolás Guillén hacen de sus propios textos. Más tarde la descubrimos  en el barrio Rawson de Buenos Aires, compartiendo una vecindad imperecedera con Julio Cortázar, que dio su nombre a una calle de la zona y dejó una impronta edilicia que aún es posible visitar con el mapa concreto y emotivo trazado en “Aquel día del árbol”.

En suma, tenemos frente a nosotros a una escritora delicada y carente de rebuscamientos, con un manejo de la palabra que otorga a cada una de éstas su exacta dimensión dentro del contexto, en aras de la coherencia y de la solidez artística. En una época donde la literatura lidia con otros medios narrativos e intenta afirmarse mediante un barroquismo críptico que muchas veces rompe los lazos comunicativos con el lector, la prosa que hoy nos ocupa, limpia y prolija, nos conduce suavemente a través de senderos argumentales, casi como una caricia intelectual.

Es un honor para mí prologar esta antología de cuentos, que aunque representa sólo una mínima parte de la producción de Miriam Chepsy, permite una primera aproximación  a su universo literario.

Héctor Gorla, Abril 1 de 2013