Octo.

 

Música para la ruta.

 

¿Quién puede, genuinamente, gambetear a la tecnología? Supongo que no es asunto privativo de este siglo veintiuno, sino de todas las épocas. Imagino a las mujeres de antaño proponiendo a sus maridos la compra de un televisor, y a ellos respondiendo para qué queremos eso, si tenemos la radio. Antes aún, los recién inventados automóviles apabullaban con su marcha infernal de veinte kilómetros por hora, y atropellaban a los transeúntes que no habían aprendido a esquivarlos con gracia y efectividad. Más atrás, la electricidad, las máquinas a vapor, las armas de fuego, el acero, el cero, el alfabeto, el bronce, la rueda, las puntas de flecha paleolíticas. Nadie puede sustraerse a los avances. No concibo un mundo en el que se pudiera vivir sin puntas de flecha.

El viento del progreso sopla siempre hacia adelante, y su ulular es un canto de sirena que nadie puede desoír; es casi imposible desdeñar los logros sin sucumbir a sus encantos de manera inmediata o tangencial. Por ejemplo, rechazar el uso de una computadora pero extraer dinero de un cajero automático es un acto de cinismo. Actitudes así repugnan a los bienintencionados retrógrados, entre los que por suerte no cierro filas. Si hablo de mí, tendré que decir que no soy reacio a las transformaciones, pero siempre estoy un paso atrás, y los adelantos comienzan a encantarme cuando el resto de los mortales ya ha descubierto su obsolescencia.

También he pegado saltos. Sigo haciéndolo con celulares y cosas así.  Eso fue lo que me sucedió con la música. Jamás tuve un cd ni un aparato que lo reprodujera. Mientras mis hijos oían música a diario y apilaban sus disquitos de policarbonato -blancos o amarillos de un lado, estampados primorosamente por el otro- en modulares o directamente sobre el piso, al lado de sus camas, cuando ya no quedaban espacios disponibles, yo persistía en sustentar mi melomanía en viejos vinilos o casetes, ufano de mi preciado centro musical. Pero después hizo su aparición el mp3 y fui el primero en adoptarlo, incluso con la oposición inicial de los más jóvenes de mi familia. Recuerdo haber respondido a una temprana encuesta que un hebdomadario propuso en su web site: “¿tendría usted su colección de música sólo en mp3?” Poco tiempo después el formato se impuso, y el cd ingresó en la esfera de la arqueología tecnológica. Del vinilo y del casete mejor ni hablar, aunque nada se va de forma definitiva. Así que yo había saltado del centro musical al reproductor de mp3, sin solución de continuidad.

He de aclarar que persistía en mi costumbre de escuchar música exclusivamente entre las paredes de mi casa, con un reproductor de mp3 al que enchufaba un auricular, para tranquilidad propia y ajena. Me resistía a la idea de deambular por la calle conectado a sonidos que no eran propios del ambiente que me rodeaba, tal como lo hacían mis congéneres por aquellos cercanos años, con la excepción de los habitantes de Córdoba capital. El viejo Volkswagen Gol 95 traía sólo una radio am-fm con pasacasete, así que tampoco daba la posibilidad de acariciar los oídos con las melodías predilectas. Cierto es que en varias ocasiones estuve a un tris de sustituir el stéreo original por uno que incluyera reproductor de mp3, pero me resistía a desnaturalizar el aspecto original del rodado, que mantuve celosamente hasta el día en que lo vendí a través de Internet. Tres días bastaron para encontrar a su nuevo dueño, y creo que se decidió a la adquisición del vehículo precisamente porque no tenía nada que resultara anacrónico a la vista o a la propia experiencia de trasladarse en él. Era un modelo de 1995 por donde se lo quisiera mirar, y de ahí provenía gran parte de su atractivo. Además, dos o tres meses antes habían expuesto en un local comercial de la avenida Cabildo el DeLorean de la película Volver al futuro (uno de los dos que aún posee Universal Studios para producciones especiales), traído al país para que el actor que había protagonizado al Doctor Emmett Lathrop Brown (el famoso Doc de la saga) filmara en Buenos Aires una seguidilla de comerciales para una importante empresa nacional de venta de electrodomésticos. El DeLorean se exhibió tres días seguidos en uno de los locales comerciales de la auspiciante, así que hicimos la fila en familia y rondamos a su alrededor por un camino de cordones azules, tratando de no perder detalles de tan maravillosa y afamada máquina. La carrocería de aluminio brillaba bajo las luces cenitales del stand; las puertas de alas de gaviota, abiertas al punto de dar la sensación de que el DeLorean estaba a punto de remontar vuelo, eran también perfectos doseles por debajo de los cuales era posible curiosear el interior que bien conocíamos de las tres películas. Mientras mis hijos se extasiaban frente al condensador de flujos que habilitaba el viaje en el tiempo, yo, absorto aún en el interior adornado con cuero y madera de lujo, notaba con sorpresa un detalle nuevo para mí: el auto del Doc estaba equipado con pasacasete, nada extraordinario para un modelo de 1982, pero sí para uno que había viajado tres décadas adelante y podía volar sobre la ciudad.

Todo cambió cuando compramos el siguiente vehículo. Fue nuestro primer 0 kilómetro, con las ventajas y desventajas que eso aparejaba. En relación con el viejo Gol, pocas cosas habían variado de manera sustancial. El automóvil es un artefacto que no se modificó demasiado desde el primer Ford T, a diferencia de los aviones, por ejemplo; mantiene la vieja estructura: motor de combustión, transmisión, ruedas, volante. Se incrementaron las velocidades y aumentó el confort, pero el auto aún no vuela ni viaja en el tiempo, como el DeLorean. Así que en nuestro flamante Chevrolett Classic LT. 1.4 lo novedoso fue el confort, el aire acondicionado y sólo un poco más de velocidad, amén de la disminución sustancial en el consumo de la nafta. Pero lo que yo más disfruté fue el moderno stéreo con que venía equipado, que por supuesto, reproducía mp3. ¡Qué maravilla! Me temblaba el pulso cuando inserté el primer cd de música comprimida, y el aparatito lo engulló con apetito voraz, como si hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo que alguien lo alimentara. En el display apareció el nombre del intérprete y el título de la primera canción, y casi inmediatamente el habitáculo se inundó con melodías, arpegios, silencios musicales y voces prodigiosas. Fue una paradoja que nadie más en la familia gozara esa función del stéreo, y prefirieran oír la radio, en la que por lo general dos o tres estúpidos se sientan frente a un micrófono para hablar estupideces que no aportan ninguna enseñanza, o pasan una canción que es interrumpida varias veces por las voces de los mismos estúpidos. No, señor, eso no era para mí.

La excusa perfecta para llevar en la guantera del Chevrolett un estuche con cds de mp3 me la dio el último período de vacaciones. Ya se sabe que en la ruta es bastante trabajoso sintonizar una radio que haga más ameno el viaje. Habíamos decidido realizar un extenso periplo por el sur de la Argentina, que terminó devorando 5192 kms. de rutas nacionales y provinciales. Salimos de Buenos Aires, atravesamos La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut. Es hermoso el país, y nos embelesaron especialmente las ciudades cordilleranas, con una mención especial a San Martín de los Andes. Alcanzamos Esquel y después cruzamos a la costa: Trelew, Rawson, Puerto Madryn, y muchas ciudades intermedias. Una visita a Punta Tombo (paradoja sureña: un complejo turístico de alta sofisticación para observar a un animal tan tonto como el pingüino, que goza de la protección de la ley y de los guardaparques, al mismo tiempo que en las ciudades chubutenses los perros callejeros, muchos de ellos hermosos -todos hermosos-,  son apresados por las perreras municipales y sacrificados al tercer día. En los yacimientos arqueológicos de los primeros homínidos, ya los huesos humanos están mezclados con los de perro. ¿Dónde estaba el pingüino entonces?), los sitios históricos de la colonización galesa, las huellas del gigantosaurio (aunque creo que eso fue mucho antes). Después subimos por la costa y descansamos una semana en Necochea, donde nos esperaba Cecilia, nuestra hija.

El hecho fue que apenas salíamos de las ciudades y recorríamos caminos montañosos las radios desaparecían como por arte de magia. Los macizos cordilleranos cuidan celosamente que las hondas hertzianas no rocen sus ondulaciones, aunque esto acaece casi con la misma incordia en las agobiantes praderas. En suma: uno puede viajar en un auto estropeado o en uno flamante, y  las radios son siempre un engorro. De pronto sintonizamos la emisora de una pequeña localidad que nos invade con los anuncios publicitarios de la carnicería Nahuel, en la esquina de Planes y San Martín (ninguna concentración urbana, grande o pequeña, puede carecer de una calle o una avenida homónima del padre de la patria), y diez kilómetros más adelante… el silencio, frituras raras que eructan los parlantes, una voz que parece provenir del Apolo 7 orbitando la Tierra, el silencio otra vez, perturbado por el roncar del motor y la resistencia del aire… Es entonces cuando uno encumbra la idea de haberse provisto con una extensa selección musical, abre la guantera, extrae el estuche mágico, separa un cd y lo inserta en la ranura.

¡Et voilá! Música, musique, el sortilegio en su forma infinita y perfecta. Una parte de nosotros, pobres seres humanos encerrados en una cajita de metal con ruedas, viajaba a una velocidad diferente y por territorios que estaban más allá del espacio, del tiempo y del raciocionio. Había tenido el tino de elegir una clase de eufonía cercana a las predilecciones de quienes compartiríamos la soledad de la ruta: mi esposa y yo. Conozco bien sus aficiones melómanas, así que no fue difícil conciliarlas con las mías y atesorar treinta años de convivencia en algunos cd´s que preparé una semana antes de la partida. Nueve de estos discos almacenaron alrededor de un millar y medio de obras heterogéneas. Si no hubiera mediado la justificación de media vida en común de un hombre y una mujer, y la amplitud de registro de sus deleites auditivos, aquella habría semejado la obra de un aventador de mieses…

Confieso que comencé la antología con la idea de segmentarla en estilos, pero al final esa tipificación carecía de sentido porque a la mayoría de los intérpretes, especialmente a los buenos, sólo se los puede encasillar mediante una despiadada simplificación. Luego pergeñé otras posibilidades para derramar la colección sonora en los disquitos, pero ninguna me convenció lo suficiente a la hora de poner manos a la obra. Al final me liberé de prejuicios, y entendí que no podía amuchar los temas como un repositor de supermercado: las latas de choclo con las de arvejas, los chocolates con los caramelos, el azúcar y el café, los productos de limpieza… Entendí también que la música es un continuo espacio-tiempo-mente-corazón dentro del cual nadamos y nos movemos con más soltura que en la vida real y cronológica. (La historia, al igual que la música, es quizá la ciencia con mayor cantidad de divisiones arbitrarias: oriental y occidental, clásica, antigua, moderna, contemporánea, nacional, continental, y muchos etcéteras. Vivimos dentro de ella. Las generaciones pasadas también; en 1810 no sabían que la bomba iba a estallar al finalizar la segunda guerra mundial, pero ya estaban inmersos en la era prenuclear; los incas eran precolombinos, y nosotros quién sabe pre qué o post qué. Somos hijos del pasado y del futuro.) La música es una sola.  Vaya a saber por qué la dividimos, qué hace que nos agrade más ésta o aquélla. Por lo tanto, mis discos iban a admitir un desgaje que únicamente delataría la capacidad de almacenamiento de los cd´s, y dos criterios que juzgué aceptables y poco artificiosos: lo cantado y lo meramente instrumental, y lo que sonaba en español o en otros idiomas más o menos cercanos a nuestra cultura. El resultado fueron tres cd´s con recopiles de intérpretes (Música 1, 2 y 3), dos de temas sueltos en español (Varios 1 y Varios 2), dos con canciones en inglés (Inglés 1 y 2), uno con melodías sin presencia de voz humana (Instrumental 1) y el restante con canciones en italiano, portugués, francés y alemán (Idiomas 1).

Entonces, en la ruta, cuando avanzaba sobre nosotros el hastío y la frustración de mover el dial infructuosamente, fue cuando encomié la idea de habernos provisto con un extenso compendio sonoro. Cristina abrió la guantera, extrajo el estuche mágico, separó un cd al azar y lo insertó en la ranura.

No presumo si digo que cuando escuché los acordes iniciales del primer tema identifiqué al cd elegido sin dudar un ápice: era Música 2. Puesto que era lineal escuchar las canciones en la secuencia alfabética que determinaba el nombre de cada intérprete, oprimí el botón “orden aleatorio”, y entonces las canciones comenzaron a manar en un modo casi sorpresivo. Muchos kilómetros recorrimos así, alternando discos, con el volumen en el interior del auto al nivel de una caricia, de un susurro que no aturdiera los oídos ni embotara la mente. Era casi de noche cuando nos acercábamos a una ciudad mediana, en la más completa obscuridad, que los faroles potentes del auto hendían con impertinencia. Anhelábamos llegar a la siguiente ciudad grande para hacer noche ahí. Por suerte en aquel tramo del viaje íbamos a baja velocidad, y eso me permitió ver a la liebre parada en medio de la ruta, en línea recta frente a nosotros, quieta y resignada a morir, como si acudiera a una cita póstuma con el paragolpes delantero del Chevrolet. Diez kilómetros atrás habíamos puesto a sonar Inglés 1, y un instante antes había comenzado a cantar Albert Hammond su famoso Nunca llueve en el sur de California, que ya llegaba a su primer estribillo. Entonces vi la liebre y pensé en las opciones; la última era atropellarla, pero antes de elegir otro curso de acción había que confirmar varios datos. Miré por el retrovisor, y a distancia prudente se acercaba un auto, aparentemente sin prisa. Un camión (o un micro, no pude distinguir) venía de frente. El odómetro apenas llegaba a 60 kms/h. Hice sonar la bocina insistentemente pero la liebre no se movió. No podía cambiar de carril o irme a la banquina. Pisé el pedal de freno hasta el fondo y el auto se clavó, justo antes de embestir a la leporidae. Sus ojos fulguraban bajo las luces bajas de neón. Salió corriendo hacia la derecha, justo cuando el camión nos cruzó por la izquierda. Activé las balizas para indicarle al otro conductor que nos habíamos detenido. Por suerte lo notó, aunque no pareció muy contento cuando nos pasó y nos dejó atrás, a juzgar por la puteada florida que nos regaló por estar estáticos en la ruta a la mitad de una noche cerrada. Albert Hammond continuaba interpretando su tema. Si, ya sabemos que nunca llueve en el sur de California.

--Pudimos habernos matado –protestó mi esposa.

No contesté. Eso la alentó.

--A veces es preferible atropellar al animal, antes que exponerte a un accidente con otro coche.

Puse primera y retomé la marcha. Quité las balizas.

--Haré todo lo posible por no matar a un animal. Grande o pequeño. Son criaturas de la naturaleza…

--Pudimos habernos matado –insistió. Luego sonrió y optó por divertirse conmigo.- Se nota que te estás haciendo viejo. Cada día te ponés más sensible.

--¡Dejate de joder! La liebre se salvó, y es lo que cuenta. ¿O vos la habrías atropellado?

--Claro que no, pero tampoco habría frenado así.

--Venía despacio…

--El de atrás tuvo buenos reflejos, que sino…

--Ah, ¿fue el de atrás el que tuvo buenos reflejos? –protesté- Está bien, puede ser…

--Vos no estás acostumbrado a las rutas. Ignorás que esto es muy común. La liebre, de noche, encandilada por las luces, se queda inmóvil frente al auto, y por eso ves tantas muertas en el pavimento… Además, las cazan así, con una luz.

--Bueno, no me interesa tu sapiencia silvestre. Mi liebre se salvó. Falta poco para la ciudad. Buscaré un buen hotel.

--Cualquiera estará bien. Necesitamos descansar… Y por favor, sacá el cd; a esta hora lo mejor es el silencio.

Tenía razón. Oprimí el botó eject y el disco salió expulsado de las fauces del stéreo.

--Tomá. Guardalo en el estuche –pedí.

La próxima ciudad distaba más de lo previsto, no en kilómetros, sino en tiempo. Es en los viajes largos cuando uno confirma eso de que el tiempo y el espacio son relativos. El silencio dentro del auto parecía querer amalgamarse con la obscuridad de afuera. Cuando entrábamos en el casco urbano alargué la mano y tomé el escuche. Elegí Instrumental 1 y lo puse a sonar bajito. Botón aleatorio otra vez. Temas de diferentes épocas y países, algunas bandas sonoras de películas famosas, cortinas musicales de series yanquis, algo de Jeff Wayne (con Anthony Queen, claro), Piazzola meet Mulligan, Piazzola solo, Clayderman (me confesaré, lo juro), varias bajezas más y algunas decisiones encomiables. Las melodías nos acompañaron en el centro de la ciudad. Recorrimos un sinfín de hoteles, sin resultados positivos. Era demasiado tarde, y no había disponibilidad. Por un momento barajamos la idea de viajar toda la noche hasta la siguiente ciudad, pero estábamos exhaustos.

--Es una locura –juzgó Cristina mientras pasábamos por tercera vez por la calle de los hoteles.

--Entonces… no sé…

Bajito, como si viniera desde afuera y de lejos, el bandoneón de Piazzola arrancó con Adiós Nonino. Pensé que si eso no era la parte de un rompecabezas que no encaja en ningún hueco, nada lo era. No creo que haya nada más difícil de clasificar que esa melodía, ese intérprete. A lo mejor ese es el estigma de la genialidad: la ruptura de moldes, la ineficacia de las etiquetas. Simplemente música, viajando en nuestras venas y acompasando al músculo cardíaco…

--¡Pará, ese tiene un cartel!

Salí de la ensoñación, producto de la armonía y del cansancio, y detuve el auto frente al hotel que me señalaba Cristina. El anuncio era grande y muy manifiesto: “Hay habitación”.

--¿Cómo no lo vimos antes? Pasamos varias veces por acá…

Tenía razón. ¿Cómo no lo vimos?

Apagué el motor y abrí la puerta.

--Esperame. Voy a averiguar –dije.

--Yo me reclino y me duermo acá. No puedo más.

--No te preocupes. A este lugar le pongo las fichas. Parece adecuado y seguramente el precio es bueno.

--Andá. Pero antes apagá el stéreo. Por hoy la música me hartó.

Apoyé el dedo pulgar en el botón eject, pero no pude interrumpir Adiós Nonino. Sentí que cometería la misma herejía si estuviera en primera fila, frente a Astor, y me pusiera a hablar por celular. Sentí que la música me impedía hacerlo, y que si no me dejaba llevar por ella todo el curso de mi vida posterior cambiaría en ese preciso instante.

--Dejá que termine este tema. Después lo apagás -pedí.

Ella me miró como a un loco. En realidad cree que lo estoy. A decir verdad, está convencida de que así es, pero no repuso objeciones, a causa del cansancio.

Hablé con el conserje y todo era perfecto en aquel lugar. Quince minutos más tarde estábamos en la habitación, planificando quién se ducharía primero y en qué consistiría la cena.

Estoy convencido de que los momentos más agradables de las vacaciones son los desayunos en los hoteles. Especialmente cuando uno va viajando y duerme cada noche en una ciudad distinta (dos noches como máximo, si vale la pena dedicar más tiempo), la primera comida del día ofrece un deleite renovado. Cada metrópoli tiene su amanecer, sus olores nuevos, sus colores. La comida cambia incluso entre urbes no demasiado distantes. Nosotros solíamos levantarnos y prepararnos entre 8 y 9 de la mañana. Antes de las diez estábamos sentados a la mesa, bebiendo café o gaseosa -dependiendo del clima- y paladeando medias lunas o pan con manteca y dulces regionales. Solíamos abrir a esa hora la netbook y comunicarnos con Buenos Aires, por esa rara nostalgia que se siente por todo lo que uno declama aborrecer a lo largo de los restantes once meses del año. Alguna cara conocida se prestaba a la videoconferencia y así nos enterábamos de las nuevas familiares y de las noticias de la capital. Después, hacia el final del desayuno, consultábamos los diarios consabidos, revisábamos nuestros correos electrónicos y planeábamos el itinerario de ese día. Por lo general hacíamos turismo hasta las dos de la tarde, y a esa hora retomábamos el viaje. Almorzábamos en otra localidad, admirábamos las maravillas paisajísticas del camino, tomábamos la merienda en otro sitio y continuábamos hasta el anochecer. Aunque los dos manejábamos, nos habíamos impuesto un recorrido diario que no superara los quinientos kilómetros. En zonas turísticas esa cantidad se reducía a menos de trescientos, porque ocupábamos el tiempo en visitar a pie y tomar fotografías. Cuando el trayecto no ofrecía atractivos apreciables (pocas veces), llegábamos a viajar setecientos en una jornada, pero el cansancio se hacía sentir mucho más en el momento de caer sobre una cama de hotel y descansar el cuerpo hasta niveles agradables.

Fue poco después cuando obviamos un letrero oxidado y poco llamativo que alguna vez había rezado “Sin estaciones de servicio los próximos 200 Kms.” Habíamos ya viajado la mitad de esa cifra cuando notamos que el medidor de nafta había bajado a un punto preocupante. El Gps indicaba que la gasolinera más cercana se hallaba a 150 Kms. hacia el SO, pero nosotros viajábamos hacia el S, y ni pensar en viajar esa distancia con la reserva del tanque, o una línea más de combustible. Cristina manejaba, yo oficiaba de navegante, manipulando el Gps para arrancarle una solución a nuestro dilema.

--Como primera medida, bajá la velocidad. De esa manera reduciremos el consumo –dije.

--¿A cuánto lo llevo? –inquirió.

--A ochenta. No lo pases de eso. Algo se nos ocurrirá.

--No hay nada que se nos pueda ocurrir. Se acaba la nafta y se terminó el asunto. Habrá que hacer dedo a algún camionero e ir a buscar.

Preferí no contestar. Si hay algo que no termino de aceptar en las personas es la lógica pura y simple que raya en la aritmética. Jamás pude pensar así. Soy de los que creen que un minuto no es un minuto, ni una cuadra cien metros. En muchas ocasiones intenté probarme a mí mismo que el minuto podía estirarse y adecuarse a una acción de un modo que la lógica rechazaría de plano. Me decía entonces que lo que tenía que hacer era vestir al evento con el minuto, ponerle el traje del minuto y hacer que le cupiera como una prenda hecha a su medida. También creí siempre que el dinero es algo poco mensurable, quizá lo menos mensurable que haya inventado el hombre. Nunca me propuse hacer experimentos con el dinero, que en general me ha decepcionado. En cambio he logrado prodigios con el minuto, aunque nadie lo creería si osara relatarlo, y mi señora evaluaría la posibilidad de hacerme revisar por un neurólogo si verbalizara esta clase de vivencias.

--La nafta es una entelequia. La agujita del tablero te ofrece una estadística. No sabemos cuán lleno está el tanque, y mucho menos hasta dónde somos capaces de llegar. Podemos hacer que nos dure hasta Buenos Aires, si nos concentramos…

Me observó de reojo, sin dejar de mirar al frente.

--Ustedes los historiadores son todos un poco locos. La aguja indica que en unos kilómetros el auto se va a parar y nos vamos a calcinar a un costado de la ruta. ¿Cómo pudiste olvidar..?

Se interrumpió cuando notó que seleccionaba un cd y lo insertaba en el reproductor.

--¿Te parece un buen momento para escuchar música? –refunfuñó.

--Es el mejor momento. Si voy a morir en un rato en una carretera por la que no pasa nadie, prefiero relajarme y embelesar los oídos. ¿Querés que maneje yo?

--No, ¿para qué?; por lo que nos queda para andar, ni te molestes.

--Como gustes. Tranquilizate y no lo pases de ochenta. Ya veremos qué hacer.

Menos de media hora después se encendió la lucecita de la nafta.

--Ahí tenés, sólo nos queda la reserva –reprochó.

--Eso alcanza para cuarenta kilómetros, según tu forma de pensar. ¿En serio no querés que maneje?

No respondió. Seguramente fue mejor que no lo hiciera, y yo continué escuchando música muy bajito, intentando no pensar en lo que sucedería un poco después. No me preocupaba tanto quedarme varado en una ruta desértica, sino inmiscuirla a ella en semejante desventura. Por suerte la heladerita estaba bien provista de gaseosa, jugo y agua mineral. Algo de comida también. Recuerdo que miraba por la ventanilla y sólo veía árboles, planicie, animales silvestres, pero nada que delatara la presencia de un ser humano. Seguramente sus pensamientos deambulaban por similares derroteros. Pero, pensé, estamos en el siglo 21; nadie se muere en una ruta ni queda abandonado indefinidamente. Por más que no tenga señal en los celulares, sin duda el asunto tendrá una solución adecuada. Era cuestión de tiempo…

Había puesto a girar –cómo olvidarlo- Idiomas-1, el cd que ella detestaba más. La música en otros idiomas la aburre, y eso es comprensible; a veces me pasa lo mismo. Contenía pocas canciones en alemán, un tanto más en francés, dos o tres en portugués y muchas en el idioma de la península itálica. Claudio Baglioni, con su voz cascada, cantaba Sabato pomeriggio, y me traía tantas vivencias románticas de la primera juventud.

--¿Sabías que el que canta esta canción es también su autor, y la grabó alrededor de los veinte años?

A juzgar por su expresión pensé que iba a mandarme a la mierda, pero de pronto sus ojos se iluminaron; su rostro se distendió hasta dibujar en él una sonrisa, y despegando la mano derecha del volante señaló hacia el camino y gritó:

--¡Mirá!

Miré, y fue como ver un espejismo. Sólo que éste no consistía en un oasis con palmeras, sino en una estación de YPF. Las tres letras se recortaban a lo lejos, mínimamente legibles. Entrecerré los párpados para focalizar mejor.

--¿Será lo que parece…?

--¡Si, claro que sí! A menos que esté abandonada –se ensombreció.

--No creo; debe ser nuevita. Claudio Baglioni no puede fallarme…

Me miró sin entender lo que había oído.

--¿Qué dijiste?

Yo mismo no discerní bien lo que acababa de decir. La idea de que la canción lograba el prodigio de poner delante de nosotros un surtidor de nafta era estúpida y desechable, pero había sobrevolado raudamente mi pensamiento y escapado de mi boca impulsada por la euforia de aquel instante.

--Nada… Manejá hasta ahí pero no aceleres, por si acaso.

Los ojos no nos habían engañado. El cartel sobrepasaba un monte de árboles muy verdes y bajos, detrás de un recodo del camino. Apenas pasamos la curva se delineó la silueta de la estación de servicio, que prometía, además de combustible, baños y hasta un minimercado. El playero nos recibió con una sonrisa. Cristina bajó del auto, le dio la llave y le pidió que llenara el tanque con súper. Yo bajé también para estirar las piernas. Un aire puro y fresco soplaba desde el sur.

--Andá al baño. Cuando el auto esté listo lo estaciono por ahí y nos vamos a tomar algo en el bar.

--No, mejor seguimos… -objetó.

Iba a insistir pero desistí.

--Está bien. Aunque sea comprá unos caramelos.

El playero insertó la manguera del surtidor en el tubo del tanque y se dedicó a limpiar los vidrios. La canción estaba terminando. Introduje medio cuerpo dentro del habitáculo, y el hombre adivinó mis intenciones de apagar el stéreo.

--Déjela, patrón; es una canción hermosa. Pocas veces se oye en la radio.

Me incorporé y me paré a su lado.

--La tengo en un cd. ¿Así que le gusta? 

--Es mi favorita…

--Dígame una cosa, el cartel que avisa que en doscientos kilómetros no hay estaciones… ¿sigue estando? Recuerdo haberlo visto en otros viajes.

Me miró asombrado e hizo un gesto de sorpresa.

--¿Esta estación es nueva? –pregunté.

Demostró aún más asombro.

--Me parece que usted está confundido. Siempre estuvimos acá. Y lo del cartelito ese… ni idea –contestó mientras repasaba el parabrisas.

No quise discutirle, pero el gps me hacía sentir bien ubicado en la geografía argentina.

--Una última pregunta. ¿Cuántos kilómetros faltan para Neuquén?

La siguiente mirada que me regaló fue de confusión, más que de asombro.

--No estamos ni cerca… Le faltan como dos provincias.

La canción finalizó. El hombre retomó el control manual de la manguera.

--Llegó casi con el olor… El tanque estaba vacío.

--Así es.

Cuando la carga se completó le pagué y estacioné el auto cerca de la salida de la estación. Después acomodé nuevamente del lado del acompañante, para que Cristina continuara manejando.

Al rato volvió con caramelos y el cabello humedecido.

--¿No vas a ir al baño? –indagó.

--No tengo ganas. El auto está listo y ya podemos seguir viaje.

Entró, se cruzó el cinturón de seguridad, puso en marcha el auto. La aguja de la nafta se apretó al límite superior.

--Ahora sí. Con tanque lleno podemos llegar a una ciudad importante.

--Sabés, el tipo que nos atendió era un poco extraño, o estaba más perdido que Adán en el día de la madre.

--¿Por qué?

--Dijo que para Neuquén faltan dos provincias. ¿Podés creer?

Rió con ganas.

--Si vos pensás que con dos gotas podemos llegar a Buenos Aires, qué más da que él crea que está a mil kilómetros.

No quise continuar la conversación. Touché, pensé, y me estiré para dormir una o dos horas. El sueño llegó enseguida y dejé que se introdujera en mí.

 

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Desperté sobresaltado, aunque nada fuera de lo normal sucedía en el viaje. Cristina mantenía la mirada fija en la ruta; fueron mis movimientos los que delataron que mi dormitar había concluido. Enderecé el respaldo y traté de poner en orden mis ideas, aún confundidas con el sueño.

--Roncabas –reprochó ella, pero esta vez no devolví la estocada.

--¿Te dieron ticket por los caramelos?

--No… ¿para qué lo querés?

--Qué lástima… Para nada…

--Te puedo decir cuánto gasté.

--No importa… Yo tampoco pedí ticket por la nafta… Será el destino.

--Me parece que todavía estás medio dormido. Los caramelos me costaron…

--¡No me importa cuánto pagaste los caramelos, entendé!

--Bueno, ¿y por qué te enojás, entonces?

Tenía razón. Me serené. Intenté explicarle lo que había soñado, aunque era un camino sin retorno a través de nuestra escabrosa conversación.

--Quería saber exactamente dónde estaba la estación de servicio.

--Ah… Fijate en el gps.

--El gps no la tiene… No importa… ¿Querés que maneje un rato?

--Dale. Si no estás cansado… Si preferís…

--Pará en la banquina y relájate. Es tu turno de descansar.

Lamenté que no tuviéramos los comprobantes de lo que habíamos gastado en la estación. Esos papelitos habrían despejado mis dudas acerca de su ubicación exacta, o las dudas del encargado del surtidor, o las de ambos. En realidad, tanto él como yo sabíamos a la perfección qué suelo estábamos pisando; él, por trabajar ahí desde mucho antes, y yo por la información que me brindaba mi aparato de posicionamiento satelital. Sin embargo, el sueño había sido más esclarecedor que la razón, pues me había sugerido, mediante un cóctel de imágenes y sensaciones, que los dos estábamos en lo cierto y equivocados a la vez. Mi sueño, inquietante y confuso, había tenido como música de fondo Sabato pomeriggio

Imaginé que no era descabellado pensar que las canciones de los cds poseían el poder de convocar elementos o sucesos necesarios para quienes viajábamos en el vehículo. Todas las combinaciones posibles pasaron por mi cabeza con la fuerza de un rayo cósmico, o cómico, me decía, pero aun así me resistía a dejar ir la posibilidad de que… y si… y si fuera cierto que…

Esa parte del viaje transcurrió en silencio. Cristina se durmió rápidamente, y yo me dediqué a meditar con inquietud y sobresalto, a pesar de la placidez del momento. Las rutas argentinas, en especial las del sur, son sumamente adecuadas para cavilaciones metafísicas, por la largueza y monotonía de algunos tramos. Supongamos –pensé- que el playero no se equivoca; convengamos que el tipo tiene los pies sobre una estación de servicios de Trenque Lauquen, y que yo viajo por una ruta de Río Negro, preocupado porque no conseguiré combustible en los siguientes cien kilómetros. En ese momento suena la canción adecuada y los sonidos dejan de ser música porque sí, música vana, a lo Conrado Nalé Roxlo, para desplegar  poderes convocantes que los siglos le han ido retaceando. Después de todo la música y lo sobrenatural estuvieron íntimamente emparentados en el comienzo de los tiempos: la eufonía se usaba con finalidades mágicas o religiosas, para favorecer la caza o para vencer en la guerra. La naturaleza le brindó al hombre primitivo las primeras melodías, a medida que avanzaba en la línea de hominización, y pronto quedaron al descubierto sus poderes propiciatorios.  

 La magia simpática contenida en la creación musical primitiva (rudimentaria combinación de sonidos y silencios mediante una organización lógica y  coherente que apelaba a la sensibilidad) oficiaba como invocación y ofrenda a los dioses, patrocinaba su beneplácito y buscaba su gracia. La música era una plegaria, un mantra eficaz, y si hay algo que Dios, o la nube a la que le damos ese nombre, tiene bien desarrollado es el oído. Incluso aquellas primeras percusiones sonarían sublimes en el silencio infinito de la deidad, y me atrevería a proclamar –pensaba- que hubo un instante astral en que Dios puso sus ojos en el hombre y lo distinguió de entre todas las creaciones del universo: fue cuando tomo consciencia de que esa criatura insignificante podía halagarlo con resonancias y melodías.

Algunas de las canciones de los cds no habían perdido esa magia. A lo mejor todas la tenían, pero mis deseos dentro del coche sólo habían coincidido azarosamente con el poder de alguna de ellas. Era posible que Sabato pomeriggio hubiera sido concebida únicamente para encontrar una estación de servicios en el medio de la nada, y entonces el playero (y todo su entorno) había sido trasladado -sin que lo notara- a la ruta donde yo lo necesitaba por un rato, justo el tiempo suficiente para reabastecerme y seguir el viaje. Recordé el comentario del enigmático señor: la canción era su favorita, pocas veces la oía en la radio, no la saque patrón por favor. Me percaté entonces del hecho de que no había visto a nadie más que a ese hombre durante mi visita al lugar; ni automovilistas, ni otros empleados, nadie. No dudé de que Cristina sólo hubiera tenido tratos con la vendedora de caramelos. Si el todopoderoso, el elfo o quienquiera que fuera, seducido por la música, movía por un rato una pequeña porción de Trenque Lauquen hasta Río Negro, o si ponía un trozo de mi ruta patagónica delante de la entrada de la gasolinera pampeana, tenía que hacerlo sin que nadie lo notara y para eso era necesario involucrar a la menor cantidad de gente posible; ya se sabe que cuando dos comparten un secreto, ya no es un secreto. En resumidas cuentas, un pequeño y breve cambio de fichas en el tablero del universo no dañaría a nadie.

Me pregunté por qué había sido precisamente esa, y no otra, la pieza elegida para hacer honor a la canción italiana; por qué no una de Campana, de Tafí del Valle o de Turquía. La respuesta me pareció más que obvia. En primer lugar, la elección coincidiría con aquellos elementos menos sospechosos de encontrarse fuera de tiempo y lugar. En ese sentido, esa porción del universo en particular le había parecido al solitario melómano divino, ya fuera Orfeo, Apolo o Xochipilll, la que menos suspicacias despertaría en mí y en las personas con las que estuviera en contacto, tanto si ellos se trasladaran o si yo fuera el viajero de los caprichos celestiales. En segundo lugar, pensé que tal vez en ese preciso momento no había clientes que atender, que a lo mejor nadie se acercaría por la ruta correcta a proveerse de nada durante un rato, y que entonces el travieso dios se dijo “¿por qué no hacerlo?” y chasqueó los dedos mientras oía embelesado a Claudio Baglioni pidiéndole que concretara un milagro para mí.

Ese dios es un melómano empedernido. Mirá vos lo que vengo a descubrir, pensé y sonreí. Miré a Cristina y tuve ganas de contárselo, pero seguía durmiendo y además… no, mejor le conservo en secreto esa admiración –recapacité -, no sea cosa que el ente se chive y corte por lo  sano con tanta dulzura, como dicen por ahí… Una vez más creí que los comprobantes de los gastos habrían confirmado mi absurda teoría, pero también era razonable (razonable en el sentido en que yo entiendo la razón: sin acartonamientos) pensar que alguien con un poder así no sería tan tonto para dejar tremendas e irrefutables pruebas de su travesura, de la que quizá debería rendir cuentas a una instancia superior, a un dios poco amable y fatalmente sordo. Acto seguido, me sentí raro pensando en entelequias de las que jamás me había sentido cerca, tanto por desaprensión de arriba como por mi propio descreimiento; y sin embargo ahí estaba yo, a 120 kilómetros por hora en una carretera del sur, dudando de las cosas más simples de la tierra y aceptando de refilón algunos de los grandes misterios del universo.

Inmediatamente recordé otros eventos equívocos de ese viaje, relacionados con la música de los cd´s. Enseguida me vino a la mente Adiós Nonino, y el hotel que no habíamos visto a pesar de haber pasado por esa calle varias veces. Aparentemente este suceso nada tenía que ver con el de la estación de servicios; recuerdo que me habían entregado la tarjeta de cortesía para que regresara en viajes venideros, y estaba seguro de haber leído en esa cartulina el domicilio exacto del establecimiento. No cabía duda de que en ese caso mi benefactor no había movido fichas en sentido espacial; tampoco había jugado con el tiempo, porque esa noche vimos televisión un rato y las noticias coincidían con las que habíamos venido escuchando los últimos kilómetros del viaje, por la radio fm que de vez en cuando lográbamos captar al acercarnos a una ciudad mediana o grande. Pero si ese diablo se estaba privando de repetir recursos que pusieran en alerta mis dudas, si en verdad respondía a las canciones del cd con el donaire de la satisfacción rebelde, podía extrapolarse que su poder estaba bastante cercano al de la primera divinidad, quizá un primo cercano, un hermano o un ayudante especialmente mañoso. ¿Qué subterfugio había arbitrado en este caso? Posiblemente un pasajero del hotel había recibido una llamada inesperada que lo había obligado a abandonar su habitación con premura, dejándola libre para mí. Nada de la gravedad de una muerte o un accidente hogareño; quizá una cita en otro lugar, un súbito deseo de viajar de noche, algo simple y perentorio que justificara el cartelito de vacante con el que mis ojos debían topar, siempre y cuando estuviera oyendo Adiós Nonino en el interior del auto.

Aún así, me hacía ruido el pensar que precisamente había estado oyendo la canción adecuada a uno de mis deseos de  viaje. La cantidad total de piezas musicales ascendía a miles, y las posibilidades estadísticas de que sonara la indicada desentonaba con la explicación que yo daba a estos sucesos recientes. Tampoco creía que el omnipotente hubiese guiado mi mano al cd correcto, oído su canción dilecta y actuado según la magia que yo necesitaba. No señor. Una secuencia así era demasiado fatalista, y yo no me resignaba a aceptar que mi cometido en esta puesta en escena universal se limitaba a sacar un disquito del estuche, introducirlo en el equipo y oprimir el botón selector de pista. No señor, para nada. Había algo más. Yo participaba de una manera más directa y determinante, pero cómo…