Septem.

 

¡Unus, duo, tria!

 

El muchacho era un fastidio, había que verlo. Caía dos o tres noches a la semana por La Pérgola, se acodaba en el mostrador, bebía una gaseosa y no dejaba de tamborilear el ritmo de la música como si estuviera delante de un público que lo aclamaba y sus dedos fueran las baquetas. Está claro que el que peor la llevaba era el baterista, a quien trataba como a un cofrade de instrumento; los cuatro hombres del conjunto que ahí actuaba soportaban la pesadumbre de su presencia sólo porque en los entretiempos se divertían con él y le gastaban la clase de bromas que suelen hacer los músicos, el equivalente artístico a deslizar un pene cadavérico en la cartera de una residente médica, cambiar el formulario de un contador o hacer creer a un historiador que Kal-El, el padre de Superman en el lejano Crypton, había sido el reyezuelo de una ciudad-estado de la Mesopotamia asiática en el tercer milenio antes de Cristo. Exquisiteces a las que lleva el corporativismo, la adhesión a un grupo de intereses o habilidades compartidas que se reafirma incluso en los chistes, tan estúpidos para el mundo exterior. 

Varias semanas antes había solicitado al tecladista, que funcionaba como director del grupo y era quien hacía las instrumentaciones y organizaba los ensayos, que le diera una oportunidad para demostrar su valía. Afirmaba que su habilidad con los tambores y platos provenía de largas horas de ensayo en su casa, y aunque aún pertenecía al ámbito de los amateurs (palabra francesa más ligada al corazón que a una categoría gremial), de hecho se consideraba un profesional a juzgar por lo que entendía y podía aquilatar.

En La Pérgola nadie prestaba atención a los músicos, pero el dueño se obstinaba en conservarlos creyendo que eso jerarquizaba el lugar. El cartel de la puerta anunciaba que mientras el cliente comía, un grupo musical “de jerarquía” amenizaba la cena. Una mañana fue necesario elevar el cartel hasta dejarlo a la altura del primer piso, porque un gracioso había cambiado una letra y el resultado era que mientras el cliente comía los músicos le amenazaban la cena. El ingenio popular nunca descansa…

El tintineo que oían los músicos no era el de las joyas, como protestaba Lenon, sino el de cubiertos, platos y vasos. Nada hay más frustrante para un artista que un público indiferente, y éste lo era, sin mencionar el hecho de que le preocupaba más sazonar bien la ensalada que degustar la melodía que le regalaban los intérpretes. Por eso no había cantante: nadie entendería lo que dijera. Sólo música instrumental, con variantes carioca, rockera, clásica o tanguera. Nada importante, pues la idea era amenizar y no amenazar.

El mediodía era diferente en La Pérgola. A esa hora los comensales soportaban menos bullicio, pues el único entretenedor era el tecladista, acompañado a veces por una guitarra criolla que punteaba melodías telúricas. En cambio a la noche el pequeño escenario cobraba vida con el pulular de los cuatro músicos, sus conversaciones como música de fondo de la música de fondo, y las risotadas que se elevaban sobre el tema que estaban ejecutando, ya que la mayor parte de las veces tocaban de memoria y eso les permitía conversar y hacerse chistes por encima del bálsamo musical. Contrariamente a lo que suele creerse, los músicos no son personas reconcentradas, melancólicas y graves, sino gente muy bromista y graciosa que sólo busca la diversión propia y la ajena.

El muchacho insistía en que lo dejaran tocar, hacer resonar los parches y metales principalmente para probarse a sí mismo frente a un público, pero también para que ellos, los cuatro, comprobaran que no hablaba en vano. Su momento llegó cuando el baterista anunció que migraría a un trabajo mejor (no más remunerado, pero sí mejor) y le sugirió al director que probara al muchacho, aunque más no fuera para redimirse de las horas de risas y bromas gozadas a su costa.

Comentado el asunto en el siguiente ensayo, los cuatro estuvieron de acuerdo en darle la oportunidad de tener su primer trabajo profesional, siempre y cuando superara la prueba que le harían y soportara la última broma de amateur a la que sería sometido, justo para probar su templanza frente al público (que era precisamente lo que él buscaba). Esa noche, cuando se lo dijeron, no cabía en sí de la alegría. Hizo un amague de abrazar a los músicos, pero le pararon en seco la euforia, aclarándole que el que consiguiera el trabajo dependía de la prueba que tenía que dar para ellos. Así que lo mandaron temprano a casa para que descansara, le proporcionaron algunas partituras (sí, los bateristas, además de sacudir cabeza y brazos, leen música) y le dijeron a qué hora tenía que presentarse la noche siguiente.

Llegó veinte minutos antes, denotando su ansiedad. Los cuatro músicos se miraron de reojo y sonrieron. El baterista le entregó las baquetas y le dijo que estaría cerca, observando su desempeño. Se le aclaró que la prueba consistía en pasar los cuatro primeros temas sin exabruptos, y él bromeó exclamando que Ringo había tenido menos problemas para formar parte de los Beatles. Inmediatamente se arrepintió, aunque nadie acusó recibo de la humorada.

Se acomodó en la batería parsimoniosamente; ubicó la tarola y los toms, acercó el hi-hat, probó el redoblante con las baquetas, se miró en el ride reluciente, se aseguró de tener a mano las escobillas de acero. Si todo iba bien, ese instrumento le sería confiado en el futuro, y lo cuidaría como si fuera suyo; el director y el dueño del lugar se sentirían orgullosos de él, y el público apreciaría su maestría de ejecutor.

El tecladista se instaló frente al órgano Yamaha, el bajista se colgó su instrumento y lo mismo hizo el de la guitara. Estaban dispuestos para arrancar, con el listado de temas y las partituras frente a ellos.

--¿Preparados? –interrogó el director, y le respondieron al unísono que sí. Volvió al recién llegado, observó su posición ante el instrumento, lo miró a los ojos.- ¿Por ahí todo bien?

--Todo en orden –respondió haciendo un gesto en el aire con la baqueta derecha, y entonces se aprontaron para arrancar con el primer tema. Se oía el entrechocar de las copas y el roce de los cubiertos; dos mesas más atrás de la primera fila alguien se quejaba por la poca cocción de su carne.

La primera pieza que interpretaron fue un vals inglés, suave, cadencioso y con una armonía estable. El muchacho pensó que aquello era pan comido, y se relajó aflojándose un poco el nudo de la corbata, que desentonaba con el saco deportivo elegido para el debut (a falta de algo mejor, y encima amarillo con rayas negras). La segunda pieza, una balada rítmica en la que pudo lucirse un poco, lo encontró algo más cómodo en su puesto de percusión, por lo que aprovechó para levantar la cabeza y mirar al público que comía a cinco metros. Creyó adivinar la mirada de soslayo de alguna dama, que, atrapada, de inmediato continuaba comiendo, bebiendo y conversando con el compañero de mesa. El tema terminó bien; la presencia de la batería había sido notoria.

La tercera composición que tenían en carpeta provenía de la música disco, y se estructuró sobre un iterativo compás de 4/4. El muchacho proporcionó un muro rítmico impecable sobre el cual sus compañeros hilvanaron la melodía de una canción popularizada en los 80, que los asistentes no parecieron notar, para no faltar a la costumbre. Raramente alguien daba señales de escuchar la música; sólo una vez una pareja se puso a bailar al lado de la mesa, pero los demás los miraron con el fastidio que provoca la alegría ajena.

Cuando concluyeron, los músicos intercambiaron una mirada de complicidad.

--Ahora viene el rock –informó el director. Giró la cabeza hacia el muchacho y le recordó:- en la mitad tenés el solo de batería…

--Me preparé mucho para esto.

--Mejor así. A ver si te lucís, porque ahí podés improvisar a gusto hasta que los demás volvamos a arrancar.

--Cuando usted diga, maestro.

--Allá vamos… ¡Un, dos, treeeeeeeeessssssssssssss!

 El medley de rock and roll comenzó con un cadencioso preludio de guitarra eléctrica, que se arrastró penosamente entre los asistentes durante un momento; le siguió una explosión de la guitarra que fue perseguida de inmediato por la batería y por el órgano en modalidad de piano, mientras el bajo producía un tonificador marco rítmico. El dueño había pedido específicamente al director que no abundara en melodías estridentes, porque no quería que los alimentos saltaran en los platos de las primeras  mesas. Sin embargo en esta ocasión había hecho la vista gorda, avisado de la mezcla de broma y prueba de fuego que tendría lugar en el escenario. Así que permitió que se elevara el volumen de los bafles y, aunque disfrutaba el estilo rockero y hasta sentía deseos de bailar, rogaba internamente que todo terminara pronto para que los comensales escucharan lo que trataban de decirse por encima de sus copas.

El medley duraría unos ocho minutos; en la mitad sucedería el solo de batería, que el muchacho aguardaba con la ansiedad que concita esa clase de música, apta para la euforia y para la improvisación. Los maestros, en plena ejecución, se miraron y supieron que había llegado el momento preciso para llevar a cabo la broma y la prueba (de más está decir que no hay gente en el mundo que domine el tiempo mejor que los músicos). El director hizo un gesto al muchacho, indicándole que veinte compases más adelante comenzaría su solo-exhibición, como el guarda que anunciaba en los viejos trenes la cercanía de la próxima estación.

De pronto los instrumentos se silenciaron, en homenaje a la batería. El muchacho comenzó su solo creyéndose Keith Moon, y elevando el sonido de su instrumento por encima de los cien decibeles. La chancha temblaba en el remate de los rulos, los redobles se volvieron imposibles de soslayar para el público, y el dueño observaba alternativamente la actuación del músico y los rostros de los clientes,  que pasaban por un espectro de reacciones a medida que avanzaba la presentación. Al principio menudearon las expresiones de contrariedad, en la medida en que el sonido tornaba casi imposible la conversación que concita una comida fuera de casa. Casi de inmediato apareció un asombro no exento de curiosidad, cuando vieron que los músicos se retiraban uno a uno del escenario, casi como si su show ya hubiese concluido y el baterista no hubiera tomado nota de tal circunstancia.

El primero en irse fue el director. El muchacho, sin descuidar su actuación, lo siguió con ojos atónitos hasta que lo perdió de vista en la entrada del baño, que se encontraba en el extremo opuesto del salón. Casi detrás de él se alejó un segundo compañero, que abandonó su guitarra y caminó hasta el mostrador, donde ya le tenían preparado un refrigerio. El muchacho constató que se quedaba solo sobre el escenario, cuando el del bajo apoyó su instrumento sobre la pared del fondo y se dirigió hacia la puerta de calle con el celular en la mano, que vibraba como si el mismo diablo estuviera llamando desde el Averno. El baterista saliente, que hasta hacía dos minutos estaba muy cerca de allí, también brillaba por su ausencia.

En ese momento comprendió que estaba bajo la lente de un enorme microscopio, por el que un entomólogo ciclópeo examinaba cada uno de sus gestos. Entendió que era una broma de sus compañeros, pero también la prueba de oro, y notó que todos los ojos se clavaban en él. No hay nada más terrible que las miradas ajenas, cuando atacan al unísono. Era un juego que practicaba en la adolescencia con sus amigos y amigas, cuando todos se ponían de acuerdo en mirar en silencio a alguno de ellos para intimidar y avergonzar. Detestaba ese juego; nunca salía bien parado.

Ahora, después de tantos años, lo padecía otra vez, pero no iba a renunciar así como así. Juntó valor. Le pegó fuerte al hi-hat y pisó con saña el tom. No sólo no iba a amedrentarse, sino que se luciría frente a todos a pesar de tanta presión. Sólo tenía que cerrar los ojos e imaginarse en el comedor de su casa, aunque… no podía tocar con los ojos cerrados, y se limitaría a no apartar la mirada de los miembros de su batería, que parecía estar viva y gemir bajo cada uno de los golpes. ¿Cuánto tiempo lo dejarían así? Sintió que se le humedecía el cuello de la camisa, y maldijo no poder aflojar el nudo de la corbata. Hacía calor…

En ese momento se ensañó con el cencerro y al mismo tiempo advirtió la presencia de una pequeña tragedia: había olvidado las baquetas de reemplazo. Es casi un mandamiento que hay que tener a mano otro juego de baquetas, por si alguna se escapa de las manos y aterriza bajo una silla o una mesa; se puteó por lo bajo, se dijo que no podía haber sido tan boludo de olvidar ese detalle. Apretó las baquetas que tenía en las manos casi hasta sentir dolor. No podía darse el lujo de perderlas, ya que ese sería el fin. Los dedos le transpiraban, y los palos de madera que usaba no tenían las curitas que le había puesto a las de su casa (un truco aprendido de su primer profesor de batería, precisamente para evitar el deslizamiento). La camisa comenzaba a adherirse a su espalda. Los sobacos se empapaban impúdicamente. La gente lo miraba con una mezcla de estupor y admiración, y en la mitad del último rulo sintió que por primera vez comenzaba a bajarle la presión.

Sacudió la cabeza y se dijo que tenía que relajarse y disfrutar lo que hacía. Era algo más que una prueba, que una presentación, que una broma, que una exigencia. Era un juego. Si no lo disfrutaba, si no poseía la capacidad de regocijarse con los ritmos que los golpes arrebataban a la batería, no sería un músico sino un obrero. Admiraba a los Beatles precisamente porque no habían hecho más que jugar con la música, divertirse en el escenario, crear lúdicamente. El arte es un juego con sus propias reglas, y quizá era esa la lección que los maestros pretendían enseñarle. ¿Por qué no aceptar lo evidente y simplemente travesear con la batería como un niño que se arroja en el pelotero?

 Mientras estos derroteros de sus pensamientos lo animaban a no desfallecer y a continuar su presentación,  el dolor en las manos se acrecentaba y el sojuzgamiento de los ojos ajenos sobre su miserable persona le oprimía más y más el corazón. Intentó calcular cuánto tiempo llevaba en esa situación y enseguida notó que el tiempo dejaba de tener entidad: un minuto, tres, diez minutos, daba igual. La camisa ahora era un paño frío sobre su piel, y la corbata se sentía como el garrote vil. Puteó por lo bajo y se imaginó dentro de un pelotero repleto de granadas a las que alguien les había quitado los seguros. A los maestros se los había tragado la tierra; la gente miraba, el dueño miraba, hasta los mozos se habían parado entre las mesas para mirarlo y sonreír. Sintió unos enormes deseos de arrojar los palos y salir de ahí cuanto antes, pero si hacía tal cosa podía despedirse de su carrera de músico; él mismo no se permitiría volver a pisar un escenario. Había que aguantar y apechugar.

Lo primero que se propuso fue aflojar la presión de sus dedos sobre las baquetas, apartando de sí el temor a perderlas. Imaginó que los palos de madera eran como mujeres: cuanto más se las oprime, más rápido desaparecen. Cuando relajó la presión de los dedos se sintió más cómodo, y pudo mirar los movimientos de sus manos como pájaros que sobrevolaban las superficies de su instrumento, se posaban un instante a picotear en ellas y levantaban el vuelo otra vez con la misma presteza. Entonces sonrió, por primera vez desde el comienzo del solo. Miró directamente a los ojos de la morocha de la primera mesa, y ésta desvió la mirada, turbada y halagada a la vez. Eso lo animó y le dio confianza, al punto de decidirse a repetir lo que con tanta habilidad realizaba en su intimidad con la batería: hacer piruetas con los palillos, cambiarlos de mano en un rápido movimiento, arrojarlos hacia arriba y atraparlos en el aire, girarlos entre sus dedos.

La morocha exclamó un “ohhh!” de asombro y admiración. Los asistentes todos trataban de no perder detalle de lo que hacía el joven músico sobre el escenario; su show, además de música, incluía versatilidad y malabarismo. El dueño estaba complacido con el chico, y los mozos querían aplaudir pero se contenían.

Dos minutos más tarde el péndulo volvía al lado oscuro de su mente y regresaba, aguado pero reconocible, el pánico escénico que parecía ser el enemigo a vencer durante aquella velada. Las manos estaban cansadas y el calor era sencillamente insoportable. Calculó que hacía más de diez minutos que estaba ahí, abandonado a su suerte, expuesto y vivisectado como un animal de laboratorio, con las visceras artísticas saliéndole del cuerpo y el corazón latiendo con premura. Puteó por lo bajo, o al menos eso creyó, pues retumbó en la sala, sobre los sonidos de la batería, su potente interjección:

--¡Hijos de puta, vuelvan de una buena vez!

Precisamente en ese instante el público se percató de que presenciaban una broma o una iniciación. Cuando el baterista levantó la mirada divisó, junto a la puerta del baño de caballeros, la figura enjuta del director, que lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Se sonrojó al tomar consciencia de que había verbalizado la puteada, y sintió que la sangre le subía al rostro, toda la sangre. Pegó fuerte en la chancha y en los platillos, y se calmó al ver a cinco metros a su derecha al anterior baterista, carcajeando como un arlequín al lado del guitarrista, a quienes se les unió el del bajo como por arte de magia, porque no lo había visto regresar de donde quisiera que hubiera ido. El director se unió al grupo y de pronto los tuvo a los cuatro frente a él, mientras el público reía y comenzaba a aplaudir los últimos golpes de su solo.

Los músicos regresaron a sus instrumentos, riendo todavía. A la cuenta de tres la batería cesó y dio paso a la ejecución del grupo completo, que un minuto más tarde concluía la interpretación del rock. El público aplaudió a rabiar, y los músicos agradecieron con gestos. Entonces el director tomó el micrófono para decir unas palabras (algo que sólo hacía para felicitar a los cumpleañeros o dedicar una canción de amor a pedido de las parejas que festejaban aniversarios o reencuentros).

--Gracias por los aplausos –dijo-. En realidad quien los merece es nuestro nuevo baterista, a quien le acabamos de hacer una pequeña broma… Lamentamos las molestias que pudimos haberles causado, y ahora sí, disfruten su cena. ¡Gracias!

El dueño, desde un costado, hizo un gesto al director con el pulgar en alto, y regresó a su puesto detrás del mostrador. Los mozos comenzaron a circular otra vez entre las mesas, y los comensales devolvieron la atención a sus platos y cubiertos.

--Lo hiciste muy bien, pibe –dijo el director estrechándole la mano. Parecidos comentarios recibió de los otros dos músicos.

--Muchas gracias, maestro. Eso sí, le voy a confesar que en algún momento estuve a punto de tirar los palos e irme…

--En ese caso… me habrías puesto en la necesidad de buscar a otro que ocupara ese lugar.

El baterista saliente se acercó y le auguró una larga y fructífera carrera.

--Dejo el instrumento en buenas manos –comentó-. Enhorabuena.

--Gracias.

Hubo una pausa, un silencio en cuyo trasfondo se oía el tintineo de las copas y el roce de los cubiertos sobre los platos. Las conversaciones que venían de las mesas se mezclaban en una monserga babélica que era otra música, a la que había que acompañar con la de los instrumentos.

El baterista saliente estrechó la mano de sus compañeros y se fue. Los otros lo miraron un momento mientras se alejaba, hasta que sobrepasó la segunda fila de mesas.

--Bueno, muchachos, basta de joda; vamos a laburar. Arranquemos con la 34.

Acomodaron las partituras y aprontaron los instrumentos. El muchacho se aflojó el nudo de la corbata y se limpió la transpiración con un pañuelo.

--¿Todos listos?

--Todos.

--Ahí vamos…  ¡Un, dos, tresssss!