Quattuor.

 

El maratonista sin puntos y con interferencias de la realidad.

 

Lo primero que uno decide es en qué sentido va a dar las vueltas alrededor del parque, y dado que la observación de los otros corredores arroja la conclusión de que la mayoría recorre el perímetro a semejanza de  las agujas del reloj, y como también uno se reconoce por no adoptar las prácticas generales tanto en estas minucias como en las cuestiones de peso, la elección previsible lo ha arrojado a uno de cara a los demás deportistas del barrio  que bordean el irregular damero (apenas perfectible merced a la falacia de la percepción, que finge que el predio tiene los cuatro lados iguales), y al cruzarse con ellos uno empieza a realizar observaciones curiosas sobre las peculiaridades y modismos de quienes trotan o apuran el paso vestidos con ropas multicolores, apoltronados dentro de mullidos calzados deportivos y ejecutando movimientos de difícil interpretación, aunque lo mas llamativo sea sin duda la dama sexagenaria que trota con una cartera blanca que cuelga de su brazo, o el hombre que transpira dentro de su camisa blanca recién planchada, su pantalón de vestir igualmente impecable y sus zapatos lustrosos, dando la sensación de que luego ira directamente a la oficina o al comercio donde atiende al público sudado y todo, a diferencia de quienes nos hemos puesto el atuendo adecuado y sabemos que de acá vamos derechito a la ducha mirá, espero que no te moleste que me siente a la mesa completamente desnudo, pero el sol de la playa me duele tanto en la piel, tanto como si, hay mujeres hermosas que hacen que uno se pregunte si en verdad necesitan correr en torno a un espacio verde de la ciudad, y hay otras que no dejan duda acerca de que de poco les servirá ese ejercicio, especialmente a las que uno ve deambular con paso cansino y una botella de coca-cola en la mano gordota y sudada, aunque ha de haber sido linda piensa uno, uno que no pierde el hábito y va pensando en lo ínfimo y evidente: que las mujeres son como las ramas de los árboles que ensombrecen el sendero y hacen que uno avance sintiendo que no hay mayor interés en tocar las que están muy cerca del brazo extendido, esas no, pero que sí vale la pena que uno pegue un salto y trate de alcanzar las más altas, las de difícil acceso, como un complemento gimnástico que tiene que ver también con el desafío de la altura, para qué llevará ese hombre bajo y moreno pesas en las manos mientras corre, o este señor bastante mayor los brazos sujetos a la espalda con una vara de madera para qué los llevará, para qué la charla por celular de esta otra que va trotando y tratando un asunto que en verdad debe ser muy importante para interrumpir este momento tan especial en que el piar de los pajaritos debería ser lo único que mereciera su jadeante atención, aunque usé protector solar y todos los mejunjes que trajiste en el bolsón me duele, debo tener quemaduras de tercer grado y no me queda otra que sentarme desnudo a la mesa, como una epifanía del pensador que se mira el pajarito, tirándote estas ideas calamo currente, Miche.

 

17-Nov-2007