Tria.

 

Gran Hermano de locos.

 

Los fueron introduciendo de a uno en la casa, entre vítores, risas de confusión y saltitos. Llevaban la valija con el ojo característico, y dentro de ella, además de la ropa y las fotos, la medicación, que era de por vida. Un orate puede soslayar el bañarse o el comer, pero jamás deja pasar la hora de las píldoras.  La idea de mezclar en la casa a 17 personas que estaban internadas en hospitales psiquiátricos de todas las provincias con una que provenía de la “inteligentia” del país, donde destacaba en los ámbitos académicos y profesionales de dos ramas importantes del conocimiento, era una invención insólita e implicaba complicaciones permanentes, pero el raiting previsto justificaba la cosa, y le pegaron para adelante. El desafío para el público era ir eliminando a los chiflados y salvar al sospechosamente cuerdo, aunque desde el comienzo se hizo bastante complicado identificarlo, pues quien tenía un comportamiento coherente durante una semana dejaba de mostrarlo unos días después, y quien hoy cometía locuras y torpezas dentro de la casa el siguiente lunes versaba sobre el simbolismo de Poe, y explicaba que ese fue el único movimiento literario que viajó en sentido inverso, es decir de Estados Unidos a Europa. Era un secreto industrial, casi como el de la fórmula de la Coca-Cola, la identidad del libre pensador, quien inobjetablemente tendría que ganar tan extraña puja, pues Inteligentia et sapientia perfecta arma sum… A veces todos parecían desequilibrados, y a veces daban la impresión de compartir una sala de profesores (Dios me libre de decir alguna cosa acerca de la salud mental de los educadores). Hombres y mujeres por igual entraban en el confesionario y había que verlos, intentando expresar sus angustias y sus anhelos, falsos la mayoría de ellos (falsos e impracticables, pero el público no lo sabía). A horas fijas todos iban al comedor y tomaban sus medicinas, pero uno (o una) sólo consumía placebos, para despistar maliciosamente al televidente del horario central, sólo un poquito… Los fueron eliminando de a uno por semana, y salían de la casa entre vítores, risas de confusión y saltitos. Los exponían en todos los programas de actualidad durante un mes tratando de entrevistarlos con alguna coherencia, y después los llevaban de nuevo a la sala del neuropsiquiátrico de donde los habían sacado, a seguir cumpliendo la internación de por vida (donde nadie les creía que habían estado en la tele). Oh sorpresa, tuvieron que dejar de darle placebos, porque sentía angustia, miedo, desatención y fuga de la realidad. Se sentaba a horcajadas en el respaldo de un sillón y afirmaba estar demasiado melancólico para nominar, pero después le daba los votos al más inopinado. Productores y ejecutivos del canal empezaron a preocuparse, y respiraron aliviados cuando el ganador fue regresado a su pabellón, a su cama del hospicio, a su curador oficial, a su inmemorial psiquiatra…

 

Nov. 17 d 2007.