Duo.

 

El gran valenciano.

 

Si alguien me parara en la calle para ofrecerme una hora de hechizo, creo que no dudaría. Si me diera la posibilidad de ser durante esos sesenta minutos alguien a quien admiro por causas justificadas o no, a esta altura de mi vida ya no podría titubear. Si me propusiera bailar en ese interludio del tiempo como Gene Kelly, ver el mundo real como Einstein (aunque ahora se sabe que el mundo real no es como él lo veía), pintar con el pincel de Van Gogh o jugar al fútbol con las gambas de Maradona, por supuesto que diría que no, gracias, paso.

 

Sin trepidar un instante, pediría la voz de Nino Bravo para interpretar aquellas maravillosas canciones que me cautivaron en los setenta y que me estremecen hoy todavía, pero con una emoción teñida de nostalgia que tenemos los que llevamos diez lustros oyendo música…

 

Pediría eso, pero como nadie me va a parar en la calle con semejante propuesta, me conformo con escuchar al gran valenciano en los ratos de soledad que se destinan al solaz del espíritu, o a ver los pocos videos en blanco y negro que quedaron de él, ahora que los pusieron en un dvd y que la magia del pasado viene al abordaje con las nuevas tecnologías.

 

Si no fuera porque la imagen le otorga realidad a la persona que fue, corporeidad y sustancia frente a los ojos, se podría creer que nadie pudo haber cantado así sin trucos ni artilugios…La música es hoy una industria altamente tecnificada y mercantilizada, y las técnicas de post producción llegan incluso a la desfachatez de simular digitalmente el roce de los dedos sobre las cuerdas de una guitarra.

 

Lo cierto es que cuando veo a Nino Bravo interpretando “Elizabeth” en el festival de Río de 1972, y notan mis oídos que lo hacía sin utilizar el recurso del playback como en otras filmaciones que tengo, con el añadido de que el hombre  cantaba en un anfiteatro situado al aire libre y tenía en la retaguardia una imponente orquesta, descubro (a pesar de la mala calidad del sonido, infectado por el viento) que su voz en verdad llenaba el anfiteatro y que la magia era real, clara, emotiva.

 

Poco más de dos años le bastó para pasar a la gloria, a esa parte de la memoria colectiva que llamamos “la gloria”. Dos años, y algo así como cuarenta canciones… Y después nos asaltó a los admiradores su muerte prematura como pocas, a la edad de 28 años, y tan iluso yo, creo que alguien me va a dar esa fibra por una hora, que esa potencia podría salir de mi garganta para el pasmo de quienes me pudieran oír mientras canto en el baño, recorro las catacumbas del subte o camino por Florida o Lavalle desdibujando las otras voces, los instrumentos y los ruidos que tapan el lugar como una ola que va y que viene… cándido de mí, me veo en el medio de la pampa bárbara sacándome los demonios de la voz al grito de “¡Noeeeeeeeeeeeeeeeeliaaaaaaaaaaaaaaa!”.

 

No hubo otra voz como la de Nino Bravo en las tres décadas y pico posteriores a su muerte. Le decían “el Tom Jones” español, aunque creo que al otro artista (con un poco de generosidad) lo podrían haber apodado “el Nino Bravo galés”, si el mundo hubiese sido geopolíticamente inverso por los años setenta. Otros cantantes (muchos, a decir verdad) endulzaron los oídos de los melómanos desde la noche de los tiempos, y algunos fueron excelentes y artísticamente memorables, cuando todavía existían cantantes de esos quilates…

 

Pero Nino Bravo tenía color en la voz, dominaba las palabras apenas susurradas tanto como las estentóreas manifestaciones musicales del sentimiento, y poseía algo de lo que carecieron muchos cantantes que sin embargo estaban dotados con otras cualidades vocales: el valenciano tenía, simplemente, una bella voz. Respiraba en el momento exacto, pronunciaba impecablemente, y su fraseo marcó una época. Los romanos decían "Ubi spiritus est cantus est" (donde está el espíritu hay canción). Se podría decir que un alma rezumaba en esa voz.

 

Los grandes compositores de España se empeñaban en “meter” un tema en el repertorio de Nino Bravo, y sólo los más talentosos pudieron crear a la medida de su registro vocal a lo sumo tres canciones, que se cuentan entre las más hermosas de la música melódica, un arte popular del cual se puede pensar (escuchando los viejos vinilos de Nino) que llegó con él casi… casi a la perfección, para no ofender a alguna divinidad griega.

 

Cuando murió, sus autores tenían preparadas algunas composiciones que interpretó su mejor imitador, Juan Bau (recuerdo haber visto a Juan Bau llorar cuando mencionaba a su modelo e ídolo), y que muchos desprevenidos atribuyen a Nino Bravo…, olvidando que ya era tarde para él.

 

Después vinieron los montajes extraños, los duetos, los álbumes de oro, los que se editan en cada aniversario de su muerte, las remasterizaciones, las reediciones…

 

La tumba donde mora es tan visitada como la de Gardel en la Chacarita, y quién te dice que los españoles, cuando están hastiados, se mandan una adaptación galaica de nuestra porteña expresión “vete a cantarle a Nino Bravo”.

 

Nadie me va a decir “¿te gustaría tener su voz por una hora?”, y la verdad, no me importa. Mañana me calzo los auriculares del mp3, lo pongo a todo volumen, y en la estación Congreso del subte “A”, a eso de las 4 de la tarde, olvido el ridículo y me mando un “¡Noelia!”… que te la voglio dire.

 

Tomá.

 

Nov. 4 de 2007