Unus.

 

La muerte excreta un cuerpo, y eso es un inconveniente. Imaginemos por un rato que no es así, y que cuando alguien se extingue simplemente desaparece, se desvanece en el aire, no deja residuos visibles de la persona que fue. Entonces usted, por ejemplo, va manejando por la carretera y de golpe zas, un infarto o lo que sea. Usted desaparece del asiento, el auto derrapa en la banquina y queda ahí con la radio encendida en su estación predilecta. En el mejor de los casos se enteran de que usted dejó de existir porque la patente del vehículo indica que pertenecía a fulano de tal, y su familia testifica que aquel día viajaba a Bragado para mirar las vaquitas pastando a los costados de la ruta 5. Se acabó, usted es historia, no habrá una tumba que visitar, nadie tendrá que ocuparse de afeitarlo y vestirlo por última vez, sólo lo van a recordar tal como era cuando reía, cuando estaba melancólico y se acordaba de sus años mozos (porque usted es una persona de cierta edad, vea), cuando puteaba porque el delantero de Boca erraba un penal. Esto contribuiría a la limpieza del medio ambiente, pues no habría cementerios que contaminaran las napas subterráneas, crematorios escupiendo vestigios al aire con impertinencia volcánica, gente que aviente cenizas en los mares por motivos de dudosa consistencia, otra gente que atesore esos desperdicios en sus baiuts, dentro de frascos etiquetados como “abuelita” o “papi”. El Ganges sería un río más limpio. Si hubiera una hecatombe y muriera mucha gente, nadie temería al peligro de epidemias provocadas por los cuerpos en descomposición. Incluso podemos pensar que los otros animales desaparecerían con idéntica limpieza, y entonces no existiría el petróleo. Vamos, haga un esfuerzo, concéntrese y trate de apreciar las posibilidades. Nadie se habría vanagloriado fotografiándose junto al cadáver del guerrillero romántico recién asesinado en las sierras. Los rusos mirarían a Lenin en fotos sepia o en cintas cinemáticamente imperfectas. Evita se habría ahorrado un peregrinar póstumo de varios lustros, y el doctor Ara a lo mejor se dedicaba a la pediatría. La solución final habría tenido características inimaginables. ¿Momias, qué es eso? Mire, para ser justo, no le voy a negar las dificultades inherentes a semejante concepción: un avión despega de acá, aterriza allá, un colectivo sale de Retiro y llega a San Salvador de Jujuy, y en el camino varió la cantidad de asientos ocupados. Alguien se esfumó, o trató de estafar. Alguien asesinó. El crimen perfecto sería cosa de todos los días. Sería imposible descubrir al asesino sólo porque analizaron un cabello de la víctima once años más tarde (bueno, al menos esa es la teoría), y el ADN tendría pocas aplicaciones prácticas. Las compañías de seguro se enfrentarían a ingentes dificultades para detectar los dolos, pero los bomberos realizarían un trabajo más higiénico. Usted, señora, va a la habitación del fondo y su madre ya no está. Regresa al comedor, sigue cenando y le dice a su esposo “gordo, mamá murió. Pasame la sal.” Las guerras darían menos trabajo. En los Andes, los sobrevivientes habrían muerto de hambre. Un asunto más complicado sería el de las pieles, porque los animales tendrían que ser desollados vivos, aunque eso ya se hace… y para que usted se luciera en la fiesta de gala del Jockey Club, miss Priscila, alguien debería asegurarse de que los animales aún viven, a fin de evitarle el riesgo de quedar parcialmente en bolas frente a los destacados bon vivants. Los pocos entierros serían como el que un general mejicano hizo del brazo que acababa de perder en la batalla, e incluso en este caso es probable que el brazo, al ser desmembrado del cuerpo, desaparezca también. Muchas cabezas armenias en una repisa sería impensable. Jesús jamás habría bajado de la cruz, y “la piedad” formaría parte de una historia tan increíble como “La guerra de las galaxias”, o supondríamos que lo bajaron cuando aún respiraba et caeteris rebus. Ni hablar de las dificultades del Registro Civil: andá a saber cuántos murieron. El padrón electoral, bien gracias. La tasa de mortalidad se calcularía como la inflación, a ojo de buen cubero. Encontrar barcos a la deriva no sorprendería a nadie, y no tendrían sentido explicaciones como la del triángulo de las Bermudas. Piense que no se erigirían en la tierra el Taj Majal o la pirámide de Keops, aunque el faraón nunca durmió su eternidad ahí sino más al sur, en un humilde hipogeo que pretendía despistar a los saqueadores. Los guerreros de terracota de la China… no sé, a lo mejor los hacían igual, pero no sé para qué los hicieron en primera instancia. La propia iconografía cristiana recurriría a formas no figurativas, y no veríamos en las iglesias tantos señores con túnicas y sí más caleidoscopios. Un párrafo aparte merecen los tibetanos, porque yo, tibetano por convencimiento, habitante virtual del Potala, considero que ellos mantendrían su sistema de creencias tal como lo tienen hoy, con pocos cambios, y los libros de Lobsang Rampa no contendrían diferencias apreciables... Me parece que usted ya captó la idea: el cuerpo sólo sirve para vivir. La muerte debería prescindir de él.

 

Septiembre 15 de 2007