Los antecedentes hispano-británicos.

 

Cuando comenzaron en Hispanoamérica los movimientos de emancipación, España era aliada de Inglaterra (tratado Apodaca-Canning de 1808) y padecía una situación política interna que mal le permitía atender sus asuntos domésticos con eficacia. A lo largo de todo el proceso por el cual España perdió a sus colonias americanas, la corriente negrera, que venía sosteniéndose con dificultad, se suspendió de manera casi completa, pero esto no implicó que fuera a extinguirse definitivamente la esclavitud, ni a largo ni a corto plazo. [1] En realidad, se habían formado ciertos intereses privados muy poderosos, en especial de los productores cubanos, que se oponían cerradamente a la abolición de la trata. A través de los representantes peninsulares, se elevaron peticiones (la primera en 1810) que reclamaban al gobierno que no se comprometiese en una drástica política antiesclavista. La metrópoli no podía desatender estas voces, de manera que, internacionalmente, la situación descripta se tradujo en una frialdad de España respecto de la abolición. [2]

Eran los años en que Inglaterra ejercía sus influjos diplomáticos sobre las naciones de Europa, para la supresión de la trata, después de haberlo hecho internamente en 1807. Aquellas naciones se obstinaban en no abandonar un negocio tan lucrativo, y por añadidura, los intereses coloniales requerían de una provisión constante de mano de obra esclava.

Tenemos, entonces, que el gobierno español, en atención a sus intereses coloniales, se resistía a comprometerse con cualquiera iniciativa que suprimiera o restringiera el tráfico negrero. Este tráfico, en los años inmediatamente anteriores a la independencia, sufrió las alternativas de la guerra continental europea, que como ya dijimos, en ocasiones lo anuló casi por completo. Pero esta circunstancia estaba razonablemente balanceada por las medidas liberales emanadas de la corte española después de 1808, medidas que rompían con el exclusivismo metropolitano en la esfera comercial, y que en el caso de Buenos Aires, analizaremos luego.

Tenemos, también, la presión del gobierno británico en contra de la trata. Pero esta lucha recién comenzaba para el Foreign Office y la Marina Real, de manera que su eficacia puede ser acentuada entre los súbditos británicos. En 1810, el gobierno británico firmó con el de Portugal un tratado de alianza y amistad; en el artículo décimo, S. A. R. se obligaba a que sus vasallos no comerciasen esclavos fuera de sus dominios africanos, lo cual era una reiteración de las estipulaciones del tratado de 1809. [3] Al mismo tiempo, el Almirantazgo enviaba más buques de guerra a las costas africanas, causando conmoción entre los traficantes y las naciones aliadas o neutrales donde la esclavitud era legal. [4]

Pero los tratados generalmente quedaban en letra muerta, y las naves no podían patrullar toda la extensión costera del continente negro. Si, además, las naciones europeas sólo demostraban un tibio interés en el asunto, la combinación era perfecta para que el antiesclavismo avanzase muy lentamente.

Comoquiera que sea, España sólo en 1817 se avendría, al igual que Portugal, a ser signataria de un tratado con Inglaterra a través del cual declararía suprimido el tráfico en 1820 (algo que en los hechos no se cumplió acabadamente) y otorgaría un derecho, aunque limitado, de registro en alta mar, pero sólo al norte del Ecuador. [5] Sin embargo, aún en 1822 y 1823 los representantes de los productores cubanos seguían elevando peticiones para que la trata negrera no sufriese restricción alguna. [6]

Lo cierto es que cuando estallaron las revoluciones americanas, las fuerzas esclavistas se encontraban debilitadas, pero no abatidas. La guerra, como dijimos, había contribuido a ello en gran medida, y comenzaba a hacerlo el abolicionismo del gobierno inglés. Esto favoreció que los nuevos estados nacionales, con su ideario liberal, abolieran de inmediato el tráfico (la Suprema Junta de Caracas lo hizo en 1810, igual que Hidalgo, en México; las Provincias Unidas del Río de la Plata, en 1812), pero los avances y retrocesos en este sentido fueron la clara señal de que la puja apenas comenzaba.

 


 

 

[1] Mellafe, Rolando, La esclavitud en Hispanoamérica, p. 150.

[2] lbidem, p. 98.

[3] Calvo, Carlos, Colección Completa de los tratados..., tomo V, p. 207 ss.

[4] Mannix, Daniel P., Historia de la trata de negros, p. 188.

[5] Ibidem, P. 196.

[6] Mellafe, Rolando, op. cit., p. 98.