Causas del abolicionismo inglés.

 

Muchas han sido las causas invocadas para explicar el abolicionismo inglés de fines del siglo XVIII y principios del XIX. En realidad, este hecho difícilmente pueda ser aislado de los cambios que venían ocurriendo en Europa desde el siglo XVI, cambios económicos y sociales que, cuando adquirieron pleno desarrollo, significaron el surgimiento del capitalismo, el triunfo de una nueva clase social (la burguesía comercial e industrial) y el afianzamiento de nuevas costumbres, mentalidades e ideologías, todo lo cual se sintetizó de alguna manera en una nueva doctrina política y económica que justificaba el orden burgués: el liberalismo. [1]

La burguesía triunfante impuso su nueva concepción del universo primero en el mundo anglosajón, específicamente en Inglaterra, país que, junto con Holanda, había sido de los primeros en surgir como países capitalistas. En ellos apareció el abolicionismo, a pesar de haber sido los más decididos impulsores de la trata y los más hostiles a la libertad, en especial en lo que hacía al medio británico. [2] Allí, la burguesía metropolitana había asumido la dirección del estado, y tolerado y mantenido bajo su control a la clase esclavista colonial, cuyos intereses y tendencias le eran peligrosamente antagónicas. [3]

A partir de aquí, las explicaciones para el abolicionismo provienen de los campos social, económico, político, religioso, etc., pero su base común son los cambios descriptos previamente, síntoma de los nuevos tiempos que se vivían.

En primer lugar, conviene hacer notar que ese abolicionismo fue un movimiento surgido espontáneamente del seno de la sociedad en su conjunto, primero con debilidad, pero adquiriendo fuerza, hasta llegar al gobierno, a través de una campaña que se desarrolló en el púlpito, la prensa, el parlamento. Es decir que no obedeció a un "plan de gobierno" cuidadosamente meditado e impuesto a ultranza, hecho que, por obvio, no puede dejar de mencionarse. Como ya establecimos, el abolicionismo se imbricó en una mentalidad de época que arrastraba sus raíces desde el siglo XVI, y que a fines del siglo XVIII se vio alentado por otros factores paralelos.

Al tratar de esclarecer el surgimiento de ese movimiento de opinión que fue el abolicionismo, hemos creído que lo mejor sería hacerlo por medio de un rastreo en los diferentes campos de la actividad humana, pero sin perder de vista que todos los procesos se desarrollaron en forma más o menos simultánea. Es decir que lo que pretendemos es desechar de plano cualquiera relación causal entre los diferentes elementos que vamos a establecer, no privilegiando, por ende, ninguno de ellos sobre el resto (al uso de muchas teorías reduccionistas).

Política. A partir de 1760, en Inglaterra comenzó a aparecer el radicalismo, una evolución intelectual de ciertos argumentos políticos que habían formado parte del arsenal del País (en favor de la libertad). Las circunstancias políticas cambiantes y la aparición de nuevos temas polémicos hicieron que apareciera la necesidad, con fuerza y rapidez, de una reforma parlamentaria. Los cambios sociales y económicos habían originado una clase media urbana y comercial que cada vez tenía más interés en lograr la representación política. A través de diversos medios concretos, esa clase logró reunir el apoyo requerido para la reforma parlamentaria. A la presión para la reforma parlamentaria del sistema de representación contribuyeron el crecimiento de Londres y de otros centros urbanos, la considerable fortuna adquirida por la clase media de la sociedad, la constante expansión de la prensa y la movilización de la opinión pública por medio de clubes y organizaciones extraparlamentarias. Hubo factores nuevos que causaron un cambio significativo en los argumentos políticos de quieres se oponían a la constitución vigente; los cambios sociales y económicos crearon, quizá, un público más sensible a las ideas radicales, y la formación de la prensa y de las organizaciones extraparlamentarias tal vez facilitaron la difusión de esas ideas, con el apoyo consiguiente del público. Pero fueron las crisis políticas relacionadas con la política de Jorge III, la carrera de John Wilkes y las luchas con las colonias norteamericanas las que influyeron para que quienes se oponían a los liberales de la Corte exigieran una reforma radical del Parlamento. [4]

A mediados y finales del reinado de Jorge III (1760-1820) se manifestó, pues, un deseo general de reforma, pero no se hizo nada porque los sucesos de la revolución francesa alarmaron a la opinión. La situación alcanzada por la propiedad durante la primera mitad del siglo XVIII favoreció el conservadurismo social y político. Pero a fines del siglo, como ya dijimos, la burguesía se abría paso, exigiendo primero la extensión de las libertades a los disidentes, y después, la representación política. [5]

Filosofía. La Ilustración en Europa influyó sobre el desarrollo político en el siglo XVIII (el "siglo de las luces”). Su concepción del mundo, que abarcaba todos los aspectos de la vida y fue asimilada por la burguesía, consciente ya de sí misma gracias a su ascenso económico, se transformó en el factor ideológico que más contribuyó a la gran convulsión histórica que fue la revolución francesa. Según Kant,

"(...) con la Ilustración el hombre alcanza la edad adulta."

Este movimiento filosófico se difundió en los grandes centros urbanos, las Academias y las universidades. Según él, la razón, el impulso a la crítica, la libertad espiritual y la tolerancia religiosa debían sustituir a la tradición. Una formación natural (es decir, racional) y una educación humanista garantizaban el proceso y promovían la "fraternidad humana" (cosmopolitismo; burguesía universal) y la "paz eterna" (Kant), así como la felicidad individual unida a la prosperidad general.

La filosofía ilustrada tuvo a David Hume como principal exponente en Inglaterra, y Voltaire en Francia. Precisamente en este país, en 1751 comenzó a publicarse la "Enciclopedia", cuyos pilares eran el materialismo, el ateísmo y la creencia en el progreso de la técnica. Pero el pensador más importante de la época fue Emanuel Kant, que inició la filosofía del idealismo alemán. [6]

Humanitarismo, piedad religiosa, moral. Las razones humanitarias alegadas por los organizadores de la campaña contra la esclavitud fueron, quizá, las que prevalecieron en el proceso que tuvo su primer gran éxito en 1807, con la supresión de la trata. Por supuesto que este dato hay que integrarlo en un conjunto más importante de factores, pero desde ya que con respecto a este aspecto hay mucho que decir.

Una gran parte de la sociedad inglesa llego a interesarse en este problema, el de la población negra africana, a través de la compasión, de la piedad religiosa que le inspiraban sus sufrimientos. Ya sea que los primeros impulsores de la campaña antiesclavista hayan estado conscientes o no de esta circunstancia, lo cierto fue que utilizaron la exacerbación de estos sentimientos para lograr los propósitos preestablecidos, y por supuesto que esa táctica demostró ser fructífera a través de aquellos años.

Los reformadores ingleses, en su ataque organizado contra la trata, basaban su campaña casi enteramente en la convicción de que la esclavitud era moralmente mala [7]. Este pensamiento era corolario del liberalismo, en tanto que mentalidad de una época en que la revolución francesa y la revolución americana habían estimulado la idea de la libertad del hombre.

Lo humanitario, lo moral y lo religioso estaba, a través de estos argumentos, íntimamente unido. Conforme avanzaba el siglo XIX y cedía el espíritu antijacobino, el humanitarismo invadía los diferentes aspectos de la vida, suavizando el rudo y a veces brutal carácter del pasado y fomentando, en su lugar, una

“(...) amable bondad del corazón, que en algunos casos llegaba hasta el sentimentalismo (...)" [8]

Esto contrastaba con la Inglaterra del siglo anterior, XVII, materialista, ruda y apegada a la tradición. En la nueva etapa, comenzada a mediados del siglo XVIII y terminada en el XIX, los cambios experimentados por los sentimientos se expresaron, por ejemplo, en la derogación de la pena de muerte merced a la presión de los jurados, y en el apasionamiento popular que despertó el movimiento abolicionista de la esclavitud de los negros, a veces excesivo en sus sentimientos hacia “el hermano de tez oscura". [9]

La moral también tuvo su parte en esto. Uno de los primeros en censurar el tráfico de esclavos, basándose en fundamentos morales, fue el Dr. Johnson, y otro Horace Walpole, quien ya en 1750 escribía a Mann:

“Nos hemos reunido en sesión esta quincena para tratar de la compañía Africana. Nosotros, el senado inglés, este templo de la libertad y baluarte del cristianismo protestante, hemos estado esta quincena dedicados a considerar los métodos usados para hacer más eficaz ese horrendo tráfico de la venta de negros. ¡Hemos comprobado que 46.000 de esos desventurados son vendidos cada año solamente en nuestras plantaciones! Se hiela la sangre en nuestras venas. No hay ni que decir que mi voto fue por el continente americano…” [10]

 

En cuanto a lo religioso, digamos que los más enérgicos, entre el clero de la iglesia, eran los evangélicos, que se preocupaban más por la salvación de las almas. Los evangélicos principales, llamados comúnmente "santos", eran seglares, como el propio Wilberforce, los Buxton y la “secta" de Clapham. El tipo más recio del caballero inglés de la nueva época era, con frecuencia, evangélico, a quien el ejército trataba con respeto y la India con temor y gratitud. En Downing Street fue aumentando su influencia en los cuarenta primeros años del siglo XIX, en el servicio civil permanente y en la administración colonial. Su piedad religiosa se expresaba fundamentalmente a través de la actividad humanitaria, como quedó demostrado en la causa contra la esclavitud. Bentham expresaba:

"Si el ser antiesclavista es ser 'santo', venga la santidad."

La misma fuerza (evangélicos, disidentes y radicales librepensadores) trabajó en pro de la educación de los pobres, y en favor de la legislación fabril de Shaftesbury.

La "poderosa bondad del alma" fue característica de muchos en aquella época. Desde comienzo hasta fines del siglo XIX, el nuevo puritanismo de los ardientemente religiosos luchó por practicar la caridad del Nuevo Testamento en lugar de los principios mucho más rígidos del Antiguo. Una sensibilidad más aguda de las necesidades y sufrimientos del prójimo, en especial del pobre, se reflejó en la literatura, en la vida de los filántropos y en las actividades de la época: fundación de escuelas de caridad, hospitales, y a fines del siglo, escuelas dominicales. Se transponían las fronteras de raza y color; y la “stormy pity" azuzó la conciencia inglesa contra la trata de esclavos. [11]

Anticolonialismo. Se ha sostenido que a fines del siglo XVIII y en las décadas siguientes, las antiguas potencias que practicaban la trata penetraron hacia el interior de África y abandonaron el tráfico marginal costero para establecer una economía colonial y aprovechar su riqueza. Es decir que la entrada de África en el pleno colonialismo sería, según esta teoría, uno de los principales motivos del abolicionismo. [12]

Sin embargo, a despecho de esa teoría, es más factible comprobar que no fue el colonialismo, sino el anticolonialismo, el que ayudó a impulsar el final de la trata y de la propia esclavitud.

La polémica relativa a las colonias venía realizándose en Europa desde hacía mucho tiempo. En especial, se pudo percibir una reacción después de la independencia norteamericana, que tornó a las colonias antipopulares, a través de argumentos que las describían, entre otras cosas, como antieconómicas.

Lo cierto era que los argumentos contra la adquisición y el mantenimiento de colonias fueron fuertes en la Europa de los siglos XVIII y XIX, y vamos a resumirlos brevemente, siguiendo la clasificación de Marcel Merle. [13]

En primer lugar, Merle agrupa a las teorías idealistas contra el colonialismo. La tesis idealista buscó su inspiración en las aseveraciones “humanitarias” divulgadas por los "filósofos": los salvajes eran los modelos que ofrecía la naturaleza a la vista de las sociedades corrompidas; a través de este mecanismo, se denunciaban los males de los estados europeos. A la vez, se denunciaban los abusos tanto de la conquista como del propio régimen colonial, y los malos tratos hacia los colonos y los esclavos, atentando así contra la igualdad de los hombres. Por supuesto, comenzó a emerger el principio, aun no formulado explícitamente, del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos. Pero sería el anticolonialismo de los demógrafos y los economistas el que aparecería con mayor firmeza.

Este último anticolonialismo constituyó, para Merle, la tesis utilitarista. Si bien en el siglo XVIII muchos se pronunciaron a favor de la empresa colonial y de la esclavitud, como por ejemplo Law y Melon, no faltaron tampoco voces discordantes. En primer lugar, el argumento demográfico objetó la utilidad de las colonias en la medida en que éstas, por medio de la inmigración, despoblaban a las metrópolis (Boulainvilliers, Voltaire, Mirabeau); este hecho era negativo, tanto si las colonias se poblaban con los mejores elementos -que pronto se independizarían- como si lo hacían con la hez de la sociedad.

En la misma tesis utilitarista se insertó el argumento económico, mucho más complejo que el anterior, y más debatido en su momento. La pregunta era sencilla: ¿era rentable la colonización? Los fisiócratas como Mirabeau, Quesnay y Turgot observaron, de entrada, que los países desprovistos de colonias eran tan prósperos como los demás. A partir de ahí, los motivos que trataban de probar la no rentabilidad de las colonias eran variados, y no vamos a analizarlos acá. Aún en los casos en que se reconocían beneficios provenientes de la empresa colonial, estos sólo alcanzaban a una ínfima parte de la población metropolitana (Paul Louis, tan tardíamente como 1905). Los liberales económicos se ocuparon también del tema, y así, Adam Smith, en su "Riqueza de las naciones", consagró un amplio análisis al examen del comercio colonial. Bentham creía que la supresión de las colonias era una condición para la paz europea. En suma, para fisiócratas y liberales la colonización era un desafío a la racionalidad económica.

Tampoco otorgaban las colonias rentabilidad política, ya que debilitaban a la madre patria. Y este veredicto, surgido entre los economistas, fue confirmado más tarde por hombres de estado.

Por todo ello, ya en vísperas de la revolución francesa el anticolonialismo europeo disponía de un completo arsenal de argumentos. No existía, sin embargo, coherencia entre las diferentes fuerzas de opinión, de manera que el anticolonialismo no prosperaría sino más de un siglo más tarde. Pero la corriente de opinión existía, y uno de sus flancos era el de la trata de negros, íntimamente asociada al mantenimiento de las colonias.

Resta hablar del anticolonialismo marxista, pero lo analizaremos por separado, ya que implicó una interpretación de la historia distinta.

La teoría marxista. La teoría marxista explicaba, en primer lugar, por qué el mundo europeo vio surgir, y concretarse al fin, el anticolonialismo. En este punto, Marx se separó de los economistas clásicos; siguiendo su método de interpretación histórica, consideraba a las colonias como una etapa necesaria en la vía de las transformaciones del mundo. El capitalismo, al introducir nuevos métodos de producción, pulverizó las estructuras sociales arcaicas (entre ellas la esclavitud) de las sociedades colonizadas, y preparó así el advenimiento de un sistema económico basado en "la explotación del hombre por el hombre". [14]

Los escritores marxistas posteriores han persistido en ese rumbo. Williams y Harris, por ejemplo, a través de una explicación de tipo económico-determinista, pretenden que el abolicionismo fue un reflejo político de los cambios económicos fundamentales desarrollados en Europa y América. [15]

Diacrónicamente, la interpretación histórica marxista, referida específicamente al tema de la abolición de la esclavitud, en el contexto de su interpretación anticolonialista, parece resumirse así:

1) Revolución industrial. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la revolución industrial, a través de la máquina de vapor y de una sucesión de dispositivos mecánicos variados, aumentó prodigiosamente la productividad de los talleres industriales, abarató los costos e impuso, como condición necesaria de su existencia, la procura de materias primas abundante. Este industrialismo [16] era la consecuencia de muchos factores de arrastre, pero a la vez catalizador de una nueva etapa del desarrollo del capitalismo.

1-1) Transportes. Los transportes contribuyeron a este proceso. La locomotora y el buque de vapor acercaron a pueblos de diferentes estructuras económicas, a menudo complementarias, reduciendo el costo de los transportes. No había ya rincón de la tierra que lograra sustraerse al nuevo ordenamiento. [17]

2) Consumismo. La condición primordial para que la nueva situación industrial se mantuviese y aún creciera, era la salida de una cantidad cada vez más considerable de productos elaborados. [18] No es extraño que en toda la historia de las doctrinas económicas, las primeras palabras pronunciadas en favor de los consumidores pertenezcan a Adam Smith, en su “Riqueza de las Naciones" de 1776:

“El consumo es el único fin y propósito de toda producción, y los intereses de los productores deberían atenderse sólamente en la medida de lo necesario para promover un mayor consumo. El axioma es tan evidente que sería absurdo intentar probarlo. Pero en los sistemas mercantilistas, el interés de los consumidores está casi sacrificado al de los productores." [19]

 

3) Ampliación de mercados. La conquista de nuevos mercados. Se comprende, pues, que la preocupación de la burguesía industrial europea fuese extender sus mercados, incorporar a su zona de influencia regiones nuevas cuyos habitantes consumieran la producción industrial, con la ayuda de activos agentes comerciales y un transporte ultramarino rápido y económico. [20] Para lograr este objetivo, el intercambio se hacía a vil precio, con tal de conquistar al nuevo mercado, aun a riesgo de beneficiarse con un margen muy reducido, o ninguno, de ganancias. [21] En el caso inglés, el precio de sus manufacturas descendió notablemente en el curso de las primeras décadas del siglo XIX, aumentando su volumen. [22] Parish lo reconocía, al decir que

"(...) los precios módicos de las mercancías inglesas les aseguran una general demanda y ellos se han hecho hoy artículos de primera necesidad de las clases bajas de Sud-América (...)” [23]

 4) Satelitismo económico. Esto proporcionó a la metrópoli, en este caso a Inglaterra, una gran gravitación en las relaciones económicas, gracias al bajo precio de sus manufacturas, llave maestra que le abría todas las entradas. [24]

 5) La custodia de los secretos de fabricación. En este período, los ingleses sólo fueron comerciantes, a diferencia de los franceses, y conservaron celosamente los secretos de fabricación, preocupados, ante todo, por vender sus artículos manufacturados. [25]

 6) Como consecuencia fue apareciendo el asalariado, que, bajo su forma típica, señaló, en todas partes del mundo, el nacimiento del régimen capitalista. Pasando por alto las formas de transición antes de llegar al pago en dinero, digamos que esto último surgió definitivamente con el auge de la producción manufacturera fabril [26], ante la creciente obligación de satisfacer un número cada vez mayor de necesidades con productos adquiridos en el mercado, cuando la economía doméstica ya no lo producía todo. [27] Al mismo tiempo, era indispensable que las masas de hombres y mujeres esclavos pasaran a engrosar las clases bajas de la sociedad, y dispusieran de un mínimo poder adquisitivo.

 Sociedad. Por último, volviendo a Inglaterra, el hecho de haber llegado a un desarrollo con las características que fuimos apuntando, determinó que la existencia de la esclavitud colonial fuese cada vez más insoportable a la sensibilidad moral y a las pretensiones liberales de la burguesía metropolitana. Además, los intereses de sus grandes industrias en ascenso y los intereses comerciales cuya posición los hacía hostiles al grupo de comerciantes de Indias Occidentales, junto con las presiones morales e ideológicas de la burguesía industrial, lograron la abolición pacífica en el Caribe británico. [28]

 En este caso, se habla de que la esclavitud, en las colonias británicas, no era una cuestión de "vida o muerte" para toda una clase, sino un mero expediente económico. Otros autores han puesto el acento en el hecho de que la esclavitud ya no era el expediente económico más idóneo para cubrir la demanda de trabajo. [29] A esto se puede agregar, desde el punto de vista social, el absentismo de los propietarios ingleses, que seguían teniendo a la metrópoli como centro vital, y por ende no podían darse el lujo de romper con ella. [30]

 Resumen. En síntesis, los factores apuntados explicarían por qué la abolición fue un asunto "relativamente sencillo” en el imperio colonial inglés, si lo comparamos con el Viejo Sur, donde fue necesaria una guerra civil en un período mucho más tardío, o con Brasil, que persistió hasta 1888... Una vez en este punto, es mucho más fácil hacerse una idea de por qué la burguesía inglesa, que poseía los resortes del gobierno (y que ahora estaba acicateada por sus propios intereses coloniales), puso tanto empeño en ecumenizar su abolicionismo.

 En principio, se puede afirmar que muchos de los mecanismos que impulsaron la abolición doméstica inglesa estuvieron presentes a la hora de exportar el abolicionismo. Pero, además, el factor de la concurrencia económica jugaba aquí un papel clave, pues no era leal dejar que los plantadores ingleses, que debían utilizar trabajo asalariado libre, tuviesen que competir con la mano de obra esclava. Esto, que a primera vista echa por tierra la protestas de que la esclavitud era antieconómica, tiene sentido en un marco más amplio que el de las islas británicas, ya que si bien aquí pudo ser cierto esta última aseveración, en otras condiciones la esclavitud resultaba aún lo más adecuado, al margen de tener un mayor arraigo psicológico e ideológico en la clase propietaria, generalmente no absentista, como en Brasil o el Viejo Sur, que tanto resistieron el cambio. [31]

 Por último, lo más acertado parece ser aceptar que lo que impulsó a aquellos hombres a combatir la trata y la esclavitud, fue una síntesis de todos los factores señalados, y quizá muchos más que no han sido establecidos todavía. Sería imposible hallar "el" motivo de este proceso, como así también prescindir de ninguno de los analizados. Fue una síntesis original de un momento de la historia del hombre, como lo fue, a su modo, la Reforma o el Renacimiento.

 A partir de aquí, el proceso, desarrollado aproximadamente entre 1775 y 1860, tuvo, por parte de Gran Bretaña, momentos álgidos que pueden ser explorados con mayor facilidad por medio de las alternativas diplomáticas. Y eso es lo que pretendemos en esta tesis.

 La lucha diplomática. La diplomacia, apoyada, por supuesto, por los cañones y la libra esterlina, de acuerdo con los requerimientos concretos de cada caso particular, fue el ámbito donde los ingleses desarrollaron su batalla contra la esclavitud. La correspondencia general del Foreign Office es exuberante en este tema, y asimismo conservamos gran cantidad de tratados que apuntaban a la misma finalidad, desde los que se firmaron con los insignificantes reyes de la costa africana hasta los que signaron, junto con Inglaterra, los restantes estados europeos, grandes y pequeños, pasando, por supuesto, por los tratados anglo-hispanoamericanos.

 La medida de la importancia que para el gobierno inglés tenía este asunto la da el énfasis puesto en él por su cancillería. Para monitorear y organizar lo referido a la trata negrera, el Foreign Office creó un departamento para el Tráfico de Esclavos separado, que creció desde un escribiente en 1819 hasta cinco oficiales de tiempo completo en los '40. Este fue el centro de un sistema de información extensivo, ya que los cónsules y las legaciones tenían la misión de proporcionar al departamento reportes periódicos y completos del estado del tráfico de esclavos, además de sus deberes consulares regulares. Es así que, entre 1811 y 1867, los ingleses disponían de observadores bien situados y altamente calificados, que los mantenían informados. Esta información versaba sobre la participación de capitales o súbditos británicos en el comercio de negros, en primer lugar, y luego, sobre la medida en que seguían practicándolo súbditos y capitales extranjeros. Una vez en posesión de esta información, los mecanismos diplomáticos se ponían en movimiento para corregir los errores. [32]

 

 

 

[1] Diccionario Enciclopédico Salvat, Barcelona, 1986, 26 tomos, “liberalismo".

[2] Tennenbaum, F., El negro en las Américas…, p. 67.

[3] Genovese, Eugene, Esclavitud y Capitalismo, p. 50.

 

[4] Dickinson, H. T., Libertad y propiedad…, p. 216-217.

[5] Trevelyan, .G. M., Historia social de Inglaterra.

[6] Kinder, Hermanny, Atlas histórico mundial, p. 292-293.

[7] Mannix, Daniel P., Historia de la trata de negros, p. 173.

[8] Gerber, Lambert, Historia de Inglaterra.

[9] Ibidem.

[10] Ibidem.

[11] Ibidem.

[12] Verlinden, Charles, citado por Mellafe, Rolando, La esclavitud en Hispanoamérica.

[13] Merle, Marcel, El anticolonialismo europeo de Las Casas a Marx.

[14] En este análisis, seguimos la obra citada de Marcel Merle.

[15] Genovese, Eugene, op. cit., p. 31.

[16] Dorfman, Adolfo, Historia de la industria argentina. p. 51-52.

[17] Ibidem, p. 51-52.

[18] Ibidem, p. 51-52.

[19] Lekachman, Robert, Historia de las doctrinas económicas, p.96.

[20] Dorfman, Adolfo, op. cit., p. 51-52. También Ianni, O., Raza e classe no Brasil, Río de Janeiro, 1966, citado por Rivas, Luis S., La situación colonial, p. 71, enfatiza este importante aspecto, afirmando que “(…) a medida que la economía de mercado se desenvuelve internamente con la génesis de un sector artesanal y fabril, junto a la expansión y diferenciación del sector de servicio, instáuranse más amplia y profundamente los valores fundamentales de la economía y cultura capitalista. Por lo tanto, al mismo tiempo que desean su expansión económica, se desea el desarrollo del trabajador libre, en la medida que es un consumidor en potencia.”

[21] Ibidem, p. 53.

[22] Ibidem, p. 53-54.

[23] Parish, Woodbine, Buenos Aires y las provincias…, p. 527.

[24] Dorfman, Adolfo, op. cit., p. 54.

[25] Ibidem, p. 55.

[26] Ibidem, p. 102-103.

[27] Ibidem, p. 103.

[28] Genovese, Eugene, op. cit., p. 59.

[29] Goveia, citado por Genovese, Eugene, en op. cit. También Adam Smith se refirió a la no rentabilidad de la esclavitud.

[30] Genovese, Eugene, op. cit., p. 62-63.

[31] Ibidem.

[32] Eltis, Davis, The Nineteenth-Century Transatlantic Slave Trade…, pp. 111-112.