Caracterización del corso durante la guerra con el Imperio. 1825-1828.

 

 

El corso practicado contra Brasil tuvo características similares al que se había ejecutado contra España. Su efectividad se vio incluso incrementada, contra una nación que tenía un alto grado de dependencia con respecto a su comercio marítimo. Así, la alarma que los corsarios sembraron en el Imperio obligó a destacar fuerzas importantes en su contra, y a fortificar numerosos puntos de la costa. Los seguros marítimos llegaron hacia fines de la guerra al 30% para buques que navegaban sueltos; además, el gobierno imperial generalizó entonces el sistema del convoy para el tráfico, a pesar de todos sus inconvenientes, y sin lograr que la fuerte escolta alejara a los audaces aventureros y suprimiese los riesgos de una captura. Asimismo, el emperador se vio obligado a autorizar a los extranjeros el cabotaje normalmente reservado al pabellón brasileño, lo que volvía a aquéllos pasibles de captura. [1]

El clamor que esta situación despertó en los damnificados llamó la atención pública del país (Brasil) sobre la iniquidad de la querella; la opinión consciente no vaciló en denunciar abiertamente la injusta ocupación del territorio oriental, haciendo que la idea de una transacción fuese abriéndose paso, a pesar de la paralización de los ejércitos de las Provincias Unidas y de la impotencia de Buenos Aires ante el bloqueo. [2] 

Pero, en contrapartida, también (más allá del daño causado al comercio brasileño) fue grande la ruina que el corso consumó sobre la propia escuadra republicana. Nuestro gobierno, para fomentarlo, no trepidaba en facilitar a los corsarios sus mejores buques, que sucesivamente fueron cayendo en las redes del bloqueo. Además, los agentes del corso no perdonaban medio para seducir a los marineros, y el aliciente del lucro hizo que muchas tripulaciones -incluso muchos oficiales de valía- abandonaran el servicio, o desertaran para lanzarse a operar en los barcos corsarios. Muy pocos volvieron, pues a la larga buques y presas eran capturados o liquidados en puertos extranjeros, cuando no en los mismos puertos del Brasil. [3]

Al igual que había ocurrido en el corso contra España, la casi totalidad de los corsarios eran de nacionalidad extranjera, aunque muchos de ellos estaban radicados en el país. La marinería, en particular, era una mezcla de gente de muy variadas nacionalidades, y dio mucho trabajo a la oficialidad; fueron frecuentes los desórdenes y los motines, sobre todo en las presas, y gran número de éstas las vendieron sus propios tripulantes en los mismos puertos brasileños. [4] 

En cuanto a las semejanzas entre este corso y el de la independencia, ambos se parecían en lo que hacía al alejamiento y a la extensión de su campo de acción, y como ya dijimos, en el hecho de dedicarse a él casi exclusivamente marinos extranjeros. [5] En el curso de 1826 y hasta mediados de 1827, se expidieron no menos de 136 patentes de corso, pero tan sólo parte de estas patentes llegaron a utilizarse, pues en el mismo período se citan datos de que sólo 16 corsarios salieron de Buenos Aires, el Salado y Maldonado. [6] 

Y si aquí se permite una digresión, creemos que este es el punto donde se ligan las Provincias Unidas con los incidentes marítimos que luego, como vamos a ver, van a significarle innumerables quejas de gobiernos amigos. Ya que, en efecto, ¿cuál fue el destino final de estas patentes de corso que no parecen haber sido utilizadas en el estuario del Plata? Si bien no es éste el tema que nos hemos propuesto tratar, creemos que sería importante rastrear en este sentido para lograr un mejor conocimiento de historia naval. 

El total de los corsarios en el transcurso de la guerra fue de aproximadamente 42. El total de presas, unas 400. Sin embargo, sólo una cuarta parte de las presas llegaban a buen puerto, por razones ya apuntadas. Casi con seguridad, puede afirmarse que la empresa corsaria en esta guerra no debió haber resultado del todo bien para los armadores, sino más bien negativa. [7] 

Octubre de 1827 señaló el momento álgido del corso, pues las presas afluían, especialmente al Salado; pero también comenzaron a fluir las malas noticias, ya que en un plazo de dos o tres meses sucumbieron seis de los más importantes corsarios nacionales. [8] Este auge del corso se debió al entusiasmo despertado por los triunfos repetidos, y por la estrangulación del comercio exterior por el bloqueo; entonces, firmas y capitales normalmente empleados en otras empresas (Vicente Casares, Arriola y Cía., Severino Prudent, Ford) derivaron a la empresa corsaria. El número de los corsarios fue creciendo y sus actividades se extendieron a toda la costa enemiga. [9] Con el año 1828, último de la guerra, comenzó la visible decadencia del corso: el tráfico brasileño estaba muy mermado, y la persecución a los corsarios era cada vez más activa; varios armadores se declararon en quiebra, dejando a sus accionistas sin remuneración, y a la marinería sin medios de subsistencia. [10]

La reglamentación del corso incluía la captura de mercaderías enemigas en barcos neutrales. Por otra parte, por decreto de abril de 1826 se estableció un Tribunal de Presas, del que formaban parte el ministro de Guerra y Marina y dos camaristas. Más tarde, por ley del año 1827, se estableció que entenderían: en primera instancia, un juez letrado; en segunda, el mencionado tribunal; y en tercera, un tribunal formado por el ministro de gobierno y el presidente y decano de la cámara de Justicia. [11]

Como hemos visto, a causa del bloqueo de Buenos Aires, los corsarios debieron utilizar el puerto de Patagones como base de operaciones. Ya el 2 de enero de 1826 el gobierno de Buenos Aires avisó a Lacarra, gobernador de Patagones, que la guerra con Brasil era un hecho. [12] Previamente, el 9 de diciembre de 1825, el gobierno había hecho saber a aquellas autoridades que tenía noticias, aunque no confirmadas, de las miras de los brasileños sobre el puerto de Patagones. [13] El 15 del mismo mes una nave de guerra imperial, del tipo bergantín, envió, a las 4:00 hs. P.M., dos botes con gente armada, que lograron apoderarse de una presa fondeada en el río, y llevarla a remolque. [14]

Este puerto se proyectó, desde finales de 1825, cuando el corsario Lavalleja capturó 21 presas en su primer crucero, con sólo dos recapturas del enemigo, como una base de operaciones sumamente importante, a pesar de su lejanía con Buenos Aires; sería, efectivamente, un refugio seguro para nuestros corsarios, los cuales herían el poder naval del Brasil y dañaban su comercio. Sin embargo, el gobierno nada podía hacer para proteger a Patagones del ataque brasileño. [15]

Caillet-Bois nos pinta la siguiente imagen de aquel puerto: 

“Esta época -fines del año 26 y comienzos del 27- fue la del auge ficticio de Patagones, extraña Saint Malo austral abarrotada de mercaderías y riquezas sin salida, de negros esclavos traídos a centenares, de valientes aventureros franceses, ingleses y norteamericanos que fueron injerto marítimo vigoroso en la rancia cepa de labriegos “maragatos".” [16]

Junto con Patagones, el puerto de San Blas adquirió importancia a consecuencia del bloqueo del Plata. A mediados de 1827 los corsarios utilizaron cada vez más la boca del río Salado, aunque más tarde también se volvió peligroso. [17] El gobierno, por su parte, se preocupó de crear un “establecimiento" marítimo en Bahía Blanca, como lo iba a llevar a cabo en marzo-abril de 1828. [18]

A principios de 1827 el almirante Rodrigo Pinto Guedes, baráo do Rio da Prato, comandante en jefe de las fuerzas navales brasileñas, en el estuario, se decidió por invadir el Río Negro en la costa patagónica, a raíz de una carta proveniente de Buenos Aires que le recordaba que el establecimiento de Patagones era refugio obligado de nuestros corsarios y sus presas, y la población, depósito de las mercaderías tomadas con éstas. A mediados de febrero de ese año zarpó la expedición del puerto de Maldonado; en septiembre de 1827 los brasileños intentaron por segunda vez invadir Patagones, pero todo terminó con un nuevo fracaso. [19]

En síntesis, hemos caracterizado este corso como muy similar al de la guerra de la independencia. A partir de este momento, y sobre todo al finalizar la guerra, los resabios de estas actividades navales iban a implicar al país en incidentes con naciones amigas que muchas veces se conectaron con la trata negrera. Ya vimos que sólo una ínfima parte de las patentes de corso emitidas por el gobierno se utilizaron en las aguas del Atlántico sur durante la guerra, y hemos sugerido la posibilidad de que estas patentes fuesen utilizadas con otros fines. La honda expansiva del corso argentino, sobre todo a fines de la guerra, afectó regiones cada vez más alejadas. Los corsarios se alejaron cada vez más, y dieron en frecuentar las Antillas para reabastecerse y enviar allí sus presas. En vista de que gran parte de las presas eran recapturadas por el enemigo antes de que llegaran a su destino, muchos capitanes preferían enviarla a las Antillas o a puertos amigos de Norte América, aunque el reglamento de corso impusiera normalmente su envío a puertos nacionales. Así fue desapareciendo el contralor del Estado, y se produjeron situaciones irregulares y conflictos con las autoridades jurisdiccionales de aquellas aguas; algunos corsarios fueron condenados por piratería, y el gobierno, en más de un caso, tuvo que entablar reclamos diplomáticos, muchas veces infructuosos. [20] 

En estas últimas circunstancias, ya veremos que no fueron pocas las oportunidades en que las quejas de los gobiernos amigos contra los supuestos “corsarios" argentinos tocaban el punto de la trata de negros. Estas acusaciones, lo mismo que las de piratería, desmienten la afirmación de Caillet-Bois -y de tantos otros- en el sentido de que 

“(...) no se registran acusaciones concretas contra nuestros corsarios, fuera de los calificativos de bandidos, intérlopes, etc., que les prodigan las crónicas enemigas de la época con una liberalidad que constituye la mejor prueba de su eficacia." [21]

En el caso particular de Gran Bretaña, su representante en Buenos Aires, el vizconde John Ponsomby, hacía a mediados de 1827 un completo informe destinado a su gobierno, donde informaba que la cancillería argentina se mostraba cooperativa en la búsqueda de soluciones para los problemas entre los corsarios y los súbditos de S. M. Agregaba que no existían en ese momento barcos o súbditos ingleses detenidos en Patagones. Incluso justificaba las actividades corsarias:

(...) Temo que usted pueda hallar muchas causas de insatisfacción de los corsarios que actúan bajo patentes de corso de este país, que son a menudo americanos y otros aventureros. Pero en la situación de este país, dudo que pueda prescindir de un arma tan eficaz como el corso. Envío copias de patentes de corso emitidas por este gobierno, y de las instrucciones." [22]

Sin embargo, a medida que las dificultades provocadas por los corsarios se agravaban y se multiplicaban, especialmente después del término de la guerra, la oficina del Almirantasgo y el Foreign Office se preguntaban si el gobierno argentino era incapaz de condenar

“(...) atroces actos de piratería (...)” [23], 

concluyendo que 

 “(...) efectivamente, el gobierno de Buenos Aires no tiene poder para combatir tales actos, ni intención de hacerlo.” [24] 

Es decir que la insatisfacción del gobierno de S. M. B., a medida que las situaciones conflictivas eran más numerosas, crecía en intensidad, lo mismo que su presión sobre nuestro gobierno. La correspondencia entre Lord Ponsomby y su gobierno refleja con claridad este estado de cosas. En las postrimerías del año 1827 lord Ponsomby habla de 

“(...) poner fin a los ultrajes que desde hace mucho distinguen el proceder de los corsarios de Buenos Aires. (...) Este gobierno tiene difícilmente ningún control sobre la conducta de sus corsarios.” [25] 

A pesar del empeño que nuestro gobierno ponía en contener estas actitudes de los corsarios, los resultados eran magros, y el acreditado representante inglés no cesaba de solicitar el cese del sistema de corsarios de manera definitiva. Lo cierto era que, como ya dijimos, los aventureros que gozaban de patentes de corso de las Provincias Unidas estaban, cada vez más, fuera del alcance de nuestro gobierno, sin dejar por ello de suscitar complicaciones diplomáticas.

 

 

 

 


 

 

[1] Caillet-Bois, Teodoro, op. cit., pp. 331-332, 323-324.

[2] Ibidem, pp. 323-324.

[3] Ibidem, pp. 323-324.

[4] Ibidem, p. 349.

[5] Ibidem, pp. 32l-322.

[6] Ibidem, p. 324.

[7] Ibidem, pp. 323-324.

[8] Ibidem.

[9] Ibidem, pp. 330-331.

[10] Ibidem, pp. 333-334.

[11] Ibidem, pp. 349-350.

[12] Biedma, José J., Historia del Río negro, p. 509.

[13] Ibidem, p.502.

[14] Ibidem, p.505.

[15] Ibidem, p.509.

 

[16] Caillet-Bois, Teodoro, op. cit., p. 325. El subrayado nos pertenece.

[17] Ibidem, p.331.

[18] Ibidem, p.331.

[19] Biedma, José J., op. cit., pp. 537-538, 648.

[20] Caillet-Bois, Teodoro, op. cit., pp. 322-331.

[21] Ibidem, p.349.

[22] Foreign Office, 6/21-22, 389-393, Ponsomby a su gobierno, 24-7-27.

[23] Ibidem, 387, Almirantasgo a Ponsomby.

[24] Ibidem.

[25] Ibidem.