Brasil.

 

A lo largo de estas páginas hemos hecho frecuentes alusiones a Brasil, que por encontrarse en la frontera de nuestro territorio, haber sido un estado fuertemente esclavista hasta muy entrado el siglo XIX y haber mantenido intensas relaciones con Inglaterra, tocaba de modo directo el tema que nos hemos planteado. Una breve síntesis del período 1810-1840, en lo atinente a la manera en que la trata negrera caracterizó las relaciones entre Inglaterra y Brasil y entre Brasil y las Provincias Unidas, forzosamente omitiría muchos elementos de importancia. Pero ciertas situaciones, que se mantuvieron constantes a través de este período, merecen ser destacadas.

 

En lo que a las relaciones entre Inglaterra y Brasil se refiere, la trata permaneció, incluso hasta mucho después de 1840, como un conflictivo tema de política exterior. Ya hemos conocido el celo que el gobierno inglés ponía en combatir el tráfico de negros. Por ello, el primer intento inglés de obtener la extinción del comercio de esclavos, por parte de Portugal y de su sucesor, el Brasil, se verificó inmediatamente después del traslado de la corte portuguesa a Rio de Janeiro. La resistencia, tanto de Portugal como del Brasil, era grande en este sentido, y frecuentemente la causa del mantenimiento de la trata fue asociada con la soberanía nacional. A pesar de todos los esfuerzos, Inglaterra sólo pudo obtener las magras concesiones que se encuentran en el tratado del 29 de febrero de 1810, junto con vagas promesas del soberano portugués de cooperar en la campaña contra el trafico de negros, restringiendo la acción de sus súbditos a los territorios africanos bajo el dominio de Portugal (si bien los traficantes portugueses sólo operaban en las colonias de su corona). Con todo, Inglaterra no podía vigilar con eficiencia la inmensidad de los mares, cuando todavía se navegaba en veleros [1].

 

Por esos años (1811-1815), el promedio anual de las importaciones brasileñas era de 21.6 mil cabezas, promedio que incluso ascendió verticalmente en algunos períodos, como lo hizo por ejemplo entre 1826 y 1830, en que llegó a 40,32 mil [2], o como ocurrió en la década de 1840, cuando las importaciones alcanzaban una cifra anual de 50 mil. Comparativamente, el más alto promedio cubano fue de 18,16 mil entre 1831 y 1840 [3].

 

Por su parte, en las relaciones entre Portugal -y después Brasil- con las Provincias Unidas, el comercio de esclavos también incidió notablemente, si bien mucho menos que en las relaciones de aquellos países con Inglaterra. En este caso, aquel comercio se presentaba para la joven república austral como un flanco débil de su poderoso vecino imperial, y no dudó en atacar ese talón de Aquiles en las frecuentes oportunidades en que la tensión diplomática llegaba a la belicosidad abierta. En contraparte, digamos también que durante los períodos de calma con Portugal o Brasil los ataques al comercio de esclavos de estos países ocasionaron más de un dolor de cabeza a nuestro gobierno.

 

Muy poco después de la revolución, el peligro que para la corona lusitana representaba una república en su frontera sur atendía a la factibilidad de que los esclavos se rebelasen y transfugasen más allá de las fronteras. De hecho, esta era una constante preocupación, manifestada reiteradamente [4].

 

Probablemente, uno de los motivos que justificaba las ambiciones sobre estos territorios haya sido este que apuntamos. Ya en agosto de 1811 la Junta se enteró de que un ejército de 5000 portugueses había invadido la Banda Oriental. Estos hechos bélicos, agregados a los fuertes intereses comerciales asociados a la causa de la independencia americana por parte de los ingleses, hicieron que una causa común uniera a porteños e ingleses. Esta alianza, que al principio se movía solapadamente en el terreno de la diplomacia, y luego iba haciéndose más evidente, tuvo como importante corolario el sostenimiento de la causa abolicionista como objetivo común. Así fue como Inglaterra obtuvo, para su lucha contra la trata -y específicamente la trata brasileña-, un aliado en el gobierno de Buenos Aires, que al mismo tiempo compartía este ideal. Entre tanto, a fines de 1811 las armas eran adversas en la Banda Oriental para los generales portugueses, frente a un caudillo de la talla de Artigas.

 

Pero la trata no era únicamente un tema de interés bilateral, sino que en cada una de las decisiones que sobre ella adoptaran Inglaterra, Brasil o las Provincias Unidas, iba a estar presente la consideración de los efectos que sobre las restantes dos naciones ejercería la misma. Al respecto, la posición del Foreign Office era taxativa: deseaba acabar con la trata, y la combatía por todos los medios. Pero otra cosa muy diferente era, en estos primeros años de revolución americana, alentar a las Provincias Unidas a llevar adelante una política agresiva al respecto (en la medida en que pudiera llevarse a cabo, claro), sin malquistarse con su aliado lusitano. Sin embargo, ya hemos visto que las propias ideas liberales de los revolucionarios hispanoamericanos coincidían con estas expectativas inglesas, incluso más allá de lo que la prudencia hubiera aconsejado. Así, si bien a mediados de 1812 el gobierno porteño prohibió la trata de negros y no tuvo al respecto inconvenientes internacionales, otra situación muy diferente se suscitó a principios de 1813... En ese lapso de tiempo, la mediación de Lord Strangford en la corte portuguesa, la liberación de España y la derrota del Cerrito restaron belicosidad a la guerra en la Banda Oriental, y el temor de Buenos Aires ante una posible invasión de reconquista hizo que los intentos de acercamiento hacia Inglaterra, como contrapeso al poderío lusitano, se intensificasen. La asamblea instalada en Buenos Aires a fines de enero de 1813, como vimos, decretó que los esclavos eran libres por el sólo hecho de pisar el territorio nacional, pero poco más tarde, ante las airadas protestas provenientes de Río de Janeiro, la medida quedó sin efecto.

 

Lo que había ocurrido era que el príncipe regente de Portugal había reclamado enérgicamente contra esta disposición, como agresión a su real soberanía y a los fundamentos del armisticio Rademaker-Herrera, del 26 de mayo de 1812. Exigía la inmediata restitución de los esclavos fugitivos y la abrogación de la declaración enunciada. En vista de que el armisticio se había efectuado bajo las garantías dadas por Inglaterra, el regente reclamó entonces la cooperación británica... Lord Strangford se apresuró a instar a Buenos Aires a que sin demora adoptara las medidas necesarias para conjurar los efectos del decreto de la Asamblea y tranquilizar los recelos de la corte de Rio de Janeiro.

 

La junta satisfizo sin demora al príncipe regente y al plenipotenciario inglés, suspendiendo los efectos de su famosa declaración. Lamentablemente, este hecho iba a sentar un precedente, hábilmente utilizado en 1857 para que entre la Argentina y el Imperio se firmase un tratado... sobre la extradición de criminales, desertores y esclavos. Y aunque este documento es posterior a los límites que nos hemos impuesto, veamos qué dice de él Rolando S. Silioni:

 

"Los tratados aparecían como condición del empréstito que se prometía después de su concreción (...). La cláusula de extradición de esclavos degradaba al país a la condición de nación negrera, contra las prescripciones establecidas en la constitución (...). El congreso de Paraná le prestó su sanción el 29 de septiembre de 1857. El emperador y el presidente Urquiza también lo aprobaron.” [5]

 

Pero volvamos a 1813. Es interesante observar la actitud de la diplomacia inglesa, que en este caso anteponía la independencia de la joven república del Plata (donde tenía intereses comerciales) a la batalla que se estaba dando contra las naciones negreras. Esto ocurría en un momento en que la liberación de Fernando VII y su regreso a España hacían peligrar la recién adquirida libertad. Y la mediación británica finalmente iba a dar sus frutos, pues en enero de 1814 Portugal comenzó a retirar sus tropas de la Banda Oriental, en virtud del armisticio Rademaker-Herrera.

 

Pero en el frente de las relaciones bilaterales con Portugal, Inglaterra persistía en sus objetivos. A instancias británicas, en los tres años siguientes a 1814 Portugal y España acordaron prohibir la trata de negros al norte del Ecuador.

 

En julio de 1814 Inglaterra firmó con Fernando VII un tratado de alianza y amistad, reafirmado por uno similar signado en agosto. Por este último, aquella se comprometía a no ayudar a los insurgentes americanos, lo cual pagaría España con beneficios comerciales. El vuelco de la situación internacional restó apoyo inglés a los revolucionarios porteños, quienes, aconsejados por Lord Strangford, enviaron la misión Rivadavia-Belgrano a los pies de Fernando VII, para pedirle perdón y presentarle votos de fidelidad.

 

Como dijimos, en 1815 Portugal aceptó no practicar la trata el norte del Ecuador. En el hemisferio sur iba, pues, a continuar oficialmente, entre Angola y Brasil, hasta 1878. Aquel mismo año, la posición portuguesa en el Congreso de Viena había sido, ante el movimiento abolicionista, dilatoria y poco definida. Por su lado, Inglaterra reconoció la acción ilegal de sus cruceros en los cinco años precedentes, y se comprometió a indemnizar a los súbditos portugueses perjudicados; con todo, al obtener la abolición del tráfico al norte del Ecuador había logrado excluir de ese circuito las posesiones portuguesas que más contribuían a alimentar la población esclava del Brasil, en particular Costa de Mina [6].

 

Entre tanto, en el Río de la Plata, a fines de 1815 se notaban en el Brasil síntomas de hostilidad hacia Buenos Aires, y testimonios de la época mencionan la existencia de negociaciones entre Portugal y España para el sometimiento de las Provincias Unidas. En estas circunstancias, nuestros primeros cruceros, y también los corsarios con patente artiguista, salían frecuentemente a atacar el tráfico portugués, creando con ello situaciones tirantes y peligrosas muy próximas al estado de guerra [7]. Un ejemplo de estas acciones navales es el de la "Céfiro", que en noviembre de 1815 apresó a la goleta "Divina Pastora", que salía de Bahía en viaje al África en busca de esclavos. Declarada buena presa, fue adquirida en pública subasta por Taylor, su apresador, quien la armó en corso como "El mismo de Buenos Aires".

 

Es decir que en esos momentos tan delicados para la revolución, cuando nuestros ejércitos eran derrotados en Sipe-Sipe y se abandonaba a su suerte a la provincia oriental, el atacar el circuito comercial brasileño, a través del cual se abastecía de mano de obra esclava, se reveló como un eficaz recurso, no obstante lo peligroso que era, dada la restauración de los Borbones españoles y la anunciada expedición de Morillo al Plata.

 

Para entonces, el recurso bélico de atacar la circulación comercial brasileña, donde la trata jugaba un importante papel, se caracterizó como un eficaz medio de presión a nuestro vecino imperial. Y nuestras naves lo utilizarían cada vez que se llegara a un enfrentamiento bélico. Por lo demás, aún cuando la ideología liberal de nuestros gobiernos se oponía al tráfico negrero, ambas situaciones (corso y antiesclavismo) parecen haber corrido por carriles independientes.

 

A lo largo de 1816 las capturas continuaron en las costas del Brasil, dando lugar a las consecuencias previsibles. Es difícil saber en qué medida el gobierno inglés veía esto con buenos ojos, pero es innegable que este elemento ayudaba a su política abolicionista, en especial en su empeño de cortar la trata brasileña. En agosto de 1816 Portugal invadió nuevamente el territorio oriental, y sus ejércitos entraron triunfantes en Montevideo en enero del año siguiente. Para entonces, los éxitos de nuestros corsarios y de los corsarios artiguistas sobre las costas brasileñas había obligado al tráfico brasileño a organizarse en convoy. Como vemos, nuestro gobierno no temía ya a la reconquista española, a la cual había desafiado abiertamente. La diplomacia inglesa había abandonado la revolución a su suerte, en tanto que la misión Rivadavia-Belgrano había sido ya cancelada.

 

El Foreign Office intentaba sinceramente suprimir la trata de negros en el Brasil, y para obtenerlo seguía intentando firmar tratados en los que se le concediese un derecho, limitado, de registro en alta mar. En 1817 Portugal firmó un tratado con estas características, aunque sus buques no podían ser registrados al sur del Ecuador.

 

La sociedad brasileña estaba marcada de manera indeleble por la esclavitud, de la que no podía prescindir. En 1817, de una población de 3,6 millones, sólo 0,8 eran blancos, en tanto que casi 2,9 eran negros libertos y esclavos, sin contar otro 0,6 mestizos (mezcla de blancos, negros e indios); el resto era indios puros [8]. La importación de negros seguía realizándose en gran escala, calculada, entre 1817 y 1850, entre 3 y 5 millones [9]. El encargado de negocios británico en Rio de Janeiro informaba en 1817 que habían llegado 4 barcos, con 1880 esclavos a bordo procedentes de Mozambique. Al año siguiente ya fueron 8 buques, con 2416 esclavos de la costa oriental [10]. Como vemos, los acuerdos de Viena no habían sido más que letra muerta también en lo referido a la ilegal persecución de los cruceros ingleses. Esta actividad, ampliada por la concesión hecha por Portugal a los ingleses en lo referido al tráfico al norte del Ecuador -derecho de visita en alta mar ante sospechas de tráfico negrero-, se fue tornando cada vez más efectiva. Dicha estipulación tendría una duración de quince años, después de la abolición total del tráfico que Portugal se comprometía formalmente a decretar en el más breve plazo posible [11].

 

En el frente interno, la idea de la extinción del tráfico y hasta de la propia esclavitud comenzaba a abrirse paso en el Brasil. La eclosión y desenvolvimiento de un verdadero espíritu antiesclavista se vinculó directamente con los factores internacionales que actuaban contra el sistema servil. Entre 1808 y 1823 se publicó en Londres el “Correio Brasiliense”, un periódico en lengua portuguesa que era sumamente leído en el Brasil. Su redactor era brasileño de origen y escribía para su país, y condenaba la trata y la propia esclavitud. La esclavitud, pues, iba perdiendo terreno en el concepto común... En ocasión de la revuelta de 1817 en Pernambuco, cuando se estableció en aquella provincia un gobierno revolucionario que se mantuvo tres meses en el poder, la esclavitud, si no abolida, por lo menos fue fatalmente condenada y se prometió expresamente en breve su extinción. Y la revolución de 1817 tuvo entre sus elementos directivos a miembros de la propia clase esclavista por antonomasia, los propietarios y señores rurales. [12]

 

A la vez que la diplomacia brasileña enfrentaba las presiones británicas, tenía que luchar también contra las actividades corsarias. Estas motivaron reclamos de la Corte del Brasil ante Washington, y el congreso de los Estados Unidos dictó una ley que prohibía en sus puertos el armamento de corso contra Portugal.

 

En el Rio de la plata, al mismo tiempo, la escuadra portuguesa apostada en Montevideo tenia como principal misión la persecución de los corsarios de Artigas. A partir de 1818 la acción de los corsarios artiguistas comenzó a declinar, a lo que contribuyó el estado de guerra declarada en que Artigas se colocó con respecto a Buenos Aires [13]. Por su parte, el año 18 señaló, en general, la culminación y el comienzo de la decadencia del corso, debido, entre otras causas, al estado de anarquía en el Plata [14]. Esto dio un respiro al circuito comercial brasileño. Desde entonces, la oposición a la trata brasileña que quedaba en pie era la de los británicos, que a lo largo de todos estos años había continuado con sus esfuerzos por eliminar las fuentes de la trata de esclavos del Atlántico. En 1819, como ya dijimos, para organizar y monitorear la evolución de la trata cubana y brasileña, el Foreign Office creó un Departamento para el Tráfico de Esclavos, centro de un amplio sistema de información [15]. Es decir que la lucha del gobierno inglés continuaba, intensificándose y mejorando su organización.

 

En 1820 los Estados Unidos enviaron, ante requerimientos británicos, cuatro naves de guerra al África Occidental, para colaborar en la batalla contra los negreros. Sin exagerar la participación de ese país, como se ha hecho, digamos que su contribución no careció de valor para los ingleses.

 

Al año siguiente, 1821, Juan VI de Portugal reconoció la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. A partir de 1821 la soberanía española en América se derrumbó, aunque todavía faltaban tres años para la batalla de Ayacucho. Aquel mismo año, Brasil se anexionó al Uruguay como la Provincia (posteriormente Reino) Cisplatina. Los acontecimientos revolucionarios que contemporáneamente tenían lugar en Portugal hicieron que Juan VI abandonase Brasil, dejando en calidad de regente a su hijo Don Pedro.

 

Ahora bien. En estas condiciones, el corso ya no tenia razón de ser, y nuestro gobierno ordenó su cese el 6 de octubre de 1821.

 

Entre mayo y agosto de 1822, Brasil se declaró independiente de derecho, ya que desde 1810 lo era de hecho por el tratado anglo-ruso de libre comercio. Don Pedro recibió el título de "defensor y protector perpetuo del Brasil", y fue proclamado emperador constitucional del Brasil el 12 de octubre del mismo año de 1822, en lo que se conoce como "grito (independentista) de Ipiranga". Fue el único país latinoamericano que logró su independencia por medios no traumáticos, y estableciendo una continuidad con el anterior régimen.

 

Pero en ocasión de la independencia, la situación no había madurado aún lo suficiente como para dar por tierra con el tráfico africano. Este se mantenía activo pese a la persecución inglesa y a las claras manifestaciones contrarias a él que entonces aparecían en los círculos de mayor proyección política y social. Se calculaba que llegaban por aquel entonces anualmente al Brasil cerca de 40.000 esclavos, número superior al de cualquier período anterior; lo que se explica por el desenvolvimiento económico que se verificaba en el país y que reposaba en el trabajo servil [16].

 

La independencia brasileña fue también motivo de las presiones británicas. Brasil, de acuerdo como se presentaban los hechos, representaba el último gran mercado de esclavos. Canning confiaba en forzar a Pedro a la abolición, como condición para el reconocimiento de la independencia; con ello, Canning esperaba granjearse la gratitud del país. En noviembre de 1822, pues, le escribió al cónsul general británico en Rio de Janeiro ofreciendo reconocer al Brasil si Pedro abolía el comercio de esclavos. Pero estos esfuerzos no produjeron nada. El principal sostén de Pedro eran los grandes terratenientes brasileños, quienes, a su vez, dependían del trabajo de los esclavos para el cultivo de sus plantaciones. El joven emperador se vio obligado, en consecuencia, a rechazar las condiciones impuestas para el reconocimiento británico [17].

 

Contemporáneamente, en Buenos Aires continuaban los problemas vinculados con el conflicto con el Brasil por la margen oriental del Plata. Cuando la guerra franca estallara, el comercio brasileño de esclavos iba a volver a estar en la mira de los corsarios con pabellón argentino.

 

Al tiempo que Lisboa firmaba artículos adicionales a la convención de julio de 1817 sobre la abolición del tráfico de esclavos, con Inglaterra (15 de marzo de 1823), el Foreign Office, en julio, munía a sus cónsules en América del Sur con instrucciones relativas a este tema.

 

Entre tanto, ya en noviembre de 1823 se temía en Londres un rompimiento entre Brasil y Buenos Aires. Paralelamente, 1824 fue el año en que Inglaterra reconoció públicamente la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Este elemento, y la perspectiva de una guerra con el imperio del Brasil (en abril de 1824 regresó a Buenos Aires el enviado a Río de Janeiro, con la nueva de que Brasil se negaba a devolver la provincia oriental), contribuyeron a que Inglaterra comenzara a negociar el tratado de 1825, de amistad y comercio. Recordemos que el articulo 13 del proyecto de 1824 se refería a la cooperación que Buenos Aires prestaría para la terminación de la trata a las fuerzas de SMB. Fue decretado el 16 de noviembre de 1824 que los ciudadanos de Buenos Aires ya no se dedicarían a la trata en la costa africana.

 

El tratado con Inglaterra fue firmado en febrero de 1825. Ambas partes se comprometían a la eliminación del tráfico de esclavos. Esta empresa conjunta unía a las dos naciones (al menos declarativamente) desde los primeros días de la revolución, pero cada vez había sido más abiertamente expresada. Y en ese momento, la perspectiva bélica favorecía dicha empresa, en la medida en que, como vimos, los corsarios afectaban sumamente el aprovisionamiento de negros.

 

En efecto, aún antes de que la guerra comenzara formalmente, el corso hizo sentir sus efectos. En junio de 1825, el gobierno de la Provincia Oriental armó en corso al bergantín "Lavalleja". El gobierno argentino tuvo que declarar "pirata” al "Lavalleja", pero cuando la guerra se declaró, los actos de aquél se legalizaron, incluso la captura de gran cantidad de negros.

 

El imperio declaró la guerra el 10 de diciembre de 1825. En comparación con nuestro país, Brasil era una nación rica. Sus naves bloquearon nuestros puertos diez días más tarde, pero en contrapartida, nuestros corsarios sembraron la alarma en el Imperio, que destacó importantes fuerzas en su contra.

 

Ya hemos hablado de las incidencias de la guerra desde el punto de vista del corso, en lo que a la trata se refiere. Lo que sí hay que mencionar es que, paralelamente, en 1826 el Foreign Office intentaba obtener la ayuda de los brasileños, conjuntamente con la de los españoles que gobernaban Cuba, para suprimir la trata. Brasil, en 1826, suscribió un tratado por el que se comprometía a no importar más esclavos a partir de 1829, pero jamás cumpliría con ello. Esto daría lugar, como ya veremos, a que los británicos intentaran bloquear la larga línea costera, pero hasta el final de la década de 1840 continuarían entrando buques negreros en grandes cantidades y número creciente [18]. Como ejemplo, digamos que el Foreign Office calculaba que el año posterior a la firma del tratado Brasil habla importado 37 mil negros [19].

 

Ya dijimos que a fines de 1826 y comienzos de 1827, el puerto de Patagones estaba abarrotado de negros esclavos llevados allí por los corsarios, a centenares. Un decreto de Buenos Aires de septiembre de 1827 reglamentaba la captura de cargamentos de esclavos, que eran considerables. El gobierno brasileño generalizó nuevamente el sistema de convoyes para el tráfico, sin conseguir con ello suprimir los riesgos de captura. El daño causado al Brasil con estas acciones fue grande, y se puede señalar el mes de octubre de 1827 como la culminación del corso. En este marco, los brasileños intentaron nuevamente invadir Patagones, pero volvieron a fracasar. Por fin, ese año se redactó una convención preliminar de paz; ésta se concretó en 1828, con la proclamación de la independencia de la República autónoma del Uruguay.

 

1828 fue, pues, el de la decadencia del corso. El tráfico brasileño estaba muy mermado. Desde entonces, los corsarios argentinos profundizaron su condición de "piratas", depredando, incluso, bajo pabellón del Brasil.

 

Así llegamos a 1829. En base al tratado suscripto en 1826 con Inglaterra, este año Brasil debía prohibir la importación de esclavos. Sin embargo, a todas luces no pretendía que esta estipulación se cumpliese. Brasil seguía importando aún 50 ó 60 mil esclavos al año [20]. En 1830, el cónsul británico en Río de Janeiro informó que por lo menos cien mil negros habían sido desembarcados en un período de 18 meses. De esta cantidad, 50 mil habían llegado en el primer semestre de 1830 [21].

 

Es decir que hacia 1830, la trata de contrabando exportaba de África, sin duda, más esclavos que un siglo antes. La trata portuguesa continuó siendo legal, al sur del Ecuador, hasta 1830, y tolerada hasta mediados de siglo. Los negreros seguían resistiendo, durante bastante tiempo, la supresión del tráfico que hacía su fortuna.[22]  Los principales cultivos brasileños, azúcar, tabaco, algodón y café, el último en cantidad creciente, requerían esa mano de obra. Cada año aumentaba la demanda de café. Se colonizaron nuevas tierras, precisándose miles de trabajadores fornidos para desbrozar la maleza. También se utilizaban y se gastaban esclavos en las minas de cobre. [23]

 

La evolución del antiesclavismo era lenta pero segura. En 1831, año de la abdicación de Pedro I en su hijo, Pedro II, por la amenaza de un levantamiento militar de tendencia liberal, Brasil, cumpliendo su promesa, promulgó la ley del 7 de noviembre, que prohibía el tráfico africano, considerándose libres los individuos desembarcados en el país a partir de esa fecha. Pero la ley quedó como letra muerta. Con la abdicación del primer emperador, la clase de los propietarios rurales se volvió todopoderosa. La regencia del nuevo emperador, de corta edad, salió del seno de las clases que representaban el mayor baluarte opuesto a cualquier medida que afectase la esclavitud: los propietarios y señores rurales. Es decir que la ley sólo representó la satisfacción formal de compromisos asumidos internacionalmente. Pero nadie se preocupó seriamente en aplicarla. [24]

 

Pero Inglaterra iba a encargarse de ejecutar la ley brasileña, pues sus cruceros, ahora libres de cualquier restricción, redoblaban su actividad. En contrapartida, desalentaba a los oficiales británicos el hecho de que la captura de un buque negrero podía tener consecuencias para los esclavos que iban a bordo, quienes, al ser llevados a Sierra Leona para quedar libres, morían en el viaje. Por ejemplo, en 1833

 

“(...) el “Snake" capturó un navío negrero junto a la costa del Brasil. Trató de desembarcar a los esclavos en Río de Janeiro, pero las autoridades brasileñas rehusaron permitirles bajar a tierra, y el “Snake” tuvo que transportar su presa hasta Sierra Leona. (...) Sólo sobrevivieron doscientos cuarenta de cuatrocientos treinta. En el "Flor de Loanda", también apresado frente al Brasil, el viaje de negrero a África duró cinco meses. De los doscientos ochenta y nueve esclavos sólo sobrevivieron cuarenta." [25]

 

Como vemos, el Brasil resistía tenazmente, como queda expuesto a través de la no cooperación de su gobierno y del mantenimiento del tráfico por sus traficantes. En determinado momento, el gobierno llegó a aceptar un nuevo tratado en los términos pedidos por Inglaterra (es decir, que sus cruceros pudiesen considerar como prueba de trata negrera cualquier elemento indicativo de ello existente en el navío, no sólo la presencia de esclavos, de los cuales podían deshacerse fácilmente los tripulantes si se veían acorralados). Sin embargo, la cámara de diputados negó su aprobación. En 1834 surgió otro proyecto destinado a reforzar la ley de 1831 y darle una efectiva aplicación, pero encontró decidida oposición en el parlamento, y fue rechazado. En suma, el tráfico, aunque condenado por la ley y la opinión pública del mundo (ya nadie osaba defenderlo), se mantenía como antes, protegido por la tolerancia de las autoridades y del conjunto del país. Incluso llegó a ganar, en ese momento, algún terreno. La represión inglesa, arrogante y desmedida, comenzaba a herir la susceptibilidad brasileña, y el tráfico, como dijimos, se había vuelto una cuestión de honor nacional. Si nadie lo aprobaba abiertamente, el oponerse a él comenzó a aparecer como una alianza con poderes extranjeros que comprometían la soberanía del país. Desde luego, los traficantes y demás intereses ligados al comercio de esclavos explotaron ampliamente la situación, y muchas víctimas de los cruceros ingleses fueron aureoladas y consagradas casi como héroes. [26]

 

Recordemos que en esos mismos momentos (1834) el parlamento británico proclamaba la liberación de todos los esclavos del imperio, indemnizando a sus propietarios. El próximo paso era forzar a los otros países a abolir también la esclavitud, mediante una presión coordinada y constante. [27]

 

El Foreign Office calculaba el número de esclavos exportados al nuevo mundo en 1835 en 135 mil. A pesar de todo, la escuadra del África occidental continuaba su batalla, aparentemente sin esperanza, contra la trata de negros. [28] Aquel año, el Foreign Office quiso interesar a los gobiernos hispanoamericanos en la firma de un tratado antiesclavista, que nuestro país, como vimos, firmaría en 1839. Disponía para esta finalidad de la ayuda momentánea del Brasil. [29]

 

En el marco del período que nos hemos fijado, el último acto de la trata brasileña se representó en 1839. Ese año, la política antiesclavista de Inglaterra se vio reforzada, por un lado, par la bula del 3 de noviembre de Gregorio XVI, en la que además de las expresiones condenatorias para con el comercio de ébano, se anunciaba la excomunión de todo eclesiástico o seglar que se dedicara a él [30]. Además, en 1839 finalmente las leyes británicas fueron modificadas para evitar la incitación al homicidio por parte de los negreros, ya que desde principios de ese año un barco podía ser confiscado si los oficiales navales encontraban a bordo cubiertas para esclavos, grilletes u otra clara prueba de que se trataba de un buque negrero. Fue lo que se conoció como "cláusula del equipo", muy útil para la escuadra del África occidental. [31]

 

 

ACONTECIMIENTOS POSTERIORES (DE 1840 a 1850).

 

En 1840, Gran Bretaña también pagaba subsidios a Brasil para que prohibiera la trata [32]. La actitud que prevalecía en el Brasil, la cual se veía favorecida por la prevención contra los ingleses por el ascendiente que habían logrado en los negocios y en la vida económica del país, era tolerante, y alentaba el tráfico en la medida en que nada se hacía para reprimirlo. La tarea seguía recayendo casi enteramente sobre los hombros de Inglaterra, que utilizaba para ello a sus cruceros. Pero la importación de esclavos en el Brasil mantenía su ritmo creciente, en correlación con el desenvolvimiento económico que tenía lugar en el país y que era alimentado por el trabajo de los negros. El número de africanos introducidos anualmente después de 1840 ascendía a más de 50 mil, término medio [33]. Un elemento iba a favorecer, después de 1840, la tarea de los cruceros: el uso de barcos a vapor, aunque el carbón era prohibitivo y si la persecución resultaba infructuosa, el comandante de la fragata debía pagar el carbón que había gastado [34]. Pero en 1845, 64 navíos de construcción norteamericana fueron vendidos sólo en Río de Janeiro, y la mayor parte de ellos fueron asignados a la trata de esclavos. [35]

 

De esta manera, las relaciones entre Brasil e Inglaterra fueron agravándose. En 1845 se llegó a una tensión muy seria, iniciándose entonces una persecución del tráfico sin paralelo en el pasado. Las embarcaciones de guerra inglesas no respetaron ya ni las aguas territoriales ni las playas y puertos brasileños. Tal situación correspondía casi a un estado de guerra. [36]

 

Finalmente, en 1849 el gobierno británico despachó al almirante Reynolds con una escuadra de seis barcos para bloquear la larga línea costera del Brasil, [37] capturando e incendiando cualquier barco de esclavos que encontrase en puerto o remontando un río. Así lo hizo Reynolds, con la brutalidad que lo caracterizaba, pues quemó tres navíos en el puerto de Río de Janeiro. En el río Parangua destruyó otros cuatro buques [38]. Después de estos hechos, Brasil comenzó a tomar medidas para la supresión del tráfico. [39]

 

En 1850, los traficantes temían ya acercarse a la costa africana [40]. La escuadra antiesclavista británica era optimista, pues con la ayuda del Foreign Office había sustraído al tráfico casi la mitad de la costa del África occidental [41], en base a más de cuarenta tratados firmados con los reyezuelos locales. En cuanto a Brasil, ya dijimos que su política cedió ante la intransigencia inglesa. Entre otras medidas efectivas, se expulsó del país a traficantes notorios, lo que contribuyó mucho a desorganizar el negocio. Hubo, en suma, una violenta reacción contra el tráfico iniciada por el gobierno brasileño en 1850, favorecida por otros factores, económico-sociales, que no vamos a detallar. Ese año, 1850, la importación cayó a la mitad de la de 1849: 23 mil y 54 mil, respectivamente. Al año siguiente, 1851, se redujo a 3 mil. En 1852 todavía entraron en el país 700 y pico de esclavos, para cesar en seguida por completo. Los pequeños desembarcos clandestinos efectuados en 1855 y 1856, respectivamente en Serinhaém (Pernambuco) y San Mateo (Espíritu Santo), fueron enseguida descubiertos, la carga confiscada y los infractores castigados. El tráfico africano había dejado de existir para siempre en el Brasil. [42]

 

Las consecuencias que para Brasil tuvo el cese del tráfico africano fueron profundas, ya que este hecho comprometía toda la estructura de la economía y la sociedad del país. Sobre todo desde el punto de vista de la economía, dichas consecuencias iban a extenderse en un periodo de más de veinte años, condicionando, a su paso, un vertiginoso desarrollo financiero y un desastre no menos importante, jalonado por las crisis de 1857 y de 1864 [43]. En lo internacional, puso término al largo conflicto con Inglaterra, permitiendo a los intereses comerciales ingleses retomar su ritmo expansivo en la economía brasileña.

 

En cuanto a la Argentina, digamos que hacia 1848 los socialistas brasileños habían tomado como modelo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, como ejemplo de una república popular sin clases y sin esclavos, y económicamente próspera sin descansar en el trabajo de los esclavos. Esto era agitado, además, como elemento de propaganda abolicionista. El aplastamiento de la insurrección socialista de los "praieiros" de Pernambuco en 1849 mostró la conexión de sus hombres con Rosas. Luego, en 1851, la prensa democrática de Minas Geraes, Río Grande, Pernambuco, Río de Janeiro, etc., era partidaria de una Federación de las repúblicas brasileñas, advenidas después de abatirse la monarquía, con la Confederación Argentina de Rosas y el Estado Oriental de Oribe. [44]

 

Las humillaciones que los cruceros causaron al Brasil tuvieron para la cancillería inglesa un móvil accesorio. El propósito de Palmerston parecía claro en este sentido, ya que si por una parte incitaba al Brasil a reprimir el tráfico de esclavos, por el otro se descargaba, ante la opinión pública del país, la capitulación ante Rosas del tratado de Southern; al decir de un autor,

 

"(...) Brasil serviría de desahogo por la achicada con Rosas, y después del incidente 'de los cruceros' el parlamento inglés podía aprobar el tratado Southern-Arana sin rencores ni deudas pendientes con sudamericanos." [45]

 

Palmerston pudo anunciar en 1851 ante el parlamento que el tráfico de negros brasileño había concluido.

 

A fines de la década de 1850 Inglaterra sospechaba que los brasileños habían reanudado, en alguna medida, la compra-venta de hombres, pero esto no pudo comprobarse jamás.

 


 

[1] Junior, Caio Prado, op.cit., pp. 162-163.

[2] Murray, D.R., The Slave Trade...

[3] Ibidem.

[4] A.G.N.A., Política lusitana en el Río de la Plata.

[5] Silioni, vicecomodoro Rolando Segundo, La diplomacia luso-brasileña..., pp. 190-197.

[6] Junior, Caio Prado, op. cit.,P. 163.

[7] Caillet-Bois, Teodoro, op. cit., p. 161.

[8] Tannembaum, F., op. cit., p. 19.

[9] Ibidem, p. 19.

[10] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 236.

[11] Junior, Caio Prado, op. cit., p. 163.

[12] Ibidem, pp. 163-164.

[13] Caillet-Bois, Teodoro, op. cit., p. 160.

[14] Ibidem, p. 186.

[15] Eltis, Davis, The nineteenth-Century…, pp. 111-112.

[16] Junior, Caio Prado, op. cit., pp. 164-165.

[17] Kaufmann, Williams, La política británica..., p. 189.

[18] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 222.

[19] Ibidem, p. 190.

[20] Ibidem, p. 231.

[21] Ibidem, p. 190.

[22] Coquery, C., otros, África negra..., p. 206.

[23] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 190.

[24] Junior, Caio Prado, op. cit., pp. 166-167.

[25] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 208.

[26] Junior, Caio Prado, op. cit., pp. 167-168.

[27] Bertaux, Pierre, África…, p. 136.

[28] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 203.

[29] Mellafe, Rolando, La esclavitud en Hispanoamérica, pp. 99-101.

[30] Ibidem, p. 98.

[31] Tannembaum, F., op. cit., p. 42.

[32] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 209.

[33] Junior, Caio Prado, op. cit., p. 168. Cfr. Tannembaum, F., op. cit., p. 40.

[34] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 249.

[35] Tannembaum, F., op. cit., p. 42.

[36] Junior, Caio Prado, op. cit., pp. 170-171.

[37] Mannix, Daniel P., otros, op. cit., p. 222.

[38] Ibidem, p. 31.

[39] Ibidem, pp. 254-255.

[40] Ibidem, p. 253.

[41] Ibidem, P. 253.

[42] Junior, Caio Prado, op. cit., pp. 170-171.

[43] Ibidem, pp. 172-173.

[44] Rosa, José María, La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas.

[45] Ibidem.