XII.-

 

        Nos encontramos, por fin, por una de esas

casualidades que la vida tiene.

Una sonrisa triste, unas palabras

pronunciadas tal vez tímidamente.

 

        Hablamos poco, mucho lo callamos,

y conversamos de banales cosas:

yo continuaba siempre haciendo versos,

a ella seguían gustándole las rosas,

 

música nueva, sueños y proyectos,

los más recientes gritos de la moda.

 

        Ella no dijo un reproche, ni siquiera

la más mínima mención a lo pasado,

y por fin, otra vez, nos despedimos.

 

        La sensación que me quedó fue de tristeza;

no me atreví a nada más: le di la mano,

y cada cual siguió por su camino...