IV.-

 

        Tu nombre, Isolda, se abrazó a mi cuello

como un destello

menor

de tanto y tanto calor,

del fuego que me quemaba

como el filo de una espada

atravesando mi voz...

 

como si fuera mi piel,

en medio del campo aquel

que fue testigo obligado

de nuestro amor encarnado

y breve, Isolda,

¡tan breve!,

que aún puedo sentirte aquí,

 

acariciándome lento,

 

cuando detengo un momento

el vértigo de mis manos...