II.- Imagen lugareña.

 

        Cuando mi pueblo despierta

los arreboles del viento

se abaten sobre las hojas

del silencioso olmo viejo

que está en la Plaza Mayor,

junto a la fuente de mármol,

donde solía, de niño,

soñar caminos lejanos.

 

        Y se hace la luz, entonces,

y todo claro se torna,

tal cual como si alumbrase

al pueblo una inmensa antorcha

que de lo alto pendiera;

de los niños la temprana

sonrisa, al marchar a clases,

se escucha, serena y clara.

 

        Las campanas de la iglesia

despiertan con su tañido

a la divina Natura,

con fuerzas y nuevos bríos

propios de cada mañana,

que con el día se agotan...

En el alto campanario

reposan unas palomas.

 

        Y cuando se han disipado

totalmente las penumbras

de la noche, y en lo alto

el sol a mi pueblo alumbra,

la mujer limpia la casa,

lava, cocina, remienda,

mientras los niños están,

tal como siempre, en la escuela,

 

y los hombres de mi pueblo,

laboriosos, entre tanto,

a cumplir con sus faenas

ya van camino del campo.

        Y así, mi pueblo es dichoso

y altivo merecedor

de (en su altitud) la sagrada

benevolencia de Dios.