I.- Proyección

 

        En el salón he de estar, en el bullicio,

correspondiendo a tu gentil invitación,

sólo uno más de entre todos tus amigos,

desamparado y triste, en un rincón.

 

        Las puertas han de abrirse de repente

y tú entrarás, magnífica y sencilla,

pisando apenas, con tus quince años,

los pálidos umbrales de la vida.

 

        Se elevará la música, y entonces

habrán de resbalar, inevitables,

dos lágrimas brotadas de emoción,

corriéndote, tal vez, el maquillaje.

 

        Más tarde, y en el cénit de la fiesta,

quizá bailemos el vals de quince años,

y mientras suenen los acordes de la orquesta

te detendrás, sólo un momento, entre mis brazos.

 

        Después has de crecer, y andando el tiempo,

te olvidarás incluso de este día,

irás siendo mujer, con todos esos

lastres amargos y dulces de la vida.

 

        Y un día habré de verte, estoy seguro,

andando por la calle con un niño,

y tú no me verás, debido al mundo

ingenuo y absorbente de tu hijo.

 

        Y casi al extinguirse nuestros días,

donde la vida acaba, en la vejez,

acaso no me dé triste alegría

pensar que jamás nunca, vida mía,

siquiera sospechaste que te amé.