III

 

        De aquello cuanto fue, nada ha cambiado:

el patio de azulejos amarillos

poblado de macetas, donde un mate

era la unión familiar de los domingos.

 

        Veo a mi padre, dichoso: su cabello

apunta alguna cana prematura

y su expresión, entre piadosa y dura,

me mira desde el fondo del recuerdo.

 

        Oigo los gritos chillones de mi hermano

que en la alharaca loca de los pibes,

en medio de los juegos de la tarde

me grita un estentóreo “¡piedra libre!”.

 

        Y el resto, hasta el más mínimo detalle,

intacto ha perdurado en el hogar,

por un milagro feliz, ¡si hasta es igual

el ruido que proviene de la calle!

 

        Después, la juventud dicharrachera,

que deja su fragancia en el camino:

caricia de mujer, canción, poema,

trazo de luz y gota de rocío.

 

        Y hay mucho en la memoria, mucho más,

en este breve encuentro imaginario,

a la distancia que me impone el tiempo;

 

de aquella hermosa etapa de mi vida

me quedan tantos recuerdos todavía,

que el alma apenas puede contenerlos.

 

        Y sin embargo… no sé…, todo es distinto,

en especial cuando vuelvo del trabajo,

alrededor de las cinco de la tarde:

 

será que ante el portón hoy triste y viejo

me acuerdo de la vuelta del colegio,

y no me espera el beso de mi madre.