Zar y la bala.

 

 

Imaginó al arma como a una extensión de la mano, firmemente empuñada y con una intención precisa. Ella lo mencionó casi al descuido entre una caricia y un beso, aunque ahora que lo pensaba sólo había sido la caricia, porque el beso se le congeló en los labios con el frío de la revelación. Muchas veces ella le había contado de cuando lo encontró tendido en el mejorado, malherido y sanguinolento, víctima de un animal mucho más feroz y de 6 cilindros. Al final resultó ser un perro mañoso y peleador, pero él sabía que en la enorme casa quinta donde vivían, provista y decorada a fuerza de su trabajo y de la directriz del dueño del arma, de lo único que ella se consideraba auténticamente propietaria era del perro Zar, ahora viejo y agónico. “Creo que lo matará”, repitió en un suspiro, y se quedaron abrazados, suspendidos en un breve instante en que no tuvieron nada más para decirse, casi como si Zar hubiese muerto ya.

 

A lo mejor el tipo no era perverso y sólo se dejaba llevar por su espíritu compasivo, pero a él siempre le resultó complicado entender la piedad cuando venía en la punta de una bala. Cada vez que hablaba por teléfono con ella o le robaba un café a su matrimonio de tiempo completo, él preguntaba para estar seguro y obtenía la respuesta consabida: no, el perro no sufre. Lo acomodó mi marido en el quincho, y cuando vuelvo del trabajo lo voy a ver y me quedo un rato a su lado, sosteniéndole la mirada moribunda pero apacible. ¿Segura de que no sufre? Segura. No lo sacrifiqués, no lo matés, sólo ayudálo a morir en paz, vos podés evitarle el disparo en la cabeza y no sufre. Segura.

 

Lo curioso fue que nunca le había preguntado de qué color tenía el pelaje, aunque vislumbraba que era casi tan oscuro como el perro disecado que se puede ver en la Fragata “Libertad”, en una vitrina inmensa con luz cenital. Zar no debía ser así de voluminoso, pero lo imaginaba marrón, y punto. Eso no importaba. Era el afecto más visible de la mujer que amaba, y la única emoción que él podía tolerarle. Lo demás lo exacerbaba, incluso su sumisión enfermiza al hombre del arma, y sus mortificadas lamentaciones por esa situación. Al poco tiempo de comenzar a amarla se convenció de que lo único que los unía, de una manera inexplicable y oblicua, era el amor de ella por Zar, más que sus odios y sus padecimientos. Dale una mano para morir naturalmente, aunque nunca me convenceré de que morir es lo natural, mi amor. Pero no sufre. Te lo juro por Dios, está tranquilo en el quincho, esperando que la muerte lo alcance antes que el proyectil.

 

Cada uno de los días que duró la agonía de Zar, ella se las ingeniaba para hacerle llegar un mensaje tranquilizador a medias: hoy no lo mató, pero quizá mañana. Y como tantos otros sentimientos y sensaciones que compartían sin necesidad de verbalizar, los dos intuyeron que tenían que hacer lo necesario para que la munición no enclavara entre las cejas del cuadrúpedo. Él también comprendió que a pesar del sufrimiento, la dueña del animal, ocasionalmente su amada, no tenía la voluntad para prohibirle a su marido aquello que estaba a punto de ejecutar. Cuando vuelvo del trabajo me quedo con él en el quincho, para que al menos no lo mate mientras yo estoy en la quinta. Y le aplico la última dosis de los calmantes, que a la mañana le da mi vieja. Así que no sufre. Te juro que no… No.

 

 

 

A la quinta se llegaba por ruta y después por cuadras de tierra, olorosas a tilos y a árboles frutales. No habría una puerta abierta esperándolo, un pestillo descorrido como en “Continuidad de los parques”, porque en verdad ella no imaginaba que esa mañana él había faltado al trabajo y merodeaba su casa. Desde afuera se veían los pinos que ensombrecían el quincho, ahí donde el perro se estaba yendo. Otros pichichos le ladraron detrás de la reja, las veces que cruzó en ambos sentidos para investigar el lugar, pero eran pequeños y carecían de la hostilidad y la bravía del verdadero celador de ese territorio: Zar.

 

El auto quedó a unos metros del portón, con la llave en el encendido. Confiaba en su fuerza para sacarlo de la cucha de muerte, elevarse con él por sobre la muralla y llevárselo a su casa, donde juntos lo cuidarían en las horas que le quedaban para respirar por los dos. No había otra manera de continuar sintiéndose cerca de ella, si no podían impedir que el impacto les despedazara el amor, que estaba en el cráneo –todavía intacto- del mastín (o por lo menos así lo sentían los dos, como un dolor neurálgico cuyo epicentro puede situar el gemebundo, sin explicación, bajo dos exactos centímetros de piel).

 

La muralla perimetral era baja y cayó sobre un altozano de hojas secas que se quejaron bajo sus pies. Avanzó con cautela, escoltado de cerca por la heterogénea jauría de su amada, cuyo perfume, adherido a la ropa que había usado la tarde anterior (lo cual no era una casualidad), le proporcionó el exequátur para deslizarse entre los árboles mientras su cortejo de cuadrúpedos volvía a desperdigarse, después de olfatearlo próvidamente.

 

Caminó hacia el quincho, parapetándose en los árboles. Una brisa fresca le enrostraba la mañana de los suburbios como un reproche, y el canto de las aves le parecía absurdo, a lo mejor porque en su departamento del séptimo “C” la vida se oía, se olía y se sentía de una manera tan diferente, y la única conexión entre esos dos universos era el perfume de ella, que ahora perdía entidad y se fundía con todo lo que solía nutrirlo… Se ocultó detrás de un árbol, un momento, y avanzó después hasta donde Zar estaría esperando su descarga. El perro tenía la cabeza apoyada sobre las patas, y saliendo de su aparente desatención, levantó los ojos y lo miró con la estela de su antigua bravura.

 

Entonces se oyó la puerta de la casa cercana, al abrirse, y tanto él como Zar presagiaron que no era una buena señal para ninguno de los dos.

 

Apenas tuvo tiempo de escapar del quincho y regresar al resguardo que le daba el árbol más grueso, para ver desde allí al hombre que salía de la casa y caminaba con paso decidido hasta el rincón donde el perro moría, con la nueve milímetros en la mano. Lo imaginaba más alto y menos corpulento, pero su imaginación había funcionado bien con la mascota: era marrón. Supo que la esposa dócil no había podido convencerlo de renunciar a la bala, y él, que estaba a metros de donde ocurriría en un instante el fatal desenlace, era apenas un intruso sin derecho de interferencia en el curso que el destino le había dado a la vida en esa casa. Su amor era entrometido, y moriría con Zar.

 

El sonido del disparo le pareció ahuecado e impersonal, y se perdió en las copas de los árboles, acallando un instante los cantos de la vida. Espió al ejecutor reaparecer en su campo visual con una pala en la mano, y alejarse hacia los fondos de la quinta. Entonces aprovechó para alcanzar la muralla, saltar a la calle, subir al auto sin apuro y alejarse del lugar.

 

Al otro día ella lo llamó tarde.

 

--Ayer lo mató… -dijo con un tono de voz que, independientemente de las palabras, sólo podía significar “ayer lo mató”.

 

--Lo sé –repuso él, sin entrar en detalles.

 

Hubo un silencio casi comprensible, una pausa escénica, un mutis convenido.

 

--Lo enterró con correa y medalla –continuó ella-, no sé en qué parte del terreno…

 

Otro silencio más pequeño que el anterior, como una glaciación, brindó sentido a las palabras.

 

--¿Creés que revisó el cráneo? –preguntó él.

 

--No…, no. Debe haber envuelto a Zar en un plástico o en una manta, y enseguida lo habrá enterrado sin demasiadas vueltas. Jamás revisa los cráneos abiertos, sino…, viendo dentro de éste, ya estaría enterado de lo nuestro.

 

--Está bien… -Inspiró profundamente y susurró en el auricular lo obvio y temido:- Vos sabés lo que esto significa…

 

--Si…, los dos estamos conscientes de los efectos.

 

Volvieron a callar, y sólo se oyeron respirar durante un momento más. Sin emoción, sin anhelo, sin demasiadas ganas de extrañarse.

 

--Adiós… -dijeron al mismo tiempo, y cortaron.

 

Salió a la calle y arrojó el cigarrillo a medio consumir. Peregrinó unas cuadras, miró vidrieras sin verlas, respiró el aire extrañamente pulcro de la noche y volvió al departamento. Durmió incómodo porque le dolía el pecho, y se convenció de pasar por la guardia de la clínica la siguiente tarde, al salir de la oficina. Una semana después la molestia había desaparecido por completo, confirmando la opinión del médico de que no era el corazón el que dolía sino un músculo pectoral, a lo mejor por el esfuerzo de saltar una pared.

 

 

25 de mayo de 2006.