¡Tome Coca-Cola, que eterniza mejor!

 

 Como cualquier criatura viva que emite los primeros sonidos, suscitó nuestra ternura de inmediato. Más que un cachorro canino, era una madeja de pelos con dos enormes ojos que nos miraban desde su desamparo. Un vecino lo había encontrado en su puerta, y aterrizó raudamente en nuestro patio, el de la única familia de la cuadra que todavía carecía de mascota. Elena había traído al mundo a Anselmo hacía apenas tres semanas; sólo una vez la vida la obsequió con la gloria de la maternidad. Lo parió en el dormitorio, como se estilaba entonces, con palanganas con agua caliente, enfermera de la otra cuadra, y un médico en mangas de camisa que sudó para sacarlo, porque venía de culo. Elena dijo que sí, y nos quedamos con Vagido, el perro, que de esa forma apodamos por el sonido peculiar que emitía cuando intentaba gruñir. Así que la familia creció descomunalmente, aquel año de 1938.

 Era una época complicada, de fraudes, malversaciones, corrupción, componendas, negociados, traiciones y deslealtades de variada índole, más o menos como ahora. Pero nosotros estábamos bien: la tienda nos proveía de buena plata (a la gente la seducía vestirse todos los días “como pa´ ir de boda”), y a la política, a decir verdad, jamás le dimos bolilla.

 La mesa, servida profusamente a pesar de que éramos pocos de familia (mamá vivió con nosotros hasta que se fue en el ´62), se engalanaba todos los días con la botella de Coca-Cola, que yo prefería a la Bidú, la Bilz o los engendros de la fábrica de soda del barrio. Creo que el vicio, agravado  con los años, me llevó a consumir el negro néctar del norte con malsana ansiedad. Con desagrado fui comprobando que Anselmito prefería la Bidú, mamá y Elena una copita de vino con soda, y que éramos el perro y yo los que se regodeaban con Coca-Cola, carentes de solidaridad. La primera vez que Vagido probó el delicioso líquido fue cuando derramé mi vaso en el almuerzo del domingo, y fui a la cocina a buscar un repasador. Volví a entrar en el comedor y lo encontré subido a una silla, con sus dos enormes patas sobre la mesa de caoba y el hocico metido en el estropicio, zarandeando golosamente su enorme y roja lengua sobre el mantel floreado, alentado por la hilaridad de los comensales.

 Desde entonces lo abastecí con Coca-cola con tanta fruición como a mi propia garganta. Los veterinarios sentenciaron una muerte rápida, segura y horrenda, debido a que la gaseosa hacía estragos en las vísceras de los cuadrúpedos. A decir verdad, he dejado de ver a muchos de esos científicos, porque alguno mudó de barrio, la mayoría  se jubiló de la profesión, otro sencillamente descansa en paz.

 Casi me echaron del hospital,  Elena agonizaba. Estaba desesperado, la aborrecía por no haberme hecho caso, me odiaba porque no le había insistido con la necesaria convicción. Su respuesta había sido invariable: “No, esa porquería tomátela vos”. Elena me reprochaba, además, que estaba matando al perro, con lo especial que era. Y yo le respondía no, el secreto es éste, vos y Anselmo tienen que beberla también…, pero a ella le daba mucho asco, le sabía a jarabe para la tos, a rancio remedio. Recuerdo que levanté su cuerpo inerte entre sollozos, le abrí los labios, le acerqué el vaso, apuré el contenido en su boca. Ahora sé que este último empeño llegó muy tarde para salvarla, que la Coca-Cola bajó por el esófago de un cuerpo que ya había dejado de latir y respirar.

 Eso fue en enero de 1992. La muerte de Elena me devastó. Intenté suicidarme, y no pensé en más eficaz manera que hacerlo dejando de beber Coca. También intenté matar a Vagido con la misma metodología. El sodero nos proveía dos sifones al día, para acompañar el vino o el jugo mal tolerados. Anselmo me visitaba con frecuencia, aunque el pobre tenía sus líos, y no estaba para esas cosas. Vagido andaba por los rincones, desesperado, alternativamente díscolo y alicaído. Sentí que un fuego me abrasaba las entrañas, todo lo que comía me caía como dinamita. Los alimentos progresivamente perdieron el sabor, incluso los más llamativos, que compraba en la roticería de Pocho. Una semana más tarde estábamos muriendo, Vagido y yo.

 Sin embargo mi cuerpo clamaba por la gaseosa, y el can me miraba tristemente y compartía mi inquietud. Como pudimos nos arrastramos hasta el almacén y compramos dos botellas, que consumimos ahí mismo, tirados en la vereda. Vagido vació rápidamente la escudilla que siempre llevo con nosotros, mientras el pico de la otra botella me devolvía la vida perdida.

 Ahora no tenemos nada que hacer, y nos dedicamos a pasear por el parque. Hace mucho que cerré la tienda, pero con la jubilación nos alcanza para vivir. Además, lo que la gente hace en la actualidad no es vestirse, sino tapar sus partes pudendas malamente y sin gracia.

 Lo veo achacoso, lento, a veces ido. Creo que pronto partirá, tarde o temprano se va a ir, la ley de la vida establece que el perro tiene que morir antes que el amo. Ninguno vivió tantos años como él, y prefiero guardar este secreto. Lo voy a extrañar, pero no a reemplazarlo. Me quedaré sin ladero de paseos, sin amigo que me acompañe a beber. Y una particularidad: Vagido prefiere Coca-Cola natural, yo la disfruto más cuando está fresca, chispeante, pronta.

 Anselmo se jubilará en unos años, y nunca adquirió mi vicio. Una lástima, che. No sé si soportaré su muerte, su ausencia total, abarcadora, el último vacío que me depara la vida. Me voy a quedar solo, anacrónico, profundamente doliente. Siento miedo, vergüenza y miedo. Y otra particularidad: nunca me acostumbré a la botella de PVC.

 Vagido y yo caminamos, y esperamos reencontrarnos en el cielo, al que también he de ir en un día más o menos lejano. Espero que el cielo de los humanos y el de los perros sea el mismo, o que por lo menos podamos pasar de uno a otro sin mucha burocracia celestial.

 Vagido me mira con sus dos enormes ojos cansados, y creo que también se pregunta si en esos cielos existirá un kioskito donde comprar Coca-Cola.

 Agosto 2002