Secuestro exprés.

 Hacía calor, demasiado. Y la plaza era tentadora al mediodía, desafiante. La sensación de abandonarse al ocio y al sol, justo cuando los demás corrían al compás de los horarios bancarios, significaba un reto en sí mismo, una íntima burla a los presurosos transeúntes, de traje y maletín. Ya que él debía entregar algunos sobres antes de las dos de la tarde y llegar al banco a tiempo, lo embargó la momentánea sensación de la rebeldía, que sólo explicaba la insistencia de su jefe para que no se atrasara con el trabajo, y la inconveniencia de estar en ese lugar.

 Se quedó tendido sobre el césped de la placita céntrica, con el torso desnudo y una botellita de agua mineral a un costado. Era un raro placer, del que ni siquiera disfrutaba en la playa, cuando iba en enero. Apenas unos minutos, diez o quince, veinte a lo sumo, y de nuevo arriba, a correr por las calles del centro, a seguir los horarios, transpirando la camisa. Dos sobres más, un depósito bancario, una compra para el gerente. La vida del cadete es así, pequeña e inmensa a la vez. Ignoraba ciertos secretos de la oficina que los demás celosamente guardaban, pero conocía los medicamentos que consumía el dueño, a quien se los entregaba en mano por expresa indicación, y a veces llevaba recados al departamento donde el sexagenario señor tenía recluida a la núbil amante. La compra de ese día incluía los insumos para un análisis complejo, y sólo él estaba enterado del tremebundo cáncer de la esposa del mandamás…

 Estaba tendido bajo el sol, joven y fuerte. A punto de cumplir dieciocho años, con un pie dentro de la facultad, casi dueño del corazón de la más linda del gimnasio. Orgulloso de su musculatura, muy trabajada por cierto, que lo alejaba emocionalmente del muchacho flacuchento y enfermizo que había sido hasta la preadolescencia. Sus propios padres se asombraban de la disciplina que tenía para sus ejercicios, sus comidas, el líquido sano que se llevaba a la boca y que era motivo de escarnio de sus amigos…

 Estaba ahí, en la plaza, con el perro cerca. Sintió que lo olfateaba, y se dejó investigar. La mano primero, el cuello, la cara, fueron los sitios donde el can apoyó su nariz fría, grandota. Él estiró una mano y acarició el pelaje duro, largo, cuidadosamente peinado, le acarició el lomo sin abrir los ojos, y escuchó la voz de la dueña llamándolo desde lejos.

 --¡Roberto, vení, no molestés al muchacho!

 Todos los recuerdos volvieron, angustiosamente lo sorprendieron en la plaza. Hacía tiempo que no pensaba en eso, creía haberlo desterrado de su memoria. Abrió los ojos y vio al animal, y supo que era el mismo, aunque distinto a como lo había imaginado. Sólo una vez escuchó que lo llamaban por su nombre, cuando lo amenazaban para que no causara problemas.

 --Si te movés te va a morder Roberto… el perro, así que ¡cuidadito!

 Era la misma voz, aflautada, perturbadora, de matrona desalmada. Los oídos no podían traicionarlo. Durante los doce días de su cautiverio, su principal línea de contacto con el mundo exterior había sido auditiva, y fue en esa ocasión cuando descubrió la maravilla del sonido. Aprendió violentamente que con una venda en los ojos y las manos y pies atados a una cama, los sonidos toman proporciones descomunales. Una canilla que pierde, la respiración de la mujer muy cerca de la cama, el chirrido de una puerta, los sonidos de la calle lejana…

 Lo habían interceptado cuando volvía de la escuela, por el camino seguro de siempre. Qué podía pasar en tres cuadras… Bajaron del auto, lo llamaron por su nombre y se lo llevaron. Se aterrorizó cuando le pusieron la capucha, cuando lo maniataron. El cuarto donde lo encerraron después era un olvidado sitio del mundo, maloliente a humedad, seguramente bajo tierra. La mujer estuvo siempre cerca, amenazándolo, infundiéndole temor, y en el comienzo usaba al perro como arma.

 Escuchaba el jadeo del animal, lo imaginaba grande y feroz. Algunas veces la mujer lo tranquilizaba, diciéndole que pronto pagarían el rescate y se podría ir. Otras veces entraba de mal humor, furiosa, y parecía complacerse en torturarlo. Apenas lo desataba para que evacuara en una escupidera, y de vuelta a la cama. Siempre con la capucha, que le llenaba la boca de pelusa. Trece años tenía entonces, y sentía la mano enorme de ella acariciándolo de una forma extraña, desagradable, indudablemente impúdica.

 Una vez la mujer se fue y olvidó sacar al perro. Aunque gritó llamándola, nadie acudió. Se quedó muy quieto, sintiendo el aliento caliente, fétido de la bestia. Una de sus manos alcanzó el pelaje suave, y el perro se dejó tocar. No parecía ni bravo ni feroz. Lo estudió con su gran nariz, aceptó la caricia en su flanco derecho. La mano del cautivo lo palpó como pudo, suavemente, tocó su hocico inofensivo, se posó sobre una de sus orejas, cuyo extremo superior había desaparecido en las fauces de un contrincante más poderoso…

 Abrió los ojos, se incorporó. El sol del mediodía no retaceaba intensidad. Se notaba que el perro estaba bien cuidado, que su dueña no lo desatendía. No era tan grande como hacía seis años… Sin mirar a la mujer, deslizó la mano hacia la oreja de Roberto, temiendo lo peor. Sintió la misma amputación que tan bien recordaba, pensó en el fabuloso destino que los reencontraba en circunstancias tan diferentes.

 Obsequió a Roberto con otras caricias, sintiéndose reconocido también. Él había hecho que la segunda parte de su cautiverio fuese más soportable; cuando sus captores descubrieron la afinidad entre los dos, los dejaban juntos por horas, simplemente acompañándose. Roberto lamía la mano atada fuertemente a la cama, y suavizaba aquel horror infantil.

 Quiso mirar a la mujer, seguirla, quiso volver a odiarla. Pensó en una estratagema para vengarse, sin descartar el atraerla sexualmente, ya que la sabía ávida de sensaciones. Le cruzó por la mente llamar a un policía, explicarle, decirle… ¿qué?

 Abrazó a Roberto y lo espantó con suavidad. “¡Cucha, volvé con tu dueña!”

 Vio la figura de la mujer y la del perro, mientras se alejaban. Se levantó, se sacudió el césped. Ya con la camisa puesta, tomó los papeles y caminó en dirección contraria.

 Sintió una tortuosa sensación de odio, y la satisfacción de haber hecho lo correcto. Porque Roberto no tenía la culpa de nada, y no había derecho a dejarlo sin la dueña.

Agosto 2002