Perromundo Nº 81.

Luis recorría a paso lento la orilla del riachuelo, bajo el sol estival del mediodía. Tenía apetito, pero no iba a almorzar -razonaba- hasta que terminara de hacer la cobranza de ese día; sólo le quedaban tres o cuatro clientes para visitar... Se sentía feliz porque era viernes; el descanso de fin de semana era una fruta jugosa que estaba al alcance de la mano.

 Aquella era la época en que comenzaban a limpiar el riachuelo de las excrecencias que la ciudad había depositado en él. Los barcos-grúa levantaban los buques hundidos treinta o cuarenta años antes, y los posaban con suavidad sobre la avenida Pedro de Mendoza, donde un ejército de hombres de gris empezaba inmediatamente el desguace; más allá, otras naves se ocupaban en el dragado del lecho.

 Luis divisó, a lo lejos, a la gente que se había congregado para observar con atención, y pensó que esos trabajos habían acaparado su interés; pero conforme se acercaba al grupo iba percatándose de que dirigían la mirada hacia otro objetivo... No, los trabajos no les interesaban; quizá ni siquiera se habían dado cuenta de ellos.

 Se sumó a los curiosos con la desorientación típica del recién llegado; y cuando por fin, con franca curiosidad, preguntó a un grueso caballero qué era lo que estaba ocurriendo, obtuvo una respuesta lacónica:

 --Es un perro... Acérquese a la orilla y mire.

 Y sí, era un perro. Sólo que un perro no llama la atención a menos que sea muy especial, o que se encuentre en la clase de apuros por que atravesaba éste. Luis lo vio allá abajo, sobre un banco de fango semimovedizo en donde las patas se le hundían hasta la mitad. Muchos se complacían en discutir cómo aquel animal había llegado hasta allí. Una mujer joven afirmaba que había caído de manera accidental, pero eran sensiblemente más aquellos que sostenían que alguien de muy bajos instintos lo había arrojado. Y Luis, después de una rápida composición de lugar, se plegó interiormente a la última opinión...

 Es que no podía ser de otra manera: no existía -pensaba Luis- animal tan torpe que pudiese caer al agua por accidente, particularmente desde aquella altura: la avenida, con sus adoquines grises que le otorgaban una topografía tan irregular (apta quizá para los viejos carromatos pero inapropiada bajo las ruedas de los vehículos o las plantas de los pies), terminaba en un viejo muelle de madera podrida, tan antiguo casi como el riachuelo mismo; y abajo, a tres o cuatro metros, el agua fangosa se movía con pesadez al empuje del viento o de los motores de las lanchas que de vez en cuando acertaban a navegar por allí.

 Cerca de la orilla, entre adoquín y adoquín, una tímida brizna osaba elevarse en aquel lugar unos centímetros del suelo, cosa que no ocurría avanzando hacia el centro de la calle… Nadie reparaba en este detalle, y más aún, los transeúntes hollaban inconsideradamente esos primeros brotes, en el afán de acercarse lo más que fuera posible a la orilla para ver qué ocurría abajo, con el perro.

 Luis pensó en irse. Otros lo hacían ya, porque habían estado allí diez o quince minutos sin que ocurriera nada espectacular; el perro se desplazaba de uno a otro lado del banco de fango, sin hallar una salida que no existía... Pero se quedó; al principio se dijo que aguardaría sólo cinco minutos más, pues de lo contrario se atrasaría con la cobranza y lo que era peor, llegaría tarde a casa... Después, la prisa fue desapareciendo, hasta que perdió la noción del tiempo precioso que desperdiciaba, porque el tiempo carecía ahora de valor y porque su interés único había pasado a ser el pobre animal y la forma de sacarlo del atolladero.

 --¿No se puede hacer algo para ayudarlo?

 Lo preguntó al azar. Un muchacho de aproximadamente veinticinco años, a quien acompañaba su mujer con un bebé en los brazos, se dio por aludido; hablaba con ansiedad, como si hubiera estado esperando la pregunta:

 --Yo creo que alguien que bajara por aquel madero del muelle podría sacarlo...

  Se refería a un madero sobresalido, que iba desde el nivel de la calle hasta el banco de fango, por donde un hombre habría podido bajar, aunque con alguna dificultad.

 --Sí, tal vez por ahí...

 Pero otra idea había surgido, y ya se ponía en práctica. Uno de los presentes recordó que tenía una soga en el baúl de su auto, y fue a buscarla. Cuando regresó, hizo un lazo en uno de sus extremos, y lo arrojó al riachuelo, sujetando el extremo opuesto... La idea consistía en lazar al perro e izarlo; y habría dado resultado, de no haber sido por el temor del animal.

 Era un perro pequeño, de esa raza indefinida que se gesta en las calles y que tiene sus propias características, como cualquiera de las demás. Su color parecía blanco, salpicado aquí y allá por manchas negras, y digo "parecía" porque el barro que lo cubría por entero no permitía apreciar este detalle con nitidez. El temor que sentía por lo difícil de su situación se acrecentó al ver esos rostros sonrientes que le gritaban y silbaban desde lo alto, o lo llamaban con gestos. La evidente intención de esas personas era atraerlo hacia el lazo, y eso era lo que el pobre infeliz, creyendo que se trataba de una trampa, quería justamente evitar: caer en el lazo.

 El asunto derivó casi en un juego: todos querían intentar lazar al pichicho, pero fracasaban. Veinte minutos más tarde hubo que reconocer que así no se llegaría a ninguna parte: cuando arrojaban el lazo por la derecha, el can iba a la izquierda, y viceversa, a pesar de los métodos que se ponían en práctica para atraerlo o para evitar que se evadiera.

 Luis y el joven acompañado por su esposa, convencidos también de la inutilidad de un sistema de rescate tan simpático (salvo para el perro, por supuesto), creyeron llegado el momento de poner en ejecución su propia solución. Luis no se ofreció a bajar por el madero porque no quería dejar abandonada en el muelle su carterita, donde llevaba el dinero de la cobranza de ese día. El otro, sin embargo, no tuvo ningún reparo en hacerlo personalmente, no obstante los ruegos de su esposa en el sentido contrario:

 --No bajes; podés caerte.

 --Son dos minutos - explicaba él, queriendo tranquilizarla -; lo saco de ahí y subo...

 La mujer entendió entonces -porque conocía a su esposo- que todo cuanto pudiese objetar sería en vano, y se hizo a un lado con rostro de inquietud; hamacaba con cierto enfado al bebé‚ que lloraba desaforadamente, hasta adquirir un tono morado. La criatura se calló un momento después, mientras la madre dirigía a Luis furtivas miradas de odio, como si fuese el responsable de que su esposo bajara al riachuelo a rescatar al estúpido mamífero.

 Los demás, al ver el intento que el joven iba a realizar en el otro extremo del muelle, corrieron a ayudarlo, cosa que Luis ya hacía. La soga sirvió para sujetarlo, aunque no fue de gran ayuda. El joven bajó con bastante dificultad, porque el madero no tenía salientes de las cuales asirse, y porque, además, de viejo y podrido que estaba le astillaba las manos. Pero la dificultad fue mayor aun cuando llegó al banco de fango, donde fueron hundiéndose sus pies en el lodo poco consistente, en el momento mismo en que quiso dar los primeros pasos sobre esa superficie que ofrecía tan poca sustentación. Aún así, no parecía ser un hombre que se diese por vencido con facilidad; así que se quedó quieto no muy lejos del madero por el que había bajado, haciendo equilibrio para no hundirse más, y tomando un momento de respiro para pensar en su próxima acción.

 El perro, mientras tanto, miraba con inquietud el difícil descenso, y cuando el muchacho trató de acercársele comenzó a gruñir y a ladrarle, a medida que se alejaba al otro extremo. El "socorrista" quiso avanzar hacia el díscolo can, pero verificó que era imposible caminar sin hundirse. Lo único que podía hacer era intentar atraer al bicho, para que acortara la distancia y se dejase agarrar. No parecía ser una tarea difícil, y la manera de comenzar era con palabras tiernas y un amigable tono de voz. Desde arriba, Luis y los demás asistían a la escena en profundo silencio, apenas interrumpido por un nuevo ciclo de llanto del bebé.

 Esto no preocupaba al muchacho, que haciendo equilibrio sobre el lodo y arruinando los mocasines chasqueaba los dedos y decía al cuadrúpedo cosas tales como:

 --¡Qué lindo perrito! Venga, pechocho; venga, tome. (Silbido-silbido.) ¡Qui lindu! ¡Pirritu-pirritu!

 Al cabo de un rato fue forzoso reconocer que el intento de captar la confianza del perro recurriendo a la dulzura había sido un intento vano; así que lo siguiente sería recurrir a la voz de mando, sin recordar que esa clase de animal, el perro callejero, siente el mismo recelo por las voces imperiosas como por los tonos almibarados. Por cierto, el nuevo método parecía ser más acorde con el estado de ánimo del joven:

 --¡Venga para acá, perro de mierda! ­ ¡Sic, obedezca! ¡Acá, pelotudo!

 Nada. El mastín sólo quería escapar, y aunque la única forma era a nado, estaba tan atemorizado que comenzó a meterse en el agua sin más ni más. La gente, en ese momento, ayudó a subir al joven hasta el muelle, y una vez que estuvo allí, después de que le quitaron la soga que rodeaba su cintura, le prodigó palabras de consuelo. La excepción era la esposa, claro, que lo miraba con bronca y le recriminaba:

 --¿A vos te parece? Mirá cómo estropeaste la ropa y los zapatos, ¡y es la única decente que tenés! Ahora la boluda tiene que ir a casa a lavar apurada, porque sino, mañana vas a ir a trabajar en bolas.

 --Bueno, no es para tanto -se defendía-. Pensá en ese pobre animal.

 --¡Ojalá que se ahogue! Si lo tiraron ahí, por algo será... Vamos a casa, que este otro tiene hambre.

 Luis los vio alejarse lentamente, ella muy enojada, él compungido casi, y el llanto de hambre del bebé‚ apagándose en el sonido de la tarde.

 Por un momento pensaron que el perro estaba a punto de ahogarse. Después de un primer intento de llegar hasta los pilotes que sostenían el puente, volvió al banco de arena, cansado de nadar. Y con la lengua cayendo a un costado del hocico, se tiró a descansar en el barro, ahora que todo estaba tranquilo.

 La gente ya se iba, a seguir con sus cosas. Había sido una pérdida de tiempo estar allí, mirando hacia abajo. Después de todo, nada pasaría.

 Luis se quedó solo con el perro. Uno arriba, esperando, y el otro abajo, cerca del agua, esperando. Luis se sentía heroico, y aún creía que había algo que pudiese hacerse por ese pobre infeliz. Sentado sobre los adoquines, con las piernas entrelazadas, por un momento se cruzaron las miradas de los dos. El perro ya se había repuesto de su fatiga, y Luis vio con asombro, poniéndose de pie, cómo volvía a meterse en el agua, e intentaba de nuevo nadar hasta los pilotes del puente de La Boca. Creyó que no lo conseguiría; y en verdad, por un momento el animal desapareció bajo el agua sucia y fétida del riachuelo, frente a la mirada atónita e impotente de Luis, que sujetaba su carterita con fuerza y ya no pensaba en visitar al resto de los clientes.

 El corazón de Luis latía deprisa. Pero un momento después, la cabeza del perro asomaba de nuevo sobre el agua, muy cerca de los pilotes; un poco más de esfuerzo le demandó llegar hasta uno de ellos, al que subió con dificultad; una vez allí, se sacudió el agua y se acostó a reponerse de su fatiga.

 Así que ahora el animal estaba más lejos, bajo el puente, en la base de uno de los pilotes, entre ambas orillas del riachuelo. La trampa se cerraba a su alrededor, y Luis no podía hacer nada por él. Pero ¿irse? no. Todavía podía ser que una lancha pasara por el lugar, antes de que obscureciera, o que el can volviese a la orilla y se dejase atrapar. Lo cierto fue que ninguna lancha pasó por ahí, y a pesar de las esperanzas, ambos sabían que esa sería una gran casualidad.

 Luis vio que el animal se echaba de nuevo al agua, alentado por sus éxitos anteriores. Y trataba de nadar hacia la orilla opuesta, la del Dock Sud, hasta que se daba cuenta de que esa estaba demasiado lejos, y de que no llegaría. No, por ahí no; con seguridad lo mejor era volver al banco de fango, y ¿por qué no?, aceptar un poco de ayuda de parte de esos humanos que habían intentado atraparlo, aunque ahora quedaba uno solo de ellos, que lo miraba con atención mientras él bregaba hacia allí.

 El fango no estaba lejos; ya había hecho ese trayecto antes, y podía repetir la hazaña. Pero el cansancio se hacía sentir...

 Luis también creyó que volvería a lograrlo. Y que tal vez ahora, desalentado, se dejase atrapar. A decir verdad, esta vez no se preocupó cuando el perro desapareció bajo el agua, porque, igual que antes, su instinto lo llevaría en la dirección correcta y le permitiría volver a emerger. Sin embargo, ahora estaba tardando demasiado, y finalmente no se podía pensar que tuviera unos pulmones tan, tan grandes. No había ningún lugar donde pudiera haber emergido a cubierto de la mirada de Luis; después de todo, había que reconocer que el riachuelo se lo había tragado.

 Un momento más permaneció Luis en el sitio, esperando ver surgir en la superficie el cadáver del animal. Pero la espera fue infructuosa; la corriente llevaría esos restos a otro lugar del riachuelo, quién sabe dónde y cuándo.

 Ya era tarde. No tenía ganas de trabajar, y le avisaría al patrón que la cobranza del día se la iba a llevar a su casa a primera hora de la mañana siguiente. Al patrón no le gustaría que lo molestara un sábado a la mañana, pero no podía conservar hasta el lunes tanto dinero.

 La luz del día agonizaba, y Luis estaba cansado y cubierto de transpiración. Sentía bronca, impotencia, hastío, y sentía que otra luz más pequeña se había apagado en su corazón.

 Héctor Gorla, 1981