Mañana, orgasmos.

 

(Script de una documental de Discovery Channel)

 

En el estado de Kentucky, en algún lugar entre Paducah y el lago Barkley, hay un camino vecinal que conduce a un pueblo de casi tres mil habitantes. Su fundador, un misionero carismático que había salido de Flandes para iluminar a los infieles, se instaló en la zona a mediados del siglo XVII y sentó las bases de una comunidad próspera y laboriosa. La toponimia del ejido urbano y sus alrededores conmemora el nombre de aquel viajero, pero los lugareños prefieren referirse a su comuna como Orgasmland, en alusión a un fenómeno climatológico cuyos comienzos recuerdan los ancianos no sin una minucia de nostalgia.

Está claro que el gobierno lo sabe, y en los ´50 contrató a las lumbreras más renombradas del país para que dieran una convincente explicación  a los padecimientos de los lugareños. De acuerdo con lo que era moda entonces, se habló de radiación, de efectos cósmicos, de armas químicas y de guerra fría. Cuando tales hipótesis fueron cayendo una a una, y el asunto develó su original misterio, se optó por preservar el secreto y desviar las carreteras nacionales de la zona, para evitar el turismo de los curiosos y de los inoportunos.

Los residentes de Orgasmland ya se habituaron al clima de su comarca, y saben que no deben aventurarse a salir a la calle sin haber escuchado el pronóstico meteorológico, que por cierto, es bastante extraño para quien no ha nacido en estas tierras. Dorothy Coffey, la pronosticadora oficial, no ignora con cuánta ansiedad es esperada su voz cada mañana:

“Mi trabajo es lo más importante para mí –dice, sonriendo-. En once años, jamás pasó un día sin que diera la información pertinente, salvo cuando nació mi hija Lucy. He ido a la estación de radio con lluvia, con un sol intensísimo, y recuerdo que una mañana tuve que dar el informe mientras los sensores indicaban un nivel de orgasmos de 4.3 exahormonales.”

Dorothy cuenta que le temblaba la voz en aquel momento, y sentía transpiración en su espalda mientras decía:

“… el cielo estará despejado, y por la noche se producirá un marcado descenso de la temperatura. Para hoy es recomendable quedarse en casa hasta las nueve y media de la mañana, pues desde las ocho y cinco minutos ha ido creciendo el nivel orgásmico lenta pero firmemente. Se estima que las mujeres han llegado a la meseta entre las 8:35 y las 8:50, y en este momento se está produciendo un clímax superior al nivel 4… ¡Guau, qué intensidad! Mmmmm… Ahhhhh… Perdón. La eyaculación masculina ocurrirá unos minutos después de la hora 9, con una violencia del citado nivel…“

Desde entonces se mejoraron notablemente las técnicas de predicción del clima en este aspecto tan peculiar, y actualmente es posible anunciar este fenómeno entre 24 y 26 horas antes de que se produzca, lo cual ha transformado la rutina de esta gente en algo verdaderamente llamativo. Cuando se confirma el siguiente episodio con un día de anticipación, y especialmente si se sabe que su nivel superará el 4, los habitantes de Orgasmland comienzan a tomar sus precauciones y a hacer sus preparativos.

Ese día las calles de la pequeña ciudad quedan casi desiertas a la hora del clímax. Sólo se pasean los ancianos, los niños y los perros. A propósito, la única especie afectada es la humana… Las mujeres anorgásmicas evitan salir a la calle entonces, por una problemática de pudor social.

El doctor John Sedart, de la Universidad de Colorado, viene estudiando esta anomalía del clima desde hace una década, y sabe que ha mitigado muchos casos de anorgasmia severa.

“Aconsejé a una de mis pacientes, la señora Buckanam, que se mudara por una temporada a esta ciudad, para aliviar su padecimiento. Los Buckanam venían de perder a su único hijo, Peter, y desde ese día Martha, la madre, jamás volvió a sentir orgasmos. El matrimonio estaba a punto de zozobrar, así que tomaron la decisión de mudarse a Orgasmland de manera permanente… Hoy, cinco años más tarde, llevan una vida sexual plena, ya que Martha, ayudada por el clima, tiene orgasmos con mayor frecuencia que en su juventud.”

Pero no todo es sencillo para esta comunidad. A veces es imposible no salir de casa a la hora del fenómeno, y muchos han tenido orgasmos en ascensores, lugares públicos, incendios, universidades, aeropuertos.

A Trevor Carreras le estaban practicando una cirugía a corazón abierto, en la que participaban dos cirujanos, un anestesista, dos enfermeras y una instrumentista. Dorothy Coffey había anunciado la mañana anterior un clímax de nivel 3,5 para esa hora, pero la operación era impostergable. Todo el equipo médico sintió que se precipitaba lo inevitable. Los hombres tuvieron una formidable erección, y esto hizo que al doctor en jefe le temblaran las manos, en las que sostenía el corazón de Trevor. Las enfermeras y la instrumentista sintieron un cosquilleo en el bajo vientre, un ascenso de la temperatura en el abdomen, transpiración.

La instrumentista no pudo continuar. Dejó el instrumental quirúrgico sobre el abdomen del paciente y, quitándose la falda en un gesto instintivo, abrazó con desesperación al anestesista, quien de inmediato respondió a esa expresión de deseo…

Por fortuna para Trevor, había en el hospital personal de la reserva que siempre está listo para estos casos, reclutado entre los hombres y mujeres que ya han superado los 60 años, y por lo tanto menos vulnerables a los vaivenes de este clima orgásmico. Con su ayuda, la operación pudo concluir exitosamente, mientras el personal principal concluía sus espasmos en una esquina del quirófano.

De las anécdotas que esta simpática comunidad ha registrado con el paso de los años, quizá la más famosa sea la que refiere a la visita de la primera dama a una casa de campo de la zona, y su aparición oficial en un acto de la universidad local. Después de un discurso difícil y atormentado, la esposa del presidente, su comitiva y los guardaespaldas sintieron la poderosa e irresistible ascensión de sus deseos, efecto provocado por un pronóstico climático del cual no habían sido advertidos apropiadamente.

Uno de los guardaespaldas, un hombre moreno de feroz aspecto e imponente musculatura, tomó a la primera dama en sus brazos, la introdujo con presteza en un auto oficial y se alejó con ella raudamente, dejando detrás las últimas calles de la ciudad e internándose en los caminos polvorosos del bosque circundante.

La primera dama reapareció algunas horas más tarde, ufana, y declinó formular declaraciones acerca del desconcertante incidente… Pero por cierto, ninguna visita oficial volvió a producirse después de aquel bochorno.

Por las especiales circunstancias en que transcurre la vida de estas personas, han desarrollado unas costumbres y una moral que no tienen similar en ninguna otra parte del país, ni siquiera en las ciudades más cosmopolitas. Para ellos no existe la infidelidad, pues saben que están expuestos a relaciones ocasionales apenas la atmósfera lo propicie, y por lo tanto lo consideran un hecho cotidiano. Jean Milford, quien lleva cinco años de casada, y su marido Horn, nos hablan de este aspecto de su convivencia.

“La primera vez que, al regresar del centro, le dije a mi marido que había tenido una relación sexual con un desconocido se sintió un poco incómodo, pero comprendió que ese irrefrenable impulso había sido provocado por el clima. En general, cuando hay aviso de orgasmos tratamos de quedarnos en casa, pero si tenemos que salir, y por algún motivo comparto mi orgasmo con otra persona, Horn no se enfada y lo acepta estoicamente.”

Jean había ido a extraerse una muela aquella tarde, desoyendo el pronóstico meteorológico. Tanto ella como su dentista sucumbieron al embrujo del extraño fenómeno de Orgasmland, y no pudieron evitar utilizar el cómodo sillón para actividades que no fueron estrictamente odontológicas. Hoy, tanto ella como Horn siguen atendiéndose con este profesional, y lucen hermosísimas dentaduras americanas.

La ciudad cuenta con un banco de esperma muy importante y surtido, que a más de atender a pacientes particulares que viajan desde muchos sitios del país, abastece a otros organismos similares del continente. La simiente de los hijos de Orgasmland está dispersa en un territorio muy extenso, pues incluso en Europa hay solicitudes que expresan preferirla antes que a la de otras procedencias.  La comunidad se ha organizado para mantener la reputación que ha ganado su esperma de exportación, famosa por su calidad (y por su cantidad). Cuando Dorothy Coffey anuncia un episodio de alta intensidad, el banco de esperma local se pone en campaña para realizar una recolección prolífica de lo que ha apodado, con justicia, el “oro blanco”. Inmediatamente comienza el proceso de clasificación, enfrascado, conservación y almacenamiento del codiciado humor. El slogan de este instituto espermatológico hace una referencia concreta a la ciudad:

 

“Orgamsland: hijos de Flandes, padres del mundo.”

 

Y a cada lado de la frase, navega el dibujito de un espermita que sonríe con picardía…

Por extensión, el espermita ha adquirido un carácter emblemático para la ciudad, y uno puede advertir su presencia hasta en el blasón comunal. Esto ha dado lugar a un importante merchandise que lo tiene como protagonista, con sus ojitos saltones y su colita alborotada. Los turistas, los ocasionales visitantes de la ciudad, los coleccionistas de curiosidades, no pierden la oportunidad para llevarse un ejemplar del famoso “Spermy”, que por cierto, se fabrica en serie en un establecimiento del lugar, y es ofrecido en diferentes precios y calidades. Los hay de peluche, de plástico, inflables, articulados, parlantes, húmedos, nadadores… Los hay en varios colores, aunque el predominante y tradicional es, claro está, el blanco… Los orfebres de la zona han creado costosos “Spermy” en plata y oro, adornados con piedras preciosas, y una de estas suntuosas joyas descuella en la solapa de la primera dama, quien suele lucirla en ocasiones especiales.