La partida.

 Habían tardado mucho en hacer el túnel, pero lo habían conseguido finalmente, gracias a un trabajo de largos años y a pacientes esfuerzos, con esa laboriosidad que caracteriza a las hormigas.

Atilio llegó a la pensión de la señora Dominga cuando era muy joven, con demasiados sueños en el alma para tan pocos pesos en el bolsillo. El trabajo era duro y el sueldo apenas alcanzaba para comer y alojarse. La señora Dominga era entonces una mujer casi hermosa, en la madurez de una vida de penurias y angustias; viuda desde hacía dos años, sólo contaba con las rentas que le daba el alquiler de los cuartos de su casa, y debía luchar con los inquilinos si quería subsistir.

La casa era grande, muy grande, y muy vieja también. Estaba ubicada en los suburbios de la ciudad, cuando la ciudad todavía tenía suburbios. Ya para entonces se hallaba prácticamente inhabitable, pero Atilio consideró (y los demás inquilinos lo habían hecho antes que él) que era preferible, con todo, a dormir en el banco de una plaza. Cuando la señora Dominga le mostró su "habitación" tuvo un primer momento de decepción, pero en el fondo compendió que por tan pocos pesos no iba a conseguir nada muy diferente de aquello.

Las paredes, carcomidas por la humedad, perdían su revoque progresivamente, y había que barrer el cuarto dos o tres veces al día y sacar palitas llenas de "pórtland". El techo filtraba por los cuatro costados, y cuando llovía era imposible dormir allí, con tanto barullo de gotitas golpeando en el fondo de un sinfín de recipientes esparcidos aquí y allá.

El piso, por su parte, no lucía en condiciones más favorables: algunas de las maderitas del parquet habían desaparecido, o alguien las había sacado, de manera que en gran parte de la habitación se pisaba directamente tierra.

Otro no se habría habituado, pero Atilio lo logró: trataba de mantener limpio aquel sitio en el que vivía, y eso se lo hacía más soportable. Lo mejor de todo era la ventana, que daba a la calle; el invierno se hizo menos riguroso cuando, disponiendo de algunos recursos extras, le hizo colocar los cristales, tapando los agujeros por donde antes intruseaban el viento y el frío.

Cambiaba frecuentemente los muebles de lugar, porque en esa forma creía aburrirse menos allí. Hacia las combinaciones más variadas con la posición de la cama, el roperito, la mesa y las dos sillas, y era algo así como un jueguito al que había llegado a tomarle el gusto.

Un día se le dio por poner la cama en diagonal, enfrentada a uno de los rincones del cuarto que miraba a la calle. Se tendió a leer la revista que había encontrado cuando volvía del trabajo, y entonces lo vio: el agujero que las hormigas hacían en el rincón, comiéndose el revoque y profundizando en la pared, primero, y en la tierra, después, era un túnel que descendía en una suave pendiente, y que apenas mostraba su fondo negro. Decenas de hormigas pululaban del interior al exterior de la galería, extrayendo material que abundaba frente a la misma, donde habían acopiado gran cantidad de él.

Lo primero que hizo Atilio fue recoger este material con la palita y tirarlo a la basura. Después, tendido nuevamente en su cama, se quedó observando largo rato cómo los insectos proseguían con su actividad, con tenacidad envidiable.

Su intención original fue la de conseguir un veneno y echarlo en el hormiguero para liquidar el asunto. Conocía la existencia de un hormiguicida muy eficaz, granulado, que, transportado por las hormigas al interior de sus galerías, las mataba hasta allá de donde provenían.

La otra idea vino poco a poco, y se impuso como una enfermedad…, desanimándolo de hacer nada contra aquellos indefensos himenópteros, pues en resumidas cuentas sólo lo perjudicaban en que cada mañana y cada tarde debía barrer el rincón para que el material de las galerías no se esparciese por toda la pieza. Eso, y el revoque que se seguía desprendiendo de las paredes -aunque ya quedaba muy poco, y asomaba el color rojizo de los ladrillos-, convirtió a su trabajo de barrido en una tarea que no debía descuidarse un solo día...

El túnel, en tanto, agrandaba su boca negra y atrayente día a día, mes a mes, de año en año. A veces Atilio -especialmente en invernales tardes de sábado en que hay muy poco para hacer- se entretenía observando el trabajo de las hormigas, y admirando aquella organización capaz de realizar semejante obra de "ingeniería". La boca del túnel cubría ahora parte de la pared y del piso, y seguía creciendo. Con un fósforo, Atilio trataba de ver el fondo de la galería, pero no lo lograba, y desesperaba por eso. Los insectos se sentían descubiertos, espiados, y una leve agitación parecía animarlos, pero no descuidaba cada uno de ellos su función.

Una tarde se dio cuenta de que, acomodara como lo hiciera los muebles, era imposible ocultar el agujero. Desde ese momento no permitió que nadie, ni siquiera los pocos amigos que tenía, lo visitara; tampoco dejaba que la señora Dominga, con algunos años más que cuando la había conocido, entrara en la pieza... Así no sería descubierto el hormiguero, que era ahora un túnel que se abría en un costado de la habitación y tenía ya un diámetro lo suficientemente amplio para no pasar desapercibido y para que un perro (específicamente el de otro inquilino; un animal de dimensiones medianas) entrara por él sin tener que realizar esfuerzos.

No fue difícil conseguir que "Asti" -ese era el nombre el desdichado- se introdujera en el agujero por propia voluntad; Atilio lo empujaba por la cola por simple ansiedad, pero eso no era necesario: en pocos minutos Asti desapareció para siempre, sin dejar rastros, en el fondo negro de la galería, cubierto por decenas, cientos, miles de hormigas. El vecino lamentó mucho la pérdida de su mascota, y andaba por ahí diciendo que la única razón de su desaparición era que se lo habían robado, porque Asti no se iría así porque sí... Transcurrió una semana; nadie volvió a mencionar al cuadrúpedo, y el asunto se olvidó.

***

Mucho, en fin, mucho tiempo hacía desde que había descubierto, una tarde, que las hormigas abrían un pequeño orificio en uno de los rincones de aquel lugar horrible donde vivía. El pequeño orificio era ahora un túnel formidable; habían tardado mucho en hacerlo, pero lo habían conseguido, con esa laboriosidad que las caracterizaba.

Atilio se jactaba a sí mismo de ser hombre reservado. El también había alcanzado una meta a lo largo de esos años: jamás sospechó nadie de la existencia de la labor que los insectos desempeñaban en la casa de los suburbios. No había sido fácil evitar que diferentes personas entraran en la habitación; doña Dominga lo había intentado varias veces bajo diversos pretextos, pero no había tenido éxito en este empeño. Cuando comenzó a sospechar que algo anormal ocurría..., no hubo más remedio que hacerla desaparecer. Se trataba de algo vital para él. Por aquellos tiempos doña Dominga no estaba bien del corazón, de manera que a nadie le asombró que una mañana la encontraran muerta en su lecho, víctima de un infarto que había ocurrido aquella madrugada... No pasó por la mente de nadie la posibilidad de un asesinato por envenenamiento, bajo aquella apariencia de muerte natural.

Los inquilinos no abandonaron la casa, pues nadie se presentó a reclamar derechos eventuales sobre los miserables bienes de la finada.

Y ahora, a solas en lo que quedaba de la pieza, Atilio se deleitaba observando el agujero. Los muebles, concentrados en una esquina, parecían molestar en aquel recinto que se había vuelto tan pequeño; sólo había allí un pequeño espacio para él, y el resto era ocupado por el túnel y por los insectos. Estos afanosos obreros habían respetado, sin embargo, el pacto tácito: Atilio no los molestaba, y en contrapartida, ellos no lo invadían más de lo estrictamente necesario para arrojar el material. La coexistencia había sido perfecta, armónica. Atilio se había identificado con los himenópteros a tal extremo que casi se sentía parte integrante de su comunidad. Además, la boca del túnel se volvía más y más atrayente a medida que, de manera casi imperceptible pero segura, crecía en su diámetro.

Aquella madrugada consideró que el momento había llegado. Todos dormían en la casa, menos él... y los insectos, que no cesaban en su ardua labor. De pie frente a la gran abertura, Atilio trataba de vislumbrar el fondo por medio de la luz de un fósforo, pero no lo conseguía; no lo había conseguido nunca, a pesar de haberlo intentado repetidamente en los últimos años.

En efecto, el momento había llegado. Tenía que irse ya. No supo si introducirse de cabeza o de pie. Optó por lo último, porque sabía que así lo aconsejan quienes practican la espeleología. Era necesario que lo hiciera lentamente, para sentir cómo iba llegando lo desconocido, aquello por lo que se había interrogado tan tortuosamente desde que concibió la idea, aquello por lo que había esperado demasiado tiempo...

Iba descendiendo. Cientos, miles de hormigas comenzaron a cubrirlo de pies a cabeza. A medida que bajaba se iba debilitando la luz que llegaba desde la habitación, hasta que quedó totalmente a obscuras al doblar un recodo de la galería. Los insectos se le metían por debajo de la ropa; estaba cubierto por ellos de manera total; sabían que ese era un cuerpo amigo, algo tibio y familiar. Atilio tenía la boca llena de ellos, le entraban por las fosas nasales, los sentía en los oídos y en los ojos...

Desde luego, no hace falta decir que jamás encontraron el cadáver.

9-6-80.