La negra y la sopa.

 

Dos amigos eran, de los que comparten incluso a las féminas, a lo mejor por aquello de que seducir a una buena mujer sin exhibirla (o al menos describir el deleite que proporciona) no sirve para nada. Creían en esos dichosos dichos, y se prestaban las novias aduciendo que “amigo que no presta y cuchillo que no corta, que se pierdan poco importa”…. Comenzaron fiándose incluso a las que más recelaban y terminaron disfrutándolas en mancomún, porque el tiempo es oro y los perros ladran, Sancho (ojo, ninguno de ellos se llamaba Sancho).

Venían perturbados desde hacía años por la fantasía de ser seducidos simultáneamente por una mujer negra, que era la figurita difícil en un país de raza blanca, historia blanca y sueños negros; Pilar pareció la adecuada desde el mismo momento en que el mayor la conoció cerca del Hospital Italiano, le habló y durmió con ella una tarde enterita, después de algunos encuentros donde su rostro se desvanecía en los ambientes penumbrosos de los primeros cafés… La siguiente cosa que hizo fue decirle al otro lo imponente que era y sugerir la posibilidad de satisfacer con ella la común libido, aunque técnicamente no se trataba de una negra sino de una mulata de padre negro y madre alba como la luz de neón.

No fue fácil proponerle algo tan diferente al amor unívoco que ella conocía y tenía por natural y santificado; los amigos se sorprendieron cuando la mulata de acento limeño, con su imprecisa experiencia en tan elaborados juegos amatorios, aceptó el rol lúdico que le ofrecían con la única condición de que le demostraran su amor de una manera concreta y sobrecogedora, mediante la preparación de una sopa cada vez que anduvieran con ella por los caminos inexplorados de su feminidad.

 

Pilar se reclinaba en el amplio sillón forrado con cuerina, y se relajaba. Sabía que todo lo que le harían no carecería de un placer excesivamente viril, doloroso y rústico, pero trataba de disfrutarlo con la sencillez de la sopa de verduras, sin dejar de pensar en que la verdadera nutriente de ese inusitado noviazgo de tres no era lo que relucía en la olla con tonos preferentemente verdes y anaranjados, flotando y agasajando los ojos con sus diversas texturas, sino el caldo donde la esencia de todo se abandonaba y eludía el alcance de los sentidos más confiables... Ella los amaba a los dos, vaya si los amaba, pero no percibía el amor que le retribuían en los instantes en que la llevaban del sillón a la cama y la acariciaban simétricamente o le jalaban el cabello ensortijado, sino mientras en la opacidad del cuarto piso, desnudos aún, trabajaban con tesón en la cocina para prepararle el mejunje prometido, para sorprenderla con un brebaje cuya receta se les había revelado en los previos días en un confín de Internet, o en la confesión póstuma de una de las abuelas emigrantes de distantes países a quienes no dejaban de consultar con pretextos de sospechosa vaguedad.

 

Pilar los observaba un rato desde la cama y después caminaba hasta ellos con los pezones aún garbosos y de color caramelo, para que sus ojos bonitos no perdieran ningún detalle de lo que sus hombres hacían con improvisada maestría culinaria, cortando en juliana las legumbres, escaldando las verduras más rebeldes, sudando otras, exhibiendo ingredientes inesperados sobre la mesa con mantel floreado, mientras paseaba su cuerpo negro que aún olía a amor por entre los de ellos y preguntaba el nombre de la sopa de esa noche, averiguaba el origen del potaje que jamás había probado o se interesaba por la cantidad de cada componente con que se preparaba un consomé… Ellos reían y se esmeraban en su artesanía alimenticia, pues sabían que por mucho que se esforzaran por complacerla sobre la sordidez de las sábanas, sólo le podrían demostrar su amor (de una forma inequívoca)  si respetaban el pacto de prepararle una sopa diferente cada vez que la tuvieran, y sólo lograrían que sus ojos volvieran a brillar cuando la sentaran otra vez a la mesa y le sirvieran un primoroso plato hondo colmado con un manjar que no era otra cosa que la llave de su corazón, porque además creían a pie juntillas en eso de que “el camino más directo al corazón es por el atajo del estómago”… La veían tomar la cuchara de alpaca y llevarse a la boca los primeros sabores con la ritualidad de una liturgia oriental, y entonces una sonrisa de mujer bruna se delineaba en los labios gruesos y mostraba los dientes blancos y parejos, casi como si Cortázar le dijera “toco tu boca”.

Aliviados, satisfechos, los compinches se servían en sus platos y entre risas compartían esa parte del tríptico amoroso que ya no tenía nada que ver con los cuerpos desarropados sino con las almas desnudas, expuestas sobre la mesa y sazonadas apropiadamente.

La noche que le llevaron a una mujer no fue la mejor de aquellos tiempos. Pilar había sido advertida de que eso podía suceder, y no opuso reparos. Les oprimió fuertemente la mano a los dos y dejó que la intrusa les diera el espectáculo que siempre habían deseado, el de un placer que no era suyo pero que acompañó hasta el final porque esa noche le habían prometido una Vichissoise de patatas y puerro, y asegurado que esa sopa gala, la más conocida extramuros de Francia, sólo le sería ofrecida con afín esmero en el más sofisticado restauran de la plaza Paris Vendome… En verdad fue para ella una noche de revelación, porque la intrusa, a quien nunca volvió a ver ni a sentir, le aseguró que aquel preparado, con su base suculenta, permitía ricas variaciones con espinacas, acelgas, cebollinos y otras hortalizas…

--Muchos estudiosos creen que la sopa fue la primera receta de la humanidad, y que apareció con la utilización del fuego, en la Edad de Piedra…

La mulata reía cuando le contaban esta y otras cosas, y sentía que en verdad la amaban mucho y que les podía entregar su cuerpo sin otra condición, pues todo se lo daban en los caldos de cada encuentro. Los amigos realizaban entre cita y cita un trabajo de investigación concienzudo y minucioso, y el segundo estante del modular se adornó con las carpetas repletas de recetas que tenían en sus márgenes la fecha y la característica de la gimnasia sexual, al estilo de “12 de octubre de 2005” “Sopa Pistou” “tourné y combinación”, o “18 de noviembre de 2005” “Sopa Fuchifú” “combinación y juguetitos”.

Cada sopa tenía origen, historia, técnica, nombre y apellido, y era lo único que podían darle que tuviera apellido, no porque no lo desearan, sino porque la vida barajaba así y no había vuelta que darle… Eso si, pudieron pasar juntos la tarde de Navidad, compartir una sopa Svekolnik muy caliente y obsequiarse con humildad, pero después la llevaron a la pensión en taxi y se fueron con una sensación de rebeldía que apenas mitigaba la certeza de estar haciendo la mitad de lo correcto, un cuarto cada uno. Pilar lloró casi hasta la hora del brindis con las compañeras de la pieza, pero cuarenta minutos después de la medianoche sintió que el licor y el recuerdo de sus hombres destrozando las betarragas le empujaban desde muy abajo un acceso de risa atroz, que fue simpático por un rato y terminó preocupando a quienes la querían bien.

El verano fue particularmente abrasador, y lo sobrellevaron con sopas frías como el Gazpacho andaluz, aunque los hombres tenían muy internalizada la idea de que cualquier ingestión que se sirviera en un plato hondo tenía que imbuir en el paladar una acuosa calidez. A veces surgía el tema y volvían a escuchar la monserga de Pilar, clara y a la vez lejana como una letanía, diciéndoles que los abandonaría la misma noche que no tuvieran todo presto para cocinarle una sopa, una sopita, y después riéndose al recordar que “hacer sopita” tenía en su país una connotación que involucraba la entrepierna de la dama y los labios del caballero.

“Algún día –pensaban ellos- vamos a dejarla sin su sopa, a ver si es verdad que se va”... Pero jamás se decidieron a llevar a la práctica la despiadada prueba, porque no aceptaban arriesgarse a que la soberbia los privara de la pasión. Recibieron el otoño sin que el árbol de su amor perdiera ninguna hoja, y por fin llegó el invierno y los encontró de nuevo desnudos alrededor de la mesa, ante los platos de sopas exóticas que ahora humeaban como más les gustaba a los tres.

Kombú, Gribnoy, Groter Heini, Alienas, Goya Recipes, Oxtail, Cowboy, Marichere, fueron algunas de las variedades que ataviaron la mesa, les entibiaron las entrañas y fortalecieron en Pilar la certidumbre de pertenecer a dos hombres que a su manera y con las limitaciones y particularidades de cada uno, la habían incorporado a su vida. Cada cual la amaba según su estilo, y en eso tenían que ver la edad, las costumbres, la situación civil, las habilidades, la imaginación. A veces la mulata intuía que el mayor la extrañaba más; otras veces sentía que el más joven la disfrutaba mejor. Muchas noches comprendía que los dos juntos la amaban de una manera perfecta, y que si alguna vez llegaba el final de la historia que compartían, ese último acto tendría que ser también perfecto, impecable y puro, separándola de los dos por igual.

 Como todo miedo que se precie, los de Pilar a la larga se hicieron realidad cuando menos lo esperaba (así en el amor y en la muerte), cuando más amada se sentía y más íntimamente ligada a dos hombres que le servían sus sentimientos en un plato hondo, disueltos en el caldo y aderezando otros productos de la tierra y del mar, sobre la mesa que siempre epilogaba las caricias todavía frescas en la piel. Con los años suavizó sus opiniones y elaboró la sospecha de que cuando se alejó de ellos había actuado precipitadamente, confundiendo con desamor lo que en verdad había sido una semana inadecuada para dar con una nueva receta que pluguiera a su paladar. Lo cierto fue que ya era muy tarde para saber la verdad, y que esa verdad era menos simple de aprender que el hecho de que, en contra de su creencia de larga data y de la convicción generalizada, fue Chevet, proveedor de Balzac, quien creó la primera sopa en tabletas.

Cuando se reclinaron a su lado, exhaustos los dos, y la acariciaban con ternura mientras uno fumaba Parliament y el otro bebía gin tonic, apenas reunieron la fuerza necesaria para revelarle la falta, casi como si al mismo tiempo le pidieran perdón.

--Negrita –dijo el mayor-, hoy queremos hacer diferente…

Pilar se sentó en la cama, brillando oscuramente a la luz de la luna que espiaba por el ventanal de Almagro, y los miró con intranquila interrogación.

--Si –confirmó el otro-, vamos a llevarte a comer a un buen restauran de acá cerca, donde seguramente hacen alguna especialidad de tu agrado…

--Además –retomó el que lucía cabello entrecano-, por este barrio hay unos cuantos negocios de comidas regionales, incluso uno muy bueno donde se especializan en platos típicos de Perú… ¿Qué te parece?

Notó que sus temores destilaban de los mimos verbales de los dos.

--Es decir que no tienen una sopa preparada, ni receta, ni ingredientes…

Se tapó los senos con la sábana, vaya a saber por qué.

--Negrita, tuvimos una semana de terror, por eso pensamos en esta alternativa…

--Si, Pilar… Pero te prometemos que la próxima vez te sorprenderás con lo que te preparen tus chef favoritos… ¿Si?

La mulata se cubrió la boca con la sábana, los miró alternativamente y comenzó a lagrimear. Trataron de hacer que recapacitara, intentaron que entendiera que no debía tomar una decisión apresurada por algo tan nimio como un día decepcionante, después de tantos meses de cumplir el trato sin pausa, como bien sabía ella… Pero Pilar no estaba para pensar en ese momento. Se levantó de la cama y caminó en silencio al baño, llorando todo lo mustia que podía, porque ese dolor no merecía escándalo y además era tan íntimamente suyo que ni siquiera ellos lo tenían que oír. La puerta del baño quedó entreabierta, proyectando un cono de luz por donde se escapó el sonido de la ducha y el vapor del cuerpo negro explorado por el agua caliente.

Cuando salió del baño, seca y peinada con esfuerzo, fue a donde había quedado esparcida su ropa y se vistió desganadamente. Los ojos de sus hombres la observaban con la pasividad de lo inevitable, con la escuálida certidumbre  de que el berrinche se le pasaría pronto y tendrían oportunidad de resarcirse y agasajarla como merecía, porque tampoco era cosa de perder a una mujer como aquella por una sopa de mierda.

--Amor –comentó el más joven en un susurro-, ¿sabías que en 1886 los suizos Maggi y Knorr crearon las sopas en polvo?

Sus ojos chispearon un instante, y casi pareció que iba a volver a sacarse los zapatos y a quedarse con ellos, pero las facciones se le endurecieron nuevamente a causa de la tristeza que ya tenía medio llorada, y reafirmó su decisión.

--¿Puedo pedirles algo, antes de irme?

--Lo que quieras, negrita.

--Si, lo que desees.

--Deseo llevarme las carpetas con las recetas. Creo que las he ganado, y no quiero que las usen con otra mulata, porque además…, nadie los va a querer como yo.

Los varones se miraron y tácitamente coincidieron en lo ineludible. Se vistieron con rapidez para ayudarla a llevar hasta la puerta del edificio todos los papeluchos con sopas que habían reunido, acomodados en dos bolsas de consorcio. Antes de cerrar la puerta del taxi que se llevaría a su mujercita, al menos hasta que se relajara  y pensara bien lo que hacía, la besaron en la mejilla y recibieron una caricia más, una mirada más, en el silencio de las diez de la noche… Después vieron que las lucecitas rojas, blancas y amarillas del auto de alquiler se perdían rumbo a Rivadavia.

--Se va a tranquilizar –dijo uno.

--Seguro que si –corroboró el otro, y se dedicaron a esperarla.

Dos semanas más tarde temieron que ella no volviera y fueron juntos a buscarla a la pensión, pero se había ido y nadie supo decirles a dónde, lo mismo que en el trabajo… A los dos meses asumieron que Pilar había retornado a El Callao, pues era del todo imposible que siguiera en la ciudad y no se comunicara con ellos, con sus hombres, con sus edecanes de olla, que previendo su regreso se habían pertrechado con una Pho, la mejor sopa del mundo a juicio de los cocineros vietnamitas.

Dos amigos eran ahora, pero de esos que jamás volvieron a compartir a las féminas, porque el recuerdo de la mulata era tan sustancioso como una sopa crema de maíz y no había forma de sacarlo así nomás de la cama, y además ¿era posible hacerlo?, si después de todo eso de que un clavo saca a otro clavo demostraba ser una mentira grande como una casa.

Casi al año, el más joven llamó por teléfono al otro, le dijo “poné el canal 32” y cortó sin dar explicación… Y ahí estaba nada menos que Pilar, presentada en un programa de cocina como especialista internacional en sopas, con el cabello muy estirado y elevado sobre la nuca, un vestido verde claro que le quedaba precioso y la sonrisa nacarada justo frente a la cámara. Explicaba con voz lánguida los atributos de la Shiruko japonesa, que los tres habían probado en un día exacto y después de una específica situación sicalíptica de la que sólo ella tenía testimonio documental.

La cara de Pilar Trejo, la experta en sopas, se hizo popular en la televisión, y los amigos la veían cuando sus ocupaciones les daban el tiempo necesario, aunque nadie en los respectivos entornos familiares comprendió el extraño y repentino berretín de estos hombres por una variedad culinaria claramente ajena a sus conocidas aficiones mundanas… Lo cierto fue que Pilar Trejo tuvo su propio programa de cable, y que hasta se publicó una colección en fascículos semanales en la que exponía su sapiencia caldosa, que por supuesto, los amigos coleccionaron y mandaron a encuadernar en delicados tomos. Eso si, por más que buscaron en los textos algún indicio de lo que habían compartido los tres unos meses antes, algún dato que sólo los participantes de aquella intimidad comprendieran, lo cierto fue que las recetas sólo eran eso, recetas de sopas.

Los servicios de la mulata (no, de la señorita Pilar Trejo) fueron bien cotizados en las fiestas de la sociedad pudiente de varios países americanos, y un buen día comentaron los diarios que las firmas Maggi y Knorr Suiza se disputaban su rostro moreno y su ilustración para promocionar los productos de los sobrecitos rojos y amarillos. Al final ganó Knorr, porque puso sobre la mesa de negociaciones un contrato muy difícil de rechazar.

De ahí en más, todo nostalgia... Y el último acto no fue perfecto, porque una o dos veces al año los amigos recibían imponentes paquetes enviados desde la filial local de Knorr Suiza, por gestión de una antigua conocida (bastante difícil fue justificar aquellas atenciones, y menudearon términos como “promoción”, “concurso”, “degustación”, etc.…) Afortunadamente los paquetes, repletos de productos, no llegaban acompañados de mensajes o nombres, aunque en el fondo les hubiera gustado recibir dos o tres palabras de Pilar, obvia deux ex machina del asunto.

Ellos le habían gritado que la amaban con un grandioso trabajo en la cocina;  ella les musitaba que no los olvidaba con similar estratagema...

 Sólo entonces pudieron comprender la metáfora oculta en esta frase de Charuc Pirrier:

“El amor se cuece con productos frescos, se consume de inmediato y suministra nutrientes intactas… En cambio el recuerdo tiene fecha de elaboración y de vencimiento, viene en un envase que puede ser transportado, está listo para ser diluido en cualquier tiempo y lugar, y posee propiedades nutritivas muy escasas.”

(R.I.P. Knorr).

 Héctor Gorla, 14 de mayo de 2005