La hermana.  

A Cristina, que además de buena hija, esposa y madre, siempre es la hermana.

 

 

 

La hermana se detuvo a descansar en un sector de la plaza sobre el que se derramaba el sol. La hermana menor de Horacio, hombre otrora casado, casi sesenta años, radicado actualmente en un hospital neuropsiquiátrico, servicio 2. El banco de piedra le contagió su tibieza,  y sintió que le subía por los muslos y le envolvía el corazón en un pulóver. Apoyó las palmas por detrás, le ofreció la cara al cielo y trató de relajarse y de no pensar en lo que tenía que hacer después. El zureo de las palomas la trajo de nuevo a ese momento y a la plaza, y recordó que en el bolsón tenía paquetes de galletitas que había comprado para engañar al estómago y para convidar a Horacio y a sus compañeros de infortunio.

 

Trituró la primera galletita y advirtió la agitación de las aves, el arrullo inquieto, la parvada que se arrimaba trémulamente hacia el torrente de miguitas que se despeñaba de su mano áspera, áspera a fuerza de trabajos en la casa, de trabajos y de días... La segunda galletita, desmenuzada también, quedó hecha un montoncito suave sobre el banco de piedra caliza, y creyó que ninguna se atrevería a comer tan a su lado… Una paloma esmirriada y de plumaje gris-pizarra se posó en el otro extremo del escaño y avanzó con cautela hacia el codiciado manjar, alentada por la quietud de la mujer, quien sonreía y observaba a su agasajada.

 

Supuso que no era una paloma sino un palomo, que era el Horacio ido y desgarbado de su visita semanal, el Horacio que a veces la reconocía y a veces no… Por un momento lograba concentrar su atención y se sentaba junto a ella, en la cama del pabellón común; esperaba con insana ansiedad a que sacara del bolsón la gaseosa y las galletitas dulces, y después se las iba comiendo de a una en fondo, con desesperación y sin tregua, mientras la atención fugaba de nuevo hacia rincones de su mente donde se confundían personas muertas muchos años antes, calles del pueblo que no pisaba desde la juventud, sucesos no fidedignos o falsos por completo. Eran la misma indefensión, el hombre y el ave. La hermana la observaba picotear la comida, masticar sin pausa, mirar sin ver. Antes no era tan así, pero antes era antes, y con los años… ya se sabe…, esta enfermedad se va poniendo peor.

 

Enfrente, la cúpula del Congreso parecía sacada del librito de historia de sexto grado. Siempre había gente en los alrededores, manifestando su desesperación y mostrándola en pancartas largas y mal escritas. La hermana venía de ahí cerquita nomás, de ver al juez que le había dado (diez años antes) la tutela de Horacio y una pensión mendicante. El palacio de Tribunales también era una estampa de la historia, sólo que no tenía la severidad ni la grandeza del librito. Siempre había que llevar las boletas de los estipendios, justificar que la dádiva se gastaba en el enfermo mental. Como si el juez no supiera que apenas alcanzaba para los viajes, la comida,  los remedios, la ropa y  las zapatillas (un orate no tiene ropa usada: sólo la que se pone y la que se saca), como si ignorara que cantidades mucho mayores se estaban robando en las oficinas de la izquierda y de la derecha… Había que ir una vez al mes, hacer acto de presencia, estar. So riesgo de que mandaran a Horacio quién sabe a qué provincia, a morir muy lejos de la capital.

 

Se preguntó si tenía tiempo para entrar en una iglesia, arrodillarse y rezar. No tenía. Nunca tenía tiempo, con el trajín diario. Y no importaba, porque después de todo hay gente que no necesita probar una vez al mes que es buena, excepto en los tribunales, ante el juez.

 

No imaginaba que había tantas palomas en el centro de la ciudad, agazapadas en los pocos árboles que interrumpían un horizonte de cemento, hierro y madera, al acecho desde las cornisas y los aires acondicionados, hasta que unas miguitas caían en el suelo. Entonces se precipitaban desde lo alto como si la voz se hubiese corrido de que la hermana estaba ofreciendo comida, y la sitiaban y ejecutaban a su alrededor una danza instintiva y silvestre, muy parecida a la de los desdichados del servicio 2: primero venían los menos retraídos, que por lo general eran también los más jóvenes, y repetían

 

--Señora me dá, señora me dá.

 

La hermana miraba sus caras de palomas suplicantes y rasgaba ceremoniosamente los paquetes de galletitas, que convidaba a los picos ávidos de cualquier clase de alimento que se ofreciera con cualquier clase de piedad. Luego seguían el ejemplo los temerosos, los que no hablaban porque no recordaban cómo hacerlo o jamás habían aprendido, y al final sólo quedaban algunos a quienes había que alcanzarles el convite a la cama, debido a que ni siquiera se atrevían a aproximarse a la mujer y a decirle

 

--Señora me dá, señora me dá.

 

Horacio seguía junto a ella, picoteando y bebiendo gaseosa, pavoneando las plumas sucias al sol, y las otras palomas bailaban y se empujaban al son de un gorjeo rítmico y monótono, que crecía en intensidad cada vez que una nueva cascada de miguitas caía en medio de la plumífera manada. Se empujaban con suavidad para acercarse a la hermana, y algunas extendían su vaso gastado para que lo llenase con el negro refresco gasificado.

 

 

--Señora me dá, señora me dá, repetían, mientras daban saltitos y se inflaban en señal de felicidad o de afirmación.

 

Con certeros picotazos iban levantando todas las migas que les obsequiaba la mujer, y ella pensaba que en medio de la tragedia cotidiana…, ese era un buen momento. Estar allí, darles de comer a las palomas y ver que volvían satisfechas a sus camastros, picoteando y bebiendo, era una sensación de indefinible placidez. Sentía que su vida tenía un designio, que entre todos los propósitos de su vida parecía ser aquél el que el destino había elegido para marcarla más: ser la hermana protegida por Horacio en las primeras dos décadas de su existencia, y devenir en su protectora durante los siguientes treinta años.

 

Horacio se había convertido en palomo cuando todavía estaban en Carlos Casares, y vivían en la calle de tierra donde la ciudad empezaba a enamorarse de los campos vecinos. En las noches de tormenta se levantaba y salía a correr hacia la plaza de la intendencia, y de a poco le fueron creciendo las alas que lo echaron a volar muy lejos del que había sido hasta entonces, del que trabajaba en plomería y tenía esposa y un hijo lactante. Volaba contra la lluvia batiendo las alas con fuerza,  hasta que un día tuvieron que ponerlo con las otras palomas y aceptar que había migrado  muy lejos de él mismo, allá por 1982. La hermana se mudó a la ciudad sólo para cuidarlo, y en pos de ese sino la habían alcanzado el amor, la maternidad, el trabajo y el hastío.

 

Algunas palomas le subían al pie, para quitarle los trocitos de comida caídos en las costuras de los zapatos. Se quedó muy quieta y pensó que tenía que caminar cinco cuadras para tomar el colectivo rojo y blanco que llegaba a los confines de la ciudad donde se erguía el centenario hospicio,  y que con el bolsón cargado y el calor de noviembre, a más de las molestias del climaterio, andar por el centro era lo menos parecido a un paseo.

 

Si tenía suerte, quizá se sentara antes de pasar Plaza Constitución, y bajaría frente a la reja negra que cercaba el exacto encierro de las palomas, a pasitos del puesto de control donde los vigiladores municipales la saludarían con familiaridad, a fuer de verla tan seguido por ahí.

 

Luego recorrería un amplio playón de asfalto donde algunas almas de las que ahí moraban le pedirían, al pasar, cigarrillos, moneditas o “algo”. Sin detenerse, atravesaría un enorme portal y vería a la gente con delantales blancos, a los estudiantes que hacían sus primeras incursiones en el sub-mundo de la locura, a las otras hermanas, madres y esposas que todavía iban por ahí de tanto en tanto, vaya una a saber por qué. Un largo corredor hería el edificio de los consultorios externos, la guardia y la administración, y la hermana saldría por el otro lado, a un patio pequeño donde la palabra “buffet” adornaba una puerta pequeña y parecía ser lo único que recordaba, mal que mal, al mundo exterior.

 

Vadeado el patio, dos puertas de metal herrumbroso chillarían en los goznes al conceder el ingreso al servicio 2, el de los insanos inofensivos, el de los que gozaban de algunas libertades dentro del predio. Pero aún así habría un guardia en el vestíbulo que la miraría con expresión abúlica subir la escalera hacia el segundo piso, porque muy pocas veces el ascensor funcionaba.

 

Horacio batiría las alas al verla, no porque supiera siempre que ella era quien era, sino porque su rostro le resultaría vagamente familiar. La hermana bañaría al palomo, le secaría las plumas, curaría las heridas que aparecían de una semana a otra sin que nadie pudiera explicar con qué, dónde o cómo…, y ya fatigada, iría a sentarse en la cama para darle galletitas dulces y refresco, viendo que entonces todas las palomas del pabellón iniciaban su danza de la piedad, el cortejo de la lástima, el baile de la inopia.

 

Algunas se alejaban un momento y parecía que iban a levantar el vuelo y a perderse en las alturas, pero era una pantomima destinada a distraer su atención para picotear las migas dulces. Otras aleteaban hasta la fuente posterior al monumento, la que -según ella tenía entendido- estaba preñada con unas preciosas aguas danzantes que sólo manaban cuando algún alto dignatario extranjero atinaba a pasar por ahí, casi siempre en invierno.

 

La hermana aventó las últimas miguitas y se levantó para seguir su itinerario. El sol estaba alto, tenía que caminar y viajar en colectivo, seguir, simulando que la vida es algo más que seguir. Había sido  un buen momento, siempre era grato dar de comer a las palomas…, y ella solía encontrarlas en todas partes.

 

 

Enero 13 de 2006