Juan, el hijo imperfecto.

CARTEL COLOCADO EN LA ENTRADA DE LA CASA CUNA

“mi padre y mi madre me arrojan de sí, la piedad me recoge aquí”

 

El corazón de Claudia se agitaba en dos circunstancias, y Rodrigo lo había descubierto con los años. Cuando compartían la penumbra del quinto dé, cuando él se acercaba a ella en silencio y rozaba la curvatura de sus pechos, Claudia sentía latidos cardíacos  rápidos e irregulares, y percibía que la inminencia del amor la emocionaba una vez más. Él la iba desnudando prenda por prenda y la disfrutaba de a poco, y no ignoraba que su mujer lograría el orgasmo con un caballo montaraz oprimido en el pecho, galopando hacia la orilla de la apnea… Después del placer se quedaría un largo rato tendida junto a él con su desnudez grande y marfileña, hasta que su corazón recobrara la frecuencia normal y la respiración se regulara nuevamente.

Similares síntomas la arremetían cuando miraba a un bebé, cuando podía tocarlo, hacer que sonriera, besarle la piel delicadísima o calmar su ansiedad. Claudia le pedía que se sentaran en el primer asiento doble de los colectivos, debajo del cartelito “reservado para discapacitados, ancianos y parturientas”, y esperaba con inquietud la subida de una madre con su pequeño vástago, a quienes Rodrigo cedería su lugar con habitual estoicismo. Entonces él notaba la misma agitación, se maravillaba viendo los pómulos colorados que en la penumbra no podía apreciar, el brillo de los ojos que casi no sospechaba en el quinto dé. Cuando esto ocurría no le importaba viajar de pie todo el camino, si la veía tomar la manita de la criatura y prodigarle su amorosa e intrusa atención, sabiendo que aunque lo amaba, a él nunca lo miraría así.

Rodrigo le había dado todo, y todo se lo había pedido. Tenían períodos de incomprensión, épocas de cenas silenciosas, días y días de clausura… Pero también había tiempos en que dormían abrazados toda la noche y se mimaban con fruición, como cualquier pareja que por un momento se olvida de la convivencia y de la vida cotidiana, y hace un paréntesis para volver a amarse. Rodrigo se enorgullecía de sentirla su mujer, le gustaba escuchar sus jadeos muy cerca del oído y trabajar para ella, pero lo ensombrecía el saber que jamás iba a poder dar a Claudia lo que ella anhelaba más: la gracia de la maternidad.

La adopción había dejado de ser una alternativa desde hacía casi dos décadas. Ya no se encontraban niños para adoptar, ni siquiera en los sitios más alejados y paupérrimos del país. Lo que sobraban eran peticionarios sin hijos, gente que estaba envejeciendo con su nombre registrado en una inservible lista de espera, y que matizaba la esperanza de que apareciera un bebé disponible para llevar al hogar con la seguridad de que los funcionarios ministeriales tendrían la prioridad en este asunto, si el momento llegaba…

Claudia había leído mucho sobre la Casa Cuna, la de los niños expósitos, en un libro con tapa verde que reposaba en su mesita de noche, al lado de la cadenita y del reloj que se quitaba para dormir. Cuando estaba desalentada lo abría en cualquier hoja y repasaba el texto de manera ritual, como quien escudriña el futuro con los secretos de la bibliomancia.

 

“Corre el año 1779.  Vértiz es Virrey en Buenos Aires. Hay casi 40.000 almas poblando el ejido urbano y la campiña cercana. La ciudad no tiene veredas ni alumbrado público, las calles son de tierra, y se transforman en un lodazal cuando llueve. No existen escuelas ni hospitales decentes. El virrey manda iluminar las calles, crea instituciones que controlarán las epidemias, inaugura un hospital de hombres y uno de mujeres. Los jesuitas, desterrados del virreinato unos años antes, habían dejado abandonado un edificio en las actuales calles Perú y Alsina, que funcionaba como Arsenal de guerra. Allí se funda, el 7 de agosto de 1779, la Casa de Expósitos, por iniciativa del Síndico procurador Marcos José Riglos, quien había sido Juez de menores en 1766 y por lo tanto conocía la problemática cotidiana de los niños abandonados en las calles, y muchas veces devorados por los perros cimarrones cuando no eran descubiertos a tiempo.”

 

 

Vértiz.

 

Ella no podía imaginar una época así, cuando los infantes eran abandonados en los portales como bolsas de residuos. Pero la abuela le había contado historias de sus años mozos, le había asegurado que entonces un bebé abandonado era habitual, y que se solía ver en las estaciones de trenes a los “niños de la calle”, sobreviviendo entre mugre y desesperanza. Claudia tenía también un recuerdo vago de su infancia, del colegio primario, de una nena morochita, mustia y de ojos achinados, con quien jugaba en los recreos. Alguna vez le había dicho que esos no eran sus papás, que la habían comprado en una provincia del norte, que no se lo dijera a nadie… Era un recuerdo sin nombre, una sucesión de imágenes camufladas por el tiempo, el patio que no había sido realmente tan luminoso, la maestra (sin duda menos alta), la morochita, con ojos no tan achinados y pómulos más ampulosos…

 

“El 9 de junio del año siguiente ingresa la primera niña que había sido abandonada en la puerta. Es cristianada como Feliciana Manuela, y fallece repentinamente a los pocos días.”

 

Feliciana Manuela sin duda había sido una bella niña, y Claudia pensaba que si su hijo virtual no hubiese sido varón, sin duda la habría llamado como aquella expósita de finales del siglo 18. Imaginaba que su compañerita de colegio se llamaba también Feliciana Expósito, había llegado a creerlo firmemente, y era una lástima que ya no estuviera su madre para rectificar ese recuerdo, ni la abuela para darle precisiones más confiables. Comenzaba a preguntarse qué había sido de su compañera de recreos, qué había sido de ella como madre, si había podido concebir a sus propios hijos o figuraba también en la lista de espera, de la que Claudia se había borrado algunos años antes para pasar al claroscuro de la virtualidad uterina.

 

“En 10 años la Casa recibió más de 2000 niños. Su nombre original, el de Casa de Niños Expósitos, se debía a que albergaba a los niños abandonados, "expuestos" en las calles o en los umbrales de las iglesias, aunque otra teoría menciona que los niños eran “expuestos” al público que los inspeccionaba con la pretensión de llevarlos en adopción. La casa contaba con un armazón giratorio de madera para recibirlos y  mantener el anonimato de las madres, y este dispositivo funcionó hasta 1891.”

 

 

EL TORNO

El torno era el lugar donde las mujeres que abandonaban a sus hijos, los depositaban en forma discreta, lejos de miradas curiosas que pudieran identificarlas. Consistía una tabla de madera, en un hueco hecho ex profeso en la pared del paredón de la Casa de Expósitos.

Cuando alguien depositaba sobre el plato inferior un bebé, hacía sonar la campanilla y un operador desde adentro giraba el dispositivo y el bebé ingresaba a la casa, sin que quien lo dejara y quien lo recibía, pudieran mirarse. El torno que todavía conserva la Casa de Ejercicios de la Avenida Independencia da idea de lo que era el de expósitos”.

 

No mucho antes, un sábado a la mañana, Rodrigo la había llevado al Museo Nacional, a la sala donde se exhibía el dispositivo en cuestión. Era un tosco armazón de metal, negro y giratorio, con una campanita pendiendo a su frente. Tenía aspecto noble y feroz, y las mujeres se intimidaban al verlo, como si en un pasado generacional hubiesen recostado allí al hijo recién parido, efectuado el sórdido giro de 180 grados, agitado la campanita y corrido hacia la noche… En ese momento Claudia se agarró con fuerza del brazo de su hombre, que miraba distraídamente hacia la réplica de la habitación donde expiró San Martín, en una rue de Boulogne Sur Mer.

 “Desde su fundación la Casa padece penurias económicas debidas a la mala organización y la mala administración, lo cual socava su eficiencia. En 1784 se dispone la venta del primitivo local y la mudanza de la Casa a otro edificio más discreto, en Moreno y Balcarce, para "alejar de miradas inoportunas" el torno en que se abandonaba a los niños... En 1786 ya hay 150 niños que crecen en la Casa de Expósitos, que cuenta con un Reglamento general de funcionamiento. Se  imprime además material de educación con consejos sobre la lactancia y la  crianza de los párvulos.

La lactancia era una de las mayores frustraciones de Claudia. La lectura de “El Idilio”, de Guy de Maupassant, la emocionaba hasta las lágrimas, y más de una vez le pedía a Rodrigo que intentara beber de sus pezones sedientos como si fuese un bebé,  cosa que él obraba con amorosa ritualidad, logrando despojarse del menor instinto sexual. Entonces ya no era el hombre de Claudia, robusto y abarcador, sino el bebé que ella quería sentir, mamando de sus pechos para darle gusto. Con suavidad oprimía alternativamente sus pezones entre los labios, en la penumbra del quinto dé, e intentaba en vano calmar una pretendida sed infantil. Claudia cerraba los ojos y se dejaba hacer, hasta que el sueño se la llevaba en un sopor dulzón y tibio… Entonces Rodrigo la arropaba y le acomodaba la almohada bajo el cabello generoso, y sabía que esa noche no era la indicada para poseerla como a una mujer.

En 1815 se designa como administrador a Saturnino Segurola, quien insiste en la importancia de contar con un profesional médico que asista a los expósitos y una botica que los provea de las medicinas necesarias. En 1817 se nombra médico de la Casa al Dr. Juan Madera, que como practicante se había destacado en el cuidado de los heridos durante las Invasiones Inglesas. En 1818 Madera es reemplazado por Cosme Argerich, lo que origina un pleito entre ambos y con la institución que dura más de dos años.

El trámite para borrarse de la lista de espera había sido sencillo, pues ni siquiera tuvieron que abandonar la comodidad de la sala tecno que el gobierno les había armado en el cuartito de planchar, durante la última campaña. Pero la decisión fue un parto para ella, el parto que nunca tendría, del hijo del que desistiría con ese sencillo acto. Cuando oprimiera la tecla estaría renunciando a la última e improbable ilusión de que un infante les fuera entregado en adopción, para vivir con ellos, para que lo cuidaran y le ofreciesen el exceso de amor que de alguna forma no podían darse mutuamente. Claudia, sentada frente a la pantalla, derramaba lágrimas sobre el teclado, poco antes de apretar el Enter. Rodrigo le acariciaba la espalda con suavidad sobre la blusa de seda gris, en un gesto de consuelo y de determinación. Nada se dijeron, todo lo habían hablado muchas veces en las últimas semanas. Claudia se quitó suavemente la última lágrima con la yema del dedo índice, y con ese mismo dedo oprimió la tecla. La máquina emitió un sonido agudo mientras una sucesión de imágenes les lastimaba los ojos, y un segundo después la voz electrónica les confirmó que el procedimiento había concluido con éxito. Ya no tendrían un niño en casa, pero a cambio estaban habilitados para usufructuar las nuevas tecnologías de la virtualidad humana.

Conocían de cerca el modo en que esta última posibilidad funcionaba en la vida cotidiana, porque dos pisos más arriba del mismo edificio vivían Celeste y su marido virtual, y en la Planta Baja existía un hijo virtual a quien su madre, una mujer crepuscular, sólo se refería en los descuidos de sus conversaciones de pasillo. Claudia había estado en el departamento de Celeste, y sin ser su amiga, compartido con ella animadas charlas que iban más allá de las que podían sostener vecinas circunstanciales. Eran dos mujeres coetáneas nacidas en la misma ciudad, y conllevaban una frustración similar, que en el caso de Celeste no se relacionaba con la falta de un hijo sino con la de un conyugue… Conversaban y tomaban té en el comedor, y desde la habitación de Celeste las acometía la voz nerviosa del relator de fútbol, que se entrometía en lo que las dos pretendían decirse.

--Esperá que le voy a pedir a Alberto que baje el sonido de la tele… Tiene la costumbre de ver los partidos con esa estridencia.

Celeste caminaba con presura hacia su cuarto. Claudia la escuchaba hablándole a su marido (a quien nunca había visto ni vería jamás) con un tono de voz que su corazón componía con súplica y ternura. Entonces los clamores del relator se tornaban más distantes, la bullanga de la gente que vociferaba en el estadio retrocedía, y Celeste regresaba junto a ella para retomar el secreteo, con una sonrisa cómplice.

--Listo, así está mejor… Espero que cuando nos vayamos de vacaciones a las islas del sur se olvide del fútbol. ¿Sabés? Este año fue difícil para los dos, así que necesitamos un descanso adecuado. ¿Ustedes piensan ir a algún sitio?

Claudia entendía que el doble peligro de intentar romper una fantasía tan elaborada era producir un daño psicológico irreversible en la persona que estaba involucrada con la virtualidad, y exponerse a penas de cárcel o sanciones económicas que por cierto no carecían de acritud. Así es que desde el principio asumió que el marido de Celeste era en verdad fanático del fútbol, que el hijo de la mujer de abajo estaba terminando el colegio primario y padecía de asma, y cosas por el estilo; después, con el tiempo, la virtualidad de los otros se convirtió en un plano diferente de la realidad que tenía casi el mismo valor emocional, y esta percepción se ennobleció desde el día en que la oficina de adopciones virtuales le entregó a Juan, el que sería su hijo imperfecto.

La experiencia había demostrado que las personas virtuales debían ser todo, menos perfectas. Cuando se entregaban a su familia adoptiva ya tenían un destino electrónico marcado a fuego en los circuitos, y si los cuidados y el afecto remediaban muchas de los padecimientos que se les había augurado, no existía nada que se pudiera hacer para burlar la fatalidad última de aquel sino. Así que mudaban de carácter, se enfermaban de varicela o cáncer de piel (aunque no tuvieran piel), manifestaban gustos musicales y preferencias o desviaciones sexuales ilusorias, se cansaban y anhelaban las siguientes vacaciones… Podían morir, a veces con mayor facilidad que un homo sapiens…. Pero incluso después del final de la existencia física, la relación unívoca con los humanos conservaba la sustancia, pues existía una tumba a donde llevarles flores de papel azul, balbucear plegarias que propiciaran su descanso celestial y reavivar los recuerdos de los momentos amenos.

 “En 1838 el gobernador Rosas gobierna con mano firme los destinos de la Confederación. En medio del bloqueo anglo-francés al Río de la Plata, la crisis financiera pone a prueba a la casa de los expósitos. El 17 de abril de ese año el torno se clausuró por casi 14 años. 17 de los niños que estaban entonces alojados en la Casa fueron adoptados por el obispo Escalada, 8 por el canónigo Segurola, y los restantes fueron distribuidos entre las familias que voluntariamente se ofrecieron a aceptarlos en su seno. El 20 de noviembre de 1852 la Sociedad de Beneficencia porteña rehabilita la Casa de Expósitos, fundamentalmente por la valiosa donación de Mariquita Sánchez. El torno de la vieja casa vuelve a desempeñar su ya olvidada misión.

 

 

 

 

Dormitorios.

 

Mariquita Sánchez (de Thompson y luego de de Mendeville). 1786-1868.

 

 “En 1873 la Casa se traslada a la actual calle Montes de Oca, en un hermoso terreno ubicado en lo alto de la “Barranca de Santa Lucía”, a una edificación construida por un señor de apellido Lasanse para Instituto Sanitario. El torno queda en el Hospital de Mujeres de la calle Esmeralda por cuatro meses.

 

 

Casa de Expósitos.

 

Ni siquiera habían podido expresar su afán acerca del futuro hijo que les sería consignado. De nada sirvió haber escrito en el campo “observaciones” que preferían una hija virtual, a quien Claudia pudiera fantasear con vestidos de gasa de color rosa y un moño impecable atrapando el extremo de cada trenza… Estuvieron en la Oficina de Adopciones Virtuales cinco minutos antes de la hora de la citación, y aguardaron con emoción e impaciencia. Otras parejas pululaban por el amplio salón, hablando bajito, evitando curiosear a los demás, rehuyendo las miradas ajenas como si estuviesen a punto de perpetrar un delito… La voz imperiosa voceó el apellido de Claudia por el altavoz (¿ya dije que somos una sociedad matrilineal?), y les indicó a qué pasillo debían ir para retirar al primogénito, a cuál oficina... Caminaron en silencio, seguidos por el eco mortificante de sus pasos. Se detuvieron frente a la puerta con una intimidación unánime. Él observó sus pómulos colorados, su agitado pecho, sus ojos anegados, y la tomó por el brazo para infundirle coraje. Luego abrió y cerró la puerta…

Ya estaban dentro.

Un rato más tarde sabrían que se trataba de un varón, y lo registrarían como Juan, para evocar al difunto padre de Rodrigo.

La empleada que los atendió no demostró compartir ninguna de sus sensaciones. Su trato fue impersonal en todo momento, distante, burocrático. Después de comprobar las identidades les pidió que esperaran un momento y desapareció tras una mampara. Del otro lado se oyeron ruidos de tazas, murmullos, y la rotura de un celofán. Volvió con Juan en sus manos, y lo apoyó sobre el mostrador. Era pequeño, metálico, compacto. Claudia y Rodrigo nunca habían visto a uno de esos ejemplares. Nadie los mostraba. Ni siquiera Celeste. Ni siquiera la vecina de la planta baja. Nadie. Los guardaban bien, hablaban de ellos, pero no dejaban que nadie los viera…

--Aquí está. Es un varón. ¿Cómo lo llamarán?

Juan. Lo llamarían Juan. La media hora siguiente se dedicaron a completar el trámite con la información que faltaba, y la empleada les dio un pequeño curso acerca del uso del artefacto virtual. Les entregó un manual que despejaría muchas de las dudas que con seguridad ya los hostigaban, y escribió en la cubierta un número de teléfono al cual llamar en caso de urgencia.

--Deberán cuidarlo. Es compacto, como ven, y no hay repuestos para Juan. No existe un servicio técnico, no hay botones que puedan apretar, ni baterías que cambiar, ni tecla de encendido. Nada… Juan está vivo a partir de ahora, y se comunicará con ustedes a través de sonidos e imágenes. Les expresará sus opiniones, preferencias, deseos… El resto lo hará vuestra imaginación…

--¿Qué edad tiene ahora? –preguntó Rodrigo.

--Acaba de nacer. En esta fecha festejarán su cumpleaños… Les estamos entregando a un bebé. Sólo llévenlo a casa, disfruten su paternidad, y  tal como dice en la solicitud que firmaron, jamás regresen a este edificio.

Claudia abrió la boca para decir, preguntar, expresar, comentar, pero la empleada la interrumpió con una inesperada sonrisa, y le tomó la mano.

--Sé lo que sentís. Pero va a ser de a poco como lo incorporarás a tu vida. Sólo regresá a casa con Juan. Él hará el resto… Buena suerte.

Y desapareció para siempre detrás de la mampara.

BENITO QUINQUELA MARTIN

Un expósito de la Casa Cuna es el artista más popular del Arte de los Argentinos

 

En las memorias de la Casa Cuna se cuenta que:”En 1890 llegó a la Casa su más renombrado Expósito, bautizado con los nombres de Benito Martín y adoptado 6 años después por la familia Chinchella, carboneros de los barcos de la Boca. Cuando comenzó su carrera de pintor modificó su nombre por el de Benito Quinquela Martín. Usó buena parte de su fortuna para construir y donar el lactario, el Hospital odontológico infantil de la Boca y la escuela de la Vuelta de Rocha, en agradecimiento a sus años pasados en la Casa Cuna.”

 

 

Lo llevaron a casa oculto en un bolsón, con la culposa emoción de estar robando una a una las joyas de una antigua dama colonial. Entraron en el edificio con una furtividad mal disimulada, rogando no encontrarse con Celeste o con la mamá virtual de la planta baja, a quienes no habían participado de su tramitación. Nadie en el vestíbulo, nadie en el ascensor. Y silencio de jueves, en una mañana destemplada y húmeda. Lo pusieron sobre la mesa y lo observaron desde el sillón, muy juntos y sin hablarse. Ella se reclinó sobre su hombro y se dejó acariciar la nuca. Cerró los ojos y pretendió no pensar… Él miraba distraídamente  el cielo ceniza que merodeaba tras el ventanal del living.

Repentinamente Claudia se incorporó, lo miró con la boca entreabierta por la sorpresa, después  sonrió nerviosamente.

--Tiene frío…

--¿Qué decís?

--Juan tiene frío. –Le oprimió la mano con fuerza, sin notarlo.- ¡Si!, ¿no te das cuenta?...Tiene frío…

Se levantó y envolvió el artefacto con una manta azul. Después volvió a sentarse junto a Rodrigo con Juan en sus brazos, y por instinto lo acunó muy cerca de su pecho.

--No me preguntes cómo, pero lo sé. Juan se está comunicando… ¿No lo notás también?

Él cerró los ojos y se recostó en el sillón. Al principio hizo un esfuerzo, y sintió la presencia de Juan en la sala, rara e insignificante, con la levedad que quizá le estaba otorgando su propia imaginación… Pero no, el germen de aquella percepción no era una felonía de su mente; fue sintiendo cada vez con más corporeidad que la cajita de metal le transmitía los estremecimientos de su hijo, y aunque maravillado por tal logro de la tecnología, no intentó explicarse con argumentos científicos aquella inducción. Sólo abrió los ojos, besó a Claudia en la mejilla y concordó con ella.

--Tenés razón, estoy percatándome de lo que Juan siente… Y ahora parece que tu cuerpo y esa manta lo han hecho entrar en calor.

 “En 1891 el torno fue reemplazado por una oficina de recepción de niños…

Desde ese día fueron cada vez más receptivos a las necesidades y expresiones de su hijo, y aprendieron a comunicarse con él. De alguna misteriosa o mágica manera, la caja era capaz de conectarse con ellos para hacerles sentir la presencia de Juan, quien a su vez respondía a los estímulos de sus padres.

“En 1903 ingresa el recién graduado Pedro de Elizalde, quien normalizó la recepción de leche, organizó la Escuela de madres, vigiló la salud de las “dadoras de leche”, organizó el servicio médico-social… Creó la Escuela de Enfermeras (profesionalizando la enfermería del hospital) y consiguió que su título fuera reconocido por la Facultad de Medicina. “

 

 

 


Dr. Pedro de Elizalde