El paseador de olas.             

 

  Obsequio del pincel de Miriam Chepsy. ¡Gracias!

 

 Necochea no era tan ventosa como le habían dicho; al menos en los días en que Jacinto visitó la ciudad, a fines de diciembre, era suave la brisa que acariciaba la piel entibiada por el sol. ¡No existía mejor lugar para olvidar a la otra ciudad, la grande, la que lo oprimía día tras día, a lo largo de sus horas, hasta el momento mismo en que el vagón la dejó atrás, en la vieja y gran estación! Trece horas en tren para una distancia de algo menos de seiscientos kilómetros marcaban la diferencia, clara y rotundamente, entre un país grande y uno que no quería serlo. Incluso con lo mortificante que estos pensamientos eran, Jacinto se apeó en el angosto andén de Quequén con la excluyente intención de llegar pronto al mar, que no veía desde las vacaciones del lustro anterior, y henchía sus pulmones con el aroma de los tilos, los eucaliptos y los paraísos.

 El colectivo lo paseó durante quince minutos por Quequén; su conductor saludaba a los conocidos y amigos en cada calle, y esperaba con parsimonia a que las señoras subieran y se acomodaran sobre los desvencijados asientos. Gentil y cordial, sonreía cuando cruzaba el puente colgante hacia Necochea Vieja, y dejó a Jacinto en la precisa esquina de la Villa Balnearia donde estaba el departamento que le había alquilado, por dos semanas, la señora de Villa Dominico a la que contactó por medio de los avisos clasificados.

 Ese día no fue al mar, lo que a él mismo no dejó de asombrarlo. Pero lo tenía ahí, enfrente. Desde su ventana del piso once, en la avenida Dos, podía verlo tan verde y tan azul, amplio y sereno, como pocas veces lo recordaba. La tarde se fue en compras de comida, paseos por las dos peatonales, y una solitaria cena fría junto a la ventana abierta… Allá estaba la luz rojiza y lejana del faro, encendida y apagada alternativamente, girando y dibujando en el aire húmedo un camino marinero por el que nadie transitaba ya. Pocas eran las luces de la bahía, pero una camioneta 4x4 aventurada abajo, en la playa, iluminaba las olas con las luces altas.

 La ventana abierta dejó que el ruido del mar meciera el sueño de Jacinto, hasta que la mañana empezó su trabajo inundando de luz el pequeño departamento. Poco tiempo le tomó vestirse apropiadamente y bajar a la playa, donde algunos citadinos liberados se habían adelantado y mojaban sus pies en un mar sereno y espumoso, pero frío. Jacinto caminó descalzo sobre la arena hacia el lado de las grutas, sumido en pensamientos que poco importaban entonces, en medio de tanta majestuosidad. Atrás quedaban las playas más concurridas, atrás el Camping Americano donde se habían citado los vehículos más lujosos y caros del mercado local… De vez en cuando miraba al mar, y pensaba que las olas eran las mismas, yendo y viniendo al piélago, sin dejar de ser ellas mismas; sin perder su impertinencia y su traviesa rebeldía, sin abandonar sus breves juegos sobre la playa y su presurosa huida de la absorbente arena. Después suponía que las olas no eran las mismas, sino torrentes de agua que el mar arrojaba a la playa y recuperaba enseguida, para enviarlos a otro sitio.

 Jacinto solía meditar acerca de cosas fundamentales de la vida, así que atribuyó el derrotero extraño que seguían sus pensamientos en aquella mañana a la magia de la naturaleza que lo rodeaba, a los olores y a las sensaciones producidas por el mar. Sin embargo, al volver la mirada hacia el agua azul, en tanto continuaba caminando lentamente sobre la arena húmeda, no dejaba de creer que las olas eran las mismas, que al menos algunas de ellas no se perdían mar adentro, sino que, por el contrario, volvían una y otra vez a la playa de su preferencia, tal vez, incluso, cerca de aquellas personas con quienes más a gusto se sentían.

 Alguien, media hora antes, le había recomendado que se proveyera de agua, si pretendía llegar hasta Las Grutas, pues el sol se ponía fuerte al mediodía, en días como aquel. Jacinto trepó los médanos y compró una botella de gaseosa en un perdido parador, para seguir el recorrido. Cuando volvió a la playa retomó el hilo de sus pensamientos acerca de las olas, y fue cuando lo asaltó la certeza de que, sin dudas, algunas olas eran siempre ellas. A fuer de sincerarse consigo mismo, asumió que se sentía espiado desde dos kilómetros atrás por dos o tres olas con aquellas características, que se acercaban a él, besaban sus pies y se replegaban momentáneamente. Era un juego que les permitía estudiarlo, familiarizarse con él, abordarlo sin prisa ni temor.

 “¡No puede ser, Jacinto!” –se dijo en voz alta, y sonrió al escucharse a sí mismo, a sabiendas de que cualquiera que lo observara lo tomaría por loco. Pero la persona más cercana se divisaba en la lejanía que había quedado a sus espaldas, así que no corría ese riesgo.

Inmediatamente se percató de que las mismas olas venían presurosamente hacia él, cabeceando sobre el mar…

Se detuvo y las enfrentó. Venían en diagonal a la playa, ladeadas a la izquierda. Jacinto estaba ya totalmente convencido de que aquella situación era algo más que el producto de su solitaria imaginación. La frescura en sus pies y parte de sus piernas le produjo una agradable sensación de libertad, mientras las olas se rearmaban y volvían a su lugar para tomar impulso. Las vio alejarse unos veinte metros mar adentro, y volver con ímpetu a envolver sus pies con su cola blanca, como un gato mimoso. Quince minutos más tarde la piel le ardía, empezaba a sentir hambre y la gaseosa se había calentado…

Y las olas seguían jugando con él, incansablemente. Cinco eran ellas, de diferentes tamaños. Las dos más grandes se elevaban veinte centímetros arriba de las rodillas de Jacinto, que era un hombre bastante alto; la tercera alcanzaba sus rodillas cuando se encrespaba, y las dos restantes sacudían su espuma algo más cerca del suelo.

Aunque al comienzo la situación le pareció asombrosa, terminó por aceptarla. Una sorpresa mayor le dieron las olas cuando, en el momento en que Jacinto volvió a trepar los médanos para conseguir más líquido frío, lo siguieron en un vivaz serpenteo, unos pasos detrás de él. El mar había quedado una cuadra a lo lejos, y ellas parecían dispuestas a abandonarlo para siempre, en pos de la figura amistosa y cálida de Jacinto.

Él sonreía al verlas, y continuaba su camino imperturbablemente. A cada tramo se volvía a mirarlas, pues aguardaba que se evaporaran o que la arena caliente de los médanos las devorase. Esto no ocurría, claro, y andando llegaron a la ruta. Allí se detuvieron un momento, y él, observándolas con más atención, se percató de que podía reconocerlas individualmente. Por lo tanto, decidió que lo más adecuado era nombrarlas de alguna forma, aunque lo único que se le ocurrió fue hacerlo con numerales: ola-uno, ola-dos, ola-tres, ola-cuatro, ola-cinco.

Regresó al parador donde había estado más temprano; ahora había un hombre detrás del mostrador, posiblemente el padre de la chica que lo atendió la primera vez. La sonrisa amistosa del hombre se congeló cuando vio lo que entraba en el negocio, detrás del desconocido parroquiano. La más estruendosa era ola-dos, que caía con estrépito sobre el piso de cerámicas y se alzaba inmediatamente, encrespándose. Pero ola-cinco presentaba un carácter más vivaz y travieso: se entretenía dándose de bruces contra el vetusto mostrador de madera, deshaciéndose y saltando por el aire convertida en pequeñas y frescas gotas brillantes; le resultaba más trabajoso rearmarse, girando sobre sí misma, y cuando por fin conseguía su original corporeidad volvía a la carga contra el mostrador, en una carrera que comenzaba en la mitad del recinto.

Ola-uno, la mayor en tamaño, era también la más retraída, pues permanecía entre las piernas de Jacinto casi todo el tiempo, refrescándole las zapatillas de tela y las piernas. Las otras dos andaban por ahí, investigando el lugar.

Jacinto, convertido ahora en el guía de cinco extraños y desubicados entes, abrió la boca para tratar de explicar al dependiente lo que sucedía alrededor de ellos, pero pronto se dio cuenta de que no disponía de explicación alguna que pudiera sonar razonable a los oídos de aquel asombrado señor. Lo único que articuló fue que quería la botella de agua mineral que acababa de sacar de la heladera de cortesía; dejó sobre la superficie gastada del mostrador un billete de dos pesos y salió de ahí perseguido por las cinco olas y por la atónita mirada de aquel hombre, que jamás iba a olvidar ese episodio.

De regreso a Necochea, más y más personas aparecían en el camino y los seguían unas cuadras, preguntándose de qué manera maravillosa se había conseguido esa ilusión, porque, claro, era imposible que cinco olas siguieran a un hombre. La mayoría pensaba que detrás de aquel espectáculo había una campaña de marketing, palabra, por cierto, muy en boga; que próximamente verían en televisión el remate publicitario. Jacinto comenzó a sentirse nervioso, y a desear que las olas se cansaran y regresaran al mar, que el camino orillaba a una distancia de dos cuadras. En una curva se detuvo, giró sobre sí mismo y, enfrentándolas, las aspetó duramente:

--¡Váyanse de aquí, no las soporto más! ¡A cucha! ¡A cucha!

Las cinco se contrajeron y se replegaron unos pasos, al oír los gritos. Así se quedaron un momento, mientras Jacinto las miraba duramente, simulando una bronca que en realidad no sentía. Finalmente ola-uno, con visible resquemor, se acercó lentamente a Jacinto, y le acarició los pies. Jacinto descubrió entonces que ola-uno era aquella con la cual más afinidad tenía, tal vez porque ambos sentían una gran necesidad de afecto. Poco le duró aquella dura expresión de fastidio: en cuclillas, sonriendo, sumergió su mano en la cabellera de su nueva amiga… Las otras se acercaron también y lo rodearon nuevamente, saltando alborozadas.

 En ese momento soltó una sonora carcajada, meditando en que tal vez ellas no supieran lo que significaba ir "a cucha".

 Necochea no estaba tan lejos, y sabía que al llegar a la ciudad tendría que tomar una determinación que involucrara a esas cinco criaturas: ¿qué hacer con ellas? Era evidente que no querían regresar al mar, al menos por el momento. Podría tenerlas en el departamento hasta el final de las vacaciones, pero eso haría más difícil abandonarlas cuando debiera retornar a la gran ciudad, donde lo esperaba un departamento más pequeño aún y donde las olas... seguramente no sobrevivirían mucho tiempo.

 Pensando en esto, casi no se dio cuenta de que había llegado a los jardines del Casino, y que sólo faltaba caminar tres o cuatro cuadras por la avenida Dos para terminar el viaje. Estaba cansado, y tuvo la sensación, al mirar a sus nuevas amigas, de que ellas también sentían los efectos de aquel largo paseo; quizá estaban dejando su medio natural por primera vez, y ciertamente no sería fácil moverse sobre la arena o el pavimento. Así que Jacinto decidió que antes de llevarlas al edificio tenían que zambullirse una vez más en el mar, para recuperar fuerzas y para perder de vista a los curiosos que todavía caminaban unos pasos detrás de ellos, observándolos con picardía y esperando que algo ocurriera, porque aquello, después de más de una hora, ya no les resultaba demasiado asombroso sino que, por el contrario, había empezado a provocarles tedio.

 Creía que esa situación había terminado, cuando las olas demoraban en reaparecer sobre el mar azul, donde se habían sumergido en dirección al piélago, quizá sin intenciones de regresar. “¡Me liberé de ellas!”, pensó casi con alivio. Pero cuando empezó a alejarse de la playa oyó detrás de él el ruido de aquellas criaturas al arrastrarse sobre la arena, e inmediatamente volvió a sentir en sus pies la frescura que ellas le proporcionaban.

Sentado en un banco de la avenida Dos se quitó la arena húmeda de las negras zapatillas de tela, y al amparo de la temprana oscuridad raudamente cruzaron juntos, Jacinto y las olas, la amplia calzada transitadas por jeeps, camionetas deportivas y casas rodantes de los ocasionales turistas.

Deambular por el edificio no le causó ningún problema, pues afortunadamente nadie circulaba entonces por el hall central, ni lo acompañó en el ascensor, o lo vio abrir la puerta del departamento para que las olas entraran en él con cautela. Todavía les duraba la extraña sensación de la ascensión en la caja metálica, y del deslizamiento por los pasillos encerados. Jacinto comenzaba a divertirse con sus amigas, y descubría en cada movimiento de ellas un gesto que le permitía entender lo que sentían o pensaban. Aunque a lo mejor no pensaban, claro... Pero de todos modos, su comportamiento era más racional que el de un animal doméstico, y era difícil creer que sólo actuaran por instinto hídrico. También se asombraba de su nueva capacidad para descubrir ademanes o señales allí donde sólo estaban los movimientos de una masa líquida.

Lo cierto era que ellas habían entrado en el departamento con un comportamiento que indudablemente era precavido. Jacinto sonrió, mientras cerraba la puerta detrás de ellos.

--Bueno, aquí estamos, chicas. Lo querían, y aquí lo tienen: este es mi mundo. –Se quitó la gorra y pasó los dedos sobre los hirsutos cabellos.- ¿Están seguras de no querer volver al mar? Podría bajarlas en un momento y cruzaríamos a la playa...

Pero no parecían escucharlo. Estaban investigando el lugar, y finalmente se apretujaron contra la puerta cerrada del baño. Cuando Jacinto la abrió se apresuraron hacia el blanco interior de azulejos, y embistiendo la cortina con florcitas rojas, se precipitaron dentro de la bañadera enlosada, donde se confundían y se separaban ruidosamente, provocando en el recinto una sensación de frescura que inundó el resto del departamento. Jacinto echó a un lado la cortina, puso el tapón para que no se fueran por la cañería, y las dejó ahí, saltando en la tina. Dejó la luz encendida y fue a acomodarse la cena en la mesa del comedor, que había colocado junto a la ventana y que permanecería en ese rincón hasta el último día de sus vacaciones. Después consumió los alimentos fríos en la penumbra de esa sala con muebles ajenos, observando el mar a través de la ventana abierta, igual que la noche anterior. Comió sin prisa, llevándose los alimentos a la boca pausadamente, casi distraído. Había en esa vieja costumbre algo de ritual, producto de los consejos del gastroenterólogo que lo había curado de una úlcera de estómago muy rebelde que lo tuvo a mal traer antes de cumplir treinta años. Ese episodio lo había marcado, y en los siguientes veinte años iba a comer así, disfrutando la comida como si se tratase de una mujer. Era la única oportunidad que tenía para relajarse, dejar de lado la prisa, olvidar que llevaba un reloj en la muñeca contra el que corría una frenética carrera que nunca ganaba, al final del día. Ahora tenía la oportunidad, durante sus vacaciones, de extender esta actitud al resto de sus actividades. Pero, claro, si los recientes eventos se prolongaban en el tiempo, con seguridad no iba a reconcentrarse en sí mismo como era su intención, ni a descansar el cuerpo y la mente.

El cansancio lo vencía, al final de una jornada de disímiles emociones. Las dos copas de vino lo relajaron más, y lo invadieron con un suave sopor que le cerraba los ojos cuando caminaba hacia la habitación. Al pasar frente al baño ya no escuchó el sonido que habían estado haciendo sus líquidas huéspedes, y se percató de que se habían silenciado desde hacía un buen rato. Entró en el baño y asomó la cabeza sobre la bañadera, que estaba cubierta hasta la mitad con una suave y mansa agua de mar, inmóvil, estancada, dormida. Habría sido una buena oportunidad para introducir su mano sigilosamente, quitar el tapón y deshacerse del problema. Descartó en el acto esa posibilidad y salió del cuarto de baño, dejó la luz encendida y abierta la puerta, y trastabillando alcanzó la gran cama ajena y solitaria, sobre la que se durmió enseguida con las zapatillas puestas.

La mañana siguiente fue igualmente luminosa, y la otra, y la otra. Después, en la segunda y última semana de sus vacaciones, el clima cambió, matizando de gris todo lo que anteriormente brillaba bajo el sol. Ola cinco fue la que más sufrió con la variación climática, pues se la veía aquietada, sumisa, y ya no provocaba el bullicio y el desorden al que Jacinto se había habituado ya. Precisamente entonces Jacinto se preguntaba cómo lograría que ola-cinco no despertase la curiosidad de los transeúntes, cuando las sacaba a pasear por las peatonales. Los necochenses y los turistas, después de siete días de verlo con sus amigas, apenas reparaban ya en su presencia en las calles. Pero ola-cinco provocaba tales disturbios, jugando con los niños y con los perros, que al ratito nomás estaba rodeada de curiosos, que no cesaban de preguntarle a Jacinto cómo lograba eso. Un empresario le propuso, incluso, llevar el espectáculo a Mar del Plata, donde circulaba más dinero, “y si las cosas marchan como espero, en abril estrenamos en la calle Corrientes un espectáculo fenomenal, che”. Esto ponía de mal humor a Jacinto, y hasta pensó en deshacerse de ola-cinco y quedarse con las otras, las cuales respondían mejor a sus órdenes. Y mientras cavilaba en esto, allá iba ola-cinco a enervar a un chihuahua, que trataba de morderla y labrada de espanto frente a las contorsiones de la simpática sustancia.

Desde el día octavo y el cambio en la temperatura y en la luz del sol, la situación se normalizó. Ola-cinco se desplazaba por las veredas mansamente, cansina como sus compañeras. Jacinto pudo entonces sentarse en la plaza del centro nuevo o en la amplia costanera, y leer con tranquilidad el diario vespertino local mientras, a sus pies, sus amigas aguardaban en calma el momento en que él las llevaba hasta el mar, donde se sumergían y recobraban dinamismo.

Las noticias vernáculas eran de tal candidez que Jacinto no podía evitar sonreír por el asombro, y comparar con aquel otro periódico de la gran ciudad donde se enteraba de los contubernios de la política nacional, los affaire sexuales de los primeros funcionarios de la república y los asesinatos cada vez más sangrientos y despiadados que nunca terminaban de resolverse. Pero recortó la página donde se informaba de la presencia en la ciudad balnearia de “un enigmático señor que se hace acompañar por cinco olas de nuestro mar argentino, así como lo oyen, queridos lectores”. Y se incluía una foto tomada desde bastante distancia, en la que lo mostraban en uno de sus habituales paseos con las olas.

“Gente de la villa balnearia ha informado a esta redacción que a la mañana y a la tarde el turista en cuestión lleva a las olas al mar. Allí, se sumergen durante un buen rato, y después regresan a un departamento de la Avenida Dos cuyo encargado, el señor Héctor, no quiso agregar detalles que aclarasen esta curiosidad. ¡Pero a no desesperar, prometemos más información en nuestra edición de mañana!”

El intendente lo visitó cuando releía una vez más la escueta noticia, y se preguntaba si el asunto iba a avivar aún más la curiosidad de los lugareños. Héctor Diez lo había conducido hasta la puerta de su departamento, flanqueado por dos corpulentos hombres que se veían bastante somnolientos, pues el funcionario no tenía por costumbre efectuar visitas oficiales a esa hora de la noche. Jacinto lo había visto desde lejos en un acto turístico que dos días antes se había organizado en el cruce de la calle 6 y la peatonal, y lo reconoció de inmediato a pesar de su cansancio y de la poca luz del pasillo.

--Señor Intendente, qué sorpresa... –atinó a decir, mientras pugnaba por no dejarse ganar por el asombro.

El otro se acomodó los gruesos bigotes y estrechó la mano que Jacinto le tendía, antes de disculparse por molestarlo a esa hora.

--No tenga cuidado, señor. Por favor, pase.

Hizo un gesto a sus custodios indicándoles que lo esperasen afuera, y cerró la puerta del departamento detrás de él, siguiendo con la mirada a un atribulado Jacinto que se precipitaba sobre los interruptores de luz para espantar la penumbra en la cual acababa de degustar la cena.

--Disculpe el desorden. ¿Le sirvo una copa de vino?

--Sí, gracias, Jacinto.

Se acomodaron frente a la mesa y degustaron el vino. Por la ventana abierta penetraba el olor del mar, que a esa hora era más intenso. “Buen vino”, dijo uno, “De la zona”, acotó el otro. A continuación, el intendente mencionó que estaba ahí por lo de las olas, que empezaba a inquietar a la ciudad.

--Le digo más, Jacinto –agregó-: ayer me llamaron del gobierno central, para pedirme información. Y yo no pude decirles absolutamente nada, porque no sé qué está pasando acá. Por eso lo visito... Y para no revolver el avispero lo hago un poco intempestivamente, pasada la medianoche...

--Comprendo su situación... No tenía intención de crearle estas complicaciones, pero las cosas ocurrieron así, imprevistamente.

Y en los cuarenta y cinco minutos que siguieron Jacinto le contó con lujo de detalles la historia de su encuentro con las olas, desde que salió a pasear camino a Las Grutas aquella mañana de sol, una semana y media antes. El intendente ponía gran atención en el relato, y a veces interrumpía para aclarar algún detalle que le parecía relevante. Era un hombre que tenía un pasado de mar, anterior a su carrera política, y que todavía sentía nostalgia por el viejo barco pesquero en el que alguna vez se ganaba el sustento.

--Y nunca, Jacinto, pero nunca nunca, vi. algo como lo que describe, ni escuché una historia como la suya. No digo que no le crea, faltaba más, pero estamos hablando de hechos que violan las leyes del mar...

--Estas muchachas tienen sus propias leyes, Adolfo. Venga, vamos a ver si puedo demostrárselo.

Jacinto condujo a su visitante por el breve espacio que los separaba de la puerta del baño, donde, según le había contado al inicio mismo de la charla, las olas reposaban plácidamente en la bañadera enlosada.

--¿Está listo? Voy a encender la luz y a tratar de despertarlas para que las conozca.

Adolfo se acomodó de nuevo los bigotes con un nervioso gesto, abrochó su saco y atildó la corbata como si estuviese a punto de estrechar la mano de un presidente del norte, y dijo que ahora sí, que ahora estaba preparado. “¿Muerden?”, aspetó, con súbita inquietud.

Jacinto no le respondió. Sólo le sonrió, y prendió la luz. Los dos hombres entraron en el baño, que era pequeño. Apartaron la cortina y observaron agua de mar, limpia y tranquila. Tranquila y limpia, quieta, dentro de la tina, de la que Jacinto había alejado el jabón, el shampoo y los demás productos químicos que suelen depositarse en ese sitio, por temor a que cayeran en la mansa agua de mar y dañasen a las almas que reposaban en ella.

El intendente observaba en silencio, pero visiblemente ansioso. Y no quitó la mirada de la mano de su anfitrión, la mano que se introducía en el agua azul y se agitaba con suavidad, con un grácil movimiento que era más bien una caricia.

--Vamos, chicas, despierten -las llamaba Jacinto, con una inflexión lene de su voz-. Quiero que conozcan a un visitante importante, chicas...

Retiró la mano de la tina, y casi enseguida el agua empezó a agitarse con su propio impulso. Pero sólo ola-cinco se levantó, y Jacinto malició que había fingido estar dormida. Se elevó hasta el borde de la tina y se derramó sobre el piso con delicadeza, para no despertar a las demás. Ambos hombres retrocedieron, y ola-cinco volvió a elevarse del piso, encrespándose. Luego rodeó una pierna de Jacinto, que sintió un frío estremecimiento. Introdujo la mano en la espumosa cabellera, y pidiéndole al intendente que se acercara le dijo cuál era el nombre de aquella ola y le habló de los rasgos de su carácter que la distinguían de las otras. 

--No tenga miedo, es inofensiva. Hasta hace unos días tenía un carácter más vivaz, pero actualmente está algo decaída, dócil...

Alfonso se quitó los anteojos con los que pretendió observar mejor a ola-cinco, y sentenció:

--Lo que ella tiene es tristeza, Jacinto. ¿Acaso no lo notó?

--No..., no..., en verdad no tenía idea..., nunca pensé que podían sentirse tristes. ¿Le parece que es así?

--Claro que sí, hombre. Creo que ésta extraña... Observo que lo quiere mucho a usted, pero un prolongado período alejada del medio que le es propio puede afectarla irremediablemente.

Los dos hombres se miraron, y supieron que no podían continuar eludiendo lo que era inevitable. Jacinto tuvo la iniciativa, al reconocer que al menos ola-cinco debía regresar al mar.

--¿Sabe? Voy a extrañarla mucho –agregó-, pero estar seguro de su bienestar será un alivio.

--Bien dicho, hombre. Y yo voy a acompañarlo cuando tenga que despedirla. Si me lo permite, claro... –Hizo una pausa de prudencia, y continuó:- ¿Le parece bien ahora mismo? Tenemos el mar enfrente, hay poca gente en la calle a esta hora, y ella no puede esperar más tiempo... –Lo escudriñó con la mirada, mientras Jacinto alejaba las últimas dudas, y enfatizó:- Es por el bien de ella, claro está... ¿Qué me dice?

Sacudió la cabeza levemente de arriba abajo y aceptó el ofrecimiento del intendente, quien con prontitud abrió la puerta del departamento y ordenó a los custodios, que todavía esperaban, que regresaran a su casa, porque ya no los necesitaría por ese día. Cuando volvió junto a Jacinto lo encontró aprontándose para salir, y ola-cinco lo seguía a menos de tres pasos. Más atrás, las otras cuatro olas estaban deslizándose de la bañadera al piso y alzándose en silencio para acompañar a su compañera de regreso a la playa, pues instintivamente habían comprendido que iban a despedirla.

--Estamos preparados, Adolfo.

--Yo también. ¿Vamos a llevar a las cinco?

--Es un pequeño séquito del que no puedo y no quiero deshacerme, mientras no sea imprescindible. Pero descuide, ellas saben comportarse.

--¿No teme que todas quieran dejar la ciudad? El ejemplo de ola-cinco puede cundir.

--Todas se irán, a su tiempo. Ya verá usted que su ciudad no tendrá de qué preocuparse, en pocos días más...

Bajaron. Aunque era bastante tarde encontraron en la puerta del edificio a Héctor Diez, para quien Jacinto sólo tenía miradas de recelo. Resultó ser un trabajador muy entrometido, que hasta se había permitido dialogar con la prensa.

--Adiós, señor intendente –saludó el portero, y no obtuvo respuesta.

Caminaron lentamente una cuadra bajo la galería de la avenida Dos, y en la esquina de la primera peatonal cruzaron a la costanera. La procesión era silenciosa, y mantenía el orden de salida: Jacinto y Adolfo, ola-cinco, las cuatro olas algo más atrás.

Bajaron a la playa, que aquel verano había inaugurado una iluminación rutilante para que los turistas la disfrutaran hasta la madrugada. Calmo era el viento, sosegado el mar. Se sentaron, y el intendente se quitó el saco y aflojó el nudo de la corbata. “Hermosa noche”, sentenció. “Espléndida”, coincidió Jacinto.

Pocos noctámbulos disfrutaban el mar a esa hora, que es cuando se muestra en su plena majestuosidad. Ola-cinco lucía un poco más de vitalidad, y jugaba con sus compañeras casi como en los primeros días fuera del océano. De pronto giró sobre sí misma, se encrespó, y se acercó raudamente a Jacinto, quien le susurró que tenía que irse, que debía internarse mar adentro, que no era un adiós, que era un

--...hasta pronto, nena.

Sacudió la blanca cabellera en el brazo extendido de su amigo, mojándolo hasta la corta manga de la camisa, y después recorrió con celeridad la playa hasta el mar, en cuya superficie los hombres la vieron agitarse, desaparecer y volver a emerger una o dos veces, cada vez más lejos, hasta que se perdió de vista en la línea que separaba la luz de neón de la playa de la pálida claridad de la luna... Un momento más tarde las otras olas siguieron a ola-cinco, y su demora en reaparecer les hizo sospechar que también ellas habían optado por irse. Pero cuando estaban por desandar sus propias huellas sobre la arena las cuatro retornaron junto a ellos, y los acompañaron de vuelta al edificio.

Ya no hacía guardia Héctor Diez frente a la puerta de entrada. Se despidieron como viejos amigos, y Jacinto se quedó un rato ahí, con las olas a sus pies, mirando al intendente que se alejaba calle abajo, con andar tranquilo y sin prisa, y finalmente se perdía en la obscuridad de la noche.

La siguiente en irse fue ola-dos, un día y medio después. Cuando Jacinto se levantó era más temprano que de costumbre, y la encontró en el comedor, desvelada. Jugaba con un corcho tirado en el piso, arrastrándolo de un lado a otro del cuarto, sin ganas. Las otras reposaban en la tina, quietas, indolentes. Los dos bajaron a la avenida Dos, y recorrieron las tres cuadras que los distanciaban del quiosco de diarios y de la churrería. Al volver al edificio la página del diario que Jacinto leía distraídamente mientras caminaba empezó a mojarse, con gruesos goterones de una fría agua de lluvia que no era característica de la época, y que una ausencia de signos difícilmente permitió presagiar. Había baja presión, así que no apuró el paso; sólo cerró el diario y lo protegió bajo su brazo izquierdo. Indicó a ola-dos que avanzara detrás de él, guareciéndose bajo los aleros, y súbitamente notó que su compañera no disfrutaba la lluvia tanto como él. Ola-dos se detuvo cerca del cordón de la vereda y comenzó a temblar... Las gruesas gotas que caían con violencia sobre su cuerpo abrían en él agujeritos que se rellenaban cada vez con más dificultad, y le provocaban un visible estremecimiento. Jacinto comprendió que era imprescindible tomar decisiones ágiles, si quería evitar que su amiga se fuese por la alcantarilla. Arrojó el diario y el paquete con churros, y se arrodilló junto a la ola.

--Vamos, tenés que hacer un esfuerzo y llegar al mar –la arengó-. Ya sabés que no está lejos...

Una señora que contemplaba el episodio puso un gran paraguas en la mano de Jacinto, para que protegiera a su amiga. (La ayuda fue atinada, y sólo en la tarde del día posterior la mujer recuperó el adminículo y recibió un abrazo de agradecimiento, porque había salvado una líquida vida.) Tres cuadras caminaron los dos hasta la playa, bajo el amplio paraguas negro. Lentamente, y con miedo a no poder llegar. Algunos curiosos los seguían a distancia prudente, y esperaban el desenlace. Ola-dos había perdido casi todas sus fuerzas, y sólo su gran espíritu le permitió alcanzar la orilla. Cuando el océano comenzó a confundirse con ella recuperó su carácter inquieto y jugó un largo rato sobre el agua, a la vista de todos. Ya no podía regresar a la ciudad, y Jacinto lo sabía. (Ambos lo sabían.) De manera que al cabo de casi una hora en que estuvo observándola desde la playa no sintió asombro cuando la vio internarse en el azul-verde del mar, y perderse para siempre.

Las tres que quedaron no parecieron notar la ausencia de su compañera. Jacinto las encontró levantadas, esperándolo. Le acariciaron los pies, y él les dijo que la ola que faltaba había vuelto al mar, así que no tenían de qué preocuparse porque estaba bien. Se alborotaron, y corrieron de una punta a otra del comedor, visiblemente felices. En ese momento Jacinto presintió que pronto todas ellas se irían, y lo iban a dejar solo como antes, profunda e irremediablemente harto de sí mismo y de todo lo que lo esperaba en la otra ciudad, la grande.

Y eso fue lo que efectivamente sucedió... Jacinto disfrutó algunos días más de la compañía de esas inesperadas amigas. Sintió el deber de hacerle saber al intendente que todo estaba por terminar, pero prefirió no arriesgarse a que alguien interfiriese en una despedida que sólo tenía que involucrarlos a él y a las olas uno, tres y cuatro. Así como al principio le parecía surrealista la experiencia que estaba viviendo con aquellas hijas del mar, ahora tenía dificultad para concebir la continuidad de la vida sin ellas.

Y esto ocurriría justo ahora..., que estaba comunicándose con ellas y cimentando una relación que excedía la de amo y mascota. Claro que no se expresaban con el idioma convencional de los humanos, pero lograban hacerse entender perfectamente. Conceptos elementales como hambre, sueño, deseos de salir, eran superados por otros más complejos, con los que le hacían saber a Jacinto si sentían amor, soledad, ira o simplemente aburrimiento, aunque nunca le revelaron sus más íntimos secretos ni le contaron su pasado en las profundidades del mar..., seguramente debido a su naturaleza reservada. Jacinto, por el contrario, había sido muy infidente durante esos días, y en verdad no le importaba que supieran todo acerca de él. Mientras preparaba la comida, o durante los paseos playeros, les hablaba con absoluta familiaridad, y sólo a esas insólitas interlocutoras se atrevió a confiarles secretos que habrían sido sumamente comprometedores en posesión de entes más humanos.

La mañana, pobremente luminosa, los encontró temprano en la playa, camino a Las Grutas. Fue cerca del Camping Americano donde Jacinto se detuvo y las alentó a jugar en el mar, mientras se sentaba a contemplarlas y a imaginar que el camino de regreso lo haría a solas. Meditando sobre cosas importantes de la existencia humana que nada tenían que ver con los afectos que nacen y mueren durante las vacaciones. Había leído en los diarios locales que la gran ciudad a donde tenía que volver era un avispero, con dos presidentes renunciantes, capitales que habían huido del país y, devaluación-carestía-escasez-agio de por medio, mucha gente que agitaba cacerolas en señal de protesta porque los bancos quebraban en dominó. Parecía que por ahí había un militar que desde la cárcel amenazaba con lo mejor y lo peor del pasado reciente…

¿Cómo podía ser…? El dólar tan caro… (La puta, parecía honesto, y cuánto afanó durante su mandato…) Y aquellas qué bien la pasan, en el mar… Mejor me paro y voy a la orilla, va a ser difícil dejarlas ir. ¿Tendrán una ola-presidente, una ola que administre y distribuya los recursos, una que mate, una que robe, una que mienta convincentemente..? Lástima carecer de tiempo para aprender de ellas, o tal vez es mejor así, es mejor verlas irse como vinieron y evitarles la vergüenza de aparecer en un documental de Animal Planet.

Un auto que venía levantando tierra se detuvo cerca. El intendente bajó y dejó los vidrios semiabiertos y las puertas sin traba, lujito que por acá todavía se podían dar. Desde lejos agitó la mano en un saludo tímido, que parecía pedir a Jacinto permiso para acercarse y entrometerse. Iba pensando el intendente que probablemente el hombre quería estar solo, despedirse sin intrusos de las olas, quedarse solo un rato, volver a la villa en soledad. Pero ¡ma´ si!, era preferible acompañarlo, parecía un buen tipo a pesar de su insignificancia, y se acordaba el intendente de lo bien que le hizo la presencia de unos amigos que cuando operaron a su mujer se acercaron al sanatorio de prepo, aunque muy bien había explicado él que quería pasar la noche sin compañía en el hall frío y oliente a alcanfor… Si vamos al caso, Francisca se salvó de milagro, y salieron juntos del sanatorio, pero ese Jacinto está jodido, va a tener que dejarlas ir para siempre, aunque quién sabe…

--Cómo anda, amigo –saludó el funcionario, y se sentó en la arena al lado de un enhiesto Jacinto que desde su metro ochenta oteaba el mar usando la mano como visera. Ya no se veía tan poca cosa como en el encuentro anterior, se había transformado en aquello que las olas quisieron contagiarle: un hombre que apreciaba la satisfacción de la vida, que incluso en sus formas básicas se expresa con la fuerza total de la naturaleza.

--Espéreme acá, jefe. No voy a tardar mucho.

Con el “vaya nomás” del intendente Jacinto caminaba hacia la orilla. No parecía triste cuando, con el agua hasta las rodillas, jugaba con las olas, saltaba con ellas y no se daba cuenta de que la camisa se le mojaba. El intendente nunca lo había visto reír (es natural, porque apenas lo conocía), pero su impresión acerca de aquel hombre era que no reía desde su juventud, desde los primeros amores, desde antes de perder a sus padres. Y ahora lo hacía, jugaba, chapoteaba el agua, le decía adiós a las olas (¡qué maravilla, están las cinco!), y las veía alejarse y confundirse en materia y color con el maravilloso mar de Necochea, que los lugareños no valoramos como es debido, pensaba el intendente.

Los hombres caminaron juntos hasta el automóvil, un Falcon 81 que a todas luces gritaba que su dueño no era un chorro, como la mayoría de los políticos. Mientras regresaban a Necochea la Nueva intercambiaron alguna que otra palabra, se tendieron los puentes colgantes entre el Jacinto que nacía y el conductor que presenciaba el parto.

--¿Está enterado de los líos que hay en la Capital? Le digo la verdad, nunca viví una crisis como ésta. Hay gente mayor que yo que no recuerda antecedentes de un caos así. Me parece que de ésta no salimos, Jacinto. No hay luz al final del túnel…

Jacinto sonrió una vez más, y miró por el parabrisa las nubes negras que bailaban en el cielo.

--Quédese tranquilo. Y tenga confianza… Todo esto pasará, porque nosotros vamos a estar aquí, peleándola. Los aviones no tienen que tentarnos, eso es para los jóvenes o para los desanimados…

Suspiró, miró al mar, se acordó de los viejos, decidió proponerle a Susana que se fueran a vivir juntos, pensó en pararle el carro diplomáticamente al gerente que lo hostigaba, anheló regresar el siguiente año con Susana, porque todo esto va a pasar, pasará, pasará…

Pasará, pasó.

Héctor Gorla, 2001-febrero 2002.