Baraja de noticias

 

 

“Un hombre incendió un auto donde dormía un linyera.” Letras de molde rojas, en el diario de la tarde. Iba a comprar un ejemplar pero era más desafiante imaginar al auto, al linyera, al agresor.

 

“Lo mató a balazos porque no bajaba la música”. Eso lo había fisgoneado a la mañana, en el subte, parado junto a un sacerdote que llevaba el diario doblado sobre la falda.

 

“Quemó al perro del vecino porque entró en su patio”… Ese era el más animal de todos…

 

“Un taxi-boy se suicidó incendiando su departamento. Tres muertos, cuatro heridos.” ¿Por qué tanta alharaca para matarse? Hay formas más íntimas de hacerlo.

 

“Mató a su novia de dos balazos en un local céntrico de Mac Donald. Luego se suicidó”. También hay maneras más privadas de matar a una mujer…

 

El Linyera, el taxi-boy y el perro habían muerto quemados. Los tres habían perecido por la intención de otro o por la propia. Parece ser que el linyera estaba requiriendo los servicios del taxi-boy, justo cuando el perro entró en el auto, en el que los dos hombres negociaban un precio equitativo. Los cristales empañados, el frío de la noche, la luna. Una mujer que pasa y es testigo potencial. Mal momento, mal lugar para estar. Mala idea la de abandonar a su novio policía, sin inventarle una excusa, sin ocultarle el engaño. Al menos salir a caminar la despejaba de tantas angustias, dos hombres hablan en un auto, un perro y una música fuerte que viene de la habitación de un adolescente. Medianoche, o casi. Por suerte no va a llover.

 

Todas las posibilidades de la casualidad bailaban alrededor de ellos, con giros macabros, porque al final cada uno iba a morir. El perro jadea y baja del auto. Corre hacia la mujer, se detiene, la observa. El pordiosero y el taxi-boy pactan un precio. El dueño del auto sale al jardín, contempla la escena con estupor. No era infrecuente que un atorrante se le metiera en el vehículo, a dormir. Una o dos veces se percató a tiempo y logró espantarlo. Otras, recién se daba cuenta a la mañana, por la suciedad que quedaba en el asiento de atrás, donde a veces hacía sus necesidades el inesperado huésped.

 

Qué pueden tener en común el linyera y el otro hombre, se preguntó desde el jardín, advirtiendo la presencia de la mujer que acariciaba al animal con una mano pequeña y larga enguantada en cuero negro. La música se hacía ensordecedora y violenta, por momentos, y compadeció a los vecinos del adolescente (por la clase de música, era un pibe). Linda, la mina. Quién se la cogerá, andá a saber. Tiene aspecto de mina de un policía, o de un colectivero. Los guantes son innecesarios en esta época. A decir verdad, en Buenos Aires dejaron de usarse, porque ya casi no hace frío. Como el sobretodo, es una especie en extinción.

 

Linyera de mierda. Y el otro, con pinta de fifí, qué hace en el auto… Hablan. Se estarán cagando de risa, en su auto. Y el perro de mierda que está entrando en el jardín.

 

Por la esquina viene corriendo un tipo con un arma reglamentaria en la mano, lista para matar. La mujer, que está de espaldas, no lo ve. Es una foto. Un vecino golpea fuertemente la puerta del estruendoso melómano, con otra arma en la mano.

 

El dueño de casa sale al jardín con un balde de nafta. Mira al perro, lo rocía con un poco del líquido azul. Tiene los fósforos en el bolsillo. Cruza el jardín, va hacia el auto. Desparrama el resto del balde sobre el linyera y el taxi-boy. Este último le agradece la deferencia, explicándole que en verdad estaba pensando en suicidarse, y él, el hombre, le facilita las cosas.

 

El linyera mira, atónito. El hombre saca la cajita de fósforos, extrae uno, va a raspar. Una sola flama será suficiente: conflagrarán el auto, el pordiosero, el taxi-boy, el perro.

 

El adolescente abre la puerta, ve al vecino, furioso. La mujer oye que la llama por su nombre una voz furiosamente conocida. Es una bella noche, no va a llover, pero hace un poco de frío.

 

Veinte minutos antes de ir a la cama no hay que leer, ni mirar tele, ni escuchar noticias en la radio. Menos que menos si la cena fue abundante. Uno tarda en dormirse, y las cosas se revuelven en la mente hasta que el sueño llega y sopla como una brisa la hojarasca de la actualidad.

 

 

2 de julio de 2006