Capítulo 1.

 

Jules Bridges estaba en la cubierta del barco, que cabeceaba sobre las olas de un mar embravecido pero bañado por el sol de la tarde. Dos hombres corpulentos lo sujetaban, impidiéndole escapar. Bien sabía él que ya no había a dónde escapar, que su juego había sido descubierto y que las intenciones de su archienemigo, al mirarlo fijamente, no eran las mejores que podía esperar. Tom Clauncy sonreía frente a él con una pipa en la mano. Lo miraba fijamente, dilatando para su placer la certeza de una muerte con agua y con escualos.

 

--Muy bien, Jules –sentenció-, me parece que su carrera de espía está por terminar en estas aguas del Pacífico.

 

Jules quiso desprenderse de los fuertes brazos que lo sostenían, pero no pudo. Tampoco le quedaban fuerzas para hacerlo, porque desde que lo habían descubierto la noche anterior, los malos tratos habían sido constantes para arrancarle confesiones o noticias de la organización para la cual trabajaba. Cierto era que había estado a punto de terminar con éxito aquel trabajo, llevando a Clauncy a prisión y desarticulando su organización terrorista, pero alguien lo había delatado… Y toda la tecnología puesta a su disposición, toda la parafernalia con la que se había sentido a salvo hasta el momento, demostraba ser impotente para preservarle la vida.

 

Pero su vida era en verdad la mitad de sus preocupaciones, en esos instantes finales. Cerraba los ojos y pensaba con fuerza el nombre del general Forbes, esperando que su llamada fuese respondida con noticias de cómo estaba el personal de su base interna de operaciones.

 

--General Forbes… General… ¡Conteste, general! –pensaba, y en su cabeza sólo resonaba el silencio.

 

Uno de los matones de Clauncy le había disparado un tiro que le pasó rozando la sien derecha, para amedrentarlo y obligarlo a hablar. El dolor, insoportable, y el profuso sangrado, calmaron con las horas, pero desde ese momento su comunicación con el general Forbes había cesado bruscamente. Estaba seguro de que la bala había pasado cerca de la esfera, y deteriorado los mecanismos de supervivencia que resguardaba la compuerta de salida.

 

--General Forbes…, General…

 

Tom Clauncy pensó que su víctima estaba desmayada, o agonizante, y decidió no seguir esperando. Ordenó que le ataran las pesas a los pies, que lo maniataran y se dispusieran a arrojarlo por la borda.

 

--Jules –agregó-, usted me hizo mucho daño, pero no logró destruirme. Yo seguiré aquí, trabajando en lo que sé hacer, mientras a usted lo devoran los tiburones.

 

Jules seguía con los ojos cerrados. No valía la pena contestar. Sintió que lo ataban, que lo tendían en la cubierta de madera y le amarraban cosas a las piernas, a los tobillos.

 

El general Forbes seguía sin responder, pero no estaba muerto. La bala había pasado por el costado de la esfera, destruido parte de la compuerta exterior, arruinado el sistema de comunicaciones, matado a varios ayudantes del puerto que cumplían trabajos de mantenimiento sobre las naves, cuya totalidad estaba en los hangares cuando la tragedia sucedió. Forbes vio en la enorme pantalla del centro de control que repentinamente Jules Bridges tenía frente a sí a uno de los matones de Clauncy apuntándole con una pistola de grueso calibre. Inmediatamente ordenó que una de las naves se preparara para salir en auxilio del agente, pero era tarde. Notó en el rostro del hombre la decisión de disparar contra Jules, y eso fue todo. Luego oyó la explosión de la bala al restallar en la sien del agente, donde se ocultaba la salida de la esfera. La sala de control fue estremecida por el impacto, y todo quedó a obscuras. Los mecanismos giroscópicos e hidráulicos fallaron, y la esfera interior, descontrolada, comenzó a moverse siguiendo la cinestesia del cuerpo de Jules.

 

Jules sospechaba que en la esfera quedaban sobrevivientes, y que si él se movía mucho, los efectos de transmisión podían ser desastrosos para esa gente. Así que intentó minimizar los movimientos laterales y verticales bruscos, permaneciendo con la cabeza erguida tanto como se lo permitían sus captores. Cuando lo tendieron en la cubierta pensó que la esfera interior estaría ladeada 90 grados, con las consecuencias desastrosas de esa situación para el general Forbes y sus subalternos.

 

--General Forbes… por favor, ¡responda! –pensaba.

 

Forbes, tendido sobre una de las paredes de la esfera, miraba la pantalla obscura que había quedado en el techo, en la penumbra de las luces de emergencia. El dolor en la pierna fracturada le impedía moverse, pero estaba pendiente de cuando sucedía a su alrededor. Carter, su colaborador inmediato, lo ayudó a incorporarse y a sentarse contra un armario caído. Después el joven oficial, que era bastante atlético y sólo había sufrido magulladuras leves con el impacto, trepó hasta los controles, sujetos al piso que ahora, con la inclinación, era una pared.

 

--General –dijo Carter-, voy a intentar conectar el audio de los pensamientos de Bridges…

 

--¿Tenemos lectura de sus síntomas vitales? –preguntó el general.

 

Carter, trepado a los controles como un mono, golpeó las pantallas como último recurso, y obtuvo la lectura cardiaca del agente Jules Bridges.

 

--El corazón aún late, pero eso es lo único que sabemos de él.

 

--¿Presión, pulso, endorfinas, adrenalina?

 

--Nada, general. Sólo la luz verde del corazón.

 

--Al menos sabemos que está vivo… Intente conectar con sus pensamientos.

 

Carter manipuló los controles diestramente, aunque no era su tarea habitual. Había que hacerlo, porque el operador principal yacía muerto en un ángulo del salón de controles, aparentemente electrocutado. Movió las palancas, los diales, pulsó botones, y finalmente los dos hombres escucharon un sonido vago y lejano que no era otro que la interpretación digital de los pensamientos de Bridges.

 

--¡Es él! –dijo Forbes- Intente lograr que el mensaje sea inteligible.

 

--Hago lo que puedo, general, pero los equipos están muy dañados.

 

--Use toda la potencia auxiliar. Es necesario que nos comuniquemos con él.

 

Carter matizó el proceso de tetragitación de pensamientos. Agregó contraste sonoro, retardó el proceso de reproducción auditiva, y finalmente obtuvo un mensaje lento, ahogado, metálico, pero inconfundible: era Jules Bridges, que pensaba un mensaje para la esfera.

 

--“General Forbes, res-pon-da… “

 

--¡Es él! –dijo el general. Intentemos darle una respuesta…

 

--Jules, le habla Carter, ¿puede oirme?... Jules… ¡Jules!

 

Carter repitió el llamado mientras manipulaba convenientemente los controles, y finalmente obtuvo una respuesta vaga, lejana, pero inconfundible, del agente.

 

--Carter… ¿están bien allí?

 

Carter esperó las órdenes del general, que se limitaron a pedirle que recabara toda la información disponible sobre la situación de Bridges y el destino que de una manera o de otra, los aguardaba a todos.

 

--Carter, están por arrojarme al mar, maniatado y con pesas… ¿Pueden ayudarme?

 

El suboficial, respondiendo a un gesto de su superior, brindó la nefasta respuesta.

 

--No podemos hacer nada por usted en este momento. La esfera interior está a la deriva, y suponemos que la compuerta externa ha sufrido importantes daños.

 

--En unos minutos estaré en el mar… ¿El general puede oírme, o ha muerto?

 

--El general está herido, pero lo escucha.

 

--General, quiero saber si lograrán sobrevivir, o si se irán al fondo conmigo para siempre.

 

--Carter, dígale -ordenó Forbes- que algunos mecanismos auxiliares podrán llevarnos a la superficie… Dígale…que…

 

--Lo sé, general. Descanse, le comunicaré todo.

 

Así lo hizo Carter, en el mismo momento en que el mensaje mental de Jules Bridges encerraba una despedida.

 

--Lo siento. Me hubiera gustado que esto terminara de otra manera.

 

--Usted es un héroe –replicaba Carter-, y su país lo recordará como tal…

 

--Un último pedido… sólo deseo no morir ahogado. ¿Pueden arreglarlo?

 

El suboficial consultó los indicadores que aún funcionaban, y aseveró que, según su criterio, podrían intentar evitarle la muerte por inmersión.

 

Creo que hay una conexión aún activa a su corazón… Podemos intentar detenerlo cuando usted lo pida.

 

--Háganlo… háganlo ahora… No esperen más… háganlo ya…

 

--General, solicito su permiso para iniciar la descarga sobre los ventrículos. Aún tenemos la energía necesaria…

 

Forbes dudó un momento.

 

--General, es ahora o nunca. Son aguas infestadas de tiburones, tenemos que actuar con celeridad.

 

Forbes no dudó más:

 

--Proceda, Carter. Detenga el corazón de Bridge… Que Dios se apiade de su alma… y de la nuestra.

 

Carter oprimió el switch rojo. Las luces parpadearon. La luz verde que indicaba la actividad del corazón se apagó, y un silencio profundo se apoderó de la sala.

 

--Señor, éste se murió –observó uno de los matones de Tom Clauncy.- ¿Qué hacemos?

 

El malvado montó en cólera, mientras se arrojaba sobre el cuerpo del agente, que aún yacía sobre la cubierta de madera. Lo abofeteó con furia, llamándolo por su nombre casi a gritos mientras lo zamarreaba por las solapas.

 

--Jules, despierte, no estropee mi momento de gloria… ¡Despierte!

 

La furia le brillaba en los ojos. Nadie se atrevía a hablarle, a confirmarle que su víctima acababa de morir de forma misteriosa, ya que los castigos no podían haber provocado su final.

 

--¡Quiero al responsable de esto! ¡Les dije que lo quería arrojar vivo a los tiburones, y ver cómo lo destrozaban a dentelladas!

 

Un ayudante se acercó con miedo, y en un susurro le dijo que según sus conocimientos, la causa del deceso parecía un infarto masivo.

 

--Señor, observe sus uñas azules…, eso es típico.

 

Clauncy, más relajado, soltó una carcajada sonora, que resonó en el Pacífico norte.

 

--¡Así que después de todo, murió de miedo! ¡Ja, ja, ja…!

 

Todos rieron con él, hasta que con un movimiento circular de su brazo impuso silencio. Era lo que necesitaba para dar su siguiente mandato:

 

--Incluso muerto, no me voy a conformar así no más. Levántenlo y tírenlo al mar… Detengan las máquinas del barco, para que pueda observar lo bien que se alimentan esos animalitos grises de enormes aletas… ¡Qué esperan!

 

Las órdenes se cumplieron enseguida, y cuando el barco detuvo su marcha por completo dos hombres se aprontaron a tirar el cadáver de Jules Bridge por sobre la barandilla de babor.  Cuando lo alzaron, los sobrevivientes de la base sintió que la esfera interior, desprovista de los mecanismos que equilibraban los bruscos giros de la esfera exterior, se conmocionaba como un barco a punto de naufragar. Cuando el cuerpo del malogrado agente se estrelló contra las olas, la esfera interior se partió en dos pedazos, y en ese accidente murieron algunos hombres más del personal permanente, entre pilotos, navegantes y mecánicos. El general Forbes fue azotado contra una pared, y quedó inconsciente debido al golpe que había recibido en la cabeza. Carter, que se había afirmado con fuerzas en los restos de una columna del salón de mando, sintió que todo se destruía a su alrededor. Un momento más tarde, mientras Jules descendía a los abismos seguido de cerca por los tiburones, Carter tuvo oportunidad de alcanzar los mandos auxiliares y disponerse a actuar… Sólo había una última esperanza para los pocos sobrevivientes de la base.

 

El oficial comprobó que las compuertas externas de emergencias se habían cerrado a tiempo, después del impacto de la bala. Los restos de la esfera interior estaban protegidos por la externa, pero no sabía cuánto tiempo iban a resistir esas compuertas. Sólo podía intentar una cosa, y tenía que hacerlo con celeridad.

 

Dispuso el estallido de las cargas explosivas que rodeaban convenientemente la esfera, puestas de manera tal que pudieran liberarla, llegada la necesidad, de la cabeza donde había sido implantada. Los tiburones desgarraban y agitaban el cuerpo de Jules, cuya sangre atraía a más escualos. Carter, afirmado a las salientes del escritorio de controles, sólo mantenía el equilibrio por enormes esfuerzos. No había tiempo para un conteo, o sincronización. Simplemente apretó el botón rojo y esperó que sucediera un milagro.

La cabeza de Jules estalló en varios pedazos. El agua que la rodeaba se tiñó de rojo, atrayendo a más depredadores. Y de esa nube acuática de sangre surgió la esfera metálica, flotando con suavidad en las profundidades de un mar que sería a partir de ese momento la tumba de uno de los mejores agentes del servicio secreto de Su Majestad.

 

Carter aprovechó la placidez de un ascenso suave hasta la superficie, y soltó los marcadores de posición que servirían para el rescate. Sabía que, sin comunicación radial ni visual, ese era el único modo de llamar la atención del cuartel general. A esa hora, casi las dos de la tarde, la estación de Jules llevaba más de doce horas sin reportarse, y esa anormalidad los habría puesto en alerta acerca de que algo malo había sucedido.