Soneto peninsular.

 

        Para la rosa negra del tirano

tengo el jardín nocturno de mi alma,

para su garra cruel y destructiva

sólo tenía mi acabada España.

 

        La pobre España, que quedó tendida,

acribillada, doblemente muerta,

cuando manaba aromas todavía

a niño, y a los frutos de la tierra.

 

        La alimentaron, después, la revivieron,

y así ha seguido segregando savia,

como una enhiesta y solitaria encina.

 

        ¡Pero en el hondo silencio en que arde el fuego,

mi castigada y dolorida España

nunca logró olvidar esas heridas!