Obsequio.

 

        Para cuando llegara la primavera,

había pensado regalarte la ciudad.

 

        Iban a ser tuyos los balcones floridos

pletóricos de todos los recuerdos de la calle,

mudos testigos asomados a

las épocas que ya han quedado atrás:

a los románticos amores viejos,

a los primeros y antiguos adoquines,

a las rústicas luces mortecinas,

a la vida,

a los dóciles y obscuros pavimentos.

 

        Ibas a poseer también

los jardines más hermosos,

las enormes mansiones

y las plazas en donde juegan y ríen los niños,

y esas sonrisas iban a ser tuyas,

mientras una suave y soñadora brisa

un poco jugaría con tu pelo,

sería un poco caricia esclavizada,

 

y tú jamás imaginaste tanto.

 

        En tu tesoro, asimismo,

habrían estado incluidos los más altos

y frondosos árboles de la ciudad,

 

la ciudad toda, finalmente,

habría sido un cariñoso y suave

gato gris

acurrucado a tus pies,

                                     próximo al día.

 

        Para cuando llegara la primavera, amada,

había pensado regalarte la ciudad.

Pero no quiero que te pongas triste,

con una lágrima tierna y profunda

casi,

         casi como tú misma;

con los callejones y la miseria

de los suburbios,

donde hay alguien que se asfixia bajo

la claridad

                   del día.

Lágrima, más triste todavía,

con otros niños

que no ríen ni juegan ni departen,

niños aislados

a los que no podrías acariciar

y ni siquiera acercárteles,

porque te rechaza

                                su propia tristeza...

 

Y tú sabrías que los niños también

sufren,

y pueden morir,

o se enferman de males incurables,

 

y que hay niños solos,

en una horrible soledad sin juegos,

sin caricias, sin sonrisas,

                sin sol,

sin juguetes

y sin cuentos...

 

        Y sentirías pena,

                                mucha,

mucha pena, y tal vez sollozarías

en mi hombro, y me dirías

que no quieres el obsequio.

 

        Tampoco quiero darte

hospitales,

ni esas casas sucias y viejas

donde suele ocultarse el grueso

del sufrimiento humano,

 

no quiero hacerlo,

porque tu pena sería más recóndita

y aquella brisa que acarició tu rostro

sería ahora un viento,

un viento

                 frío

que te haría daño.

 

        Para cuando llegara la primavera, por cierto,

había pensado regalarte la ciudad.

 

Pero ya no; ya no nos hace falta.

Tal vez es preferible nuestro otoño,

solos y altivos, apartados,

                                            solos,

sin flores, sin balcones, sin edad,

 

Pero igualmente sin ninguna lágrima,

a veces lejos, hondamente lejos,

muy lejos, a veces hasta de la propia

                         Humanidad.