Epitafio.

 

        Después de mí,

quiero que todas mis cosas

vuelvan

a la tierra,

a las claras regiones

independientes

y no consolidadas

que me enseñaron a ser arquitecto

de elevadas

catedrales

                  inmateriales

-y de sangrante garganta-,

invisibles

vasos

de nervios invisibles

que se agitan

(premunidos de

                           gritos ancestrales)

para cantarles a los hombres

desde más allá de mí,

para cantarles

desde más allá de mi

frutal profundidad.

 

        Pero después de mí...

ya no habrá nervios

ni arterias

ni pequeños gigantes receptores

en el centro

donde siempre me mantuve,

ya no habrá nada

                              que se me incorpore,

ni siquiera mis propias

constelaciones

retorcidas...

 

        Quiero depositarlo todo,

todo,

como en los primeros pasos

de este camino

                          que se acaba,

quiero devolverlo todo

a las regiones de origen,

a las regiones que,

                                 a pesar de mi vida,

a pesar de este tiempo breve,

jamás me permitieron trasponer

el umbral premonitor;

para que alguien, mañana

(cuando hasta el recuerdo de mi recuerdo

se haya extinguido ya),

lo recoja y... continúe andando...,

alguien,

               quizá integrante de una nueva,

                                descomunal generación.

 

Oct. 1975

 

 

                           

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