El verano del ´42.

 

        Crisálida perpetua que llevo abordándome,

tendiéndome incontables puentes

tácitos y localizados

para llegar a mí en mi cuarto silencioso,

te descubro

(pero cada vez como siempre)

en mi piel, en mis ojos,

en mi voz,

hasta en la ira de un momento

de paréntesis,

o en las cosas que están fuera de mí:

o sales de la boca de los

subtes

o te expulsa una puerta giratoria,

a veces bajas también de un

colectivo,

y eres tú, tu esencia interna,

crisálida,

tú nunca llegarás a ser mujer...

Vértice, sin embargo,

hacia el que siempre debieron converger

las palabras y los movi-

mientos corporales,

a lo largo de todo el desarrollo,

te llevo en los ojos y en la voz, como debiera,

te llevo quemándome

y corrigiéndome constantemente la piel,

y ni yo seré nunca poeta para tí,

a pesar de tu otoño,

crisálida,

ni tú nunca llegarás a ser mujer.