El equilibrio.

 

        Preliminar,

no te sentí partir;

cuando la tarde caía tantas veces

y cuando el mundo aún no se había detenido,

yo no podía comprender

tus ojos,

yo no podía entender

mis manos hundidas

en tu pecho,

ni las tibias latitudes de tu cuerpo

ni aquel ribete de tu vestido

o de tu corazón,

porque todo era nuestro todavía

y el mundo entero cabía en tu mirada.

 

        Ahora todo ha perdido el movimiento.

Yo me detuve en un día carcelario,

entre paredes de tiempo interminable,

porque también se ha detenido el tiempo.

 

        Porque ya no poseo nada,

y el camino se ha prolongado

                     hasta

el infinito:

 

sencillamente que tú no estás

aquí,

que has eternizado

                                 todas las cosas

con dimensión geométrica,

sencillamente que quedé vacío:

 

sin voces ni miradas insignificantes, sin

siquiera

la angustia de tu ausencia...

 

        ¡Si por lo menos

me mordiera el dolor

furiosamente,

si por lo menos

esto

se trocara en desconsolada

                 tristeza!