Convivirán uno o dos lustros. El libro electrónico y el de papel. Pero ¿quién puede resistirse a los cambios por mucho tiempo? La vida se ha digitalizado. Fotos, videos, sonidos, son digitales. Hoy ya existe en el planeta gente cuyos recuerdos son digitales. Faltaba el libro, y ya está. Este avance (bueno, para mí es un avance) tardó en llegar, pero dijo presente. La tecnología se encontraba disponible desde hacía una década, pero los modos de comercialización eran muy poderosos, y se respetaron. Ya no más. Al igual que a otras industrias, le llegó el momento a la gráfica. Hace varios años que a los editores de música les dijeron "muchachos, piensen en algo para comercializar sus productos, porque el mp3 es imparable". Y así fue. Lo mismo con la fotografía. Kodak dejó de fabricar rollos hace años, y ya no existe como empresa. La instalación de la nueva fotografía fue rotunda cuando National Geographic comenzó a utilizar cámaras digitales en sus expediciones. Se decía que no se podría igualar la definición de la antigua tecnología, pero ya se superó. Ni hablar del cine. Se compran las películas en la esquina y a buena calidad. El fin de la era Gutemberg sucedió (si hay que marcar un momento) cuando en el año 2000 la Enciclopedia Británica dejó de publicarse en papel y se convirtió en una colección de dvd´s. Google comenzó hace varios años a digitalizar bibliotecas completas, con las limitaciones del derecho de autor. La biblioteca del Vaticano se está digitalizando con la utilización de scanners robotizados, que no deterioran los incunables. Y nosotros, ciudadanos comunes, podemos ya adquirir un pequeño dispositivo donde almacenaremos cientos (dos o tres miles, quizá) de libros, en un peso de 300 gramos. Quedan pocas objeciones de parte de los fanáticos del papel. El tiempo de duración de la batería era una, pero los aparatitos alcanzan un rendimiento de tres o cuatro semanas sin recargar. ¿Daña la vista? Al no tener luz propia (hay que leer bajo el sol o con auxilio de la luz eléctrica), y con una escala de 16 tonos de grises, lo que tenemos es una réplica de un libro real. Queda un solo reparo, y es el del olor del papel. Particularmente, yo nunca leí con la nariz, pero respeto la observación. A partir de ahí, lo que vienen son los beneficios: menor peso, mayor economía, portabilidad, facilidad de búsqueda, y mucho más. En un libro electrónico se puede marcar, consultar un diccionario, compartir párrafos, enviar y recibir información. El acceso a la lectura se democratizará a largo plazo, de alguna manera. No queda demasiado por agregar. Lo que resta es una cuestión emotiva, una decisión absolutamente personal: ¿analógico o digital?

Desde el punto de vista de quienes escribimos, las reglas de juego cambian por completo: sin intermediarios, ahora será el lector quien nos juzgue de primera mano, lo cual representa un trabajo árido y extensivo, ya que deberá fijar los estándares cualitativos de la literatura. Esto supone que también el lector sufrirá un proceso de cambio, pues en los años venideros tendrá en sus manos (en sus ojos) la posibilidad de identificar, entre billones de libros que circularán gratuitamente y que podrá bajar a su aparatito de lectura, entre ríos de tinta de dudosa o nula calidad, a un Julio Cortázar del siglo XXI... ¿Lo logrará?