3.- El extraño hombre insiste.

 Mentiría si dijera que había olvidado la conversación con el hombre aquel, en el ambiente bullicioso de Aristóteles. Mentiría si dijera que no sentía cierta ansiedad por volver a saber de él, aunque no la suficiente para impulsarme a buscar su tarjeta personal en el primer cajón del escritorio, llamarlo o directamente ir a verlo. Una parte de mí se sentía embaucada como el ratón frente al queso. El queso representaba un reto a cuanto creía saber sobre mi materia, y me ponía en la situación de tener que empezar todo de nuevo. Todo de nuevo, una y otra vez, aunque sólo fuese conceptualmente. Una fascinante estupidez, de esas que forman la realidad. La historia está hecha de acertijos, azares, laberintos, galimatías…, y estupideces. Una bala desencadenó una guerra mundial en la que murieron diez millones de personas, y otros veinte millones quedaron heridos. El Jesús al que adoran 1500 millones de personas probablemente no existió: los romanos, un pueblo perfectamente letrado que dominaba Palestina y que documentaba con fervor los eventos de su imperio, jamás lo refirieron; si no fuera por la Biblia no sabríamos de él. Si en julio del 44 hubiese tenido éxito el atentado contra Hitler organizado por los oficiales de la Wehmarcht, si la bomba que explotó en la sala de mapas de la guarida del lobo hubiese matado al Führer en vez de dejarlo herido, miles de vidas se habrían salvado y la Historia habría registrado el impacto de ese suceso. Lo primero que nos advirtieron en la carrera de Historia fue a no sucumbir a la tentación de los “si”, a desechar lo contra factual, aunque los “si” son la droga esencial de quien estudia (mal) el pasado, y como toda droga que se precie, sencillamente es casi imposible sucumbir a sus cantos de sirena. Por otra parte, la humanidad se estanca por siglos o progresa a grandes zancadas en pocas décadas, y siempre por hechos fortuitos. Pérez Amuchástegui, “el historiador olvidado”, ejemplificaba la historia con la propia vida. Relataba que cuando su madre había nacido el hombre se desplazaba en carros tirados por caballos, y cuando murió ya había pisado la luna. La Historia es una ciencia hipócrita. Un acercamiento a la realidad, infinidad de abordajes, todos válidos. El hombre con el que conversé en Aristóteles tenía razón: no podemos comprender el tiempo, sencillamente porque carece de lógica, y por su vastedad. Creo que el que mejor definió esta limitación fue Jorge Luis Borges: “un instante es más profundo y diverso que el  mar”. La tarea del historiador es tratar de poner orden en una sustancia cuyo núcleo es el mismísimo caos. Poco antes de morir, Albert Einstein trabajaba en la teoría del caos, consciente de que éste lo dominaba todo. Por eso la historia no se puede predecir; a lo mejor lo de pisar a una mariposa es verdad… De todos modos, yo creo que la Gran Guerra habría sucedido igual, con o sin la bala, aunque tampoco soy adorador del destino colectivo. A decir verdad, después del primer café en Aristóteles había comenzado a repensar planteos que creía haber resuelto durante el primer año de la carrera, cuando era joven y todavía creía que era posible elaborar una teoría de la historia inspirada y definitiva.

Como quiera que sea, el tipo regresó. Y yo estaba esperándolo. Lo vi acodado en el mostrador del Departamento de Alumnos, a pocos metros del aula 7 donde yo recién había finalizado mi teórico semanal de Argentina II. Apenas lo vi imaginé otro café en el bar de Puán, más argumentación de su parte, sus intentos por derrumbar mi escepticismo. Pero nada sucedió como lo preveía.

--Cómo está, Lucio –articulé al tiempo que nos estrechábamos las palmas.

--Muy bien, señor. ¿Y usted?

--Igual, gracias… -Hizo una pausa y mientras me soltaba la mano fue directo al asunto:- Mire, yo sabía que usted no iba a llamarme, pero usted no dudaba de que volvería por acá.

Sonreí. Tenía razón.

--Le pido una hora de su tiempo. Acompáñeme a las instalaciones y permítame mostrarle aquello de lo que le hablé. Después de eso, si rechaza la propuesta, no volveré a importunarlo. ¿Me haría esa deferencia?

“Importunarlo”, bastante en desuso. “Deferencia”, otro arcaísmo. Pocas personas los usaban, por lo menos en  mi entorno.

--¿Ahora mismo? Tengo que corregir parciales; tal vez en otra ocasión.

--No se ofenda, pero mi premura obedece a que hay más candidatos, y yo claramente me inclino por usted. No son muchos, pero usted me parece el más apto, el más discreto…Una hora de su tiempo es todo lo que le pido… La recuperará con creces.

Dudé, aunque no mucho.

--No creo que sesenta minutos alcancen para ir hasta el centro, hacer el tour guiado que pretende y volver…

Reaccionó a lo de tour guiado con una sonrisa.

--Tengo un auto oficial en la entrada. En una hora lo traeré de vuelta a la puerta de la facultad. Después esperaré su decisión.

Analizaba cada palabra que decía. “Auto oficial” me puso en alerta. No fuera cosa que me subieran a un Falcon verde de esos que todavía daban vueltas por ahí, por alguna afrimación que hubiera hecho en mis clases o simplemente por una amistad inapropiada. Aun así, el queso era apetitoso.

--Salgamos de acá –propuse-, y en el camino a la salida lo voy pensando.

En ese momento se acercó a nosotros un grupo de alumnos de la materia. Los estudiantes acostumbraban departir con sus docentes cuando concluían los teóricos, y yo no tenía ningún problema en aclarar sus dudas mientras caminábamos por los pasillos. Eran una nueva camada de peripatéticos, que aprendían al paso, por así decirlo. Más de una vez me acompañaban hasta la parada del colectivo, o profundizábamos conocimientos en un barcito cercano (alguno más económico que Aristóteles). Por primera vez, ahora, tuve que excusarme y pedirles que pospusieran las preguntas para la próxima clase. Me vieron en compañía del otro señor y entendieron, alejándose entre comentarios de la materia.

--Usted es muy popular en el alumnado –consideró mi acompañante.

--Los titulares de cátedra aclaramos dudas, guiamos, proponemos. Los chicos confían en nosotros. Así debe ser.

--Ahá…

Traspusimos la amplia entrada del edificio y salimos a la calle. Nos detuvimos en la vereda y en ese momento observé un vehículo parado en doble fila sobre Puán, con las balizas encendidas. No era un Falcon verde sino un auto azul mucho más grande y lujoso, también de marca Ford; no podría decir más que eso porque no sé nada de modelos automotrices. Recuerdo, sí, que lo asocié con fiestas de casamiento, porque era el mismo tipo de berlina del que bajaban las novias en la puerta de las iglesias. Grande, muy grande. El chofer, alto y de riguroso traje, camisa y corbata, estaba apoyado sobre el capot, del lado de la calle, en actitud aplatanada. Como si nos hubiera olido, giró y se dirigió a la entrada de la facultad en el preciso momento en que Lucio y yo salíamos a la vereda. Rodeó el automóvil y abrió la puerta trasera del lado en que estábamos, y en actitud respetuosa se quedó esperándonos.

--Ese es mi chofer. Él lo traerá de vuelta a este mismo lugar, si acepta la invitación, claro. ¿Qué me dice?

Bamboleé la cabeza y espanté las últimas dudas.

--Está bien. Vamos a ver eso de lo que me habla.

--Perfecto –dijo Lucio, casi jubiloso. Hizo un gesto y me invitó a subir al automóvil.- Después de usted.

Entré al amplio interior y me acomodé a la izquierda, pensando que mi anfitrión viajaría a mi lado. En cambio de eso el chofer cerró la portezuela y ambos se acomodaron en los asientos delanteros. Lucio torció el cuerpo hacia mí y el resto del viaje sostuvo nuestra conversación en esa incómoda postura.

--Arranque, nomás – ordenó al conductor-. Sin prisa pero sin pausa. En una hora tiene que traer al profesor de vuelta acá.

--Si señor –dijo el otro, y giró el contacto. El motor casi ni se escuchaba. Avanzamos por Puán hasta Pedro Goyena, y rápidamente estuvimos en Belgrano. Después 9 de Julio hasta Corrientes, y por último doblamos en 25 de Mayo.