2.- Primera visita.

 

El visitante entró en la Casa Rosada con paso resuelto pero calmo. Vestía con informalidad y pulcritud. Los jeans tenían buen calce, pero la camisa de la misma tela era demasiado calurosa para aquel día de septiembre. Uno de los oficiales de la Federal apostados en el acceso reconoció de inmediato las zapatillas del recién llegado: adidas Wimbledon originales, nuevas, difíciles de conseguir en el mercado, una rara avis del calzado deportivo; el comerciante que todavía atesoraba algunos pares los cotizaba como oro, porque se habían discontinuado hacía más de dos décadas. Tentado estuvo el uniformado de preguntar dónde las había comprado, pero prefirió mantener la actitud distante. El hombre se acercó al agente de recepción, y no le dio oportunidad de preguntar el motivo y el destinatario de la visita.

--Buenas tardes… Necesito hablar con Cristina Fernández de Kirschner –dijo, y miró a su alrededor con aire despreocupado.

Los tres guardias de la entrada se pusieron en alerta, y sonrieron. El porte insignificante y el aspecto desmadrado del hombre eran indicio de una ausencia de peligrosidad, aunque siempre había que estar atentos. Era un tipo joven, que no superaba los treinta años. De complexión delgada y movimientos pausados. Cabello negro muy corto y ojos castaños, nariz aquilina, orejas salientes. No portaba maletín, carpeta, papeles de ninguna clase. Los bolsillos de su camisa, abotonados con broches de nácar pasados de moda, parecían vacíos. La única probabilidad de que portara un celular era que lo tuviera dentro del bolsillo trasero de su pantalón, pero resultaba imposible saberlo. Lo que más llamaba la atención en aquel ser humano eran su acento indescifrable y su voz gutural, como si acabara de beber un vaso de agua tibia.

--Para hablar con la presidenta hay que seguir un protocolo. Si me explica cuál es su problema lo derivaré a la persona indicada.

El de las adidas sonrió, como si esperara la respuesta. En verdad esperaba la respuesta, y tenía prevista su explicación.

--Yo no tengo ningún problema, oficial… (Carraspeó.) Estoy en posesión de una información que sin duda a la doctora le va a interesar.

Los oficiales se miraron. “Otro loco”, se dijeron con los ojos.

--Comprendo. Veré qué puedo hacer.

--No, no comprende. Pero por favor, intente ponerme en contacto con alguien cercano a Cristina. Ella se lo agradecerá.

Por un momento el oficial dudó. ¿Y si en verdad lo que el individuo quería comunicar era valioso? Era como la lotería. Muchos números dentro del bolillero, y uno sólo ganador. Cómo saberlo.