1.- La habitación del tiempo.

 

La historia es una ciencia fascinadora; no voy a discutir su cualidad de ciencia: tengo opinión formada al respecto. Si no fuera atrapante no me habría dedicado a ella, pues en general me muevo por grandes pasiones. Su metodología armoniza con mi carácter reservado, solitario, individual, y con mi gran capacidad de concentración. Un sabio dijo que no hay problema del que uno no pueda olvidarse después de una hora de lectura. Yo sólo necesito diez minutos, y estoy enfrascado en añejos documentos, ediciones centenarias, testimonios proto arqueológicos. Otro especialista aseguró que la historia se estudia con los codos. Gran verdad. No queda otra alternativa que apoyarlos sobre la mesa y leer. Tengo gastados los míos, de manera que a la noche me aplico una crema suavizante… ¡Pero basta! Mirá de lo que hablo, de mis codos. Hablo de cosas intrascendentes: el codo, la crema, yo. A nadie le interesa nada de eso. A nadie le importa la historia, mucho menos a mis estudiantes de la secundaria. Por suerte dicto también una cátedra en Filosofía y Letras de la UBA, y ahí la cosa es diferente: a esos jóvenes les agrada el pasado. Soy titular de Historia Argentina 2, aunque me inclino más por la 3. Esto también es irrelevante. Nada de lo que diga contiene valor alguno. Arrastro un serio problema desde los años en que preparaba mi tesis de licenciatura: no sé cortar. Para nosotros, los historiadores, es la mayor dificultar: no poder realizar el corte en una investigación, en un escrito, en la narración de una época que indagamos. Intentaré no cometer aquí semejante despropósito. Trataré de dar mi testimonio de la manera más simple y concisa posible, sin irme por las ramas. Necesito que quien recorra estos párrafos comprenda acabadamente lo que sucede. Procuraré ser transparente, para que no se advierta mi presencia en el asunto. Al fin y al cabo, como dije, yo no importo. Además, si estás leyendo esto, seguramente ya he muerto o me jubilé.

Aclaro de entrada nomás que a pesar del título, no he viajado en el tiempo. Todos sabemos que no existe esa tecnología… aún. Pero sí existe la habitación del tiempo. Hay muchas, en realidad. Cada país tiene la suya. La argentina está emplazada en el microcentro porteño. Tenía que ser así. A pesar de nuestro tan declamado federalismo, no podíamos acondicionarla en San Juan, Chubut o Salta. Sólo podríamos poner una en cada provincia si nos dieran los costos, y si el acuerdo internacional del que nuestro país es signatario (secreto, sin intervención del Poder Legislativo) no estableciera la limitación precisa de una por nación. La nuestra está a pocas cuadras de la Casa Rosada, en un edificio insospechable. Arriba hay oficinas: buffets de abogados, estudios contables, una empresa consignataria de cereales y hacienda. Abajo, en el sótano profundo, la habitación del tiempo. No voy a proporcionar el domicilio exacto porque no viene al caso. Diré únicamente que anda por Cangallo y Reconquista. Cangallo, no Presidente Perón. Cosas de los que nos aferramos al pretérito. Tarde o temprano la información completa se filtrará, o las naciones van a blanquear este avance científico. Por algún motivo no lo hicieron hasta ahora, y ya pasaron más de treinta años. Algún día podrían tomar la decisión de compartir la noticia con el público. La primera habitación fue creada en Inglaterra en 1972. Siguieron las de Francia, EE. UU., Italia, Suecia. La nuestra data de 1979. Agosto, para más precisión. La última, según tengo entendido, se instaló en un país africano hace apenas tres años.

La verdad es que jamás pensé que me vería involucrado en un proyecto de tal naturaleza. Aunque mi tema de estudio es el tiempo, nunca lo percibí en la manera en que hoy lo entiendo. Para mí el tiempo –y cuando digo tiempo me estoy refiriendo al pasado- era algo estático que ya no estaba ser sujeto a cambios, como una fotografía en blanco y negro. Lo que sí podía cambiar era nuestra comprensión acerca de él, y a eso dedicaba mi vida y mi profesión.  Una tarde fue a verme a la facultad un militar cuyo nombre no viene al caso ahora, a quien jamás había visto. Me acuerdo como si fuera hoy. Me esperaba a la salida del teórico, que por aquel entonces dictaba a media tarde ante una importante concurrencia estudiantil. Fue como en las películas, sólo que el tipo no dio demasiadas vueltas. Me propuso ir a tomar un café en Aristóteles, el bar de la esquina de la facultad. El barcito no podía llamarse de otra forma, obviamente. Todavía está. Era el segundo semestre de 1982, en plena Guerra de las Malvinas. Nos sentamos a una mesa con bastante luz diurna, contra el ventanal emplazado en la ochava de Pedro Goyena y Puán. Recuerdo que no me intrigó demasiado aquel señor. Pensé que propondría documentar la guerra desde el punto de vista oficial, para lo cual ya tenía preparado un no como respuesta. Pensé en otras cosas, y después descarté todo y decidí dejar que me sorprendiera. Los militares podían salirte con cualquier cosa. De ellos no podía esperarse nada bueno en aquellos años, pero no me quedaba otra alternativa que escuchar lo que tenía para decirme. Lo escuché con creciente atención y algo de escepticismo. Luego la curva del escepticismo hizo una parábola, subió y bajó. Desde ese día el tiempo dejó de ser para mí algo estático e inmodificable, y me dediqué por entero al estudio de sus mutaciones periódicas.

Lo primero que me pidió el oficial fue absoluta discreción.

--Necesito que me asegure que lo que hablemos no saldrá de esta mesa –dijo, y bebió un sorbito de café. Ya empezaba a hacer un poco de calor, pero el café seguía siendo la mejor opción.

Lo miré con simpatía. El tipo era agradable y campechano; lo que menos podía esperarse de una persona como él era que fuera depositaria de un gran secreto que deseaba compartir. Le concedí las seguridades que necesitaba, y quedó satisfecho. Recuerdo que me llamó la atención que no se preocupara demasiado por que lo oyeran los de las mesas contiguas. Después comprendí que la mejor forma de camuflar una conversación confidencial que tiene como tema el pasado es, sin duda, sostenerla rodeado de estudiantes de Historia que charlan de tópicos similares, en medio de una superposición constante de voces y épocas.

--Tengo una propuesta de trabajo para usted. Eso sí, dedicación full time. Buen horario, no desdeñable remuneración, posibilidad de nombramiento de funcionario público.

Sonreí.

--¿Tiene que ver con Malvinas? –indagué.

El tipo me miró y frunció el entrecejo. No esperaba una pregunta tan descolgada.

--Nada de Malvinas. Necesitamos un historiador, no un combatiente. Además, entre nos, esta guerra va a terminar muy pronto, y los militares vamos a estar de salida.

--La verdad –reflexioné en voz alta- no me está ofreciendo mucha estabilidad laboral.

Carcajeó, dejando ver sus dientes amarillentos.

--¡Ja ja! Visto así, tiene razón. Pero este asunto no es exclusivamente militar. Concierne al Poder Ejecutivo también. Para ser sincero, usted no sería ni militar ni civil. Sólo tendría el cargo como una fachada. Todo lo que usted tendría que hacer es pasar tres horas diarias en una habitación del tiempo, cotejando documentos y textos.

En este punto se dispararon en mi mente asociaciones de ideas ineludibles. Habitación del tiempo, cámara del tiempo, cápsula del tiempo. ¿Estarían por mandar en un cohete yanqui una sonda espacial con algunos testimonios de la vida en la tierra? ¿Irían a inhumar una cápsula repleta de porquerías del momento actual, con la idea de recuperarla dentro… digamos… se sesenta o doscientos años? No me resultó interesante dejar mis investigaciones y mis cátedras de historia por algo así; cualquiera podía introducir documentos, recortes de diario, vinilos, cintas de video y chucherías en un cilindro de titanio. Me vino a la memoria una obviedad: la cápsula del tiempo que, según dicen, Perón hizo enterrar debajo del monolito de Plaza de Mayo, para que fuera extraída en el año 2000. Por ahí andaría la cosa, pensé. Los militares no sólo querían perpetuarse en el poder, sino también en el tiempo.

--No, no es eso –respondió mi interlocutor cuando compartí con él mis pensamientos-. Mire, vengo a verlo por algo serio y  trascendental, no por cosas como las que supuso. Ofendería su inteligencia si le ofreciera esa clase de pelotudeces… No señor, esto es muy diferente. –Otro sorbito de café. Por alguna razón, yo los iba contando.- En cuando a la cápsula de Perón, lo anoticio, porque lo sé de buena fuente, de que la Libertadora no iba a esperar hasta el año 2000. Una noche mandó sacar el bagayo del monolito y abrirlo. Después la volvieron a poner en su lugar, y chau Pinela. Por ahí deben andar copias y fotos de las cosas que el Pocho dejó escritas.

--Bueno –dije, mirando mi reloj pulsera con injustificada impaciencia-, entonces usted dirá de qué estamos hablando.

El tipo se acomodó en la silla y le hizo un gesto al mozo para que le trajera más café.

--¿Quiere otro? –ofreció.

--No, gracias; voy a seguir con el vasito de agua. –Mientras esto decía, imploraba al cielo que me develara su misterio durante el segundo café, y no extendiera el suspenso por mucho rato más.

--Como guste. El asunto es que desde hace tres años tenemos una habitación del tiempo, y hay otras en varios países. Le digo la verdad, yo no soy científico, aunque este proyecto, según me dijeron, se basa en principios bastante simples. Tenemos un cuarto en donde el tiempo no transcurre. ¿Me va siguiendo?

--Hasta acá, sí. Tenemos un cuarto, una habitación o lo que sea, donde el tiempo no transcurre. Supongo que eso implica que las cosas no envejecen o que los relojes se detienen. ¿Es así?

--No tengo ni idea. Los relojes, hasta donde sé, siguen funcionando. No sabemos si las cosas envejecen porque no hacemos experimentos biológicos. Nuestro interés pasa por otro asunto.

--Usted dirá cuál.

--A ver si se lo puedo explicar bien. Lo que introducimos en ese lugar permanece incambiado, a diferencia de si estuviera fuera… ¿Entiende?

--Más o menos. Deme un ejemplo concreto, para redondear la idea.

--Un ejemplo concreto es el libro de Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana, publicado entre 1887 y 1890. ¿Lo conoce?

--¡Ja ja! Eso es como preguntarle a un farmacéutico si sabe qué es el Uvasal. Claro que lo conozco.

--Disculpe. Entonces pasó así: fue uno de los primeros libros que introdujimos en la habitación del tiempo, a resguardo de los cambios o modificaciones que la obra pudiera sufrir en el exterior.

--¿Qué cambios? ¿Qué modificaciones?

--Le pido en este punto que abra su mente y me ayude a darle una explicación coherente… Me refiero a los cambios y modificaciones que el propio Mitre pudo haber hecho a su obra.

Me respingué en mi silla, y sentí que se me agotaba la paciencia. Exhalé con lentitud para recomponerme de la sorpresa y evitar una reacción insociable.

--¿Usted me está jodiendo? –pregunté, y sonreí dándole a entender que si se trataba de una broma, era momento de ponerle fin.

--Para nada. Una vez al año comparamos el libro con otro que introducimos desde el exterior. Durante dos años no pasó nada. Pero el de la última vez arrojó… digamos… variantes… Lo cual…

--Insisto, me está jo…

--Espere, espere. Iba a decirle que eso nos dio la constatación de que hay personas que viajan en el tiempo y provocan cambios. Algunos son pequeños, otros no tanto, pero son variaciones. El libro de Mitre que introdujimos este año contiene dos párrafos diferentes al de 1979… Usted me pidió un ejemplo y se lo di.

--Mire, yo conozco esa obra como la palma de mi mano. Me daría cuenta si algún contenido de ella cambiara…

--Eso es lo que cree. Pero usted cambia con la obra. En su mente está la versión de 1982, es decir la actual. La de 1979 se le volatilizó, porque usted cambió también. ¿Entiende? El asunto de la paradoja es real. No pasa como en las películas de ciencia ficción. No se mueve la tierra cuando cambia el pasado, no desaparece el edificio Kavanagh, ni hay modificaciones en la ortografía si pisa una mariposa en el Pleistoceno, a la manera de Bradbury. Pero un párrafo, una frase en un libro, se alteran sin grandes perturbaciones, cuando el hecho que mencionan sufrió mutaciones fácticas.

Me quedé en silencio. ¿Si entendí? Empezaba a comprender. Pero de ahí a creerlo había un trecho muy largo.

Apuré la mitad de mi vaso de agua.

--Suena a ciencia ficción, de la berreta.

--Puede ser. Pero acuérdese de lo que dijo Julio Verne: todo lo que un hombre puede imaginar, otro puede realizarlo… Le aseguro que lo que le transmito es absolutamente real.

--Bien. Voy a intentar seguirle la corriente. Supondré por un momento que me está revelando una verdad absoluta. En ese caso, qué esperaría usted, o el proyecto, que yo hiciera en esa habitación. Cuál sería mi participación concreta.

--Usted haría lo que ha venido haciendo desde sus épocas de estudiante: leer. O mejor dicho, releer. Y buscar cambios en determinadas obras o documentos, teniendo en mente el contenido original, que estará a su alcance dentro de ese habitáculo… No parece nada excitante, ¿cierto?

--Depende del punto de vista.

 

 

 

--Mire, hagamos una cosa –propuso el hombre-. No diga nada a nadie acerca de esto, tal como se comprometió. Piénselo algunos días, y nos veremos entonces.

--Lo que usted pretende, si lo que cuenta es real,  es que yo compare ediciones del libro de Mitre o de cualquier otro.

--No serían ediciones, sino ejemplares de la misma edición. A veces no encontrará nada, y será frustrante. Otras veces se sorprenderá. Créame, la historia está cambiando sutilmente, y nosotros con ella… Le dejo mi teléfono.

Anotó un número en una servilleta, debajo del logotipo de Aristóteles. Era de Capital Federal.

El mozo puso frente a mi colocutor el segundo pocillo de café.

--Gracias, mozo –dijo. Después miró mi rostro de perplejidad y movió la cabeza levemente de lado a lado. – Lo sé, no es fácil. Créame, no es usted la primera persona a la que tengo que explicarle este galimatías. Un par me mandaron a la mierda, y tuve que entrevistarme con ellos algunas veces más. Otros se me cagaron de risa en la cara. Muchos rechazaron el ofrecimiento, antes o después de entender. Usted tiene la mejor actitud: duda.

--Dudo de usted, no se lo negaré. Pero en el fondo reconozco que lo que dice tiene bastante coherencia, si es que algo relacionado con el tiempo puede ser tildado de coherente.

--Le digo la verdad, yo no soy científico ni historiador. Sólo soy un subordinado que sabe guardar secretos y hacer su trabajo discretamente. Nunca entré en la habitación; sólo la vi de afuera. A veces me mandan a conseguir un libro, y voy. O transporto documentos desde el Instituto Ravignani, y los devuelvo. O pido colecciones de cartas en el Archivo General de la Nación, o en el Museo Mitre. Soy un lleva y trae papeles. Pero usted…

--¿Yo qué?

--Usted tiene una gran posibilidad por delante.

--Ah, ¿si? ¿Cuál sería?

--La de conocer una versión anterior de la historia que cree conocer. La versión de 1979, cuando llevamos a la habitación todos esos libros. Imagínese que el de Mitre es uno entre tantos.

--Suena fascinante, peligroso y aburrido. Frustrante también. La historia, que antes era un sólido camino de adoquines, se transforma de pronto en arenas movedizas. Prácticamente le quita sentido a mi profesión. La versión de 1979 seguramente tampoco se corresponde con lo que en verdad sucedió en el pasado histórico primigenio… Pensándolo bien, cada vez que salga de ese sitio ni siquiera sabré si la guerra de Malvinas comenzó, terminó, o si el crucero General Belgrano navega rumbo a Comodoro Rivadavia.

El hombre adoptó una expresión pensativa.

--Lo que me dice es real. Pero nunca detectamos transformaciones tan dramáticas. Le repito que cada vez que abandone la habitación del tiempo el mundo seguirá siendo como usted lo conocía. En realidad, para detectar las variantes hay que hacer una gran prospección, y es esa la tarea que se le quiere encomendar.  

Respiré hondo y exclamé:

--Usted imaginará que tengo cientos de preguntas para hacerle. Me estoy conteniendo…

--No me cabe duda. Una sugerencia: vaya de a poco. La habitación estará ahí cuando decida entrar en ella.

Sorbió del pocillo y agregó:

--No trate de imaginar nada que haya visto en películas de Hollywood. Esto es más mundano de lo que semeja a primera vista… Lamentablemente no puedo entregarle documentación escrita. Todas nuestras comunicaciones serán verbales. Por seguridad, ¿entiende?

--Entiendo… ¿Alguna otra cosa que desee decirme antes de que nos despidamos?

--Si… Que el tiempo tiene su propia forma de hacer las cosas. Todavía no inventamos la tecnología para comprenderlo acabadamente, y mucho menos para movernos dentro de él. Sólo podemos seguirlo, estar alerta a sus señales, como el astrónomo que pasa horas con el ojo en el telescopio esperando un mensaje de las estrellas.

--Visto así… La particularidad en este caso es que el cosmos no va a cambiar para el observador.

--¿Usted puede aseverar eso? Yo no…

Transcurrió una breve pausa. Miramos por el ventanal y sin duda los dos pensamos lo mismo: la tarde caía con celeridad. Volví a consultar mi reloj; maquinalmente, porque no tenía prisa por llegar a ninguna parte.

--Una pregunta más. Usted dice que los movimientos del pasado son indicio de que hay personas viajando en él. Dígame, ¿alguna vez hicimos contacto?

“Hicimos contacto” me sonó a ovni, y me descubrí inquiriendo una pavada al estilo de Muy interesante. Pero la respuesta acuciaba mi curiosidad, no tanto porque esperara algo veraz sino para averiguar hasta dónde llegarían las aristas de aquel relato.

El hombre miró el fondo vacío del pocillo y lo apoyó en el platito. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel y se respaldó mejor en la silla.

--Aparte de la infinidad de locos que afirma haber viajado en el tiempo o en naves espaciales, creemos que una vez, una sola vez, pudo haber sido real.

--¿Me lo puede relatar?

--Sí, cómo no. Siempre recordándole el carácter confidencial de nuestra charla. No quisiera que mañana usted escribiera un libro que contuviera esta información.

--Puede estar tranquilo de que no lo haré. Además, ¿quién me creería? Imagínese que no tiraría a la basura una carrera fructífera, con libros, artículos y participaciones académicas, a cambio de un volumen al estilo de El triángulo de las Bermudas… Lo escucho.

--Una vez se presentó en la Casa Rosada un señor que pidió hablar con Frondizi. Sólo con Frondizi.

--¿El presidente?

--Claro, el presidente. Esto fue allá por el ´61.

--¿Y?

--Después de mucho insistir el tipo logró llegar a un secretario de presidencia, que le preguntó para qué quería entrevistarse urgentemente con el presidente. Entonces el susodicho indicó que era un viajero del tiempo, y que lo que tenía que decir sólo sería ante el primer mandatario.

Lo miré inquisitivamente. Podía imaginar el desenlace de la historia.

--Usted se dará cuenta de que amablemente lo llevaron a la salida y le pegaron una patada en el culo. Nunca más se volvió a ver a esa persona. A lo mejor terminó en el Borda, pero los directores del proyecto creen que era un viajero genuino.

--Mmm… Lo del Borda es más que probable. Sin duda no lo buscaron ahí.

--No lo buscaron, no.

--¿Entonces por qué suponen que no estaba en ese o en cualquier otro loquero?

--Porque el tipo, cuando se convenció de que no conseguiría la audiencia, escribió una esquela con seis palabras y pidió que la entregaran en la propia mano de Frondizi.

--Logró captar mi atención. ¿Qué decía la nota?

--Se lo digo textual: “Nunca se entreviste con el Che”.

Até cabos y pensé que me acababan de relatar una especie de comic de notable verosimilitud.

El hombre le hizo el gesto consabido al mozo, pidiendo la cuenta, mientras decía para sí mismo “mozo, la adición”.

En el ambiente de Aristóteles la palabra adición era un arcaísmo, proveniente de bares de barrio y cafetines. El tipo no era un viajero del tiempo, pero sí un clásico.

Amagué a abonar mi consumición pero el otro me contuvo.

--Faltaba más. Usted es mi invitado. –Acto seguido dio una propina generosa, inhabitual en los estudiantes de la facultad.- Mozo, quédese con el vuelto.

--Muchas gracias, señor.

El mozo se alejó mientras el hombre se ponía de pie.

--¿Le pasé mi teléfono, Lucio?

--Lo hizo. Tendré en cuenta su ofrecimiento –dije, sólo por cortesía.

--Bárbaro ¿Usted se va también?

--En un momento más. Este es un buen lugar para pensar en todo lo que hablamos.

--¡Ja ja! ¿En medio de semejante quilombo? Lo felicito por la capacidad de abstracción.

--Gracias. Es una de mis virtudes.

--Hasta pronto, entonces. Llámeme cuando desee. Generalmente me va a encontrar entre las diez de la mañana y las seis de la tarde, de lunes a sábado.

--Así lo haré. Hasta pronto.

Lo miré mientras serpenteaba entre las mesas y salía. Noté que portaba un portafolio de cuero bastante raído y con aspecto  raquítico. Después lo vi cruzar la avenida Pedro Goyena y quedarse esperando el 134 a Flores, que no tardó en llegar, bastante llenito por cierto a esa altura del día.

Pedí otro café, con leche esta vez. Extraje un anotador y un bolígrafo de mi ataché y anoté febrilmente todo lo que acababa de escuchar. Lo que más me costó fue encontrar el título a mis apuntes, que sólo me vino a la mente cuando tenía casi tres carillas escritas. Entonces volví al extremo superior de la primera página y escribí con letras de molde: “DIVAGACIONES DE UN LOCO SUELTO”.