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 Pocas aventuras han fascinado a los hombres de todos los tiempos como la aventura del tiempo. La aventura de viajar por el tiempo como por una carretera sin inicio ni fin, sin recorrido fijo, arriba y abajo, sin ventanillas ni paradas. Mucho más emocionante que viajar por el mar, por el cielo o por el espacio, porque el tiempo definía y contenía todo eso y más aún. Pero asimismo, nada hubo más peligroso en las manos del hombre que la posibilidad de recorrer la carretera del tiempo a discreción y placer, altamente más peligroso que la fusión o la fisión del átomo, porque el tiempo manejaba al átomo y a la materia, y sin tiempo nada podía existir.

 Siglos tardaron los hombres en darse cuenta de que el tiempo era una cuarta dimensión que, tal como las tres primeras, definía la totalidad de lo existente; nada podía ser si no tenía alto, ancho, largo…, y tiempo. Todas las cosas, todo absolutamente, tenían un tiempo que les era inherente, que formaba parte constitutiva y fundamental de su esencia. Lo peligroso fue manipular esa esencia, sumergirse en ella y navegarla sin conciencia de las funestas posibilidades que conllevaba una aventura así, la conquista de la única y verdadera frontera.

 Alguien tuvo la idea de llegar hasta esa fecha, de realizar la primera incursión con aquel hombre en particular, muerto más de dos mil cien años antes. Culpar al desdichado ingenioso que pergueñó semejante engendro científico no es justo, porque, en la elucubración sobre cuál iba a ser el personaje (y los sucesos que conformaban sus circunstancias) al que llegar, conocer y recuperar para la modernidad, un nombre y un momento acecharon las mentes positivistas de todos..., aunque sólo uno se atrevió a manifestarlo:

 --Cristo…, la Pasión, la Resurrección…

 Un silencio pesado se apoderó de la sala de conferencias. Aquellas personas, de mentalidad científica y atea, refrendaron tácitamente, apenas intercambiando miradas de complicidad, la ruta del viaje.

 Buenos Aires, agosto 12, 1999

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Un breve comentario final.

 Cristo resultó ser un humano como cualquier otro, al menos en apariencia. Se trataba de una persona de complexión robusta y musculosa. Al principio no comprendía para nada cuanto lo rodeaba, pero tampoco parecía importarle gran cosa.

 Alguien trató de explicarle la situación. Había sido trasladado a otras dependencias de la base militar Clepsidra Uno, especialmente habilitadas para servirle de residencia indefinidamente. Se le dijo (con bastante dificultad) que aquella no era la "casa de Dios", como él balbuceó creer desde el principio. Se le dijo que estaba en una época que no era la suya, y se intentó hacerle comprender el proceso mediante el cual había llegado a ese lugar.

 Todo fue inútil. Para él, esa era la casa de Dios, su padre, y era justo que se encontrara allí; su despreocupación y apatía provenía de tal creencia

 La recuperación de Cristo era un riguroso secreto de estado; más aún, la misma existencia de la base Clepsidra Uno sólo concernía a las más altas esferas del gobierno, más altas aún que el presidente. En realidad, con el proyecto Hora Cero sólo se pretendía concretar la primera de una larga serie de experiencias que conducirían al dominio absoluto del tiempo espacial. Así que después de seis meses de experimentación con el señor Cristo, y cuando éste no revestía ya interés alguno para la ciencia, nadie supo qué hacer con él. En el trato diario había logrado dominar bastante bien el idioma de la época, aunque nunca logró hablarlo sin acento arameo. Sobre esta base (simplificada la comunicación) pronto pudo hacérsele comprender los cánones del mundo moderno, y al cabo de dieciocho meses se empezó a considerar seriamente la posibilidad de llevarlo a caminar por las veredas elevadas de la ciudad, para mostrarle lo referente a este estadio de la historia del hombre, tan alejado del suyo. Se lo vistió con ropas de calle y se lo sacó al mundo, fuertemente escoltado Ya no creía que aquella era la casa de Dios, desde luego. Poco a poco fue haciéndose a la idea de que en realidad se encontraba en el siglo XXII, y fue conociendo lo relativo a él. En Clepsidra Uno lo educaron esmeradamente, lo cual resultó muy fácil, dada su extraordinaria inteligencia... Parecía ser ese su atributo divino: el formidable poder de su mente. Lentamente se llegó a los grados superiores de la educación, cuando tenía poco más de cuarenta años, y en esa época se había logrado hacer de él dos cosas igualmente importantes: un ciudadano común y un hombre extremadamente culto, al cual decidieron otorgarle un puesto no ejecutivo en el gobierno. A partir de allí, Cristo, con una identidad nueva y un nombre igualmente breve, inició su lenta pero brillante y firme carrera política, y al cabo de pocos años logró llegar al corazón de las masas, que veían en él -en aquella época de crisis- a su Mesías..., aún cuando la base Clepsidra Uno y sus experiencias continuaban ignoradas. Finalmente llegó a la cúspide de la pirámide política, con el ferviente beneplácito del pueblo. Sin embargo, su filosofía pronto entró en conflicto con los intereses de las demás naciones, y una docena de controversias internacionales arrastraron a la humanidad a la Quinta Guerra Mundial, que terminó casi seis años más tarde, un día de mayo, cuando Cristo, viéndose completamente vencido y rodeado por tropas enemigas, tomó la decisión de suicidarse en el sótano del edificio de la cancillería.

 

 Santiago de Chile, julio 24, 1973