Puedo volar.

 

 --Puedo volar.

 Y cuando lo dijo su mirada fue deteniéndose en cada uno de nosotros, y aunque preveía la forma en que íbamos a reaccionar, tal vez esperaba que la sobriedad de su declaración lo eximiera, al menos esa vez, de la sátira festiva que provocaban sus palabras. Nos miramos, y Luciana no pudo evitar una carcajada altisonante. Los demás sonreímos, y le pedimos que dejara de beber a esa hora de la mañana.

 --Es verdad, puedo hacerlo -insistió.

 Felipe, con su sarcasmo de medio siglo, tomó el teléfono y parodió una llamada al manicomio.

 --Si, vengan pronto –decía-. Traigan el chaleco de fuerza, alpiste, y una jaula, para que no escape.

 Hilaridad general.

 --Dale, José –agregó, mientras colgaba el auricular-, dejáte de pavadas. Esa no es una cualidad normal. Acá hablamos de otra cosa.

 --Exacto. El tema que tocamos es serio, y sólo tenías que responder a una pregunta muy simple –agregó Marcos.

 --Te volvemos a preguntar –completó Isabel-: ¿cuál es tu mejor cualidad?

 José estaba visiblemente inhibido. Diez personas lo rodeaban, diez compañeros de trabajo, un grupo con el que diez horas al día compartía una pequeña oficina en el piso tres. Y después de casi cuatro años de estar con ellos descubría una vez más, atónito, que prácticamente lo consideraban un idiota. Al menos según lo que agregó Esteban, que sin duda hablaba poco, pero con precisión:

 --¿Sabés qué pasa, José? Nosotros creemos que no tenés ninguna cualidad sobresaliente, nada que llame la atención. Queremos confirmar este aserto. Acá todos nos hemos despachado con la verdad.

 Eso era cierto. Esteban había resaltado su sinceridad, Felipe su simpatía, yo creo que dije algo muy estúpido acerca de mi inteligencia, Marcos su fuerte personalidad, mientras Luciana optó por hacer notar su bien formado cuerpo, y María dijo que tenía los más bellos dientes de toda la empresa: “ni una carie”, se enorgulleció.

 Sólo faltaba que José se evaluara a sí mismo, y esa tonta conversación de oficina habría terminado sin pena ni gloria, porque enseguida alguien iba a sacar algún tema de actualidad informativa, o a introducir una alusión al gol del senegalés en el primer partido del campeonato mundial.

 Pero José creyó que lo mejor que podía decir era eso, “puedo volar”, y fue terrible. Los demás nos echamos encima de él como una jauría hambrienta, para despedazarlo a dentelladas. José estaba habituado a las bromas, a la burla insidiosa, al escarnio agazapado en la camaradería de la oficina. Conocía ese estado de euforia colectiva, imbricado en una larga cadena de frustraciones hogareñas y laborales que recrudecía en épocas de poco trabajo o cuando un sordo rumor de posibles despidos afilaba la daga del resentimiento. Y él estaba ahí, reafirmando con su presencia nuestra superioridad, ya que la carencia de una fuerte personalidad como la de Marcos le impedía desarrollar la sinceridad de Esteban sin parecer grotesco, y para colmo de males, el no tener dientes lindos como los de María hacía que riera poco y no fuera simpático como Felipe, que andaba a las risotadas por los pasillos alfombrados y festejaba hasta los chistes más boludos.

 No voy a exonerarme mintiendo que quise decir algo a su favor, porque en realidad estaba de acuerdo con los otros en que José era el retrasado de la oficina. Este era un dato de la realidad que nadie ponía en duda, como que las manzanas crecen en los árboles y los gatos paren más gatos. Dieciséis años antes, cuando por milagro terminó la secundaria, su primer trabajo asignado en la empresa había sido el manejo del archivo, y algunas salidas en comisión para trámites bancarios de poca monta. Con el tiempo se comprobó que archivaba según su propio y antojadizo abecedario (en el que las letras danzaban y mudaban de lugar, como si estuvieran vivas) y que tardaba demasiado en hacer los trámites de la calle. Pero era buen tipo, y no quisieron despedirlo.

 Los dueños sentían simpatía por él, y uno de ellos lo obsequiaba con la ropa que se hastiaba de usar, siempre colorida y dispendiosa, y con pocas posturas. Solían ser camisas de Miami, corbatas parisinas, pantalones de la Polinesia, zapatos neoyorquinos, que a José le quedaba como pintadito, porque estos dos hombres que trabajaban en extremos opuestos de la oficina y que se insertaban en la escala social en esa misma ubicación relativa, tenían complexión física afín, de pies para arriba.

 José entraba en la oficina con esos atuendos que herían la retina más castigada, y se paseaba orgullosamente entre los escritorios, muy despacio y con las manos atrás; sobresaltando a los que al atisbar su presencia con el rabillo del ojo lo confundían con el otro, con el importante. Entraba abruptamente en el baño, se divertía al percibir que ante los conocidos visos los circunstanciales usuarios de mingitorios y excusados enmudecían, arrojaban los cigarrillos, se deshacían de los periódicos. Después, claro, tenía que soportar con estoicismo las chanzas vengativas, y al otro día se volvía a calzar su martirizada camisa blanca y su traje de hombre gris, cuya decencia era apuntalada penosamente por la mano de una septuagenaria madre napolitana, atacada por un reuma ferocísimo y por cíclicos episodios de epilepsia.

 Ganaba poco, creo que le obsequiaban una gratificación a fin de año, sospecho que la navidad la pasaba a solas con su madre. Era buen tipo, o quizá la debilidad de su sistema nervioso central lo privaba de la picardía y perversa sagacidad que abundaba en los hombres y mujeres que compartíamos con él un tercio del día, o a lo mejor la dosis de maldad funcional que se necesita para peregrinar por la vida se oculta en el capullo de un cromosoma (lo descubrirá un científico francés en el laboratorio de alta complejidad de las afueras de Washington, mañana o en un mes), y José simplemente había nacido sin esa química complicada.

 Como sea, era distinto. Una vez hasta hubo que ir a buscarlo a la comisaría, porque se había parado frente al Banco Nación central para observar el operativo de carga de caudales en un camión blindado, y le había dicho al oído a un señor alto y de bigotes que estaba junto a él tres palabras graciosas, pero condenatorias:

 --…“lindo para afanarlo”.

 El señor resultó ser un inspector de la federal, y el dueño tuvo que ir a sacar a José del Departamento Central de Policía, que quedaba a pocas cuadras. “Perdónelo, es tarado”, debió explicar, y enseguida liberaron a su empleado con una palmadita en la espalda y un breve sermón casi castrense. Volvió a la oficina de 25 de Mayo al 100 transpirado, pálido, y todavía cuelga de una pared el cuadrito que le mandamos hacer, con letras de molde sobre la foto del camión:

 LINDO PARA AFANARLO

 Junto al cuadrito, empujado hacia la pared, José complementó su insólita confesión:

 --…puedo volar… y les voy a demostrar que es cierto.

 En ese preciso instante nos percatamos de que avanzaba por el corredor central la presencia colorida del generoso dueño; indudablemente era él, porque José seguía junto a la pared, como si intentara guarecerse de una lluvia imaginaria. Ya era tarde para disimular, y además las risotadas de Luciana y Felipe habían delatado nuestro momento de diversión.

 --¿Qué pasa, otra vez se ensañan con José? –inquirió con imperiosa voz.

 --Es que acabamos de enterarnos de que José puede volar, señor –informó Marcos.

 Las carcajadas salieron de nosotros como gatos huyendo del agua, se estrellaron contra las paredes, asomaron por la cocina, se escabulleron a la calle por las persianas del tercer piso. Escrutábamos el rostro del dueño, buscando su complicidad, y nos dimos cuenta de que no reía. Se acercó a José, con las manos atrás, serio. Lo miró a los ojos. Tenía un espíritu místico, resabio de sus reiterados viajes a la India, de su gravosa inmediatez con el Bagaban Sri Sathya Sai Baba. Presumo ahora que verdaderamente quería creer en poderes humanos tan desnaturalizados como el de desplazarse por el aire sin asistencia de parafernalia mecánica. Las risotadas fueron extinguiéndose, finalmente un respetuoso silencio envolvió a los dos hombres de idéntica estatura. José escuchó, intimidado, la voz grave y pausada que le demandó esclarecimientos adecuados, mientras sentía que las miradas de los circundantes se le clavaban en la cara como afilados cuchillos.

 Se secó las gotitas de sudor que derramaba su frente, aspiró en profundidad. Él sabía que sus próximas palabras debían comenzar a sacarlo del brete, conducirlo con suavidad hacia un colofón divertido de la conversación, propiciar que cada quien regresara a su escritorio, retornándole la relativa calma que lo relajaba cuando optaban por ignorarlo. Yo estaba cerca de la puerta (a la izquierda del patrón), y no perdí ninguna de sus expresiones, ninguno de los minúsculos movimientos que la zozobra repujaba en su rostro. Creí que el asunto estaba casi acabado, pero José devolvió con altivez la mirada de su interlocutor y porfió en su frase épica:

 --… voy a demostrar que puedo volar.

 Súbitamente se animó, irguió su cabeza y aseveró que estaba en condiciones de probarnos la veracidad de la insólita revelación. Nadie se atrevió a contradecirlo entonces, porque supongo que nos pasó por la mente la idea sustentable de que el hombre había completado el círculo de la locura. El dueño nos observó, estiró el cuello de la camisa exigido por su tic, y terminó de escuchar calmosamente las vaguedades del orate.

 Creo, con la perspectiva que me ofrecen los años, que ese fue el punto de inflexión que marcó la diferencia: el instante en que accedimos a darle la oportunidad de acreditar ese maravilloso don tan característico de los comics, con la aquiescencia del mandamás del lugar, innegablemente el más fascinado frente a la perspectiva de lo metafísico.

 Nos pidió cinco minutos a solas para prepararse, demandando que absolutamente todos abandonáramos el despacho. Mientras esperábamos, nos susurrábamos las reiteradas frases de sucesos anteriores, tales como “este va a hacer que lo echen”, “después de hoy lo mandan a la mierda”, “esta pavada le cuesta una suspensión”. Yo estaba en el grupúsculo de los que asaltaron la cocina y devoraron algunas facturas que sobraron a la mañana, ya secas y duras, entibiadas con un tardío cafecito de máquina. El dueño fue hasta su oficina, se quedó ahí un ratito, regresó a los seis minutos. En suma, le otorgamos a José el doble del tiempo solicitado para la preparación, y ese fue también un componente que propició los posteriores acontecimientos.

 Entramos. La luz había disminuido un poco en el lugar, pero no tanto para que lo notáramos de inmediato. José había desplazado algunos escritorios hacia las paredes, colocándose en el medio de un espacio bastante amplio y despejado. Estaba de pie, con la ventana detrás, semiabierta.

 --Entren –dijo. Acomódense frente a mí… Pasen, pasen…

 El empresario se posicionó delante de nosotros, a unos pocos pasos de la prometida acción. Nada se anteponía a su vista, si algo iba a ocurrir sería un testigo de privilegio. Urgió a José a que definiera lo que pretendía ejecutar, acallando los murmullos de las conversaciones privadas que hasta hacía un momento se habían aposentado en el sitio.

 --Antes que nada, quiero que sepan que cuando era niño descubrí accidentalmente que poseía esta habilidad –comenzó diciendo-. A excepción de mi madre, hasta el día de hoy nadie conoce este mi secreto, y tengo intenciones de continuar viviendo en un sereno anonimato. Es por eso que les pido que no divulguen lo que voy a mostrarles, ya que lo hago sólo incitado por el afecto que siento por todos ustedes.

 Nos miramos en silencio, algo molestos. La humorada de la que éramos víctimas era demasiado presuntuosa, y tendría que terminar cuanto antes.

 --Vamos, José –apremió el dueño, pretendidamente incrédulo-, culmine esta charada, hay mucho trabajo que hacer.

 --Está bien –continuó-, voy a abreviar. Puedo volar, pero no crean que saldré por la ventana, arriesgándome a que todos me vean en esta hora tan populosa. Les voy a hacer en cambio una demostración controlada, y sólo les pido que mantengan silencio, y observen mis pies.

 Se cruzó de brazos, y cerró los ojos. Yo no miraba sus zapatos, sino su rostro, impávido, como si durmiera. Enseguida noté que con lentitud se alzaba, y sospeché que se estaba empinando sobre la punta de los dedos. Luego advertí que en verdad se elevaba sobre la concurrencia, hasta quedar suspendido en el aire a una altura aproximada de 80 centímetros. Abrió los ojos, paseó su vista de uno en uno de los estupefactos semblantes, y concluyó mirando desde arriba al pasmado patrón, que musitaba casi con desconcierto

 --¡..increíble, increíble..!

 --Pueden inspeccionar cuanto quieran, yo permaneceré así hasta que se convenzan. Pero no se acerquen demasiado, podrían perturbar mi concentración y hacerme caer.

 --José, tenés una gracia divina –expresé, superponiendo mi voz a los azorados cuchicheos.

 Me dirigió una sonrisa comprensiva, y explicó que ignoraba cuál era el origen de su don.

 En los pocos minutos en que estuvo flotando en la atmósfera de la oficina tratamos de no perder ningún detalle del incidente. Nos persuadimos de que seríamos desde entonces los privilegiados depositarios del secreto más importante de la tierra, y sentimos que esa encrucijada de nuestras vidas sellaría una impronta que sólo borraría la muerte. El momento fue mágico, y si al principio me propuse una traicionera revelación en formato de libro, apenas un segundo después rechacé esta idea a favor de una discreción mística. A nadie se lo expuse, ni siquiera a la mujer con quien comparto tantos años de peripecias, aunque precisamente ella habría sido la más dignamente agraciada con mi infidencia.

 Transcurrieron tres o cuatro minutos, y José permanecía suspendido cerca del techo, divisándonos en un ángulo de 45 grados. De pronto expresó su intención de concluir la exhibición, pues notaba que había disipado nuestro escepticismo.

 Bajó suavemente, hasta posarse en el piso. Quisimos abrazarlo, pero nos rechazó con un ademán.

 --Después, por favor.

 El dueño reprimía la emoción, eso se notaba. Caminó dos pasos hacia José.

 --Le agradezco que haya decidido darnos esta demostración de confianza. Creo que hablo por todos los presentes cuando le aseguro que su secreto estará a salvo, tal como hasta ahora.

 --Si –Si –Si –Si –expresamos de manera unánime-, no tenés que preocuparte.

 --Muy bien –concluyó el dueño-, a todos ustedes los autorizo a que se retiren ya mismo; falta una hora y media para la salida, pero la ocasión amerita que nos vayamos a casa, a descansar y a meditar sobre lo que recién presenciamos. Hasta mañana a todos. –Y hablándole a José:- Usted hágame el favor de ir a mi oficina un momento, antes de irse.

 Regresó a su lujoso despacho. El resto nos despedimos de nuestro enigmático compañero de trabajo con cortesía y parquedad, confusos aún, abrumados. Él se quedó solo en el mismo lugar donde había aterrizado, inmóvil, reconcentrado, taciturno.

  

***

La gente que hacía la limpieza nos contó un día después que los dos hombres habían estado encerrados en el despacho presidencial hasta las 8 de la noche. En dos ocasiones solicitaron café, y el dueño enfatizó que les sirvieran del bueno, no el de máquina. Después se fueron juntos, y alguien los vio despedirse en la puerta del edificio con un apretón de manos.

 Más de una semana estuvo José sin ir a la oficina. Nos enviaron de “personal” un reemplazo para el archivo y los trámites, una chica jovencita que resultó sumamente hábil con el alfabeto y con los colectivos. La curiosidad nos espoleaba el alma, deseábamos saber si nuestro simpático y querido compañero de trabajo regresaría a compartir con nosotros el horario laboral. Esteban se animó a preguntar acerca de esta cuestión a Graciela, que ayudaba ocasionalmente en la tarea de control de ausentismo, pero ella también ignoraba la respuesta.

 El lunes en que José volvió a presentarse a trabajar lucía como un hombre completamente diferente. El traje que vestía ya no era gris, sino azul marino, y manifestaba sufrir su primera postura. Los zapatos brillaban, la camisa evidentemente no era de “Chemea”, y la corbata realzaba la elegancia del conjunto. Pasó por la oficina que acostumbraba frecuentar y nos saludó desde la puerta, con afecto. Retribuimos el saludo con similar cordialidad, y en seguida lo vimos alejarse rumbo a los despachos gerenciales.

 Más tarde nos enteramos de que a partir de ese día iba a tener su propia oficina, pequeña pero tranquila, bastante alejada del bullicio general y con una ventana que daba a la esquina de Cangallo y Leandro Alem, sobre la alameda. Nadie supo con certeza qué clase de trabajo realizó para la empresa desde entonces, pero no tenía nada que ver con los trámites, el archivo, la contabilidad o los balances. Salía poco de aquel espacio, a veces lo cruzábamos en el baño, de vez en cuando lo veíamos entrar en la oficina del dueño. Esporádicamente desaparecía dos o tres días, y se rumoreaba que iba a visitar las distribuidoras de las provincias, para controlar que todo anduviera bien. José fue hasta su retiro, es decir durante más de tres lustros, algo así como los “ojos y oídos del rey”, que no es lo mismo que designar a un alcahuete. Respondía directamente al dueño que lo protegía, pues los gerentes tenían prohibido encomendarle trabajos o llamarle la atención por ningún motivo.

 Dejó de marcar tarjeta, claro está. Entraba cuando quería, salía a voluntad, antes o después que nosotros. Desarrolló una personalidad imponente, nos demostró en varias oportunidades su recién adquirida sinceridad, se tornó más simpático, pues reía con mayor frecuencia y nos enseñaba los dientes onerosamente arreglados y limpios… Se dice que esperó a Luciana un viernes a la salida, y la convenció para unas horas de amor; la chica jamás habló de este asunto con nosotros, pero a la infidente Isabel le confesó que cuando llegó a su casa estuvo media hora sentada sobre el piadoso chorrito de agua fría del bidet.

 Nuestra relación con él transmutó en algo más cordial, cálido y respetuoso. Nunca volvimos a mofarnos, y en realidad no existía motivo de burla en el nuevo José. Despertaba otros sentimientos, como la envidia, la intriga, la admiración, pero se había despojado del ser grotesco y gracioso con quien nos recreábamos cuando estaba apegado a la tierra.

 No era infrecuente que saliera a almorzar con el místico capitalista, y algunas tardes ya no regresaban. Se chismorreaba que iban a jugar golf, y que después cenaban en el country de aquél.

 Jamás volvimos a ver a José separado de la tierra. Nadie se atrevió a solicitarle que repitiera la antológica escena de aquel mes de julio; sentíamos que hubiese sido como toparse con René Favaloro en una calle, y animarlo a que se luciera con una operación a corazón abierto. Hay quienes afirman que repitió su manifestación sobrenatural en una reunión privada en casa de su mentor, pero últimamente la versión ha sido desmentida por los parientes cercanos del poderoso hombre de negocios.

 José se jubiló bien, meses después de soplar 63 velitas, porque en los últimos años su sueldo fue bueno, y coincidió con un período de ausencia de inflación. El día de su retiro se fue temprano, y no consintió en que le organizáramos una fiesta de despedida. Yo me separé de la empresa dos años más tarde, y aunque mi jubilación no es tan generosa, vivo una vejez relativamente calma y holgada.

 Sólo volví a ver a mi viejo compañero una vez, precisamente esta tarde, cuando estaba en la cola del banco Provincia. Le pedí a otra anciana que me cuidara el lugar (pues necesitaba cobrar mi jubilación ese mismo día), y caminé rápido y a los bastonazos detrás de él, llamándolo a viva voz. Me escuchó, se dio vuelta, sintió alegría al reconocerme.

 Un abrazo fuerte nos dimos, y como no tenía nada que hacer ofreció esperarme en el bar de la esquina, el de Luciano, hasta que saliera del banco. “Charlemos un rato”, propuso, y acepté. ¡Qué alegría, ver a José de nuevo!

 --A mí también me da gusto verte –halagó, cuando lo fui a buscar al bar.

 Se había sentado cerca de la ventana que da a la avenida, y no quiso pedir nada hasta que yo llegara. Compartimos café, aunque lo tengo prohibido por el médico.

 --¿Cómo está tu mamá, José?

 La mujer había fallecido un año antes, nonagenaria, dos meses después que el dueño de la empresa donde trabajábamos. Hablamos de eso, nos noticiamos sobre los compañeros de otrora que todavía vivían, recordamos a los difuntos.

 --Era un buen tipo, el dueño –expresó de pronto, apenado.

 --Si, y a vos te apreciaba mucho.

 --Yo también lo apreciaba; una lástima que se haya ido, pero así es la vida. Yo seguí yendo a su casa cuando me jubilé, y estuve en su velorio. Una maravilla de tipo, che. Lindo velorio, mucha gente, mucho lujo.

 --Siempre le caíste bien, pero desde aquella tarde, cuando nos revelaste que volabas, el hombre te admiró profundamente… Igual que todos los que estuvimos en aquella reunión.

 Bajó la frente, ensombrecido.

 Se hizo un silencio.

 No pude evitar preguntarle si seguía volando.

 Se acomodó en la silla, me miró con ojos cansados y tomó mi mano azul y veteada.

 --Vos fuiste uno de los tipos más comprensivos, y creo que el que menos se ensañaba conmigo en los primeros años de laburo. A vos no puedo mentirte más, ahora que pasó tanto tiempo. -Volvió a acomodarse, me miró profundamente…- El truco me costó tres mil quinientos pesos fuertes. Era una fortuna entonces; tuve que afrontar muchas privaciones para pagar las cuotas del crédito…

 --¿Qué decís, José? –y en un instintivo gesto retiré mi mano de la de él.

 --Lo que oís. No creí que los impresionara tanto aquella charada, pero así fue, y claro, una vez que estás en el baile, bailás, ¿no?

 --De manera que todos estos años… vos…

 --No, no lo hice para burlarme. Intentaba conmoverlos hondamente, aunque fuese una vez. Después pasó lo que sabés, y no pude arrepentirme: el patrón se convenció, y eso lo hizo dichoso. Pero también mejoró mi situación en la empresa, y la cosa no estaba para desperdiciar la oportunidad. Además, tenía pendiente el crédito que saqué para pagarle al mago, y vos sabés que los bancos no esperan.

 Un nuevo silencio. Sentí que la sangre se me agolpaba en la cara, y no quise enfurecerme porque me exponía a un nuevo pico de alta presión. La conversación se alargó penosamente unos minutos más, hasta que llamé al mozo y pagué con un billete nuevito de 10, que acababan de darme en el banco.

 --¿Ya te vas? –preguntó José.

 --Si, tengo que volver a casa. Fue un gusto verte… Y no pierdas tu sentido del humor.

 --¿Estás enojado?

 Me puse de pie, ayudándome con el bastón.

 --Estoy sorprendido, pero no te preocupes, se me pasará. Chau. Cuidáte.

 Salí de ahí, colérico, pasmado. Pensaba “si tuviese diez años menos, lo agarraba a trompadas ahí mismo”. Pero no estaba para esas cosas. Él tampoco. En verdad era yo el destinatario de aquella furia, por el pecado de la ingenuidad. Apuré el paso, para no mojarme con la lluvia anunciada a esa hora, y llegar pronto a casa; ansiaba desempolvar mi vieja agenda, llamar a los amigos de la empresa. Esteban, Luciana, Felipe, y los demás. A todos les iba a decir la verdad, iba a liberarlos del tormento del silencio juramentado. Estaba persuadido de que sus reacciones emularían a la mía. Doblé la esquina de mi cuadra, y el perro –que aprovechaba cuando abrían la puerta y se escapaba- corrió hacia mí con las orejas enhiestas. Lo acaricié, y me reí a carcajadas, pensando en José, en su angustia de todos esos años. Sospechaba su insomnio, provocado por la preocupación ante la posibilidad de tener que repetir la gracia. Le habían vendido el truco sólo para una vez, y después, arregláte. Lo imaginaba en su solitaria oficina como una estatua sedente, mortificado por un embuste de magnitudes tan dramáticas.

 No pararían de reírse cuando se enteraran. A lo mejor para Luciana la noticia carecería de jovialidad, si le mencionaba el asunto del bidet y me ensañaba un rato con su desliz. Había sido la más linda de la oficina, y José la única persona que pudo subirla a una cama.

 Justo José, que era el retrasado de la oficina.

 Junio 2002