Marta en el supermarket.

 Los romanos no poseían un prefijo que connotara superlatividad, así que usaron el que conocían del griego: "hyper". Y en su tosca lengua de campesinos y centuriones el estético y delicado "hyper" se transformó en un desabrido y expirado "úper", y después "súper".

Marta entró en el grandioso salón de ventas cavilando sobre si aquello era un "hipermercado" o un "supermercado", como podía haber estado pensando en otra cosa cualquiera. (Incluso en la hora de ejercicio que recién había terminado en el 'gym' de enfrente, donde los últimos veinte minutos fueron dedicados a la cama-con-trampa.) Había cruzado descuidadamente la calle e ingresado con mayor descuido aún en el salón clase 'C', concluyendo que, sin lugar a dudas, aquello era un 'supermarket', a juzgar por el estilo yanqui que le habían estampado sus propietarios franceses.

La vigilancia de Impositiva la vio pasar con mirada atenta, y nada objetó. Siempre iba al salón 'C' con su marido y sus hijos, y desde la resolución del 30 de abril pasado también podía entrar sola en ese sector, porque era una ama de casa (o una odia de casa) a quien esperaba su familia con las compras de último momento, y eso estaba contemplado en el inciso 69.

Se entretuvo demasiado -hay que reconocerlo- en la góndola de los perfumes, y ahí sintió la sintonía. La sintonía que hace que sepamos qué canción oiremos al encender la radio. La misma que le advirtió que por ahí, en algún sitio, estaba su amante. Y se dejó conducir mansamente por su instinto hacia la caja 23, con las compras en la mano (aunque dado que había poca gente la noche lluviosa de aquel jueves, bien podría haber utilizado un carrito de cortesía). El amante no aguardaba en la fila de la caja 23, sino en la de la 27, la más cercana a las oficinas. Lo acompañaba su esposa, que conversaba con la cajera mientras ésta tickeaba la mercadería.

El también sintió la sintonía; los dos sabían que iban a encontrarse allí en ese instante, aunque eso nunca antes había sucedido.

Y se miraron; intercambiaron una sonrisa sutil e imperceptible como la de la Mona Lisa; después, volvieron a ignorarse en una suave y aventurera complicidad.

Nada más acaeció, y era casi inexplicable que la Impositiva hubiera logrado detectar el subterfugio. Marta se preguntaría después si esto se había conseguido por medios electrónicos o mágicos, y la respuesta seguiría siendo siempre un misterio para ella.

La cola de la caja 23 avanzaba con lentitud, y Marta vio, aliviada, cómo su amante y la esposa se alejaban con las bolsas de nylon colgando a los costados, repartidas entrambos equitativamente.

Un momento más esperó bajo las poderosas luces de neón del salón 'C', hasta que por fin le tocó el turno de pagar. Descargó sus compras sobre la superficie metálica del mostrador 23, y entonces notó la mirada admonitoria de la cajera. Quien, sorprendida, mudó rápidamente su expresión a otra más amable, al tiempo que le pedía un poco de paciencia, hasta que llegara alguien que solucionase unos "problemitas" que tenía la lectora de tracks.

Marta solía tener paciencia en estos casos, cuando faltaba cambio para el vuelto, o si la computadora modificaba el precio de un artículo de bazar. Aún así, le produjo cierta inquietud pensar que en muy pocas ocasiones se descomponían los trackers.

No tuvo que esperar. Dos hombres con traje oscuro y grave aspecto se hicieron presentes en el lugar, y se identificaron en voz baja con la cajera. Marta especuló que no parecían técnicos en sistemas, sino más bien burócratas. Uno de ellos le pidió que los acompañase hasta la oficina. Marta ya no sintió inquietud sino zozobra, pero se recompuso:

--Si tienen dificultades con la caja puedo pasar a otra.

--Es que no se trata de eso, señora -repuso el mismo hombre, con altísima amabilidad-. Si viene con nosotros le explicaremos todo... Acá no conviene hacerlo. Puede dejar sus compras: la cajera se hará cargo.

Había algo en ese personaje que infundía respeto; solapado en su tono de voz dulce y casi suplicante existía un mensaje imperativo. Sin duda le pagaban para eso, y tenía entrenamiento.

Mientras los tres caminaban en silencio rumbo al sector de las oficinas, Marta se percibió cálidamente erotizada, y atribuyó esa sensación a su pequeño porte, disminuido aún más por la altura y la corpulencia de los dos hombres que la flanqueaban. Imaginó que los tres podían estar en otra circunstancia, sólo si ella se lo propusiese.

Duró poco: rápidamente volvió a la realidad y a pensar que tal vez estuviese metida en un lío.

Pero ¿qué clase de lío podía ser? Quizá todo terminaría en una encuesta sobre la atención que brindaba el personal del establecimiento, o en una promoción personalizada, o en algo así. Lo que verdaderamente le molestaba era el suspenso. Esos hombres no abrían la boca ni para respirar; con seguridad eludirían responder si ella hacía una pregunta directa, del estilo de "Bueno, ¿qué pasa?" o "¿Se puede saber por qué tanto misterio, caballeros?"

Las palabras estuvieron a un triz de salir, pero en vez de eso se quedó callada, caminando. Callada, ansiosa, excitada. Quizá en el lugar al que iban habría una cama. Y sintiéndose tan inhibida, ¿cómo rehusarse? Tendría que ser más enérgica.

Uno de los hombres se adelantó, abrió una puerta y la invitó a pasar. Marta no podía creer lo que veía: desdeñando las múltiples posibilidades que los tres tenían en ese momento, eso era sólo una oficina. Es más: ni siquiera una oficina en la cabal acepción del término. Había una mesa, sillas, un escritorio a un costado, una máquina purificadora de agua. Verdaderamente, era lo más parecido que había visto a esas salas de interrogatorio que muestran en las películas yanquis del "cine de superacción" de los domingos, por canal once.

Marta debió esforzarse para sostener la calma, o la apariencia de estar calmada.

--Siéntese aquí, señora.

La voz era más enérgica, y entretanto, el otro hombre cerraba la puerta con llave, y guardaba ésta en su bolsillo.

--Señores, no dispongo de mucho tiempo. Mi familia espera.

Marta se oyó intimidada, casi temerosa. Sin responderle, le indicaron con un gesto que se sentara a uno de los extremos de la mesa. En ese momento pensó que si esos hombres deseaban algo de ella, lo mejor era terminar cuanto antes. La mesa era de un tamaño adecuado para su pequeño cuerpo, y quizá ellos se conformasen con poco.

--Bien, Marta, aquí estamos los tres. -Entonces, ella ya no dudó de las intenciones de sus acompañantes.- Si, si, no se asombre de que la llamemos por su nombre: sabemos mucho sobre usted. Sabemos más de lo que quiere que ignoremos. Estamos al tanto de sus actividades extramaritales...

Marta se sobresaltó, y notó que sus esfuerzos por aparentar serenidad eran más y más vanos. Ahora sí, se sentó donde le habían indicado, descubierta en sus secretos delicadísimos. A medida que iba haciéndose una idea de las consecuencias que esa información podría acarrearle en poder de aquellos hombres, se decía que haría cualquier cosa para evitarlas, lo que ellos quisieran..., y que tal vez no fuese del todo malo. Sólo le preocupaba ser una mujer menuda, junto a esas dos moles.

--Si, si -prosiguió-, estamos al corriente de todo. No desconocemos que difícilmente controla su... su...

--Libido -interpuso ella.

--¡Exacto! Su libido.

"Libido" era una palabra que Marta conocía bien. Ellos, en cambio, no estaban familiarizados con semejante vocabulario psicológico, pero sí sabían exactamente lo que querían decir: Marta era una putona.

--Creo que no es para tanto -intentó defenderse.

--Nosotros conocemos su vida íntima. Así que no pretenda atenuar las circunstancias en que manifiesta su sexualidad, que contravienen ciertas "normas" elementales...

El corazón le latía a prisa, a medida que el hombre hablaba, sentado frente a ella; el otro observaba en silencio, junto a la puerta.

--Estoy de acuerdo, no voy a negar mis errores. Pero déjeme decirle que podemos solucionarlo ya mismo, si aceptan... Es que no quiero tener dificultades con Impositiva, ¿sabe? Mi marido es muy cuidadoso con sus pagos, declaraciones y reglas de conducta.

--Él lo es, pero su esposa incrementa los coeficientes. Lo que ha hecho hoy es grave, Marta. Sabe bien que el salón 'C' está reservado al grupo familiar primario. Su amante también va a sufrir recargos adicionales de consideración, pero él tiene conceptos deducibles que pueden balancear el incremento: matrimonio que no registra embarazos en los últimos siete años, impuestos pagados con puntualidad, etc. Usted, en cambio, es un caso diferente.

--Sin embargo, yo puedo resarcirlos, sin necesidad de que esto quede registrado en Las Bases...

Ambos hombres intercambiaron una mirada de inteligencia. El de la puerta observó a Marta, que tenía transpirada la frente y una expresión de pánico, y concluyó:

--Si, creo que en este caso puede haber una compensación.

--Pienso que se puede considerar -agregó el otro. Y mirándola:- ¿Está dispuesta a hacerlo, Marta?

Ella sintió un alivio, y poco a poco comenzó a recuperar la compostura:

--Si, estoy a su disposición. Sólo quiero no ser lastimada... Ya ven mi porte diminuto y mi...

--Está bien, está bien..., nadie va a dañarla. Es una mujer de pequeña estatura, pero sus proporciones son armónicas.

Marta se quitó los zapatos con lentitud, se puso de pie y permaneció así, expectante. No estaba simplemente erotizada como antes, sino excitada: su sangre bullía, su presión bajaba, sentía la humedad de la transpiración, del cuello a los pies. El que estaba junto a ella se paró también, y los dos se acercaron hasta tenerla muy cerca, de frente.

--Si, si, Marta: sus proporciones son agradables. Sin embargo, antes de ejecutar la compensación debemos conocer mejor lo que ofrece... Quítese la ropa de gimnasia, por favor.

A pesar de su libido, a ella no le resultaba sencillo hacerlo ante miradas tan expectantes… No había otra alternativa. Bajó con lentitud el cierre de la casaca, y se la quitó. Otro tanto hizo con su pantalón deportivo. Frente a los dos hombres estaba ella con la malla de una pieza que usaba para sus sesiones de gimnasia, sintiendo el atento examen al que la sometían como una sensación física.

Hubo una pausa tensa y silenciosa. Ellos retrocedieron un paso, y uno ordenó:

--La malla.

Marta estuvo a punto de cambiar de parecer. Una parte de ella quería vestirse y salir corriendo del recinto. Pero sabía que tenía que solucionar el problema que había causado. Se sacó la malla con miedo, de espalda a ellos. Y sintió sonrojado su rostro, su cuello, sus pechos y brazos.

La malla cayó a un costado, y ella se quedó de espalda, sospechando la mirada de los dos. Los brazos descansaban junto a su cuerpo, y apretaba los puños hasta sentir que las uñas se le clavaban en la palma de las manos. Creyó que iban a tomarla entonces, pero no percibió ningún movimiento detrás de ella. Finalmente uno dijo:

--Tiene hermosas nalgas, Marta. Su color es adecuado. Y no se notan huellas de la maternidad.

 

Marta reflexionó que era un comentario inesperado, en esa situación. Agregó:

--No menos hermosos son sus muslos, sus piernas y...

--Mire hacia acá, Marta -interrumpió el otro-. Debemos conocerla mejor.

Instintivamente se llevó las manos a los pechos al voltearse, pero las bajó de inmediato, pensando que era una reacción infantil. Al fin y al cabo estaba desnuda por completo, y por más que quisiera no podría ocultar ningún centímetro de su cuerpo.

--Senos erguidos -comentó el último-. Sin adiposidades...

Marta miró fijamente a los hombres, y notó que ahora eran ellos quienes tenían la frente perlada de sudor.

--... una cintura marcada...

Habían dejado de parecerle potentes y misteriosos, y se daba cuenta de que se debilitaban a medida que las manecillas del reloj de la pared avanzaban y marcaban los segundos al compás de un fastidioso tic-tac.

--... sin lunares ni marcas que disminuyan su encanto...

Sólo hablaban; no la habían tocado, pero lo deseaban profundamente. Quizá aguardaban el instante adecuado, tal vez querían darle tiempo para que se relajara y dejase emerger su "libido".

--... un cuerpo realmente bello, y ¿qué hombre no quiere poseer el cuerpo de una mujer hermosa y sensual como usted, Marta?

--Estoy de acuerdo -corroboró su compañero-. Podría agregar mucho a lo que él ha dicho, pero no es preciso.

Pausa. Silencio. Los hombres anotaron con trazo rápido y tembloroso todos los datos en un formulario 6B, color rosa. Rosa era también la desnudez de Marta.

Una vez más, le acariciaron los tibios pezones con una mirada insolente, curiosa. Finalmente le pidieron lo inevitable:

--Vístase, por favor.

--¿Qué me vista? Es que pensé que… íbamos a solucionar la contravención… No comprendo.

--Vístase, ya tenemos la información.

Disfrutaron la lentitud con que Martha volvió a introducirse en sus prendas. A una mujer no se la conoce cuando se desnuda, sino cuando se viste, en el momento íntimo y mágico en que, despojada de su pudor, se acomoda los pechos dentro del corpiño, corrige la bombacha que expugna honduras incómodas, sube cierres relámpago de difícil manipulación.

--¿Entonces? –preguntó, cuando se ataba los cordones de las zapatillas tenis.

--Lea este formulario, y si está de acuerdo, fírmelo.

Mientras le entregaba el documento, el otro abría la puerta con la llave que extraía de su bolsillo. Marta se notificó, firmando sobre la línea de puntos.

Se despidió de los funcionarios con un “buenas tardes”, y volvió a la caja 23, donde sus compras habían sido embolsadas y estaban listas para que las retirase. La cajera le cobró y la despidió con una sonrisa cansada y cómplice.

Algún día iban a llamarla para que pagara su deuda. Por lo que sabía, sería pronto. Quizá el siguiente fin de semana, o durante el inminente feriado. Estaría a disposición del poder de turno durante unas horas, y tendría que prestar un servicio personal. A lo mejor tenía suerte y le tocaba el titular de la cámara de senadores. Quizá el propio presidente de la nación la convocara… Incluso era posible que una ministra de equívoca sexualidad eligiese su formulario 6B.

Julio 1998 – Junio 2002