Manuela Pombo Regueiro.

 Cristina, su señora, tenía razón; él sabía que las objeciones de ella eran acertadas y atendibles, y no intentaba encaramarse en una pequeña discusión doméstica que antes de comenzar ya estaba perdida y que sólo pondría en evidencia su obcecación. Aún así, no resistió el antojo de hacerlo, de acercarse al árbol y agacharse a recoger aquella pieza de basura que había llamado su atención, sin oír las palabras admonitorias de Cristina, que sonaban para él lejanas y confusas:

 --¡Cómo vas a levantar esa porquería! ¡Para qué la querés! Es un asco. Y además, si alguien te viera sacando cosas de la basura me moriría de vergüenza.

 Cesar observaba ese pequeño acto de su padre como un intento gracioso para divertirlo, y nada decía, pero sonreía al ver la ofuscación de mamá. Cecilia soportaba aún menos que Cristina esas manías exploratorias de su padre con los desperdicios ajenos, y no se abstenía de hacerle notar la manera en que esas costumbres iban a contrapelo de las más elementales normas de la higiene:

 -- ¿No te da vergüenza hacer esa chanchada? Yo sigo caminando. Chau.

 Y se alejaba lentamente, mientras él se inclinaba junto al árbol y tomaba aquel sucio y viejo pedazo de cartón con atenta curiosidad, desdeñando las expresiones de repugnancia que le regalaban las mujeres de su familia.

 Era sábado, y volvían de la clínica cercana a la casa; cruzaban el parque para hacer un camino más corto. Le seguía doliendo el brazo derecho, que a la altura del codo se había inflamado y coloreado de un rojo bastante intenso; no era para preocuparse, había dicho la doctora, y con dos pastillas de éstas por día se va a sentir mejor. Vuelva el miércoles y hágase ver por un traumatólogo.

 Ya no importaba. Ahora caminaba muy lentamente al lado de Cristina y de Cesar, y comprobaba que el cartón era un documento de identidad; tres franjas de colores típicos pegadas en la tapa, debajo de la estampilla de la Compañía del Pacífico, indicaban su origen español. Debía ser muy antiguo, de alguien que a no dudar no respiraba ya en esta vida; era fácil darse cuenta de ello. Lo abrió directamente en la segunda página, donde la foto de Manuela había sido atravesada por un sello fechador que lapidaba 24-Sep-1921, y delataba la edad de la coqueta mujer: ciento siete años a la fecha. En ese momento se asombró de que en 1921 ya hubiera sellos fechadores… Pero ahí estaba la prueba, en un azul nítido que parecía recién estampado, sobre el fondo negro de la habitación en que a Manuela le habían sacado la foto.

 Los ojos de la española acentuaban la antigüedad de la imagen: no tenían brillo, y la mirada cansada delataba la pesada existencia de una centuria difícil. Era bella, muy bella, pero los ojos insinuaban su ancianidad. Como si cuando la retrataron, ya hubiese estado muerta… Como si la teoría de las miradas de Sartre se hubiese inspirado en esos grandes ojos negros, vacíos por el tiempo y por la muerte.

 --¿No es una linda mujer?

 Cristina no iba a responder a eso. Habló de la factura de la luz, o de algo cuyo pago vencía el lunes, y no había dinero para solventarlo.

 Pero es, o fue, una muy linda mujer, a quien un hombre, se dijo él, cualquier hombre… bla bla bla.

 Ahí quedó la fotografía, sobre el escritorio, confundiéndose con los papeles de la oficina. Dos días más tarde, cuando la rescató del momentáneo olvido y, a solas, la miró con mayor detenimiento, escudriñándola casi, notó que los ojos de Manuela brillaban de manera intensa, diáfana, viva. Ya no parecía estar muerta, lo observaba desde el obscuro cuarto con inquietante atención, y él atribuyó esas sensaciones a la potente luz bajo la cual analizaba ahora esa vieja foto sepia, distinta al sol matinal del sábado pasado.

 Pronto adivinó las intenciones de Cristina, quien ya le había sugerido que devolviese la reliquia al lugar que le correspondía, la basura. Ella misma iba a hacerlo, si él no la desechaba pronto. No era razonable tener desperdicios sobre el escritorio, mucho menos si despertaban sensaciones de admiración. Así que en desmedro de su mejor acto de disimulo, Cristina no dejó de advertir el especial interés que lo ligaba a la mujer de la foto, y su resistencia a dejarla ir.

 Prudentemente guardó el retrato en su gaveta personal, la única del vetusto escritorio que resguardaba su privacidad con una pequeña llave atada a una cadena. Cada tanto, cuando estaba solo en la casa, lo sacaba de ahí, lo apoyaba sobre la superficie de madera del escritorio y enfocaba a placer la lámpara que usualmente sólo iluminaba planillas y documentos, y entonces sí, buscaba pormenores que había pasado por alto hasta ese momento. Por cierto que los detalles iban apareciendo lentamente, volvían del pasado, y en la misma medida le permitían ir haciéndose una idea más acertada sobre Manuela y sus circunstancias.

 La impresión más fuerte la tuvo tres semanas más tarde, de vuelta del entierro de su madre… Cristina y los chicos respetaron su dolor y su deseo de estar solo frente al escritorio, para ordenar los documentos de la difunta. Llave, gaveta, lámpara encendida, la foto de Manuela sobre los desordenados papeles y recuerdos tibios que en su mayoría se arrumbarían en abandonados estantes, y el brazalete negro en el brazo izquierdo de Manuela, tal cual se estilaba entonces. Acompañando su dolor, como una plañidera peninsular. Varios días anduvo cavilando sobre eso, preguntándose si ese detalle estaba desde el comienzo o había aparecido últimamente, inaugurando precisamente su completa orfandad.

 Algunas noches, mientras los demás miraban televisión en el comedor, Manuela lo atisbaba con deseo en la intimidad del escritorio, un deseo que iba in crescendo y llegaba a ser una franca lascivia que a él lo excitaba hasta sobresaltar sus madrugadas, y Cristina no dejaba de percibir en esas misteriosas ocasiones lo agobiante que era el peso del amor de su marido en el curso de la segunda década de convivencia matrimonial.

 La ampliación que proporcionó un fotógrafo amigo le permitió apreciar los pormenores de la habitación, las sombras antes imperceptibles, la silueta de una planta en el borde de la ventana. El gran rostro redondo, los ojos negros y fulgurantes, las proporciones de los senos, la boca que contorneaba una sonrisa cuyo enigma sugería que Leonardo la había pintado bajo la nariz orgullosa de Manuela, fueron para él una revelación mística, la secreta persuasión visual de que sólo Dios podía haber creado una criatura humana tan serenamente bella.

 También la foto de su madre poseía la hermosura de una juventud que él podía sólo imaginar vagamente y sin el esplendor que sin duda poseyó. Tenía 16 años en el retrato, aún no había conocido al hombre bajo el cual inmolaría su trémula castidad… Pero esta imagen pertenecía a una época sensiblemente más inmediata, cuando los fotógrafos coloreaban los pómulos y saturaban la tonalidad de las vestiduras hasta una acometedora iridiscencia.

 Cristina, su mujer, no perdonaba el episodio de la ampliación. Esta circunstancia abría una oquedad que se interponía entre los dos cuando viajaban en el auto, durante la comida de la noche, si intentaban hacer el amor. Ella no consideraba necesario referirse al asunto, y sus elipsis gritaban una clara y dolorosa acusación.

 La ampliación tenía que desaparecer de la casa, de la vida en común. Esta certeza lo sorprendió sobrecogido, una tarde solitaria. Lo acosaba el silencio de tres circunstanciales ausencias, las verbenas y azaleas del jardín aromaban el ambiente del escritorio con peculiar tenacidad. Con un dolor de cien años oprimiéndole el pecho introdujo en la bolsa de basura la descomunal cara dulcemente sorprendida de Manuela, que habría querido atesorar para siempre; realizó este acto doméstico con solemnidad ritual, intentando que la gran lámina no se manchara con los desperdicios entre los que la desamparaba. Cristina no dejaría de enterarse de la renuncia que expresaba su nueva actitud, cuando se enfrentara a la dificultad de cerrar la bolsa de los residuos, tan extrañamente colmada… Y eso, tal vez, renovaría parcialmente los vigores de su deteriorada relación.

 Las estampas de dos mujeres bellas siguieron descansando en su inexpugnable cajón algunos días más, mientras elaboraba y maduraba su decisión de deshacerse de la imagen de una de ellas, la que lo deslumbraba con carácter perturbador y carente de las cortapisas y pudores de la consanguinidad. Presumía que este acto de renunciación sería casi tan desagradable como si la misma española tuviese que emigrar a un ignoto país, con la certidumbre del retorno incierto… Como todas las despedidas, era inevitable. Y como a todas las despedidas, decidió adjudicarle una fecha a la que su alma pudiera acostumbrarse de a poco (advertía de ese manera la ventaja de los viajes sobre la muerte), suponiendo que ese desliz de raciocinio apaciguaría su tormento. El 24 de septiembre le pareció una cifra inminente y perfecta, la ecuación temporal que establecía un contacto directo con el día de la foto, en la España desertada.

 Esa mañana de septiembre se levantó tarde, casi a la hora del almuerzo dominical. Pasó por el escritorio y cruzó el comedor con la fotografía de Manuela en la mano, seguido por la obstinada mirada de su esposa, y por su silencio. Volvió a pasar junto a ella cinco minutos después, se metió de nuevo en la cama, se tapó hasta la cabeza y durmió otras tres o cuatro horas, para olvidar que había tirado la imagen de la española a la basura, a ese inmenso río de Heráclito por donde fluyen las estelas de la vida humana (advertía así que la basura es algo exclusivamente humano).

 Cristina lo despertó a las cinco de la tarde con mate y medialunas, y examinó su acto de masticación con la esmerada atención que sólo dedicaba a las documentales del mundo animal. Después se apoltronó junto a él en la gran cama de marca conocida, como si jamás hubiese existido la Pombo Regueiro.

 A las 7 de la tarde uno de los chicos sacó los desperdicios estridentemente, siguiendo la exasperante costumbre de salir corriendo para alcanzar al camión recolector que bramaba por la calle.

 Sobre la cama compartida de la habitación en penumbras, alguien confesaba la intención de escribir un cuento cuyo protagonista recogiese de junto a un árbol la foto de una secular mujer española, y la atesorase durante casi cien días con enfermiza fascinación.

 

 (Aquí la foto.) 

 

 Mayo 2002