Librovida.

 

 Lunes 9. Era la rutina. Cinco años de lo mismo, y los días sucediéndose monótonos, iguales. Cinco años que trabajaba en la oficina de consignaciones cerealeras, sin que nada cambiara: formularios, compañeros, el traje del jefe, la disposición del moblaje... y el horario: era lo peor: levantarse a la misma hora de lunes a viernes, viajar con las personas consabidas, otro tanto de regreso a casa.

 Martes 10. Aborda el colectivo (casi vacío allí: seis o siete cuadras atrás estaba la cabecera del recorrido), observa la presencia de una mujer a quien jamás ha visto en el viaje de regreso a casa, se despabila su interés.

 Pensó en una viajera circunstancial, de esas que no se vuelven a ver, probablemente una paciente del Policlínico de los Papeleros. Después comprobó que estaba equivocado: durante el resto de la semana la misma pasajera sentada en el séptimo asiento individual (a la altura de las ruedas traseras), observando con inexpresivos ojos a través de la sucia ventanilla…

 Se sentaba alineado a ella, del otro lado del pasillo, y la examinaba con discreción. Se preguntaba quién era, dónde trabajaba, el barrio en el cual vivía. Los días se matizaron gracias a estos intrigantes asuntos, y desde entonces no despreció su rutina; es más, el sábado y el domingo experimentó gran ansiedad por el comienzo de la semana, y en la oficina miraba el reloj de la pared azul (a pesar de los cinco años todavía funcionaba) con una inquietud que no ayudaba mucho a que las saetillas marcaran las cinco.

 La mujer se incorporó a su entorno. Él se conformaba con espiarla de soslayo, con tocarla con la mirada. En eso consistía su deleite, y le bastaba.

 Martes 17. La pesadilla comenzó cuando apareció ¡el malhadado libro! Era martes; esa noche transmitían por la tele su programa favorito. Subió al 134 y escudriñó el interior con ojos que casi no podían disimular la inquietud. Apenas reparaba en el vuelto que le entregaba el conductor y que guardaba descuidadamente en el bolsillo de su saco... No dejaba de mirar a la mujer. Ella, en cambio, ignoraba su presencia; siempre lo había hecho, pero ahora no contemplaba por la ventanilla el panorama de las calles de siempre. No: paseaba su mirada con mesurada concentración por las páginas de un libro de miserables dimensiones.

 Repetidamente se preguntó en esos días si estaba interesado físicamente en la mujer, y la respuesta negativa era invariable y categórica. Sólo quería verla, analizar sus formas, estudiar sus gestos y expresiones, pasarla por el tamiz de su mente. Tampoco anhelaba compartir un diálogo, pues eso habría roto la magia, quitándole sentido al cúmulo de preguntas que morbosamente lo laceraban... En cambio así...

 Jueves 19. La mujer sigue leyendo, siempre con moderado interés. ¡Tres días enteritos a partir de la aparición del libro..! Apenas nota el efecto que aquello le produce. Se siente, sí, algo más cansado de lo habitual, pero no da a eso demasiada importancia.

 Su cansancio había aumentado ostensiblemente en aquellas horas. Comenzaba a sentirse débil, en suave incremento, como si estuviese desangrándose de a gotitas... Se decía a sí mismo que era necesario que descansara más y se alimentase mejor.

 Viernes 20. Al regresar a casa vuelve a ver a la mujer, con la nariz metida en el diminuto volumen como si fuese lo único importante. Era el cuarto día; se sentía débil, irritable, fatigado, triste.

 Se acomodó cerca de la enigmática pasajera como lo venía haciendo desde que la vio por primera vez, y la observó con atención. ¿Qué libro era aquel? Era imposible saberlo, porque estaba cuidadosamente forrado con papel azul. En esto cavilaba, y en su mal estado, cuando el inesperado derrotero por el que discurrían sus pensamientos lo condujo a vislumbrar la verdad. Fue un rayo que lo iluminó todo, dándole sentido a lo que estaba ocurriendo: aquella meretriz, misteriosa y endiabladamente, estaba leyendo su vida.

 La vida del hombre estaba allí, y se consumía con cada página que ella avanzaba en la lectura. Aquel diminuto e insignificante libro no era una Biblia, un texto, una antología poética, sino su vida entera, de principio a fin.

 Después del pánico que le provocó esta verdad quiso convencerse a sí mismo de que eso no podía ser. Miró por la ventanilla y trató de sonreír, creyéndose estúpido. Pero cansado y lánguido como se sentía, no quería sonreír. Inmediatamente prosiguió el curso de sus pensamientos anteriores, que eran, para él, la única verdad: estaba muriendo, y ¡por culpa de aquella pasajera sentada en el asiento de más allá! Si quisiera dejar de leer el libro -se dijo-, tal vez tuviera aún una esperanza de sobrevivir. No le quedaba demasiado tiempo, así que tenía que intentarlo de inmediato.

 Pero ¿cómo enrostrarle su crimen? Entonces reparó en que tal vez ella no supiera lo que estaba pasando (con lo improbable que eso pudiese ser): no se atrevería a asesinarlo de esa manera, bajo la luz del sol y frente a tanta gente. Decididamente tenía que intentarlo ya, favorecido por la circunstancia de que aún no habían subido muchos pasajeros. Lo supiese ella o no, la verdad tenía que quedar al descubierto, aunque fuera empleando sus últimas fuerzas.

 Quedamos, pues, en que era ineludible hacer algo. Pero ¿de qué forma abordarla? Su propio temperamento introvertido se lo impedía… Este asunto, claro, era muy serio. De hecho, no podía demorar más... Tenía que impedirle que consumara su fechoría...

 Lo primero era sentarse más cerca. ¡Ya! La mejor opción era el asiento individual inmediatamente detrás del de ella. Creyó que ese cambio de posición infundiría curiosidad en la mujer, que apartaría la vista del maldito tomo para observar el movimiento. No ocurrió así... Se había parado lentamente y cruzado el pasillo observándola, apoyado en el pasamano que estaba frente a ella, y no reaccionó. Frustrado, se sentó detrás, cansado de todo eso. Y miró fijamente el cabello renegrido que caía ensortijado sobre los diminutos hombros, en un intento fantástico de atravesar el cuello de la mujer hasta el cerebro, hasta allí donde ella estaba pensando en la vida del hombre, desplegada ante sus ojos en el libro ´pocket´ del que le restaban leer algunas hojas.

 Era una mujer pequeña, de proporciones armónicas. Podía pensarse que tenía treinta años, más o menos. Adusta en el gesto, colorida en el vestir, por momentos su expresión se suavizaba y unos surcos de sensualidad se dibujaban en su mejilla derecha. Pero de inmediato sus facciones volvían a endurecerse, siguiendo el tempus de la lectura, que (según sabía el hombre) ofrecía escasos pasajes enternecedores.

 --¿Le molesta que abra la ventanilla?

 Lo había dicho con una inclinación hacia adelante, tenso. Por fin ella ya no leía, y lo miraba impersonal, con un medio giro de cabeza.

 --No, para nada.

 Pausa. Y apertura de la ventanilla, apenas un poco.

 --Sé que no hace calor, pero ¿sabe?, no me siento bien.

 --Despreocúpese, no hay problema.

 Iba a volver a leer, pero él debía impedirlo:

 --Por favor, no lea.

 --¿Cómo dice?

 --Que no lea... Si me permite, puedo explicárselo.

 Ahora sí, la mujer sentía curiosidad. Y parecía dispuesta a prestar atención, aunque a lo mejor ese hombre estaba loco y...

 --A ver si lo entiendo: me pide que deje de leer. ¿En qué lo afecta eso?

 --Me afecta, me afecta mucho. A decir verdad, eso está matándome.

 --Oiga..., ¿qué le pasa?

 Quizá se lo había preguntado porque veía transpiración en su frente, palidez en su rostro. Realmente se sentía mal, pero no podía detenerse. Sobre todo, tenía que moderar su ansiedad para que ella no creyera que estaba fuera de sí.

 --Ya le dije que no me siento bien, pero no crea que perdí el juicio... ¿Cuál es el título del libro?

 --Sospecho que se burla de mí, señor. Y me parece que no le interesa lo que estoy leyendo... No sea impertinente y viaje en paz.

 --¿Es que no comprende..? Sólo le pido que no se altere, y que con paciencia escuche lo que tengo para decirle... Es... es acerca del libro, aunque a lo mejor ya lo sabe.

 --¿Qué es lo que tengo que saber?

 --Lo del libro... A medida que usted lo lee yo voy muriendo. Si lo termina sin duda que me matará.

  --Decididamente no está bien, o es un bromista. Y si es así, déjeme aclararle que voy a continuar leyendo aunque se fulmine. Lo único que debo reconocer es que como forma de levante lo suyo es muy original. Pero no me interesa, ¿sabe?, no en este momento.

 --Tampoco es mi momento... Estoy muriendo, y usted es responsable de eso.

 -­¡Basta, no me moleste más!

 --Al menos admítalo. No puede ignorarlo.

 --Señor, este libro...

 --Ese libro es mi vida. Y la consume con su lectura. Le ruego...

 --Mire, podría denunciarlo, pero no lo haré, a menos que persista en fastidiarme.

 El hombre sintió súbitamente un alivio, como si lo inevitable lo invadiera. Y no le quedaban fuerzas para defender su vida. Pensó en arrancarle el libro, pero ya ni siquiera podía suplicar.

 Ella aún lo miraba con una mezcla de enojo, curiosidad y recelo. La ofuscación la había colocado con las piernas hacia el pasillo, mirando al hombre de costado. Lo vio agotado, delirante, sintió pena.

 El colectivo se detuvo en la parada en la que siempre subía mucha gente. El chofer no había notado la discusión de los dos extraños pasajeros porque la carrocería del vehículo vibraba con violencia ensordecedora, al compás de los empedrados de Barracas y Parque de los Patricios.

 Fue por esos días que incorporaron a los colectivos las máquinas expendedoras de boletos, con la que la gente comenzaba a familiarizarse. Los pasajeros subían con lentitud e insertaban sus cuatro monedas en la ranura cibernética, y aguardaban con zozobra y timidez a que otra ranura arrojara el papel impreso del boleto, que no tenía máximas o refranes populares, ni colores, ni palíndromos, como los antiguos. Sólo los dígitos de control, negros sobre fondo blanco, impecables, y la fecha y la hora (l7:27).

 El hombre miraba por la ventanilla, y ahora la ignoraba. Ella pensó que lo mejor sería cambiar a un asiento más cercano al conductor, por si acaso.

 Y después, realmente le costó trabajo reconcentrarse en la lectura. Pensaba en las palabras del hombre, pensaba en la posibilidad -remota, claro- de que ese libro... el libro... tuviera algo..., aunque no, desde luego, no podía ser. Sólo era un libro, nada más que un conjunto de hojas engomadas entre dos tapas blandas… Incluso lo había conseguido en la feria de saldos donde había obtenido los otros, y ninguno provocó daños, o muerte. Por ende había que terminarlo. Además ya faltaban pocas páginas, y aunque la trama no era muy interesante, su orgullo de conspicua lectora no le permitiría dejar de conocer el destino del protagonista.

 Sabía que alguien había dicho que no existe problema del que uno no pudiera olvidarse después de un rato de lectura. Pero entre líneas le aparecía el hombre, que con seguridad permanecía en el asiento de atrás… No quería ni siquiera mirar, por temor a que se enganchara de nuevo con su paranoia o su insensatez. Ahora le resultaría más difícil hacerlo porque había mucha gente en ese viaje, aunque esa clase de persona no tiene límites, y a lo mejor le hacía pasar un papelón frente a todos, acusándola a viva voz.

 Después el hombre se diluía en sus pensamientos a medida que daba vuelta las hojas. Había conseguido abstraerse en el relato. Sólo levantó los ojos una vez más para ver dónde estaba, porque quería terminar de leer antes de bajar, cerca de su casa.

 Finalmente, el mágico momento en que llegamos al último párrafo. La mujer confirmó sus sospechas: el libro había ofrecido un relato mediocre, pero eso era previsible dado que el personaje era un antihéroe. Lo cerró, quitó el señalador de cuero que le habían obsequiado y guardó ambas cosas en compartimientos separados de su cartera.

 Al día siguiente iniciaría otro libro, que con seguridad habría de ser mejor. En cuanto a éste, lo arrumbaría en el viejo armario donde se empolvaban los demás, y ya nunca volvería a saber de él. Era incluso probable que en unas semanas ni siquiera recordase haberlo leído.

 Lo bueno fue que, tal como quería, lo había terminado antes de bajar en su parada. Ya tenía que hacerlo, así que se puso de pie. Muy poca gente quedaba en el colectivo, porque la zona de mayor concentración urbana había quedado atrás.

 El conductor no le permitiría descender por la puerta delantera; sabía que era bastante quisquilloso en ese aspecto. Para alcanzar la puerta de atrás debía pasar junto al imprudente que la había importunado, si es que aún estaba ahí. Trataba de recordar, y estaba casi segura de que nunca lo había visto en el momento en que llegaba a esa parte de la ciudad. Lo habría notado, porque pocos pasajeros iban hasta allí. Seguramente bajaba antes, y también ese día había sido de esa manera. En realidad, no había de qué preocuparse.

 Pero el extraño personaje seguía en el mismo asiento, con la cabeza apoyada contra el vidrio y los ojos cerrados. No quería dirigir su vista hacia él, y a la vez le era imposible dejar de mirarlo con la impunidad que le otorgaba su sueño. Era un hombre de tez pálida, y aunque quizá no carecía de una macabra simpatía, le preocupaba el hecho de que al día siguiente volviese a la carga con su retahíla de acusaciones.

 Tenía que bajar, y bajó. Y ahí se fue el colectivo, con el hombre a bordo, profundamente dormido. Creyó que habría debido despertarlo, advertirle que estaba más allá de su destino, irremisiblemente extraviado… Al fin de cuentas, no era su asunto.

Camino a casa, mientras recorría con paso cansino las tres largas cuadras, se ofuscó con el libro, animizándolo. En primer lugar, era el responsable directo de la desagradable escena en el viaje de regreso. Y por si fuera poco, sin mencionar el hecho de un relato chato y aburrido, jamás lo habría leído si hubiese sospechado que el protagonista iba a alcanzar una muerte tan, tan estúpida.                                     

 

1996