La red de los melos.

 

La medicina moderna fuertemente dilapidó las experiencias melas. Pero pocos oyeron las advertencias, dado que la vastedad de su vicio les impedía desligarse de aquellas prácticas: era más adictivo que cualquier narcótico, más nocivo que el cigarrillo y más perjudicial, socialmente hablando, que el alcohol. Los melos empezaron a usar las redes de computadoras para exacerbar sus recuerdos: un aroma, una melodía, la lectura del libro de tercer grado, las fotos viejas de mamá, todo podía ser encontrado en algún nodo del intrincado sistema, todo aquello que se creía perdido definitivamente en las brumas del pretérito perfecto. Los científicos descubrieron que los crípticos mecanismos del cerebro que modulaban nuestra vida se alteraban con la recuperación fatigosa de los recuerdos; los casos avanzados eran terminales, e inevitablemente extinguían a quienes los padecían. Fue evidente entonces que el alma humana era demostrable y aquilatable, y que no se debía saturarla con recuerdos. La campaña oficial resumió con inusitada justicia esta premisa, aunque como siempre, tarde: “No drogue su alma: ¡olvide!”.

Así que la consigna era olvidar, y se evidenció la perentoriedad de encarar acciones decisivas para destruir los nodos de donde provenían las canciones viejas, las fotografías sepia, los antiguos filmes, los aromas del mundo que fue. Más y más gente engrosaba las filas de los melos, y pasaba horas y horas rememorando cosas extraviadas, personas ausentes, lugares lejanos que habían variado el aspecto. Se entrenaron unidades especiales para asistir a estos desventurados en el momento de la desconexión, justo cuando muchos de ellos intentaban quitarse la vida. Los más afortunados pasaban algunas semanas en rehabilitación y se reintegraban a la civilidad, pero muchos jamás volvían a ser los de antes. Fue, por cierto, arduo y fatigoso el trabajo de los organismos de inteligencia, porque los recuerdos estaban esparcidos por toda la red, pasaban de un nodo a otro, se expandían y bifurcaban, se multiplicaban y difundían con progresiva velocidad, y cuando un nodo era destruido los poderosos ruteadores encontraban el adecuado camino a un nódulo alternativo y devolvían el específico recuerdo solicitado por el usuario envenenado.

Una parte de la civilidad, la gente decente y progresista que nunca falta, se embanderó detrás del publicitado “… ¡olvide!” y emprendió sus propias iniciativas contra los mejores servidores de la red, dinamitándolos si era necesario para que dejaran de proveer. Acciones aisladas, emprendimientos individuales… Esto, agregado a las prácticas de la inteligencia militar (perdón por el contrasentido), y aunque enaltecido por la zona de la red que se ocupaba de las noticias del día, tenía el mismo efecto de una mano rasguñando una montaña.

Algunos, bien por su voluntad o por los amorosos y dedicados esmeros de los parientes, alcanzaron la salida del túnel, merced a las recomendaciones cuidadosamente estudiadas de los especialistas. Los argentinos –ejemplo de un pueblo altamente intoxicado con la melancolía- tuvieron que privarse durante 8 años, hasta que el peligro desapareció y nuevas curas se implementaron, de las canciones de Leonardo Favio, de Charly García y Alberto Cortéz, de Jairo y Cenizas. Casi se cumplió una década hasta que pudieron volver a oír las baladas de Sandro, que eran las más populares y emotivas. Por esos tiempos coincidieron los estudiosos en que los melos argentinos podían rever alguna película de Soledad Silveyra o de Donald, aunque en bajas dosis. Los aromas del Buenos Aires de antaño no se aconsejaban todavía, pero no faltaron los vergonzantes que jamás dejaron de consumirlos, eludiendo la atenta mirada de cónyuges e hijos.

Después de una década, el único objetivo cumplido fue el barrido de las fotos sepia y blanco y negro de la red. Un virus facilitó el logro, porque se las fagocitó a todas.

Los libros nunca de condenaron, porque todos los de papel se habían quemado y si se borraban los electrónicos la humanidad no sólo iba a carecer de recuerdos, sino de su completo e integral pasado.

Hoy no existe una familia en la cual no haya un melo, pero la sociedad aprendió la manera de tratar con estos insanos.

 

15 de abril de 2002