La mejor música es la del diablo.

 

Hay oficios que te llevan a cualquier sitio, que abren puertas inesperadas. Un plomero, un electricista, son personas que entran en lugares que los demás apenas imaginamos, o en edificios donde jamás quisiéramos entrar. Esto puede ser una cárcel, el hospital psiquiátrico aledaño a la ciudad, el museo de ciencias o la habitación de la estrella porno del momento. Aunque mi actividad no está entre las mencionadas, no me quejo, tengo lo mío. Computadoras hay en muchas partes, y sus dueños se aterran cuando amanecen desconfiguradas, emiten ruidos insólitos o simplemente se descomponen y dejan de funcionar. Entonces llaman al técnico de confianza, o a uno que les recomendó la mamá del compañerito de colegio de la hija menor de la vecina de enfrente, y que por un azar del destino, soy yo. Y allá voy con el maletín lleno de herramientas y de programas, indagándome acerca de lo que me esperará cuando trasponga aquella puerta, al bajar del ascensor, en el final de un viaje en auto bastante largo (porque la casa del cliente está en Santos Lugares, a dos cuadras de donde vive Ernesto Sábato, y me pasaron a buscar a las siete de la mañana del domingo de Pascua). Me atenaza el corazón la posibilidad de cruzarme con el autor de “Sobre héroes y tumbas” cuando va a comprar las medialunas calentitas o a buscar el diario (seguramente don Ernesto no lee “Clarín” o “La Nación” en Internet, aunque no lo sé a ciencia cierta). A la vuelta tampoco me topo con el bardo ilustre, pero la computadora quedó bastante bien, y a eso de las dos de la tarde aterrizo en casa y me arremete el enojo de los míos, porque los ravioles esperan desde hace un rato y el hambre impone una premura exasperante.

Pero no voy referirme a Santos Lugares,  no es de Sábato de quien quiero hablar…

Cada oficio tiene lo suyo, y algunos, además de abrirte la puerta de un lugar, te entornan el portal que resguarda un corazón. Y su privacidad, y sus trabajos. Al plomero lo llevás a la cocina o al baño, le das un cafecito en el caso de que el asunto demore mucho, si es de confianza te vas a hacer las compras y lo dejás con tu hija de quince años, que duerme como un tronco en la pieza de arriba (¡claro!, anoche fue a bailar con los compañeros del colegio y se acostó a las cuatro y media de la madrugada). Si el visitante es el técnico de la tele, bueno, el asunto es un poco diferente. Este señor entra en tu habitación, se pasea por el comedor, sabe cuál es tu señal favorita. A lo mejor se lleva tu TV por unos días, pero después regresa, la acomoda en el mismo mueble donde estaba, enchufa el coaxil convenientemente, sintoniza los canales… Si te animás a preguntarle, puede ser que te enseñe a manejar esos innumerables botoncitos y esas palanquitas de la casetera que servirán para grabar el partido de la noche, cuando tendrás que ir a lo de tu suegra y -desde luego- no vas a ver ahí la tele sin arriesgarte a que tu señora te mate.

El técnico de la pc es algo particular. Desde ya, no lo dejás solo ni por un minuto, porque no querés perderte los detalles de lo que hace con tu máquina, con tu Windows. Le servís un café también, a lo mejor con alguna porción de torta casera, y vos tomás con él, mientras le formulás preguntas de diversa complejidad. Cuando la cosa se pone demasiado complicada te excusás y llamás a la mayor, la que está en tercer año, “que es una fanática de la computadora”; la llevás de prepo a donde se desarrolla la acción, muy de prepo, mientras refunfuña porque se va a perder el final del capítulo donde Mulder le estampa un beso a Scully (después de ocho temporadas). A todo esto, ya le contaste que estás escribiendo un libro de poemas, y el entendido te ayudó a acomodar esos putos márgenes que en Word son un quilombo, o a eliminar las hojas en blanco que inexplicablemente se entrometieron entre las palabras “amada” y “mía”. Le hablaste de tu vida, te quejaste del dólar, le mencionaste la baja velocidad de internet (¿será el modem?), y lo más probable es que la culpa la tengan estos malditos de la empresa española de teléfonos, que te cobraron un fangote por la línea adicional (otra mierda, como la línea principal).

Pero no deseo hablar de la telefónica, ni del Word, ni siquiera de la fanática de la computación, que aprovechó la primera distracción del viejo y escapó rumbo al televisor,  cuando sonaba la musiquita del Chavo del Ocho…

Bueno. Aquí va. Era una iglesia. Evangélica, para más datos. Un viernes a la tarde, creo. Si, era un viernes. Era también invierno, el invierno actual de Buenos Aires, sin escarcha, con poca lluvia, de días sin frío, de horas en que decididamente te morís de calor con la polera. El pastor se sentó junto a mí, sin café, sin torta. Era un trabajo fácil. Hablamos. Me preguntó por mis creencias, me invitó a la reunión del domingo; respondí “no” a lo último, respondí que no quería hablar de mis creencias (nunca mezclo religión con problemas de registro de Windows 98). El pastor era hábil con la palabra, como podía esperarse. Pulcro, peinado a la gomina, santo el hombre. Algo gordito, joven, casado a juzgar por el anillo en el anular. Siempre llevo el mp3 de mi grupo favorito de música, y lo escucho bajito. Me ayuda a concentrarme, a que las palabras que incesantemente me disparan lleguen a mis oídos diluidas por los acordes, atontadas por las melodías tan conocidas, hipnotizadas por las voces de mis ídolos de juventud y de madurez.

Esa vez fue diferente, y es de esa vez de lo que quiero hablar. Del pastor, de su creencia, de los muchachos que tocaban la guitarra y cantaban en los pequeños altavoces de escritorio, de la música que tuve que silenciar a pedido del hombre místico, porque agredía la santidad del lugar.

Había silencio en la sala, ahora. A lo lejos se escuchaba otra melodía, otras voces ensayaban las canciones beatas del domingo… Esa es la música del Creador, me dijo el pastor, y lo miré. Dudó, notó mi repentino interés. La máquina estaba bien encaminada, procesando un programa de Norton que hace maravillas. Si, esa es la verdadera música, confirmó.

Lo miré desde una expresión que lo animaba a seguir. Ese semblante de ingenuidad, curiosidad, deseos de escuchar una revelación, es de mucho provecho cuando en realidad no queremos dialogar. Pero mi interés era genuino, esa vez. Y el digno señor no tardó en darse cuenta. Y tampoco se hizo esperar para decirme que mi grupo preferido era la expresión del diablo en la tierra, pues solamente Lucifer podía haber creado esa música.

¿Lucifer? –pensé. Si, Lucifer, el Diablo, Mefistófeles, Al Pacino. El pastor y su grey no tenían duda de ello. Esa producción musical, concebida desde la droga, desde oscuros orígenes, a partir de conflictos y frustraciones, era la carnada del diablo para los hombres. ¿No le parece llamativo –preguntó, con una mayéutica más retórica que socrática- que sus canciones se sigan bailando y escuchando, que continúen emocionando a nuevas generaciones, que la gente se enamore aún con esas baladas?

Pucha, a lo mejor tiene razón –recapacité-, y esto que me colma de dicha es en realidad una manifestación del Averno, que imaginé entonces como una cueva incandescente donde, desde enormes parlantes de muchos watts, te machacaban la eternidad enterita con los más de veinte long play´s de los músicos en cuestión.

Mi interlocutor había empezado su disquisición con un aire casi académico, pero al rato dejó que su odio por los enviados de Luzbel a la tierra fuese evidente para mí, que ya había guardado mis mp3 con un repentino sentimiento de culpa y frustración.

Norton terminó el proceso, el registro quedó bien, alguna cosa más tuve que oir del mismo tenor. Me reveló entonces que también Greenpeace provenía del Ángel Caído, pero ya había cobrado el trabajo y me estaba yendo, sin tiempo ni ganas de oir aquella parte de la historia.

Era de noche cuando llegué a casa. Mi comida, como siempre, fría. La computadora es como una mujer: sabés cuándo empezás con ella, pero nunca el tiempo que te vas a quedar a su lado. César estaba llegando con su preadolescencia al quinto sueño. Cecilia, juvenil y asidua frecuentadora del teléfono, miraba una película. De mis ídolos, que eran también los suyos, y estaba descubriéndolos. Con el plato en la mano me senté junto a ella, sin perturbar su atención.

--Esta película terminó de bajar hoy de internet. Está buena. Se ve bien.

Los muchachos cantaban, yo meditaba que si aquello era una premonición del infierno, seguramente quería estar ahí, en esa cueva.

La noche había aportado tranquilidad a una ciudad turbulenta como la mía, en un día agitado. Los muchachos terminaron de cantar, y después corrieron, atravesaron calles, campos, perseguidos por fanáticas con peinados altos y extraños, con ropas grises.

En ese momento, viendo la película, me di cuenta de la trasmutación, de la mal conjugada conjunción de elementos. Ella había bajado de Internet un producto indeseado, y repentinamente comprendí en dónde radicaba la herejía.

Le pedí a Cecilia que cuando terminara de ver la película, la borrara sin dilación del rígido. Es muy joven, creo que no se había dado cuenta, pero se lo hice notar abruptamente, y lo entendió.

Tuve que salir del cuarto: no soportaba el ver a John, George, Paul y Ringo doblados al alemán.

 

Junio 2002