El señor y la señora Kenemon.

 

 

 Estuvieron temprano, prácticamente me sacaron de la cama. Sobraba tiempo para llegar al aeropuerto sin premuras, pero no querían correr riesgos. A Nueva York la pulula desde temprano su parque automotor, y algunos tramos hasta el aeropuerto suelen congestionarse en cuestión de minutos. Vestían de negro, la camioneta en la que viajamos era del mismo color, uno de ellos era negro, el otro se parecía vagamente a Tommy Lee Jones. El asunto fue que a esos ñatos (Nota del traductor: esta versión está adaptada al habitante de Buenos Aires, y a lo mejor me paso de rosca con el argot local. Si sabe inglés, lea el original, no joda.) les habían encomendado buscar un profesor de informática, de ser posible el mejor de la ciudad. Y tal como en las películas de suspenso, que no tuviera familia, para evitar las complicaciones. Me contactaron en la universidad, y la propuesta tuvo el atractivo de una cantidad de dólares de cuatro dígitos, con la que podría terminar de pagar el auto y el departamento (evitándome las cuotas angustiosas de los siguientes cincuenta y cuatro años). ¿El trabajo? Era una huevada. Durante dos semanas adiestraría en el uso de computadoras a un matrimonio de ancianitos, el señor y la señora Kenemon. Dije que sí, y después intenté saber quiénes eran, pero nadie los conocía. No estaban tampoco en Internet Cinco, así que no existían. (Nota del traductor: para estos chabones de niuyork, lo que no está en la red no existe. Asumen que Asurbanipal no vivió en este mundo, porque no lo registran los metabuscadores. En cambio nadie duda de la historicidad del Capitán América.)

 Bueno. Decía, antes de que el plomo del traductor se entrometiera, que fuimos al aeropuerto. (Nota del…) ¡Pará con las notas, boludo! ¡No te parece bastante castigo hacerme hablar como a un gaucho de la pampa brasileña, a mí, que vivo a siete cuadras de la quinta avenida..! Perdón por el exabrupto… Prosigo…

 Hacían gala de una amabilidad distante, orgullosa. Rechazaron cortésmente mis intentos de iniciar un diálogo, así que ni en joda intenté preguntarles por mis octogenarios alumnos. Noté que pertenecían a algún organismo oficial, porque en los controles aéreos “chapearon” (Nota del traductor: “mostraron las credenciales”. Si yo no aclaro estas cosas, el relato de este gil es un quilombo.) para pasar sin trámites. Ni siquiera tuve que mostrar mi pasaporte, y eso me terminó de convencer de que el matrimonio Kenemon era más influyente de lo que había supuesto al comienzo.

 Tendría que haber pedido más dinero, ¿no? Y entre otras cosas, lo de gil estuvo de más, huevón.

 Pienso en eso y me río; desde lejos veo a los Kenemon disfrutando, de tarde en tarde, de un paseo por la playa, y ni siquiera ahora puedo aborrecerlos. Sólo me molestan los peces que aletean cerca de mi cara, pero con el tiempo me acostumbraré. Me parece estar aterrizando en este paraíso yanqui, en estas islas que de vírgenes sólo conservan el nombre. En verdad es un territorio poco frecuentado, pero no como el cuerpo de una vírgen, sino como el de una puta exclusiva y finísima, sólo disponible para quien puede pagar su elevado precio.

 Fue un viaje suave, sin sobresaltos, plagado de acentos extraños, risotadas, niños que jugaban en los asientos, yuppies que se querían levantar a la única azafata, de pies enormes, por cierto, de expresión hastiada y sonrisa hipócrita. Mis acompañantes estaban en tercera clase, yo iba en primera, al lado de un gordo que chupaba whisky como una esponja, y que cuando llegamos a Puerto Rico estaba casi en pedo. Por suerte el gordo se quedó ahí, mientras unos pocos, después de casi tres horas de espera, seguimos viaje rumbo a Charlotte Amalie, donde aterrizamos alrededor de las cinco de la tarde. (Minutos antes de desembarcar, la azafata me chismorreó que el gordo era abstemio, pero mamándose se sobreponía al pánico de volar.)

 Charlotte Amalie, donde se había refugiado el temido Barbanegra, embriaga con sus palmeras y su estilo danés, los tejados rojos y las callecitas que suben y bajan. Los autos son americanos, no hay bondis (Nota del traductor: colectivos, autobuses, ómnibus. ¿No hay? Eso es una cagada.), se ven más autos que personas, todos con el volante a la izquierda, y circulando por la izquierda, lo cual es un grandísimo despelote. Diré además que este traductor se queja de puro rasca, porque por 50 dólares diarios puede alquilar un coche último modelo.

 El sofocón y el olor de la ciudad nos acometieron no bien dejamos el aeropuerto, y tomé conciencia de estar muy lejos de casa. Creo, además, que percibí recién entonces, por disparidad, cómo huele mi ciudad, la de los rascacielos.

 Un jeep Suzuki nos esperaba, a mis adláteres y a mí. Recorrimos despaciosamente la ciudad, rumbo al puerto, y pude ver las atractivas vidrieras que caracterizan a Santo Tomás. Me propuse comprar algunas chucherías antes de dejar la isla, usufructuando la exención impositiva local. Más tarde viajamos en un lujosísimo yate, casi una hora; vi que las luces de la ciudad se perdían a lo lejos; percibí que la embarcación acariciaba al mar, cabeceaba con suavidad, avanzaba hacia lo desconocido, y sentí que mi curiosidad estaba a punto de reventar.

 Todo había sido muy bien planeado, porque cuando desembarcamos en un pequeño puerto privado yo no sabía dónde carajo estaba. Aún hoy no lo sé, ¡y estos peces de mierda que no saben hablar! Un sendero nos condujo a la casa, profusamente iluminada, enorme, señorial, imponente, desmedidamente urbana en medio de una naturaleza que se vislumbraba en la penumbra, se olía, se escuchaba. Allí vi más hombres como mis acompañantes, ocupados en la vigilancia, en el servicio de la casa, en las tareas de la cocina. Cené en un enorme comedor, solo y en silencio, después dormí en una cama imperial, con mosquitero y todo, un sueño que no disfrutaba desde los días de la adolescencia.

 A la mañana siguiente me indicaron dónde estaba la sala de computadoras. Desproporcionada, como todo lo que había allí, con máquinas que podían ser la envidia de cualquier universidad. No una, varias. Las preparé, dispuse el soft, y pedí que llamaran a los Kenemon. Me saludaron efusivamente, como si yo estuviera rescatándolos de un naufragio inmemorial. Sonreían todo el tiempo, y por dos semanas se maravillaron con lo que les enseñé de las computadoras. Nunca habían manipulado una, así que la lección más difícil fue adiestrarlos en el uso del mouse. Eso nos llevó dos días enteritos.

 No los veía más que durante las clases, que se pactaron a la tarde, y se extendían por horas y horas. En dos ocasiones cené con ellos, bajo la aviesa mirada de uno de esos reservados hombres, que se mantenía callado en un rincón. Éste, particularmente, daba la impresión de tener alguna prerrogativa sobre los otros, una especie de mando, de ingerencia. Lo llamaban “Greg”; era el más curioso, y parecía supervisar mi relación con los viejitos, con quienes únicamente me dejaba a solas en la sala de las máquinas.

 Les mostré todo lo que pude, me esmeré en mi trabajo. Procesadores de texto, planillas de cálculo, soft de diseño gráfico, de edición de video y de sonido, comandos de voz, ocr de escritura manual, libros y películas en pantalla, música bajada de Internet, en fin, todo lo que yo mismo disfrutaba en mi departamento o en la universidad. Quedaron fascinados con Internet, y sus posibilidades de comunicación; el mail les pareció soberbio, el chat los deslumbró, la Web los dejó boquiabiertos.

 Estábamos divirtiéndonos con programas variados, como el que deforma las caras, o el que permite armar identiquits. Él jugaba con un simulador de vuelos, ella se divertía con “Barbie fashion”, y se me ocurrió mostrarles cómo se podía escasear una foto, procesarla adecuadamente, obtener el mismo rostro deformado por la vejez. Se miraron, sonrieron. Él sacó una foto del bolsillo, que mostraba en plano medio a John F. Kennedy abrazado a Marilyn Monroe. Era una foto vieja, que jamás había visto. Cuando le pedimos al programa que nos mostrara cómo se verían esos rostros a fines del siglo XX, contuve la respiración, tragué saliva, sentí que me transpiraban las manos.

 El lector ya debe saber lo que pasó después.

 Se abrió la puerta y entró un grupo de los servidores del lugar, encabezados por Greg, que lucía una expresión festiva. Nos miró a los tres, y al final se dirigió a la ancianita:

 --¿Otra vez haciendo travesuras, Marylin?

 Ahora estoy en la bahía, y espío a los Kenemon en sus paseos por la playa solitaria, idílica. Sólo espero que mis lecciones hayan valido la pena. Tarde o temprano me acostumbraré a estar acá, y dejaré de enojarme con estos pececitos multicolores que se acercaron a mí recientemente, cuando vencieron su miedo a lo desconocido, su repugnancia al destrozo que el disparo me provocó en la sien.

 Sé que en la red hay locos que afirman tener identidades insólitas. Hay muchos, yo mismo me he divertido con ellos en el pasado. Pero existen dos, en particular, que insistentemente porfían en su aseveración, impelidos por una fortaleza especial. Él prefiere el mail, y ya son muchos los organismos oficiales a los que infructuosamente trató de convencer. Marilyn, por su parte, chatea todas las tardes, y fue la que mejores resultados obtuvo en su cruzada por la verdad: ya se hizo amiga de otras dos Marilyn, un John Kennedy que no es el suyo, tres Elvis, dos Lennon, y últimamente logró restablecer relaciones con su amigo del alma, Ives Montand.

 

(Nota del traductor: ¡y tan vivo que parecía!)

 

Agosto 2002