Einstein en Sudamérica, 1925.

 

Era 1925. La copiosa lluvia bendecía a la agricultura y a la ganadería de las provincias del centro; los primeros vientos de abril rescataban a Buenos Aires de su letargo estival.

Un nuevo puente se había inaugurado sobre el arrollo Maldonado, a la altura de la avenida San Martín.  “La Prensa” contaba en amplias páginas que se habían hecho experimentos con “películas parlantes”. Rácing vencía a Sportivo Almagro 1 contra 0, y el loteo de los campos de Necochea a bajo precio tentaba a los selectos porteños que conocían los placeres vacacionales. Páginas más mundanas cifraban  la historia en los apellidos lejanos de Hindenburg y Alessandri, y sonreían frente a la severidad de los vaticinios del senador Mussolini acerca de una formidable guerra.

Desde Serrano 2147, en Villa Alvear, el tranvía y sus pasos presurosos lo  acercaban a una cita que no eludiría, en el aula magna. Sus pensamientos vagaban en torno a las perspectivas de lo metafísico, pero el hombre que en media hora disertaría frente a un público anhelante había abierto dos décadas atrás las puertas del infinito. Un pool de universidades sudamericanas dieron los fondos para que Albert Einstein visitara las últimas latitudes de América; Brasil, Argentina y Uruguay estaban prestas para oír la voz del genio adulto. Se acomodó el magro nudo de la corbata, bajando por la calle Defensa, hacia el sur. Quería llegar temprano al evento del año, ubicarse cerca del proscenio, concentrarse en las palabras del orador, quizá pobremente traducidas de un áspero alemán científico. Ahí estaría Leopoldo Lugones (bajo la mirada atenta de su hijo, el comisario), interlocutor de Einstein en el país, mentor de sus ideas, anfitrión momentáneo del científico en su altiva casona. Tampoco faltaría a la cita el canciller Ángel Gallardo. Circulaban rumores de que el mismo presidente de la nación asistiría al evento, aunque Alvear se sentía más a gusto con otros encumbrados forasteros, como el duque de Windsor o el exótico maharajá de Kapurtala. Dobló por Independencia, se detuvo un momento bajo las galerías de Paseo Colón. Después atravesó la avenida lacerada por los Coupelet, los Tudor y los Fordor, y se enfrentó con las interminables gradas que conducían al gótico de ciencias exactas.

Un público mixturado con lo más encopetado y académico de la burguesía vernácula se agolpaba bajo el frontispicio, pululaba por los pasillos, husmeaba, indagaba la dirección a seguir. Damas de riguroso tailleur, graves caballeros con trajes cruzados y cañas de gabardina gris, algunos rostros conocidos. Relucían el casimir inglés, el terciopelo, la seda y la sarga. La mayoría ignoraba la relatividad, el espacio-tiempo, las dimensiones del espacio, la mecánica quántica. Sólo estaban al corriente de la importancia del hombre del teutónico bigote y la cabellera hirsuta, y querían hacer acto de presencia, encasquetándose vistosos sombreros.

Una puerta se entreabrió, y la figura orgullosa de Lugones se recortó fugazmente en la profundidad del marco. Después le mentirían sus ojos, su memoria lo iba a traicionar, y hasta el fin de su vida estaría persuadido de que Lugones lo miró aquella vez. Su fascinación acerca de este hombre lo conduciría a territorios  limítrofes,  pero don Leopoldo apuró su whisky con arsénico en 1938, en el Tigre, sin haberlo conocido.

No ignoraba la geografía del lugar. El aula mayor estaba a la derecha, en la planta baja. Se sentó en un sitio discreto, más allá de la inmediatez del escenario. El sabio apareció flanqueado por José Arce, rector de la universidad, y el resto de la comisión de bienvenida. Eran las 17:38, y Einstein inició su tercera conferencia en el estrado de honor.

1925 fue su annus mirabilis, el de su revelación. Recién en la década del `40 daría a conocer su visión, pero pasarían otros ochenta años hasta que se pudieran constatar sus asertos. Einstein fue la transformadora sabiduría del siglo XX; su mirada, en cambio, avizoraba turbia y poéticamente la centuria venidera.

Su cuerpo, una vez robusto y firme, había dejado ya de ser un vestigio, pero una anciana piadosa y oriental se deleitaba con la porfiada posesión de su bastón. Alguien rescató su nombre, insoslayable y abrupto. Una ruina americana, oculta en la impenetrable selva subtropical, reveló su intemporal secreto. El explorador, quizá extraviado en los colores de la naturaleza, tropezó con las musgosas piedras, bajo la tarde matemáticamente indómita. Y sus asombros, difundidos y confirmados por la ciencia, trajeron de nuevo el nombre de Borges desde 1942 y 1925.

Alguien, por fin, había encontrado un Aleph.

 

Julio 8 de 2002