Desgrabación de un cassette.

 

 --A Rodolfo no le gustaban las conmemoraciones. Cuando le pedimos que asistiera al cumpleaños de María lo hicimos casi seguros de que iba a negarse, pero nobleza obliga. Me acuerdo como si fuera hoy: la fiesta iba a ser la noche de un sábado. Bah, fiesta es un poco pretencioso. Apenas una reunión de amigos y familiares, con pizza, empanadas y cerveza… Invitamos a Rodolfo porque, aunque usualmente no frecuentaba festejos, cuando lo hacía se despachaba con muy buenos chistes, después de los primeros vasos de licor. La falta de costumbre mama enseguida...              

 --Cuente sobre Rodolfo, obvie los detalles, por favor.

 --Si, si, tiene razón. Ahí va. Lo invitamos también porque estaba deprimido, desanimado. María, mi esposa, y Luciana, la señora de él, son amigas, y las patronas sé chimentan, ¿vio? Y así nos enteramos. Rodolfo no quería comer, trabajaba a desgano, languidecía y desmejoraba a ojos vista.

 --Ahá.

 --Así que pensamos en insistirle un poco para que estuviera presente esa noche; un poco de distracción no iba a perjudicarlo. En fin, eso supusimos María y yo. Y sorpresivamente, no se negó; de entrada nomás aceptaron festejar con nosotros, Rodolfo y Luciana. Me acuerdo que Luciana llegó de las primeritas, y ayudó con los preparativos. Y cuando estábamos sentados a la mesa, dándole al diente y hablando huevadas, sonó el timbre. Luciana dijo que seguramente era su marido, y fue a abrir. Y si, era él. Entró, saludó a María y se disculpó por la tardanza, no sé qué asunto había tenido que atender.

 --En ese momento empezó la cosa.

 --Sí, justo en ese momento. Había unas diez o doce personas sentadas a la mesa, entre amigos, primos y vecinos. Nacho era mi vecino de enfrente, un muchacho macanudo, separado hacía poco. Un tipo joven, de no más de treinta y cinco. Rodolfo comenzó a saludar a los presentes, de los cuales conocía a algunos. A Nacho no lo había visto nunca, y nadie le había hablado de él. Ni tiempo dio para que se lo presentáramos. Cuando dirigió la vista a Nacho se puso pálido. Lo miró fijamente, y empezó a transpirar. Todos notamos lo que pasaba, y no sabíamos qué hacer. El pobre Nacho pensó que Rodolfo estaba loco; le sostenía la miraba porque se sentía desafiado. Y eso fue todo. Rodolfo se vino redondito al piso, pálido como un muerto.

 --¿Después?

 --Después lo llevamos a mi cama, lo reanimamos con agua de colonia. Recuperó el conocimiento lentamente, y dijo que no quería que llamáramos al médico, que se sentía mejor. En un susurro me pidió que llamara a Nacho para hablar con él a solas… En ese momento pensé cualquier cosa, qué sé yo. ¿Qué tenían que ver esos dos? Pero no quise preguntar. Así que fui a buscar a Nacho, que comía como un animal, y volví con él al cuarto. Rodolfo quiso que los dejara solos, mientras Nacho me miraba como preguntándome qué bicho lo había picado al otro. Cerré la puerta y regresé al comedor, donde los demás querían saber qué pasaba. Al poquito rato Nacho salió del cuarto hecho una furia, se despidió rápidamente y se fue. Lo alcancé en la puerta para ver si me decía algo, pero lo único que hacía era repetir que Rodolfo no estaba en su sano juicio. Y se fue.

 --Se lo había dicho.

 --Si, después nos enteramos de que le había dicho que tenía sida. Nacho primero lo agarró para la joda, pero el otro insistió tanto que al final se cabreó y decidió irse. Rodolfo no le mentía; acababa de descubrir que los portadores de sida generaban emanaciones lumínicas tenues, de un tono cercano al rojo púrpura, que él podía ver con bastante claridad cuando entrecerraba los ojos. Algo así era la cosa. Y lo descubrió con Nacho.

 --Pero su vecino no le creyó...

 --Trate de imaginar cómo reaccionaria usted si alguien le despachara esa noticia en la mitad de una fiesta. ¿No lo tomaría por loco? Eso creyó Nacho. Pero quedó picado, y a los pocos días consultó con un médico. Cuando le dieron los resultados del primer análisis de sangre se quería suicidar. Repitió el análisis, y más o menos un mes después de la fiesta ya no le quedaban dudas: estaba infectado, aunque aún no tenía síntomas de la enfermedad.

 --¿Y entonces, qué hizo?

 --Se rayó. Me contó que trató de matarse, y que no pudo. Una tarde, cuando volvía del trabajo, me lo encontré en la puerta de casa, esperándome. Entró, y se sentó en ese mismo lugar que usted ocupa ahora. Me preguntó por Rodolfo; quería saber todo acerca de él. Y me dijo que no quería morir sin antes volver a verlo y tener la oportunidad de pedirle perdón. Balbuceaba que era un hombre santo, que tenía poderes. Y en su locura, creía que esos poderes también lo iban a curar.

 --Y en estas circunstancias, usted se encontró en medio de los dos hombres, sin cortar ni pinchar.

 --Así fue, si, si.

 --¿Algo más?

 --Poca cosa. Lo que pasó después es bien sabido por todos. La noticia se escurrió en el barrio, circuló de boca en boca, se adueñó de las conversaciones en oficinas y bares, engrosó el folklore de la ciudad, alguien lo publicó en un diario de la tarde, después un canal de televisión quiso hacer un reportaje a Rodolfo.

 --Con trampa…

 --Si, con trampa. Le hicieron la entrevista en su casa, a él y a la señora. Uno de los ayudantes de cámara era portador sano.

 --Puesto a propósito…

 --Exactamente. Era la forma de comprobar si estaban frente a un gran fraude, aunque en última instancia poco les importaba eso. Usted sabe como es eso de la tevé… Comoquiera que sea, comprobaron de entrada que la cosa iba en serio con Rodolfo.

 --Lo sé… ¿Después?

 --Una lástima, se separó de Luciana. Un matrimonio de tantos años… Y enloqueció. Andaba por los hospitales, se sentaba en la antesala de los consultorios donde trataban a los infecciosos… Permanecía ahí horas, a veces pasaba la noche entera conversando con esas personas, y entrecerrando los ojos…

 --Eso lo testimoniaron en varios hospitales. ¿Cómo se enteró?

 --Una noche Luciana me pidió que la llevara en el auto al Tornú, porque estaba preocupada por él. Me quedé atrás, mientras ellos charlaban. Y la traje de vuelta, sin Rodolfo, que no quiso abandonar aquel lugar.

 --Una de esas noches conoció a la misteriosa mujer.

 --Debe haber sido por esa misma época. Esa mujer ignoraba todo acerca de Rodolfo. Él la estuvo observando varios días seguidos, y una tarde la encontró en la farmacia del hospital, en una entrega del AZT.

 --Lo demás es bien conocido por el público.

 --Tal cual. Compartieron una conversación, se hicieron amigos, él la invitó a la pensión donde vivía. Y le mintió, para hacerla su mujer.

 --Evidentemente, quería morir.

 --Intuyó desde el principio que podía salvar una vida. La infección de alguien podía ser suya, y lo consiguió. El sida fue fulminante en él, lo consumió enseguida. La mujer lo acompañó hasta el final, y después se esfumó.

 --Estamos tratando de dar con ella. Sabemos que vive, y conjeturamos que ya no está contagiada… Bueno, con esto es suficiente. Tenemos material para armar la historia. Gracias.

 --¿Cuándo lo publican?

 --Creo que sale en la edición del miércoles. Siempre y cuando no gane la selección de fútbol. En ese caso lo pasamos para la otra semana… ¿Usted tiene un pálpito para el partido?

 --Los muchachos me dan la impresión de estar bien preparados… Pero hay uno que tiene inmunodeficiencia, y no va a rendir ni la mitad del primer tiempo.

 --¿En serio?

 --Así es. Rodolfo no quiso decirme cuál era… Pero me aseguró que uno de ellos tenía poca vida.

 --Hubiese sido un acto de patriotismo compartir con la Asociación de Fútbol esa información… Realmente ese Rodolfo era un tipo muy egoísta, ¿no cree?

 --Mmm…, si, tenía esas cosas. Rodolfo pensaba en él, nada más…. Que en paz descanse.

 --Si, que en paz descanse.

 

 (fin del cassette)

Junio 12 2002