Derivaciones.

 

Es un día fuera de lo rutinario, con Buenos Aires afectada por una repentina huelga de docentes. Cuando llegamos al colegio nocturno nos comunican, por lo tanto, que no tenemos clases, y de tomar un café con Eduardo antes de volver a casa resulta siempre alguna interesante conclusión.

 Lo hacemos en el bar de Rivadavia y Fray Cayetano; la conversación va tornándose cada vez más profunda y carismática, mientras la noche suspendida blandamente sobre la ciudad queda olvidada allá, encima de los edificios.

Cuando nos aburrimos del lugar y de la cara del mozo hemos salido nuevamente a la calle y caminado sin preocupación, charlando siempre y molestando a las pibas que pasan a nuestro lado con caras lozanas: Rivadavia es un largo camino de luces y una tregua que nos ofrece el tiempo.

Rato después, largo rato y muchos pasos insensibles sobre la vereda después, paladeamos un nuevo y humeante café en ese otro bar de la esquina de Acoyte, al 4800 de Rivadavia.

A las diez de la noche, tras haber tocado innumerables temas de conversación, le llegan su turno a esa filosofía barata que es tan cálido y reconfortante vomitar en este tipo de diálogos y lugares: qué es (y en función de qué) vivir.

-- Para mí es gozar - digo -, hacer nada más que lo que a uno le gusta, sin reticencias de ninguna índole: comer a gusto -como verdaderamente querría hacerlo, por supuesto-, fornicar cuando se me dé la gana, lujo, gula, comodidad..., en fin. Por ejemplo, apoyar en este momento los pies sobre esa silla para estar más cómodo, cosa que no puedo hacer porque la sociedad se encarga de que un montón de costumbres y prejuicios me lo impidan, y no me dejen vivir... ¿Qué pensaría aquella mujer si yo hiciera eso, me pregunto?

(Aquí, sucesión de divergencias y puntos de vista encontrados, exposición detallada de por qué es esa la verdadera forma de vivir, y por qué no, y truco y retruco.)

-- Para mí es otra cosa muy distinta...

Mastico un escarbadientes que en automático gesto me he llevado a la boca, mientras atiendo a mi interlocutor; Eduardo gesticula al explicarme su concepto de vivir:

--Te va a parecer raro, medio como de ciencia ficción, pero para mí vivir sería... que por ejemplo todos los seres humanos quedaran estáticos, y tener yo el poder de reanimarlos y volver a detenerlos a mi real gusto y antojo.

--Como el jueguito de la momia, ¿no?

--Algo así, más o menos... Pero ¿te imaginás lo lindo y divertido que sería? Reanimás a una mina, hacés con ella lo que querés y si se pone cargosa la volvés a momificar; o a un tipo al que le tenías bronca lo corrés por toda la ciudad con una escopeta, sin que nadie pueda ayudarlo. En fin, podés hacer un montón de cosas.

--Que todos sean tus súbditos, por ejemplo.

--Ahí tenés... Y al que se hace el piola lo dejás duro con sólo mover este dedito (me muestra su meñique).

Bebo un sorbito de café, analizo esta locura. Y tiene razón, pienso, o digo, sería una experiencia interesante, en tanto que ahora mis pasos suenan huecos y regulares en el denso silencio de la calle desierta.

Nos hemos quedado sin colectivos por la avanzada hora a que nos despedimos. Eduardo debe estar caminando en sentido contrario para llegar a su casa.

Yo me interné por esta suerte de estrechos pasajes que abrevian el trayecto, pero debo confesar que ahora estoy algo arrepentido porque la obscuridad, sólo interrumpida de vez en cuando por algún foco de mercurio, y este silencio en el que el ruido de las hojas sacudidas por el viento adquiere proporciones formidables, me hacen intuir fantasmas inexistentes.

Allá, a unos doscientos metros, tres perros callejeros introducen sus hocicos nocturnos en un tacho rebosante de basura, sin preocuparse por el intruso que viene acercándose lentamente en la perfecta calma de la noche.

El más grande de los animales abandona un instante el tacho y se planta en línea recta delante de mí; me mira desde un par de ojos que brillan con intensidad ígnea. Se me ocurre que en cualquier momento puede lanzarse contra mí y preparo la carpeta del colegio, único elemento "contundente" de que dispongo para mi defensa personal.

Pero demostrarle miedo sería empeorar la situación; mejor es pasar a su lado como si no lo hubiese visto. (Me pregunto si los perros realmente intuyen, o huelen, cuando nos causan temor.)

Paso junto al gran animal, que me olfatea y permite que continúe mi viaje nocturno y solitario rumbo a casa. Siento deseos de volverme para comprobar si aún me mira, pero me resisto a ello.

Una calle, un pasaje, una estación de servicios desierta, plazas, vía del ferrocarril, y en medio de esta geografía mis pasos suenan monótonos y regulares con proporciones de sombras e invitación a imágenes inexistentes, cuando abruptamente despierto sobresaltado y Eduardo está junto a mi cama.

--Vamos, levantáte y preparáte para divertirte un rato.

--¿Hoy es el día? -quiero saber.

-- Si..., hoy.

Me ducho rápidamente y me visto. Antes de salir a la calle he pasado por el cuarto de mi madre y la he visto allí, muy quieta, cosa que me ha causado una terrible y extraña impresión: en la cabeza que descansa sobre la almohada rosa y asoma por entre las ropas de la cama están los ojos cerrados. Tal vez en otra posición, estática pero cosiendo un botón o preparando el desayuno o planchando pañuelos, habría sido distinto, habría habido una señal de vida detenida.

Pero así..., es una sensación casi dolorosa.

--¿No podríamos..?

--No -contesta Eduardo-. No te aflijas: mi vieja está igual y la dejé así... Pero mejor no la sigas mirando y vayámonos de una vez.

Bajamos la escalera.

--¿Por qué me elegiste a mí como compañero en esta aventura?

--Te quiero demostrar que esto sí es vivir, a propósito de lo que hablábamos el otro día. ¡Ya vas a ver !

--Pero explicáme cómo vas a solucionar después este lío.

--Fácilmente: como yo no pienso darme el trabajo de ir moviendo el dedito por todos para volverlos a la vida (sería imposible hacerlo con tantos millones de habitantes en la tierra, ¿verdad?), voy a transferir la cualidad de hacerlo a quien vaya reanimando, para que éste, a su vez, la transfiera a otro, y así sucesivamente, pero reservándome, eso sí, la capacidad de momificar. ¿Qué te parece?

--Inteligente. Y podés empezar por transferirme ese poder a mí, creo.

--Ya habrá tiempo; no te apures.

No me gusta extenderme mucho en los relatos, y contar lo que hicimos en este día sería como volver a hacer añicos tantas y tantas vidrieras del centro (con énfasis en las de la calle Florida), o correr otra vez vertiginosamente por Buenos Aires con el coche del hombre que dejamos tendido sobre el pavimento -duro, frío, áspero-, o reencontrarme con las caras entre estúpidas e incrédulas de aquellas hermosas muchachitas que si bien en un principio se resistieron, al fin se abandonaron a las lágrimas y a ese dolor quemante y prolongado que maduraba allá abajo, sobre las sábanas ensangrentadas, en la casa elegida al azar donde después abandonamos dos estatuas blancas y desnudas..., o repetir el terror del pobre tipo que perseguimos con los revólveres del destrozado escaparate de la armería, riendo como locos, hasta que Eduardo lo detuvo como en una placa fotográfica, y se extasió con los ojos que segregaban pánico en un querer salirse de las órbitas.

--¿Te gusta?

No respondo; sonrío, y a pesar de lo cruel que encierra esta interesante y despiadada aventura, me gusta, me agrada porque Eduardo tenía razón, esto sí es vivir, pero cuando la arena ha terminado de pasar al vaso cónico inferior de la clepsidra el problema se presenta (quizá medio siglo más tarde) si en un sótano obscuro alguien encuentra a Molina, algunos días antes de la demolición del antiquísimo edificio.

Las cosas han vuelto a la normalidad, al dinamismo que siempre ha poseído la normalidad. Aquel histórico y remoto episodio de cuando el metabolismo humano se detuvo nunca halló explicación, todos se reanimaron menos Molina, él quedó encerrado en el sótano inmundo de Buenos Aires, -y ¿cuántos habrá, a lo mejor no en un sótano, pero cuántos?- donde hasta ayer nadie se aventuró, con su mameluco sucio y las herramientas de plomería para arreglar una cañería rota; y ahora que el poder de reanimación que Eduardo transfirió a los hombres ya ha quedado anulado..., Molina debe permanecer así, él, el único, objeto de atracción magnética incorporado al inventario del Museo Nacional, detrás de una vitrina de cristales pálidos.

Recuerdo a Molina, cuando los perros han quedado atrás, lejos, y ya estoy cerca de mi casa –mamá debe estar esperándome-, acompañado siempre por el sonido seco y monótono de mis pasos al resonar en el pavimento nocturno.

--Mejor vayámonos -digo a Eduardo, llamando al mozo para pagarle-, no sea cosa que por estar hablando pavadas nos quedemos sin colectivos y tengamos que volver a casa a pie... ¿Cuánto es, mozo?

 

27-28 de junio de 1975