Chat-chatarra.

 

Los primeros indicios los tuvo cuando el peruano empezó a escribir barbaridades. Habían intercambiado ideas por más de media hora, y permutado imágenes de mujeres con escasa vestimenta. El peruano resultó ser un degenerado, y le pedía fotos pedófilas. Él prefería adolescentes en situaciones íntimas, y el otro parecía estar dispuesto a compartir una parte de su arsenal pornográfico. Foto va, foto viene. Y preguntas acerca de Lima, de Buenos Aires, de las mujeres de acá, de las minitas de allá. “Casi caigo falta muerto, así canso Cochabamba.” ¿Qué escribiste, peruano? ¿Estás en pedo? Y el otro repetía el renglón: “Casi caigo falta muerto, así canso Cochabamba”. Oíme, boludo, ¿en qué idioma pensás que estamos escribiendo? Claro que no era un adulto avezado en el chat, y tampoco lo practicaba con frecuencia porque Cintya enloquecía de celos, sin oír sus explicaciones..., pero yo, loca de mierda, chateo con tipos con los que discuto sobre fútbol, política, economía. Cintya lo miraba con expresión de sarcasmo, y huía a la cocina, enfadada. Y vos, peruano, terminá de mandar esa foto de la coreana en bolas y dejá de decir huevadas. “Casi caigo falta muerto, así canso Cochabamba”, repetía el hijo del sol.

 “Perdona, argentino, no estoy funcionando bien.” ¿Funcionando, dijiste? ¿Vos hablás como escribís? “Yo sólo escribo en tu pantalla, Cochabamba tornasolada.”

 Mirá, me estás volviendo loco. Escribí bien, gil. Y el otro le decía que no era su culpa, que la temperatura del equipo se había elevado demasiado y producía esas fallas.

 Pensó que un equipo recalentado no podía generar ideas disparatadas, pero terminó por sugerirle al peruano que refrigerara esos circuitos. “Aunque sea acercále un ventilador.”

 Eso estaría bien, argentino, pero eres tú el que tiene que hacerlo. Es tu equipo el que se recalienta. Y el argentino quedó pasmado, y con todo lo piola que era, notó repentinamente que el otro estaba divirtiéndose con su credulidad.

 “Casi caigo falta muerto, así canso Cochabamba... Perdón. Y no creas que me burlo de ti, te digo la purita verdad. Tu computadora funciona defectuosamente. Y yo, que formo parte de ella, no coordino bien las frases, Cochabamba enternecida. ¿O acaso creías que realmente estabas escribiéndote con un habitante de Perú? No lo divulgues, es este problema el que me impele a decirte esto...”

 Eso no puede ser, estamos haciendo algo tan sencillo como chatear. ¿Qué decís? Y llegaba la respuesta inmediatamente: ¿Oiste decir que el hombre no llegó a la luna en el 69, y que lo que viste en la tele era una parodia? ¿Pensaste que el chat es verdaderamente una parodia de tu sistema operativo? No dialogas con nadie, sólo con tu máquina, que simula todo.

 Esa idea es muy extraña, peruano. ¿Lo decís en serio? Claro, le respondía el otro, y voy a probártelo. ¿Ayer chateaste con Celeste, la chica de Colombia? Haz esta prueba: retrocede veinticuatro horas la fecha de la máquina, y llámala... Eso hacía el argentino, y Celeste volvía a contarle que había tenido que internar a su mamá de urgencia, a las cinco de la tarde de ese día.

 Así que el argentino hizo muchas pruebas más, guiado por el peruano. Después mejoró los ventiladores de la máquina, y el hijo del sol volvió a ser un habitante de Lima que jamás aceptó haberle dicho semejante y tan extraña mentira: ¿que la comunicación no existe?, ¿que es pura simulación?, ¿que no estamos haciendo algo tan sencillo como chatear?

 Esa noche dejó de conectarse, o de pretender que lo hacía. Usó la computadora solamente para terminar unas planillas del negocio, y la apagó. Salió a tomar el aire fresco de la noche, y notó que algunas personas todavía paseaban por la ciudad. Sorprendido, recordó lo bien que se siente uno cuando le dice “hola” a una chica que camina por la calle, y ella regala una sonrisa.

 

Héctor Gorla, enero de 2002.